Bragadoccio

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Heinrich Füssli: King Arthur and the Faerie Queene, 1788. Kunstmuseum Basel.

Las reglas eran sencillas: pertenecer requería una cierta edad, una cierta sabiduría, una cierta fortuna. Nadie aprende a leer antes de los cuarenta años; nadie aprende a vivir con alguna indiferencia frente a las cosas antes de esos largos instantes (los filósofos llaman a esa serenidad escepticismo), nadie puede ufanarse de esos saberes y de esas prescindencias sin riqueza. Evitamos, al admitir a los miembros, el recurrente número que denota la docena. Fuimos, finalmente, no más de veinte. Las deserciones se produjeron, por suerte, de manera veloz.

Se decidió prohibir la vulgaridad: en otras palabras, aquello que es honrado por todos. Apenas pronunciábamos el nombre de Shakespeare, jamás el de Molière, nunca el de Wilde. En la tarde en que se leyó Gorboduc, los hombres contuvieron el llanto con cierta dificultad, las mujeres lo fingieron. Cuando llegó el turno de Spenser, tal vez un par de semanas después, alguien solicitó y obtuvo el papel que hubiéramos despreciado en Plauto, el de Bragadoccio. Hacia el fin de la noche casi todos dormían, refugiados entre mantas. El hombre que estaba junto a mí me miró y preguntó, no sin timidez, si era posible hablar de Hemingway. Asentí. Para justificar ese desvío, citó con memoria torpe las palabras de Mellow: “About midway through his career, Hemingway had begun railing against the “fabricated geniuses” promoted by the critics who needed a genius of the season. When such geniuses died, he said, they would no longer exist as writers. There was no sense in writing anything that had been written before unless you could beat it. Good writers (Mellow, estoy seguro, usa la palabra serious) compete only with the dead.” (La traducción es una forma de la cortesía: Hacia la mitad de su carrera Hemingway había comenzado a fustigar a los genios inventados aclamados por los críticos, que necesitaban al genio de la temporada. Cuando esos genios morían, decía Hemingway, ya no existían como escritores. No tenía sentido escribir algo que ya había sido escrito a menos que pudiera escribirse mejor. Los escritores serios sólo compiten con los muertos). El hombre comenzó a reir. Una risa suave y solidaria que pronto se transformó en la excusa para sostener una leve borrachera. Pure Hemingway bragadoccio, rio. Se envolvió en su manta, casi como el último acto de César, y durmió. Yo me retiré a mi cuarto y descansé. Desperté con el sol en alto, hacia el mediodía. No había nadie en la casa.

HB