La tía Julia y la hermosa huida

“Me da un poco de vergüenza recibir el premio que no recibió Borges.”

Mario Vargas Llosa,  7 de Octubre de 2010.

Tiziano Vecellio: Venus y Cupido con el organista, 1549. Staatliche Museen, Berlín.

Tiziano Vecellio: Venus y Cupido con el organista, 1549. Staatliche Museen, Berlín.

Por sobradas razones para propios, por imaginadas con breve esfuerzo para ajenos, el primero de los libros de Mario Vargas Llosa que frecuenté fue La tía Julia y el escribidor, a escasos casi dos años de su publicación, ignorando que la historia apenas velada que cuentan esas páginas iniciales es, a la vez, para más de un lector, la relación de una ardua reiteración y el cumplimiento de una profecía fallida. La dilatación de la vida de Vargas Llosa le ha permitido componer sus memorias; en ellas confiesa haberse enamorado durante diez años de una mujer que lo superaba en una década, llamada en lo cotidiano Julia Urquidi Illanes, su tía política por línea materna. Algún curioso rasgo de carácter ha de abundar en la personalidad del escritor peruano: quien reemplazara a la elección de sus pasiones cuando ya eran remotos sus diecinueve años, a mediados de la década de los sesenta, fue su prima Patricia Llosa, a la sazón sobrina de Julia; quienes aducen lo endeble de tales abismos etarios en la constitución del amor olvidan que el estado natural del ser humano ha sido siempre el divorcio.  Confirmando que el cine es sencillamente una forma menor de la literatura, el film que reproduce con reciedumbre los párrafos más gratos de La tía Julia y el escribidor es de ramplona falsedad: nunca afirmó Vargas Llosa que quien fuera su mujer hasta 1964 y algunos meses dudosos hubiera rondado su vida o la de otros como una seductora de pueriles inocencias masculinas dadas a la forzosa autoprocuración del placer. No obstante, las protestas de Vargas Llosa se excedieron en tibieza, lo que generó estoica refutación por parte de Julia Urquidi, materializada en su libro Lo que Varguitas no dijo. Los hombres siempre mentimos; debemos, por tanto, acostumbrarnos a que nuestras faltas a la verdad se hagan públicas cuando nuestra profesión coquetea con la fama.

Según propio testimonio de Vargas Llosa, su padre persiguió a los amantes, fugados con avidez de contraer enlace en alguna alcaldía del Perú que consintiera en casarlos sin haber el varón llegado a la mayoría de edad, con intención de apartar a su hijo de la descendiente de Eva o de matarlo, pistola en mano, si fallaba en su cometido. Mario Vargas Llosa, soltero,  de diecinueve años de edad, casó con Julia Urquidi Illanes, divorciada, de veintinueve, el 15 de Julio de 1955 en el distrito de Grocio Prado, uno de los once que pertenecen a la provincia de Chincha, en la región de Ica. Ernesto Vargas Maldonado, de quien se sabía había agraciado el lecho de, al menos,  dos mujeres y engendrado dos familias paralelas, por lo cual no había conocido a su hijo Mario hasta que éste contara con diez años, se dispuso a aleccionarlo acerca de las virtudes de su peculiar clasificación de lo moral. Un grupo de amigos del buen señor intercedió a través de un silogismo: si el casarse es un acto de hombría que enaltece la virilidad del varón, a sus pálidos años, el pequeño Varguitas desbordaba de más y mayores ansias de cópula que un Sansón (nadie se preocupó por mencionar a la pérfida Dalila, en tanto Mario lucía un peinado prolijamente corto). El progenitor dio muestras de entendimiento, y así la pareja se unió en paz, no sin antes pasar por obligada separación, como mandaban las rectas costumbres. Vargas Llosa gestionó y obtuvo, merecidamente, una beca en Madrid y fracasó en el mismo objetivo en París. Para paliar la voz de sus estómagos, Vargas Llosa oficia en la capital francesa de apurado escritor y su esposa Julia de secretaria, amanuense, consejera y estandarte capturado. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío, sentenciaría en su libro Julia Urquidi. La veracidad de cualesquiera de los reclamos que han pronunciado esos cónyuges, al igual que la de cualesquiera otros, nos es inalteradamente inaccesible.

Es en París donde Vargas Llosa revela haber devorado una novela que sirvió de sostén a una de sus obras menos conocidas y seguramente la más querible: La orgía perpetua, Flaubert y Madame Bovary. El volumen se remonta a 1975, ya desvanecida su ligazón con Julia Urquidi y un año antes de que el peruano desmayara de un puñetazo en el ojo a Gabriel García Márquez, de quien había sido amigo, acusándolo en una sala de cine en México de haber tenido acceso carnal con la prima Patricia, dejada a su cuidado en Barcelona mientras Vargas Llosa vacacionaba con una modelo o azafata estadounidense de fama rauda. Resulta extraño, maravillosamente extraño, que la crítica de una obra sea superior a la obra misma, pero tan sólo eso fue lo que logró Vargas Llosa al desnudar con impiedad necesaria a Flaubert y a su tentadora, del mismo modo que la revelación de un secreto puede conceder más asombro que el secreto mismo. Vargas Llosa no omite consignar que también él se sometió al angustiado vendaval de los desesperados amantes de un personaje que la ficción de Flaubert ideó, y del cual Flaubert fuera agradecido y orgulloso primer consorte.

En una entrevista requerida por el periodista José Comas en Junio de 1990 y publicada por el periódico español El País, Julia Urquidi Illanes admite las zonas de su preferencia respecto de la figura pública de Vargas Llosa:  “Yo conocí al escritor y no al político. Me gustaría mucho más verlo recibir el Premio Nobel que la banda presidencial. La generación del año dos mil  no se acordará de quién era presidente de Perú, pero se conocerá al escritor.” Por muy poco, la tía Julia no vio el espaldarazo que recibió ayer la algo atildada y ya un tanto latosa fama de su segundo esposo;  Julia Urquidi Illanes muere el 10 de Marzo de 2010 a los ochenta y cuatro años en Bolivia. Es verdad que somos, en cualquier momento de nuestras vidas, algún instante de aquello que el pasado atestiguó, y que crecer es simplemente adentrarse en la muerte, porque sólo cambiamos con el ignorado propósito de permanecer fieles a nosotros mismos. Si esto es así, en alguna página de su producción vasta Mario Vargas Llosa es un niño grande que huye, con la risa derramando espuma de su boca, de villorrio en villorrio por entre los caminos que yacen en la soleada inmovilidad del Perú para casarse, sin licencia ni domicilio ni ocupación, con la amada tía Julia.

Hadrian Bagration