Viñas

Salvador Dalí: El farmacéutico de Ampurdán buscando absolutamente nada, 1936. Museo Folkwang, Essen.

En el relativo olvido y en la desmesurada derrota muere David Viñas en Buenos Aires en Marzo de 2010. Un retrato sereno de su persona, la que solía brindar escasa serenidad en no pocas calculadas ocasiones, puede hallarse en El tiempo de una vida, la autobiografía de Juan José Sebreli. Esas páginas otorgarán de él una impresión fugaz y honesta, como quizás el propio Viñas fuese en la sumatoria de sus acontecimientos diarios. Pésimo dramaturgo, mediocre novelista y notable hombre de ensayo, David Viñas se esforzaba, fuera desde Buenos Aires, California o Berlín, en redactar con frecuencia regular el mismo texto, cuyos objetivos no eran innobles: hacer de su reputación intelectual una efigie que lo acercase a la de Sartre, y devolver la vida al desvanecido espectro de la oligarquía argentina, aun cuando desde su tumba no se oyesen siquiera estertores. Poco importaba a Viñas la irrupción política de formas más siniestras de sojuzgamiento de las plebes, a las que paternalmente pretendió guiar, a pesar de su pobre didactismo: la medicina literaria de Viñas había diagnosticado un mal que no admitía análisis ni réplica ni carácter marcesible y sobre él arrojó, párrafo tras párrafo, el veredicto. La oligarquía, desplazada del patíbulo por modos más feroces y más sutiles de manipulación política, no se inmutó y prosiguió su inexorable extinción en paz. En cuanto a su semejanza con Sartre, se sabe que éste rechazó en 1964 el Premio Nobel de Literatura; Viñas hizo lo propio en 1991 con la beca Guggenheim. El paralelismo, inapelablemente, acaba allí.

En su crítica a uno de los postreros ensayos de Viñas, De Sarmiento a Dios: viajeros argentinos a USA, de 1998, María Cristoff utiliza una frase óptima para resumir, en escasos términos, la ideología y la producción de Viñas: la aceptación feliz del prejuicio. Hacia fines de esa década, Viñas había descubierto en Sarmiento a una bête noire del devenir histórico argentino: según se presiente, a Sarmiento es achacable la interrupción de la pureza salvaje del continente americano y su sustitución por una suerte de extranjerismo estraperlista. Extraño resulta, entonces, que Viñas utilizara, para denostarlo, un lenguaje del todo ajeno a los cultores de la divisa punzó: “Un viaje egocéntrico es el que realiza Sarmiento por los Estados Unidos a lo largo de 1847. Porque si bien a la mayoría de los escenarios y de los personajes yanquis intenta tratarlos con una distancia prudente como si quisiera “enfriarlos” para exhibir cierta objetividad que apela a “las consabidas ciencias”, la puntualidad del día a día con que va inscribiendo sus notas condiciona un doble conjuro que subraya un “yo personalmente”: en primer lugar, el cuestionamiento de la figura del proscripto byroniano a lo Mármol que entona una elegía nostálgica y quejumbrosa por “la ciudad violada”, y que “erra por errar sin otro fin que soñar”… Aún cuando él se empeñe en actuar como un homme sérieux, sus tomas de posición serán descalificadas como “anacronismos”. Sus desmesuras les resultarán la negación de su definitivo sentido de la medida. Como preferirán héroes sin heroísmo, las imprudencias y los desbordes en el yoísmo en que suele incurrir Sarmiento les parecerán síntomas evidentes de su locura (“…avec ses gestes fous, /Comme les exilés, ridicules et sublimes“)”. Aburre (el pecado original del escritor) Viñas, como en casi todas sus otras digresiones, a través de una pedagogía diseñada para justificar al rosismo y al peronismo con apelaciones en francés para que se opongan éstos, aun desganadamente, a la maldad de los imperios.  Sorprende (pero es sabido que la contradicción es la forma hábil de la ceguera) Viñas al trazar esas líneas en fecha tan tardía luego de ser, obligada y dolorosamente, él mismo un exiliado, entre otras geografías, en los Estados Unidos.

David Viñas es una mención en la historia de la literatura argentina; una ligera mención sin llanto.

Hadrian Bagration

La mala educación

Ignacio Ruiz: Desapariciones. Sin datación. Colección del autor.

Fue en el periódico Crónica de la por entonces ya sitiada ciudad de Buenos Aires, a fines de Diciembre de 1975, que los lectores husmearon, sin que despertara mayor interés, una solicitada firmada por el más que prestigioso anciano Jean-Paul Sartre, la escritora Simone de Beauvoir, el hispanista Pierre Vilar (cuya Historia de España, prohibida por el franquismo, es la mejor lectura sobre el pasado de la nación más extensa de esa península) y el sociólogo Alain Touraine, entre otras suscripciones menos reconocidas, exigiendo “respeto a la vida y a la integridad física del Doctor Roberto Quieto y su puesta a disposición de las autoridades judiciales pertinentes.” Los intelectuales firmantes se solidarizaban con un pedido de la madre de Quieto, Josefa Argañaraz, testigo del secuestro de su hijo el día 28 del último mes de ese año, unos tres meses antes del inicio del reinado militar. Quieto había sido fundador de las FAR, las Fuerzas Armadas Revolucionarias en las postrimerías de los sesenta; al someter su creación a la égida de la agrupación Montoneros, conducida sin apelaciones por el tortuoso Mario Firmenich, Roberto Quieto había consentido, con toda seguridad ingenuamente, su propia destrucción: a poco de su desaparición, Firmenich, en similitud con los juicios de Stalin en Moscú con dilatada anticipación de cuatro décadas, presionó para que la cúpula de sus dirigidos condenara a la degradación y a la muerte a Roberto Quieto, bajo la acusación de negligencia operativa y de suministrar información al enemigo; en otras palabras, de no resistir estoica y permanentemente la tortura. Firmenich se desembarazaba así de un rival intelectual y humanamente muy superior a su propia persona (aun cuando su metodología revolucionaria no descartara la violencia), y a un vaticinador del fracaso y la aniquilación de las cofradías resistentes argentinas, en tanto éstas se alejaran de la política y se deslizaran hacia la militarización, campo en el cual no había competencia posible con los ejércitos regulares. Contrasta la severidad del locuaz Firmenich con la bonachona y entristecida comprensión de Jorge Luis Borges, quien en un fragmento de su texto Lunes, 22 de Julio de 1985, dictado durante la apesadumbrada continuación a oír las declaraciones del testigo Víctor Basterra, mantenido en cautiverio por cuatro años en la Escuela de Mecánica de la Armada, en el transcurso del juicio a las juntas militares, se lamentara de este modo: “Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas “sesiones” cualquier hombre declara cualquier cosa.

Fernando Botero: Monseñor, 1996. Colección privada.

La madre de Roberto Quieto, Josefa, era maestra. En razón de su edad, es de suponer, avanzada al instante del tormento de su hijo (Quieto había nacido en 1938), probablemente no fue perjudicada por la sanción de una disposición absurda: la abolición, por parte de decreto de la junta militar, del Estatuto del Docente, promulgado en Septiembre de 1958 durante la presidencia de Arturo Frondizi a través de la Ley 14.473.  Se ha analizado superficialmente en este sitio el dudoso valor de una reglamentación grata a la época de persecución de la militancia peronista (La muerte de un rey, 17 de Octubre de 2010) y la sinuosa contradicción que empañara la gestión de Frondizi: en perpetua capitulación ante las exigencias de la Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica, Frondizi estipuló en el Estatuto del Docente el espaldarazo al surgimiento (con apoyo económico del Estado nacional) de las universidades privadas de índole confesional y un requerimiento que sentaría precedente como forma rigurosa de control ideológico y hasta de la relajación de costumbres para dar cabida a la promoción jerárquica de un docente: los concursos de títulos, antecedentes y oposición. Era sabido que Frondizi ejercía cierto predominio en cuestiones de política exterior y búsqueda de inversiones; no así en lo que toca a los asuntos internos y a la ominosa sombra del Episcopado: el conflicto entre las formas de enseñanza laica y libre (en otras palabras, católica) se dirimió en favor de esta última con el apoyo del pusilánime mandatario, aun a costa de la enemistad con su hermano Risieri, rector de la Universidad de Buenos Aires.

Los artículos 19 y 20 de la Ley 14.473 otorgan al docente argentino estabilidad laboral, en cumplimiento del mandato impuesto por al artículo 14 bis de la Constitución Nacional, aunque haya sido éste el documento que más vejámenes ha sufrido en la dolorosa historia argentina: “Artículo 19: El personal docente comprendido en el presente estatuto tendrá derecho a la estabilidad en el cargo mientras dure su buena conducta y conserve las condiciones morales, la eficiencia docente y la capacidad física necesarias para el desempeño de las funciones que tiene asignadas.” Huelga aclarar que la buena conducta y las condiciones morales implicaban corrección en los hábitos sexuales tanto como en los políticos; tal ley, si bien adjudicaba al trabajador un hilo de seguridad jurídica, era, y a tal efecto el mecanismo de los concursos así lo confirmaba, una maquinaria de vigilancia.

Ernesto de la Cárcova: Sin pan y sin trabajo, 1892-93. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

El gobierno presidido por Jorge Videla se esforzó, sin oposición posible, en ir más allá. El 29 de Marzo de 1976, tan sólo cinco días después del golpe de Estado, una disposición de la junta, la Ley 21.278, suspendía el Estatuto del Docente, entre otras medidas que favorecían a trabajadores de múltiples áreas,  excusándose con los siguientes pretextos: “Considerando que el Estatuto del Docente – que tiene vigencia desde 1958- ha sido elaborado sobre la base de pautas ideales y que, por diversas razones históricamente su aplicación ha sido siempre parcial… Que todo ello se ha proyectado en la práctica como un factor negativo en la organización del sistema educativo nacional y ha creado una situación de los cuadros docentes totalmente disfuncional…  Que debe dictarse el instrumento legal que facilite la consecución de los objetivos formulados en el punto 2.8 del Acta para el Proceso de Reorganización Nacional y que, en tal sentido, deben establecerse las disposiciones que permitan proceder en forma progresiva a la adecuación normativa en función de una coherente administración del personal…. Art. 1: Facúltase al Ministerio de Cultura y Educación de la Nación para suspender total o parcialmente el Estatuto del Docente… Art. 2: … la estabilidad del personal docente dependiente de establecimientos de enseñanza privada. Art. 3: … el régimen laboral de profesores designados por cargo”. Ninguno de  los  Ministros de Educación de Videla, Ricardo Bruera (Marzo de 1976 a Mayo de 1977), Juan José Catalán (Junio de 1977 a Agosto de 1978) y Juan Rafael Llerena Amadeo (Noviembre de 1978 a Marzo de 1981) se avino a explicar en qué consistían las pautas ideales de la educación argentina y cuáles habían sido las razones de la aplicación parcial del Estatuto que no fueran de responsabilidad estatal. El someramente mencionado punto 2.8 del Acta fundacional del Proceso arroja algo de oscura luz sobre las intenciones castrenses: “Conformación de un sistema educativo acorde con las necesidades del país, que sirva efectivamente a las necesidades de la Nación y consolide los valores y aspiraciones culturales del ser argentino.”

Si la Ley 21.278 anulaba el cuerpo legal al que el docente podía recurrir de sentirse amenazado por una injusticia y arrebataba al trabajador privado su estabilidad laboral, la Ley 21.274 posibilitaba la prescindibilidad de los empleados públicos sin sumario previo; para quien ocupaba una posición al frente de una institución educativa o de un aula, ya no había escapatoria. Cerrando el impiadoso cerco cuyas secuelas son padecidas aún hoy en el ámbito de la enseñanza, el Ministerio de Educación y Cultura quedaba facultado, por medio de la Ley 21.276 (en sentido estricto, de aplicación universitaria, pero usada en incontables ocasiones para apelmazar inquietudes en los ciclos primario y secundario) a resolver situaciones no previstas por la legislación, lo que equivalía, en términos llanos, a violarla cuantas veces fuera de su antojo.

Desplomado el régimen militar, el 31 de Diciembre de 1987 es puesto en vigor el nuevo Estatuto Docente de la Provincia de Buenos Aires de acuerdo a la Ley 10.579. La ciudad de Buenos Aires obtendría su reforma educativa a través de la Ley 24.049, la que a partir del 1 de Enero de 1992 transfería a las provincias y municipios los servicios educativos; el Estatuto Docente de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se denomina, escuetamente, Ordenanza 40.593. Es asunto de recurrente amargura, tanto institucional cuanto individual, que las autoridades argentinas se empeñen, con frecuencia y desvergüenza dignas de peores causas, en asumir la administración de la ley para, precisa y cínicamente, quebrantarla.

Hadrian Bagration

Pieter Bruegel el Viejo: Ciego guiando a otros ciegos, 1568. Galleria Nazionale di Capodimonte, Nápoles.

NB: Los lectores que hayan seguido la plomiza reproducción de los vaivenes con los que la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires mantiene a los docentes a su cargo en estado de angustiada servidumbre pueden consultar la página oficial en la red de la entidad gremial capitaneada por Roberto Baradel, el Sindicato Unificado de Trabajadores de la Educación de Buenos Aires (SUTEBA), el cual, en su apartado dedicado a la historia de la legislación docente, en un artículo sin firma, asevera, en un estilo algo informal: “LAS IDAS Y VUELTAS DEL ESTATUTO HASTA 1957: No existía un cuerpo orgánico que fijara derechos y deberes del educador. Se ingresa al sistema y se asciende a dedo. No están pautadas las condiciones laborales. 1957: Se impone por decreto-ley de la dictadura militar un Estatuto Docente. Refleja la concepción del educador que tenía ese gobierno: profesionalista, autoritario, verticalista. Concibe un sistema educativo de estructuras rígidas y anquilosadas, al que no penetró la realidad. Sin embargo, es un progreso. Una serie de derechos docentes se convierten en Ley. 1958: Se sancionó por decreto el Reglamento General de Escuelas. Mezcla deberes (no derechos) del docente con directivas para el funcionamiento de las escuelas. 1976: La dictadura militar deroga el Estatuto y suprime todos los derechos docentes.” Concuerdo con las críticas de Baradel a la ausencia de un cuerpo reglamentario, a las falencias que éste tuvo en el período que comenzó con Frondizi y a su conculcación durante la dictadura militar de 1976. Es paradójico entonces que el dirigente sindical no se solidarice con los miles de docentes a los que afirma representar y desea someter a concursos de títulos, antecedentes y oposición originados en una concepción legal profesionalista, autoritaria y verticalista, en tanto tales docentes han accedido a sus cargos directivos a través de exámenes conformes a la reglamentación establecida por la Ley 10.579 y, por lo tanto, no caprichosamente, o bien, como argumenta el anónimo articulista de Baradel, con quien coincido en forma total, a dedo. Curiosa contradicción inherente a la condición humana la que afecta al citado dirigente.

Hadrian Bagration

Enlace a las reflexiones de SUTEBA sobre la debida protección al trabajador docente:

http://www.suteba.org.ar/estatuto-del-docente-indice-214.html

Palimpsestos III: Ensayo sobre la normalidad de la idiotez

Daisy Rockwell: Retrato de Lady Macbeth, sin datación. Colección de la autora.

En el mes de Enero de 1936 Josef Stalin asistió a una representación de la ópera Quiet Flows the Don (El Don fluye apacible) del compositor ruso Ivan Dzerzhinsky, quien basó su drama musical en un libro del mismo nombre, de disputado autor, puesto que las historias de la literatura dan por cierto que fue escrito por Mikhail Sholokhov, en tanto el muy notable y en ocasiones muy equivocado Alexandr Solzhenitsyn (no es el único) lo atribuye al más talentoso y desconocido escritor cosaco Fyodor Kryukov. Pocas dudas subsisten en lo que toca a la autoría de la historia: Sholokhov fue un oportunista advenedizo escogido por Stalin para cantar loas al golpe de Estado que tuviera lugar en Rusia en Octubre de 1917 y que encumbrara a monstruos como su propia y venerada persona al poder. Kryukov, muerto de fiebre tifoidea en 1920, poco podía hacer para protestar su disconformidad. Sholokhov escaló puestos en la soviética jerarquía de los redactores asalariados por el Partido Comunista hasta obtener la vicepresidencia de la nimia Asociación de Escritores Soviéticos, cargo que no le fuera ofrecido en reconocimiento a sus méritos retóricos, sino como recompensa a sus funciones no fielmente literarias: sicofante, delator, arribista, negador de las atrocidades cometidas durante el estalinismo, apologista de esa forma sistemática de masacre que la reticencia comunista disfrazó en la Unión Soviética como colectivización. En 1965, en otra de sus inexplicables elecciones, la Academia Sueca le regalaba un irreflexivo Premio Nobel.

Josef Serebriany: Dmitri Shostakovich (detalle), 1964. Colección privada.

Stalin se encargó de propalar abundantemente su aprobación para con la pésima creación sonora de Dzerzhinsky. Pocos días más tarde, en el mismo teatro, se encontraba farfullando su anatema contra la muy diferente Lady Macbeth of the Mtsensk District de Dmitri Shostakovich; los rústicos oídos del déspota no atinaban a comprender el trabajo de un genio. Los ágiles corredores palaciegos se apresuraron a comunicar los rumores que concernían al juicio del dictador a las afanosas manos de los servidores del régimen: a Dzerzhinsky le fue concedido el dudoso honor de ser acreedor al Premio Stalin y a un influyente cargo en la Unión de Compositores Soviéticos. Shostakovich debió soportar una censura doble: artística, en tanto su música fue descrita como aburguesada (y por consiguiente indigna de ser interpretada en tiempos revolucionarios); y moral, ya que el libreto de la ópera muestra simpatía para con una mujer que recurre al asesinato para librarse de un matrimonio infeliz y consumar una unión más amorosa, irreverencias sangrientas que fueron recibidas con escándalo por la afrentada pureza de la burocracia comunista. El pasquín neoyorquino The New York Sun se refirió a la ópera burlonamente como pornofonía. La revista Time designaría a Stalin como el Hombre del Año en 1939, con doce meses de anterioridad había hecho lo propio con Hitler; corrían los cetrinos tiempos de coqueteo de las atemorizadas democracias para con los lóbregos fascismos. Shostakovich debería esperar hasta la muerte de Stalin para acceder a una morosa reivindicación; aun así las autoridades soviéticas le reprochaban el tener demasiados amigos de origen judío. Se llegó a un acuerdo con él: se uniría al Partido Comunista y las restricciones cesarían como por arte de magia. Su hijo revelaría mucho después que Shostakovich completó la solicitud de afiliación entre lágrimas. No fue sino en 1961 que la Lady Macbeth de Shostakovich recibiera demorada reivindicación; un año después, el realizador Andrzej Wajda (cuya posteridad está sencillamente asegurada por la existencia de su inmaculada El hombre de mármol) homenajeó al compositor con un film que se conoció en inglés como Siberian Lady Macbeth. En 1965 comenzaría la rebelión de Shostakovich: se opuso junto a otros veinticinco intelectuales a la rehabilitación política e histórica de Stalin y unió fuerzas con el filósofo Jean-Paul Sartre y la eximia poetisa Anna Akhmatova en la defensa del escritor Joseph Brodsky, condenado a cinco años de trabajos forzados por el grave delito de ser poeta sin la bendición de la Asociación de Escritores Soviéticos, y de ser judío. Este apoyo le valió a Brodsky la conmutación de su pena por la de la expulsión de la Unión Soviética, situación que pocos analistas definían por aquellos años como un castigo.

Rondaban en la imaginación de Peter Seeger los acordes de la más famosa canción de protesta e ícono insuperable de los derechos civiles, We shall overcome, en días tan tempranos como los del año 1947. Seeger agregó unos versos a lo que había sido hasta ese entonces un gospel compuesto por Charles Tindley en 1901 como himno de camaradería en las huelgas conjuntas de mineros blancos y afroamericanos para ser cantadas en las iglesias de Philadelphia. Seeger había conocido cierta popularidad como compositor de baladas en apoyo al bando republicano en la Guerra Civil Española, de las que sobreviven There´s a Valley in Spain called Jarama y Quinta Brigada, entre otras pocas. Sus lazos con organizaciones socialistas y comunistas en el período de entreguerras y posteriormente durante la Segunda Guerra Mundial le ganaron la enemistad de los cazadores de brujas más insaciables de entre los seguidores del macabro senador Joseph McCarthy. En Agosto de 1955 Peter Seeger fue citado a declarar ante el ampulosamente caricaturesco Un-American Activities Committee (Comité de Actividades Anti-Estadounidenses), un rejunte de informantes, políticos grises y ambiciosos, fanáticos anticomunistas y densas mediocridades más afines al mundo de la picaresca malévola que al de la política. Enaltece a Seeger haberse negado a testificar, a revelar nombres de amigos o conocidos o a otorgar sumisamente detalles sobre su vida privada y sus posiciones políticas. Su valentía, por cierto, le costó la molestia, sobre todo pecuniaria, de ser incluido en las profusas y temibles listas negras.

Con una condena a prisión pendiendo sobre su libertad y rechazado por gran parte del mundo del espectáculo, Seeger, recluido en su domicilio y refugiado en la lectura, reparó en las estrofas de una canción popular de Ucrania, país no lejano al ruso río Don, la cual pregunta: “Where are the flowers? The girls have plucked them. Where are the girls? They’ve all taken husbands. Where are the men? They’re all in the army.” (¿Dónde están las flores? Las jóvenes las han arrancado. ¿Dónde están las jóvenes? Todas se han casado. ¿Dónde están los maridos? Todos están en el ejército). Estos versos figuran en el libro erróneamente atribuido a Sholokhov. Sin hacerse demasiadas ilusiones, Seeger grabó un popurrí en donde incluía esas líneas y se olvidó del asunto. Joe Hickerson, músico amigo de Seeger, agregó un par de rimas y de ese modo la canción, destinada a un abandono raudo, quedó completa.

La popularidad cayó sobre Peter Seeger como una muerte. La actriz y cantante Marlene Dietrich, sabedora de las tribulaciones políticas y económicas de Seeger, escogió su canción para una grabación a beneficio de UNICEF en 1962. La primera versión fue cantada en francés por la irresistible voz de la Dietrich (Qui peut dire où vont les fleurs?); esa tonadilla bastó para devolver a Seeger a los primeros puestos como artista folk y a proporcionarle notoriedad mundial. Marlene Dietrich concluyó dos versiones más, la original en inglés y una tercera en alemán (Sag’ mir, wo die Blumen sind?). Para entonces no había cantante de monta que no quisiera participar en las celebraciones que correspondían al regreso de Peter Seeger a la dimensión de los vivos y tolerados: Dalida, Joan Baez, Johnny Rivers, Massive Attack y la rolliza Dolly Parton se unieron a la agradecida fratría de exportadores del hit.

Nikki Katsikas: Marlene Dietrich, 2009. Colección de la autora.

Marlene Dietrich agregó un servicio más a su larga enumeración de contribuciones para con su amigo Seeger y para con la humanidad. A mediados de los sesenta, durante un viaje a Israel en el que fuera merecidamente  laudada por su incuestionable apoyo al bando Aliado en la Segunda Guerra Mundial y al pueblo judío (alineación que no gozara del favor de personalidades de carácter -a primera vista- menos frívolo, tales como Martin Heidegger, Ezra Pound, Gottfried Benn o Eugenio Pacelli) , la diva se atrevió a cantar, en alemán, la pieza de Seeger. Hasta entonces el uso de ese idioma, por razones harto conocidas, estaba interdicto, aunque no oficialmente, en Israel. La audiencia vitoreó su interpretación impecable, poniendo fin a una prohibición no escrita pero ya superflua a dos décadas de la derrota de la maldad nazi, que no de las sucesivas reivindicaciones, a veces aguachentas pero siempre reconocibles, de su ideología.

Joseph Brodsky, poeta mencionado en razón de sus conflictos con las élites de esa insuficientemente compasiva superestructura llamada Estado borroneó en una de sus anotaciones que si nuestros líderes políticos fuesen elegidos sobre la base de la calidad de sus lecturas y no en razón de sus poco veraces promesas electorales, la desolación hallaría menor campo fértil en el planeta. El recatado pero valedero coraje de Shostakovich, la bravura ante los atropellos del basto poder y la lealtad de Seeger para con sus amigos y, por sobre todo, la solidaridad y ese encanto imperecedero que rebalsó del curvilíneo cuerpo de Marlene dan cuenta de la en muchas oportunidades desconocida y amarga tarea del artista y del intelectual que consiste en despertar conciencias en la sociedad humana, la cual, en tantas ingratas ocasiones, no sabe reconocer nada, ni siquiera el talento.

Hadrian Bagration

La dieta de los hombres decentes

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Edward Abbey

En el duodécimo capítulo de su asombroso volumen, The Idea of Decline in Western History, el historiador Arthur Herman obsequia al lector un epígrafe exuberante de profética comicidad: “Men come and go, cities rise and fall, whole civilizations appear and disappear- the earth (sic) remains, slightly modified…  Man is a dream, a thought, an illusion, and only rock is real. Rock and sun”. Estas líneas son el producto de una mano sencilla. Edward Abbey las escribió alrededor de 1988 para extender la inmerecida duración de su libro Desert Solitaire: A Season in the Wilderness, un muy estadounidense desfile de memoirs acerca de su excitante y valerosa función como guardián de la naturaleza en el Arches National Park (por ese entonces sólo national monument) en Utah. Abbey se nutre del vitalismo y la Lebensphilosophie de los románticos alemanes en su arrobada visión de los paisajes a los que debe proteger de los molestos turistas; así lo hace notar Herman comparando la óptica de Abbey a la del Frankenstein de Mary Shelley: ambos exudan horror ante el monstruo que asomaba su pavorosa cabeza en tiempos de Shelley y ya su cuerpo entero durante los días de Abbey como funcionario del Estado, entidad a la que él aseguraba detestar; después de todo, la creación del doctor Frankenstein es una suerte de máquina. En cuanto a que la Tierra ha cambiado poco desde su formación (desplazamientos de masas continentales, cambios climáticos extremos, desapariciones masivas de especies -no es necesario echar mano a la que hizo naufragar el reinado de los dinosaurios: la colosal extinción que tuvo lugar a fines del Pérmico y principios del Triásico barrió con casi la totalidad de las especies marinas y un setenta por ciento de los animales terrestres; treinta millones de años requirió el ecosistema para recuperarse, sin que tal catástrofe de bíblicas proporciones pudiese hasta hoy ser achacada a la industria), es verosímil presuponer que Abbey no asistió a muchas de sus citas con las materias que imparten conocimientos pertenecientes a las ciencias duras en su paso por la escuela secundaria.  Abbey comparte con un mentor al que no solía citar, Michel Foucault, no sólo la advertencia acerca de la desaparición del hombre (en sendos casos, se referían al hombre en cuanto hijo de la Ilustración y, por extensión, al hombre educado en la civilización occidental), sino la ávida esperanza de que tal cosa suceda. Cuando Abbey elogia a Sartre y desprecia a Cocteau, lo hace en razón de uno de los períodos menos notables del autor de La Náusea: el olvidable prólogo  con el que su literatura se rebajara al oprobio de exaltar los delirios de Frantz Fanon en Les Damnés de la Terre. Ambos, Abbey y Foucault, murieron sin que sus augurios hubiesen sido sazonados por el éxito: el último, de acuerdo a Jürgen Habermas, ignorando si demasiadas sombras de Kant no enturbiaban su idealización de Nietzsche; el primero, en medio de un happening de cerveza y disparos que se le organizó a modo de funeral, ya que, según su parecer y su testaruda pertenencia a la ultraconservadora NRA (National Rifle Association), el rifle es el arma de la democracia.

El estado de las corrientes de pensamiento actual se asemeja en mucho a la sensación de tristeza que alarga la penumbra de nuestra mañana cuando aquella persona por la que profesamos amor se ha ido. La pasión nos arroja quizás a la violencia, nos despoja de las metáforas, nos promete la muerte. Los andrajos de esos párrafos inconexos que constituyen la apática filosofía de hoy nos invitan sólo a mendrugos, juegan como con mascotas con las metáforas, siguen prometiéndonos, de no mediar enmienda de nuestra parte, la muerte. Liberación o muerte, socialismo o muerte, patria o muerte, Cristo de nuevo coronado o muerte, muerte a los infieles o muerte; esta incompleta enumeración de algunas de las más comunes necrofilias del intelecto no puede sino estar rematada por una relativa novedad del Hades de la posmodernidad ya entregada a los irredentos brazos de la Contra-Ilustración: el ecopesimismo.  Más que una ideología, es una expresión de deseos entrenada en paladear la muerte del hombre en tanto capitalista, industrialista, occidental, ilustrado y laico. Desde Roger Bacon y Wilhelm von Ockham hasta Saint-Simon y Francis Bacon, la tecnología constituyó un aspecto esencial del progreso. La Encyclopaedia de Diderot rebosaba con imágenes que demostraban la potestad de la industria en su capacidad (es decir, su potencia, que no su acto irremediable o su resultado inevitable) para modificar positivamente las relaciones de poder en una sociedad y ser artífice de una mayor igualdad. Francis Bacon ubicó su Nova Atlantis, una isla en la que la conquista de la naturaleza a través del uso de la ciencia suponía la razón de ser de sus habitantes, al oeste del Perú, cuya porción más occidental había sido territorio del Imperio Inca. Más al sur, anexada no sin efusión de sangre por Huayna Cápac, yace la actual Bolivia, regida en esta graciosa actualidad por Evo Morales, orgulloso aymará, etnia a quien los quechuas, amos de la civilización inca, habían sometido como a simples ilotas, pero a los que Morales reivindica en flagrante contradicción con su permanente oposición a los sueños imperiales de Washington.

No poco puede escribirse sobre la relación de Evo Morales con el poder político, a riesgo de caer en una tediosa repetición de un argumento a estas alturas casi circense: un candidato surgido de los lodos de la llaneza más chata del pueblo genera un incontenible entusiasmo electoral que lo encumbra a alguna primera magistratura. Meses después los barros del entusiasmo popular se han secado; las mentes menos sensibles descubren que simplemente se ha elegido a un nuevo señor feudal. Sólo un puñado aprende que la revolución no fracasa apenas tiene éxito, sino cuando acontece ese momento mágico en que se la cree posible por gracia y virtud de un movimiento o de un nombre. Ateos religiosos, los jóvenes que militan en las filas de estos barones de la perversión conservadora de  los gobiernos del Tercer Mundo son creyentes políticos provistos del más incendiario fervor y de la más fanática superstición: la de la prisa. Son criticables, y en exceso, las peligrosas amistades que Morales se ufana de hacerse acreedor para con monstruos de la talla de Fidel Castro o Mahmoud Ahmadinejad. Son ilusorias, y por mucho, las suposiciones que hacen de Morales un adalid de la hermandad latinoamericana y un redistribuidor de la riqueza de los recursos naturales de la castigada Bolivia; nada ha cambiado con su burocracia, nada nuevo sucederá luego de su partida. Bolivia será un poco más pobre y sus habitantes serán hechizados (como los de tantas y tan disímiles geografías) por otro espejismo de sobria presencia o de colorido atuendo, según convenga. No es Morales el problema central que aqueja a Bolivia, ni los miles que se le asemejan, sino la lejanía que sufren los bolivianos respecto de aquello que ocupaba los largos días de maître Diderot: una visión materialista de la existencia basada en el carácter efímero de la vida, la posibilidad del goce como propiedad alcanzable del animal humano y la idea de que es posible controlar el progreso mediante el dominio de la técnica y la explotación racional de la naturaleza. El énfasis de Morales en la puntillosa recreación de ridículos (el insulto es deliberado) cultos incaicos, no diferente a la propagación de la santería y el vudú en Cuba por el estólido Fulgencio Batista como mecanismo de control de masas y de su obligación de permanecer en tranquila ignorancia, no acerca al pueblo boliviano ni en un palmo a esos objetivos. Al decir de Fernando Savater en su prólogo a Etica senza fede del filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais, los creyentes tildan a los ateos de mutilados espirituales. Así, quienes han sido convencidos, con harta facilidad, me temo, de las bondades del retorno a las plegarias a la Madre Tierra como expresión de la verdadera y plena cultura popular y de la necesidad de la supresión de cualquier intento de racionalizar la industrialización y la modernización de una nación a través de la educación y del dominio de la técnica y del reemplazo de ambas por el retorno al neolítico me considerarán, quizás no sin cierta razón, aunque por malas razones, un mutilado romántico.

Una faz insospechada de Evo Morales emergió en medio de cierta hilaridad por parte de su sempiterna claque, la que tomó sus palabras, quizás a despecho de su líder, en tono de comedia. No es nuevo que Morales arremeta contra la industria, en tanto prosigue, esta vez en nombre del Estado boliviano (que no del pueblo) la explotación gasífera con métodos nada artesanales. Sí lo es que se proclame ecónomo y nutricionista máximo de su nación. Morales sostiene, y sus labios no tiemblan, que la homosexualidad de los europeos y su galopante alopecía son debidas, ambas dolencias, a la ingesta descontrolada de pollos malamente alimentados con comida de ínfima calidad, repleta de hormonas femeninas las que, una vez digeridas por los varones, son la causa de la peste sexual. Morales guardó silencio acerca de cuáles serían las aves consumidas por las mujeres que (de acuerdo al juicio del presidente boliviano) padecen la homosexualidad, y qué clase de hormonas contendrían. Tampoco abundó acerca de los platos, ingredientes y cocciones a evitar a fin de eludir caer en la bisexualidad, el travestismo, las relaciones poliamorosas, la transexualidad; es de suponer que su dieta personal asegurará un comportamiento viril y una apariencia irresistiblemente masculina. Aun así, tal vez debido a su modestia o a su reserva en lo que toca a su vida privada, no osó compartirla con su público. Sólo instó a consumir ancestrales alimentos como la quinoa y la papa. A juzgar por los numerosos pleitos entablados contra él por las madres de sus hijos no reconocidos, quizás tales delicias no abstengan totalmente al consumidor del pecado nefando; sí lo tornarán tan prolífico como a un conejo.

Amante y amado besándose, detalle de tondo en un kílix, ca. 480 AEC, Museo del Louvre.

La clacisista y pensadora estadounidense Martha Nussbaum anotó en su The Fragility of Goodness: Luck and Ethics in Greek Tragedy and Philosophy, que en la Hélade, el erômenos, o amado (ἐρώμενος) era “… a beautiful creature without pressing needs of his own. He is aware of his attractiveness, but self-absorbed in his relationship with those who desire him. He will smile sweetly at the admiring lover; he will show appreciation for the other’s friendship, advice, and assistance. He will allow the lover to greet him by touching, affectionately, his genitals and his face, while he looks, himself, demurely at the ground. The inner experience of an erômenos would be characterized, we may imagine, by a feeling of proud self-sufficiency. Though the object of importunate solicitation, he is himself not in need of anything beyond himself. He is unwilling to let himself be explored by the other’s needy curiosity, and he has, himself, little curiosity about the other. He is something like a god, or the statue of a god.” Y sin embargo, la dieta de los griegos consistía, variantes regionales aparte, además de la tríada mediterránea (trigo, aceite de oliva y vino), en coles, cebollas, lentejas, almendras, pescado, huevos de ganso, faisán y codorniz, queso de cabra. Por cierto que criaban pollos, pero no los consumían en demasía ni los alimentaban con horrorosos productos industriales mientras eran encerrados en estrechas celdillas. Y sin embargo, y pese a esta carencia en su dieta, cierta forma de amor que no osa decir su nombre es conocida tanto por sus adherentes cuanto por sus detractores como amor griego. Evo Morales bien podrá deducir de qué clase de caricias se trata.

Miyagawa Isshô: Hombre besando a su joven amante, ca. 1750. Colección privada.

En tiempos del renacimiento florentino, los alemanes daban en llamar Florenzer a cualquier varón que apeteciera las beldades de otro. No obstante, no formaban las aves la principal delicia del paladar del norte de Italia: trippa, lampredotto, filetes y ensaladas con papas y tomates se llevaban los primeros lugares. Del pollo, los florentinos consumían el hígado en forma de patê. Los turcos otomanos se deleitaban con palomas asadas, arroz y melones rellenos de dulces, y asimismo con los rakkas, jovencitos entrenados en imitar a las mujeres que seducían mediante la danza del vientre, ataviados como ellas y provocando en las bailarinas tales celos que en no pocas ocasiones éstas conspiraban para hacer asesinar a un favorito. El islam actual, avergonzado por esas prodigalidades, niega que bellezas implacables como la del gitano Ismail fueran cortejadas por sultanes, y que su presencia debiera ser reservada con meses de antelación, y que su compañía desarmaba sólidas fortunas. En la cuna del sol, el Japón, la práctica del  衆道 (shudô) hubiera sido reconocida por cualquier hoplita: el envejecido Nabeshima, guerrero sin señor al que obedecer ni batallas en las que morir, prescribe en su tratado de etiqueta militar que un joven samurai debe examinar la paciencia de su cultor hasta por varios años para comprobar las duraderas intenciones de su amante menos lozano, mientras saborea albaricoques, duraznos, abulones, ciruelas, granadas, arroz y pescado. Los jesuitas fingían no advertir la sodomía imperante en los monasterios budistas, dado que los votos de castidad prohibían sólo las relaciones íntimas con mujeres. La pudibunda era Meiji desterró esta malsana costumbre a la que consideraba, con toda razón, occidental.

Huaco erótico, cultura moche, ca. 300 EC, Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera, Lima.

Bartolomé de las Casas culpa al dios Chin por el hecho de haber introducido la homosexualidad en la nobleza maya, la cual devoraba maíz, porotos y chile (la tríada precolombina). No ofenderé a Morales evitando explayarme sobre la homosexualidad en culturas preincaicas, las que desconocían los virulentos atracones de pollo. Los huacos (alfarería) eróticos que sobrevivieron a la sistemática destrucción organizada por el virrey Francisco de Toledo representan casi exclusivamente el coito anal, homosexual tanto como heterosexual, la celebración de la erección mutua y alguna vaga escena de lesbianismo. De la mayoría de ellos sólo resta el polvo. Lejos estoy de fomentar la leyenda de un continente edénico hasta la llegada de los españoles: los arqueólogos disputan acerca de qué clase de cataclismo (aún no imputado a la industria) destruyó a la cultura moche: una feroz inundación seguida de decenios de sequía que diera origen a extenuantes guerras intestinas por el control de los escasos recursos es una de las hipótesis. Los chimúes, arrasados por los incas en la segunda mitad del siglo XV EC, se entregaron a la sodomía ritual impuesta por sus ritos lunares. El imperio incaico, dice bien Morales, no toleraba estos atentados al religioso pudor:  la pena por ser hallado en sudorosa compañía con otro varón era la confiscación de los bienes, por magros que fuesen, la destrucción de los hogares de los amantes, y la muerte. No hallaron los españoles mucho que reprochar en cuanto a la lasitud de hábitos represivos se refiere entre los señores del Tawantinsuyu. Quienes defienden la teoría del perdido paraíso precolombino desconocen, entre otros datos, que en las alejadas regiones del norte del imperio (el Ecuador y sur de Colombia) la tolerancia de aquéllo que no había sido aplastado de las culturas moche y chimú permitía que la homosexualidad no fuera objeto de tenaz persecución. Pésimas o interesadas lecturas de los cronistas españoles (de las Casas, Fernández de Oviedo, Cieza de León, Garcilaso de la Vega) extendieron más tarde esa relajación de costumbres a todo el territorio inca.

Morales en sombrío maridaje con Ahmadinejad

La psicóloga María Galindo, también fundadora de la agrupación Mujeres Creando, primer colectivo feminista de Bolivia, junto a Mónica Mendoza y Julieta Paredes, entendió que el modelo conservador de la izquierda nacionalista que apoya a Morales es, a fin de cuentas, una máscara más con la que ocultar el rostro de la mujer mediante nada originales artilugios como la manipulación de la historia (cuando no su falsificación) y la exaltación del jefe tribal de turno, poco o nada interesado en el avance de los derechos de la mujer y de las minorías sexuales. Mujeres creando es periódicamente amedrentado o abiertamente agredido por la policía boliviana por su campaña en favor de los derechos de los hombres y mujeres homosexuales y de su prédica en favor de la legalización del aborto. Muda respuesta han recibido hasta ahora de un presidente que recomienda a sus acólitos renunciar a la degustación de pollos para no caer en la tentación del afeminamiento. Si ni un céntimo de piedad puede esperarse del conservadurismo en relación a los padecimientos de las militantes feministas en Bolivia, de igual modo ni una gota de estos atropellos escapa de la censura de los ya grotescos (y en casi toda oportunidad, algo desaseados) remolinos de las izquierdas vernáculas. En otro acto de valentía por parte de Galindo, ésta le recriminó a Morales el hecho de recibir al presidente iraní Ahmadinejad, en cuyo país la persecución, tortura y ejecución sumaria de los homosexuales es una tragedia cotidiana. Es válido recordar que el ya citado Michel Foucault (quien firmara en 1977 con Jacques Derrida y Louis Althusser una petición dirigida a la Comisión de Reforma del Código Penal del Parlamento Francés para declarar lícitas las relaciones consentidas entre adultos y jóvenes mayores de quince años, petición que también yo hubiera firmado) emprendió en 1979 dos iniciáticos viajes por el Irán de Khomeini, al cual halagó profusamente en una serie de artículos de mínimo valor histórico y estético. Foucault, algo miope por ese entonces, optó por no percartarse de las lapidaciones en las que eran asesinadas las mujeres tachadas de adúlteras, los linchamientos de homosexuales, entre tantas otras letanías de vejaciones. Dos de sus biógrafos, Didier Eribon y Paul Veyne, confirman que sus loas a la asesina teocracia iraní publicadas por el Corriere della Sera son, tristemente, inocultables.

Evo Morales no es, ni política ni históricamente hablando, un nuevo de tipo de personaje en emerger en la escena pública. Oportunista, pragmático hasta el cinismo, manipulador, explotador de la ignorancia popular (y sembrador de la propia), tiene por antecesor más directo a la banalidad y la estulticia de Juan Perón, quien llegó a afirmar ante un auditorio formado por jóvenes fascinados (quienes voluntariamente bien pudieron haber dado su vida por él años después) que de la civilización griega sólo quedaban unas cuantas columnas rotas. Tardará en llegar a Latinoamérica algún vestigio de la modernidad, e ignoramos, si es que tal cosa ocurre algún día, de la mano de quién. Sí sabemos, por fortuna, quién y quiénes se interponen entre nosotros y ella.

Hadrian Bagration

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