10.000

Lavery Red Book z

Sir John Lavery: Miss Auras, The Red Book (1892). The Pym’s Gallery, London.

Sin proponérmelo, sin agitada busca, sin razón aparente, he comprado el último de los libros que habitan una nómina más o menos exacta e irreal: diez mil, como anotó Jenofonte en su Κύρου Ανάβασις. La cifra se antoja pomposa pero es, en verdad, modesta: como de los hoplitas que se adentraron en tierras de Ciro, algo más de la mitad de esa lista imperfecta subsiste, en unos cuantos lugares del mundo, en estanterías, anaqueles, baúles, algún arcón de tiempos de mis mayores. El hecho es insignificante y aconteció en una librería de Callao y Corrientes, en Buenos Aires, en un sitio algo acorralado que conoció mejores épocas. Quise obsequiar a una persona querida un ejemplar de Misteriosa Buenos Aires, un testimonio de que en ciertas eras se privilegiaba, en cenáculos intelectuales que merecían ese nombre, la narración cuidada. Sospecho que le agradará.

Soy, como recomendaba Borges, un lector inclaudicablemente hedónico: sólo leo por placer, y aun por extremo placer, y abandono y rechazo, en ocasiones en contra de vastas y fundamentadas opiniones, de entusiasmos, y hasta de la honrosa tradición, volúmenes cuya comprensión me es escurridiza. He regalado libros (rara vez los he prestado), los he extraviado, los he devuelto a sus dueños, me he deshecho de ellos merced a la donación o a la dádiva. No los he leído a todos, empresa humanamente posible pero a la que la fatiga, la inmadurez intelectual y el tiempo me han obligado a renunciar. He perdido memoria de algunas adquisiciones y no ha sido imaginación el comprar más de una vez el mismo título; nada malo sucede, ya que cuando se encuentran, presumo, ríen buenamente los dos. Algunos yacen a medio recorrer, seguramente en estado de santa indignación; otros son descubiertos de tanto en tanto, ocultos, ligeramente olvidados, aguardando, entre ellos y yo, la reconciliación que propone la lectura, y aun ese milagro del placer, la relectura, ese goce nada ajeno a la caricia que se propaga por una espalda que no nos es desconocida.

Rodearse de libros supone disfrutar de amistades silenciosas pero nada sumisas. Como templos que esperan a su fiel, allí están, a tiro de mano: es suficiente estirar el brazo y toparse con ilustres presencias que los años y la suerte nos han hecho acumular con avara constancia. Un vistazo a cualquier lugar de mi biblioteca en Buenos Aires depara la gratitud del redescubrimiento y esa vaga costumbre que es dada en llamarse recuerdo.

Recuerdo a Finzioni, traducción italiana de Franco Lucentini de Ficciones de Borges, ese libro atónito y secular, al que hallé en la European Bookshop en Gloucester Road.

Recuerdo a Les tablettes de buis d’Apronenia Avitia de Pascal Quignard, un fantasioso y fragmentario diario de una romana patricia del siglo IV, ya iniciada e irreversible la decadencia del imperio. Recibí ese libro como regalo del que poco o nada puede darse a cambio.

Recuerdo a A confissão de Lúcio, de ese colosal y malogrado poeta portugués, Mário de Sá-Carneiro, al que no pocos llamarán, algún día, el Baudelaire lusitano, y que quizás prefigurara o iniciara el realismo fantástico moderno en cualquier parte del orbe, qué más da, comprado por céntimos en la inmensidad de Barra da Tijuca.

Recuerdo a Descanso de caminantes, los diarios de Bioy Casares, tan lejos del rumor y tan cerca de la literatura, que hallé en una librería tímida en los arrabales del Parque Centenario.

Recuerdo al Classical Dictionary containing a copious Account of all the Proper Names mentioned in Ancient Authors with the Value of Coins, Weights and Measures used among the Greeks and Romans and a Chronological Table, de John Lemprière, ese precursor elegante de Pierre Grimal, cuya edición de 1865 fue mía por un precio razonable en casa de un afable coleccionista.

Recuerdo a The House of Words, esa extensa y deliciosa guía de la breve morada de Samuel Johnson en Gough Street, a la que un negro gato de mármol nocturno vigila inmóvil hasta la penumbra de la paloma.

Recuerdo a las Mémoires de Tennessee Williams, a las que el destino me permitió acceder sólo en traducción francesa de Pons y Witta, y que fuera generosidad de una persona dilettissima.

Recuerdo a la monumental biografía de César de Gérard Walter, parte de la fenecida Colección Gandesa, nunca emulada, hoy injustamente relegada a citas al pie, con la que el azar me topó en una cabizbaja ciudad del interior de Argentina.

Recuerdo a una edición novelada, dispersa, de introducción erudita, del Satyricon de Petronio Arbiter, vista y obtenida en un paseo de compras agonizante en la frontera entre Recoleta y Palermo. El librero poseía dos ejemplares; me hice con uno y recomendé que subiera el precio del restante, ya que la prosa (en traducción española anónima) bien lo valía. No desoyó el consejo.

Recuerdo a la primera biografía de George Gordon, Lord Byron, compuesta apresuradamente en el mismo año de su muerte por Robert Charles Dallas (David Radcliffe la sentenció como la más auténtica y a la vez más decepcionante de todas las vidas que de Byron se escribieron), y de la que quizás sobrevivan una media docena de ejemplares, y que contiene esos invaluables e inexactos pareceres de los sentenciosos contemporáneos. El anticuario se encogió de hombros y la dejó ir. Quién más la querría.

Esos libros, y tantos otros, son parte de una edad adulta que se resiste a conceder independencia a su pasado y que juzga que su porvenir, aun inmerecida y cautelosamente, será literario.

HB

Muro

He nacido sin fe. He leído la Escritura como una obra de ficción, como quiere Harold Bloom: como línea tras línea que habita la literatura fantástica, cual Borges (lector de superioridad incomparable a mi balbuceo) se internaba en el universo teológico. Una frase me despierta a la medianoche de Londres; es el Éxodo: No oprimirás ni ofenderás al extranjero, porque fuiste extranjero en la tierra de Egipto. Jehová habla a Israel. La respuesta es a veces obediente, a veces desganada.

La frontera es un anacronismo cruel cuyo fin no es otro que la prolongación de una obsolescencia perversa: impedir que dos personas que se buscan puedan encontrarse, y que tras ese hallazgo mutuo y maravillado puedan permanecer juntas. La ansiada abolición de esa línea sangrienta fue imaginada por Borges: en Juan López y John Ward lamentó la división del orbe en parcelas provistas de memorias recíprocamente hostiles (llamamos nacionalismo a esas religiones de conmemoraciones tediosas); en Los conjurados profetizó una nación planetaria en donde las caprichosas diferencias fueran olvidadas. Su sueño aún no se ha cumplido.

Una ley injusta, un prejuicio impiadoso, un ánimo feroz alzaron un muro entre Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas y fue por entre los intersticios de ese metal y de esa piedra que sus manos se unieron por última vez durante largo tiempo. El muro era una cárcel; todo muro lo es. Todo muro desafía a la ley del Eterno, el que te sacó de Egipto, y derrama sobre el extranjero la celda y el látigo. Regresa la sentencia de Sartre: si los judíos no existieran, los antisemitas los crearían. Si el extranjero no caminase por estas calles, nos afanaríamos en hallar en muchos, en otros, en el otro, cierto algo, algún rasgo del que huir, algún hábito al que obliterar, algún acento del que mofarse. Un par de manos que separar y que, sin embargo, por entre los huecos del metal y la piedra del muro, volverán a buscarse.

HB

The Borges Reader

“I love his work because everyone of his pieces contains a model of the universe or an attribute of the universe.” Italo Calvino.

“Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.” JLB.

“What Borges offered his readers was a philosophy, an ethical system, a method.” Alberto Manguel.

“Declinaba el verano. y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y la palpaba con diez dedos con uñas.” JLB.

“It is a sign of importance that, in placing him, only strange and perfect works can be called to mind.” André Maurois.

“La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.” JLB.

” Borges was the quintessential writer’s writer.” James Woodall.

“De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.” JLB

“Like my beloved late friend William, he was not of an age, but of all time.” Ben Jonson.

HB

Procesión II

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El avión parte desde München hacia las cinco de la tarde del 24 de Febrero de 2015. El tiempo es duro: el sol no asoma desde, quizás, una semana en el pasado y la lluvia es ligera pero persistente. Es preciso descender en Düsseldorf y esperar, por alguna razón misteriosa, más de lo acordado. Ginebra finalmente se desnuda bien entrada la noche, como quien se prepara para algún acto con sigilo.

La Gare de Cornavin desierta, sólo queda acercarse al Age d’Or, el café falsamente barroco que se oculta casi detrás de la basílica de Notre Dame de Gèneve. Loïc, quien es, previsiblemente, bretón, intenta convencerme de pasear por las calles aun a esas horas mientras no se apresura a servirme. Han de ser las tres o cuatro de la mañana cuando cruzo de nuevo las puertas del hotel. El conserje ensaya una breve conversación. Hay cierta pereza en Ginebra.

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Despierto a las nueve. Mientras dudo acerca de qué camisa usar, frente al espejo, me invade una línea de Wilde; es Lady Bracknell: You seem to be displaying signs of triviality. Dejo que escoja la ropa el ordenado azar. El tranvía cruza Isaac-Mercier, luego se eleva sobre el Ródano, luego sobrepasa Stand, luego se detiene en Cirque, luego llega a Plainpalais. Un mercado sin puestos, sin comerciantes, sin compradores; quizás el mercado perfecto. El mapa me invita a retroceder: diviso el Conservatorio, el Grand Théâtre, siento que la Vielle Ville está cerca, pero debo girar a la izquierda y toparme con la Rue des Rois. Hay una pequeña florería frente al lugar que busco. Pido una rosa amarilla: sólo pueden ofrecerme una anaranjada y un ramo de flores amarillentas, quizás unos claveles.

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Son las once de la mañana del 25 de Febrero. El sol ha eludido el cerco de nubes y se desintegra sobre el pasto como líquido roto. El frío es amistoso. Hacia el fin del sendero que imita a la Rue de la Synagogue y que acaba en 23- Août, en la vera izquierda desde el rumbo central, junto al yew tree, está Borges. Si este sitio ha sido su elección, fue un acierto: el silencio es inmenso, las ausencias casi no son interrumpidas, la muerte descansa en paz. El lugar es, sin proponérselo, sin serlo, un templo. Borges está solo. Así lo hubiera querido.

Al mediodía camina hacia mí la persona con la que hemos pactado el encuentro. Estrecha mi mano: Like a good king, you have kept your word. Agradezco el saludo. Reconozco el regreso de Wilde, que me había visitado en la mañana; me habla a través de Herodes: Kings ought never to pledge their word. If they keep it not, it is terrible, and if they keep it, it is terrible also. Sonreímos. Cada quien coloca una flor a un lado de la tumba. Nos vamos, como quien se desangra.

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HB

Fotografías de HB

Procesión I

La gratitud por estos recuerdos que, al decir de Martínez Estrada, están casi rotos, pertenece a Daniel Martino, albacea, editor y devoto de Adolfo Bioy Casares.

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Sábado 14 de Junio de 1986, horas de la mañana: Bioy abraza a su hijo Fabián en la confitería El Molino, en Callao y Rivadavia, Buenos Aires. El enorme edificio es un correcto símbolo de la Argentina: su pasado es orgullosamente fastuoso, su presente es precario, su futuro posee la incertidumbre de la pobreza. Un libro cambia de manos: An Experiment with Time, que Bioy cree amuleto contra la puntualidad de la muerte y la obliteración de la memoria. Fabián Bioy Casares, de quien ignoramos si preservó el volumen, moriría veinte años más tarde en París, el centro del mundo, según equivocada opinión de Bioy père (nadie elude el hecho de que ese eje se yergue, inamoviblemente, en Londres).

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Horas del mediodía: Bioy almuerza en La Biela con Francis Korn. Lugar afín a la jabonería de Vieytes y a los cenáculos en donde se leía Amalia en la penumbra, La Biela es silencioso, en ocasiones apelando al disfraz del turismo, conciliábulo para quienes profesamos la convicción del antiperonismo. Transitó con escasas concesiones la decadencia argentina.

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La hora trivial, las dos de la tarde (la definición es de Borges): Bioy se acerca hasta un puesto de diarios en Avenida Alvear y Ayacucho. Un poderoso hotel custodia la extinta estirpe argentina. Busca otro ejemplar del libro de John Dunne, aquél que refuta inútilmente el tiempo. Una voz se disculpa con él: Borges murió esta tarde en Ginebra. Bioy camina lentamente hacia Avenida Callao y Quintana; la influencia de la breve Avenida Alvear se desvanece y sólo subsiste la multiplicidad de Callao, que llega, como Borges quería, del Sur, desde donde muere El Molino como un animal noble y viejo. Eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges, recordó Bioy; luego, en el día que siguió, confirmó con Francis Korn: tengo que acostumbrarme a un mundo sin él. La falacia de Dunne se derrumbaba: el tiempo nos sobrevivirá. Borges a nosotros, también.

HB

Fotografías de HB

Los salvajes unitarios

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Es casi universal la justa difusión de la anécdota: en época borrosa de su vejez, Leonor Acevedo Suárez de Borges, madre del escritor, era sometida al azar del quirófano. Bien sabe quien ha recorrido en esa sujeción horizontal el sendero hacia la voluntad de otros, a quienes  supone sabios, que los atributos de los que está hecho ese viaje son la soledad y el temor. Borges aguardaba, según la costumbre, el inicio de la práctica junto a doña Leonor. Con un hilo de voz, repetía Borges, Madre alzó la cabeza y gritó: ¡Salvaje unitaria! Supe entonces que todo estaba bien. Borges, que veneraba el valor, solía conmoverse por esta pizca gigantesca que le había obsequiado su madre. Las líneas figuran en un diálogo con Mujica Láinez. En el prólogo a sus obras completas de 1972, Borges abundará en el coraje materno: tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos. Innecesario es referir que ese encierro fue sufrido por órdenes de la cíclica dictadura peronista.

Ciertos tesoros habitarían la pérdida de no ser por la paciente renuencia de Bioy Casares a resignarse a la literatura mayor. El breve diálogo ocurrió, según datación irregular, a mediados de Noviembre de 1970. Un hombre había ganado acceso a la casa de Borges; no era arduo lograrlo: Borges solía recurrir a la generosidad para zanjar conflictos y para aliviar el tedio de la gente común. El hombre se atrevió a cruzar alguna palabra con doña Leonor: Yo, señora, debo decirlo, aunque sé que usted no nos aprueba, que soy de tradición federal. Esa rústica aclaración no sería rara: los inicios de los 70 fueron tiempos de revalorización de la barbarie; su máximo ejecutor se aprestaría a concretar, en pocos años, su violenta parusía. Con voz muy suave, escribe Bioy, Madre contestó: No tema nada. Nosotros, los salvajes unitarios, no nos dedicamos al degüello.

H.B.

Calle desconocida

Vincent van Gogh: Noche en el Café Terrace, 1888. Kröller-Müller Museum, Otterlo, Países Bajos.

Vincent van Gogh: Noche en el Café Terrace, 1888. Kröller-Müller Museum, Otterlo, Países Bajos.

No existe consumado flâneur que no se haya topado, feliz e imprevistamente, con una calle desprovista y extraña, poco afín tanto al ajetreo del centro cuanto al misterio del suburbio. La frase es adecuada para las zonas a medias preservadas de las medievales urbes europeas, y aun para las somnolientas, agónicas capitales y lentos pueblos de ese interior del mundo que es América Latina. La calle desconocida merece escasa frecuentación: recorrerla, examinarla, someterla a duro escrutinio arquitectónico y demográfico implica despojarla de esa virginidad reiterada que otorga la lejanía y la hipótesis.

Calle desconocida es un poema escrito por Borges hacia principios de la década de 1920; se incluye con acertada puntualidad en su primer libro de poesía, Fervor de Buenos Aires, cuando esa ciudad era promesa imperial, Roma sub specie aeternitatis (en su vejez, dedicaría unas líneas a su amigo Manuel Mujica Láinez, líneas de poderosa lamentación, nada distintas, en su esencia a la Elegía por la destrucción de SumerManuel Mujica Láinez, alguna vez tuvimos/ una patria – ¿Recuerdas? – y los dos la perdimos. La patria, innecesario es escribirlo, era la rectora, severa y afrancesada Buenos Aires, pero la victoria ha sido de las montoneras y los salvajes gauchos, y como de Roma bajo los hérulos, el recuerdo es la ruina más prolífica).

Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde,
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive.

Casi todo lo venidero está allí: el terco amor por Israel, las largas y solitarias caminatas por el barrio Sur, el ingrato declive de la ceguera, los ausentes pasos ajenos que no entorpecen el paseo en la sombra, a la que Borges llegará a elogiar, como Demócrito.

Sólo después reflexioné
que aquella calle de la tarde era ajena,
que toda casa es un candelabro
donde las vidas de los hombres arden
como velas aisladas;
que todo inmediato paso nuestro
camina sobre Gólgotas.

A los veintitrés años Borges había asistido a la revelación: no hay vida que no se encamine a involuntario y manso suplicio: sobre toda espalda se desplomarán los látigos, sobre todo montículo se erigirá una cruz. Moriremos, no como dioses, sino como cosas apenas más memorables que tormentos y clavos y coronas de espinas. Finalmente, será nuestra la apoteosis familiar que nos convertirá en ritualmente amados lares cuyo culto desaparecerá con la memoria de quienes prodigan, en ocasiones de buena fe, nuestra propia mitología.

H.B.