La sombra

Eugène Delacroix: Milton dictando "El paraíso perdido" a sus hijas, 1826. Colección G. H. Hamilton, Williamstown, Massachusetts.

Philip Spitta, el biógrafo más frondoso de Johann Sebastian Bach, es quien nos acerca este pequeño asombro: su vista fatigada, en el invierno que precedió a su muerte Bach se sometió a dos rústicas operaciones en sus ojos para morigerar los pesares de su visión; ninguna tuvo éxito. Ciego y un tanto olvidado por la sorda volubilidad de sus contemporáneos, Bach muere lentamente, al igual que se extingue la suprema majestad del barroco, ignorando que es, como todos los hombres, la prefiguración de un destino amargo y común a tantos hombres: la soledad, la miseria, la ceguera, la enfermedad, la muerte; de todas ellas puede forjarse un conjunto que en el declive vital de los asuntos humanos bien podría denominarse la sombra. No asaltó a Bach en sus años últimos la soledad y su hogar, si bien modesto, estaba bien provisto; su desdicha consistió más bien en una fama disgregada y módica y el afianzado avance de la ceguera. No a otra cosa aludió John Milton al componer un soneto que desconocía, involuntariamente, la música de Bach :

When I consider how my light is spent,
E’re half my days in this dark world and wide,
And that one Talent which is death to hide
Lodg’d with me useless, though my Soul more bent
To serve therewith my Maker, and present
My true account, least he returning chide,
Doth God exact day-labour, light deny’d,
I fondly ask?

(Traduce magnánimamente Jorge Perednik:

Cuando pienso que mi luz se ha gastado
Y hay noche antes de promediar mi día
Y oculta y muerta esa moneda mía
Me hallo inepto, aunque mi alma se ha inclinado
Tras ello a servir a Dios y ha abjurado
De culpas por ganar Su Simpatía,
Pregunto: “¿Qué trabajo él mandaría
Si me niega luz?”)

Milton, ciego y enfermo de vejez, dictó a sus amanuenses la segunda parte de Paradise Lost (Paradise Regained), tras la que incluyó una tragedia en verso en la cual ocupaba el lugar del cegado, humillado y desposeído Sansón, preso de los filisteos:

Thou art become (O worst imprisonment!)
The Dungeon of thy self; thy soul
(Which men enjoying sight oft without cause complain)
Imprisoned now indeed,
In real darkness of the body dwells,
Shut up from outward light
To incorporate with gloomy night
For inward light, alas,
Puts forth no visual beam

(Samson Agonistes, 155-163)

(Te has convertido (¡oh, cruel confinamiento!)
 En la Mazmorra de ti mismo; tu alma,
(Por la que hombres que gozan de la vista a menudo sin causa gimen)
Por completo encarcelada hoy,
Habita en total oscuridad tu cuerpo,
Oculta de la luz exterior
Y se funde con la lúgubre noche,
Porque nuestra interna luz, oh, desgracia,
No ofrece un haz visible.) 

La primera de las estrofas de Milton (When I consider how my light is spent) es merecedora de un sombrío nombre: On his blindness (Sobre su ceguera). Borges juzgó tan apropiado ese título que dos de sus poemas lo calcan: On his blindness aparece en El oro de los tigres (1972) y en Los conjurados (1985). Ninguno de esos versos posee (¿de qué virtud, nos atrevemos a inquirir, carece un verso de Borges?) la lánguida tristeza de Lo perdido:

¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy?  

Elias Gottlob Haussmann: Johann Sebastian Bach, 1746. Altes Rathaus, Leipzig.

Spitta informa que los meses finales de Bach transcurren sin alborozo y envueltos en la rudeza de la tiniebla, a la que, impotente, había dedicado el resignado hábito de la costumbre. El 18 de Julio de 1750 Bach despierta del sueño de la noche para proseguir el sueño de la ceguera cuando descubre, quizás con una mezcla de exaltación y de pavor, que ha vuelto a ver; son suyos otra vez los reconocidos rostros y los habituales impedimentos y los enseres. Manos amables acercan a sus ojos débiles la cara de uno de sus nietos. Ordena a su yerno que tome el dictado del coral en el que había estado trabajando hasta que se sumió en la sombra: Wenn wir in höchsten Nöthen sein (Cuando estemos en profunda necesidad); desde allí  la composición vira a Vor deinen Thron tret’ ich hiermit (Ante tu trono me presento); ambas obras se preservan bajo el mismo número de catálogo (Bach-Werke-Verzeichnis 668 para ésta y 668ª para la anterior).  Poco después se duerme y muere diez días más tarde, tal vez feliz.  Por un siglo y medio su tumba se perderá (como un día se perderán todas las tumbas) Recuperado en 1894, su féretro reposa hoy en la iglesia de Santo Tomás en Leipzig.

De esa breve ceguera, que sólo duró unas cuantas lunas, debemos a Bach dos piezas magníficas; a John Milton, los paraísos que cimentaron la fama de un dios taciturno y adusto y también la suya propia, que admiró William Blake. Mármol y Groussac ya habían encontrado su destino cuando entraron en la penumbra. Honoré Daumier asistió bajo el silencio de la ceguera a la primera exposición que se hizo de su arte;  viviría seis años preso de la inhabilidad que implica la crueldad del oxímoron de ser un artista ciego. Galileo, que murió aplastado por la Inquisición, sufrió ceguera durante sus últimos cuatro años. Jean-Paul Sartre oscureció durante sus finales siete.  ¿Qué será de mis años si es que alguna vez me alcanza la sombra, yo, que tan poco tengo para ofrecer a cambio de ese error que santifica a tanto y a tantos, el sufrimiento?

Hadrian Bagration