Bioy

1-Bioy-CasaresTantas gratas distinciones cupieron en la vida de Adolfo Bioy Casares que la monótona enumeración se antoja, en su caso, aún más tediosa. Acordemos en consignar una media docena, que puede resumirse en apenas unas cuantas palabras: la dichosa anticipación: en 1940 Bioy publicó La invención de Morel, fantasmagoría elegante que precedió en alrededor de medio siglo a la vulgar versión de la realidad virtual que es hoy herramienta de abuso común. Su clarividencia letrada no acabaría en ese volumen: en 1948 prodigó su primer libro de cuentos; en él se incluye La trama celeste; en la narración figura la hipótesis de una realidad múltiple pero igualmente voraz en cada uno de sus avatares. Casi una década después el físico Hugh Everett III asombraría, no sin provocar cierto risueño estupor, con su interpretación de la mecánica del quantum basada en la existencia de universos estrictamente paralelos. A diferencia de la literatura de Bioy, las osadas aseveraciones de Everett le merecieron cierto descrédito.

Adolfo Bioy Casares ha sido comparado con aquel excelente amanuense y entrometido biógrafo de Samuel Johnson, el abogado y diarista escocés James Boswell. La equivalencia puede ser elogiosa: Boswell sobrevive gracias al genio de su personaje, el doctor Johnson, quien no cesa de  aparecer inmenso como un acantilado de literaria extravagancia y belleza; Boswell se refugia en su sombra y halla bajo ese muro magnífico justificación y solaz. La dilatada amistad con Borges pudo ser para Bioy un acicate similar: también llevó Bioy diarios extensos en los que las conversaciones con Borges, aun las triviales y las escasamente agradables, se consignaron. Es al esfuerzo de Daniel Martino que debemos la preservación de esas joviales curiosidades. El talento fue quizás más generoso con Bioy que con las ofrendas con las que obsequiara a Boswell; aunque autor menor si es colocado junto a la gigantesca luz del ciego, Bioy fue un escritor envidiable y clásico; pocos de sus párrafos carecen de las serenas pasiones de la derrota y de la melancolía. A diferencia de Boswell, Bioy fue colaborador y par de Borges en textos que compusieron en somnolientas sesiones tras largas cenas. Al igual que Boswell, era Bioy un hombre de fácil seducción y de preocupaciones cosméticas. Johnson y Borges, sumergidos en el abismo del genio, no acertaban a hallar tiempo para las inquietudes de lo cotidiano. Ignoramos en cuál de esas posturas habita el error.

Bioy posee un privilegio secreto que, al igual que la robada carta de Poe, yace a la vista del mundo pero es difícilmente descifrado: nadie ha superado (es de sospechar que esa plusmarca no le será arrebatada) sus líneas finales sobre el final de la vida de Borges, en la querida, en la lejana, en la íntima Ginebra sobre la que escribió Conrad y en cuyas calles no coincidieron Jean-Jacques Rousseau y Ferdinand de Saussure. Dice Bioy, impecable y quedadamente fatigado por la dolorosa vía en la que se tradujo la predecible muerte de su amigo:

“Borges murió en una casa alquilada, cerca de la Grande Rue (tal vez la cruza). Estaba muy contento en esa casa y dijo que le hubiera gustado vivir allí cuando era joven y vivía cerca de la iglesia rusa. La casa no tiene número; la calle no tiene nombre, pero tiene llave, que es también la de la casa.”

“Bernès grabó a Borges cantando La morocha y otros tangos. Dice que en esa grabación Borges ríe con la risa de siempre.”

Adolfo Bioy Casares
15 de Septiembre de 1914 – 8 de Marzo de 1999

Hadrian Bagration

 

 

 

Vida de Samuel Johnson

Sir Joshua Reynolds: Retrato de Samuel Johnson, 1772. Tate Gallery, Londres

Sir Joshua Reynolds: Retrato de Samuel Johnson, 1772. Tate Gallery, Londres

Hacia fines de 1763 James Boswell, caído en enemistad con Samuel Johnson a causa de un incidente trivial, se retira a su hacienda y hace saber que no desea entablar contacto con nadie. No descuida sus deberes conyugales, pero dialoga con su esposa mediante cartas y se ocupa de la educación de sus hijos a través de criados. Emprende, sin la ayuda del amigo sobre quien se había propuesto consignar la vida, la enorme tarea de redactar la existencia de Johnson no como el destino la irá desandando de allí en más sino como imagina que lo hará. Relata éxitos magros y amarguras profundas; relata peculiaridades que disminuyen el tono dramático del texto; relata algún que otro viaje que excitará la mente del lector; relata la composición de una probable obra de Johnson, Lives of the Most Eminent English Poets, según el gusto que sospecha posee quien fuera, hace tantos años, su mentor; relata un tardío reconocimiento y una cierta indiferencia de Johnson ante su propia fortuna, que achaca a un carácter acaso estoico que Johnson habrá refinado, supone, en la frecuentación de la Antigüedad. Algunos amigos le ruegan que no oculte esas páginas a los ojos del gran público, ya que el producto de su escritura, que deja impasible a Boswell, los intriga. Hacia el final de la obra habrá creado a su personaje y esperará, vanamente, que sus ilusiones  y la realidad coincidan piadosamente en algún párrafo. Dedicado a su trabajo, no ha advertido que sobre él se ciernen la vejez y la enfermedad. Finalmente consiente en ser atendido por los médicos. Es gracias a la deferencia que éstos le prodigan que descubre que él es Johnson, que Boswell  es su creación y que no ha sido sino su propio biógrafo de agradables falsedades, y que su vida ha transcurrido enteramente en su buhardilla y sobre el papel, sitios en los que su obra se forjó, alejado del mundo. Disfruta durante unas semanas de esa gloria módica, que la posteridad extenderá, hasta que su enfermedad prevalece y, en el final de una tarde de Diciembre de 1784, murmura las palabras iam moriturus, rodeado de discípulos y admiradores, y muere.

Hadrian Bagration