Palimpsestos III: Ensayo sobre la normalidad de la idiotez

Daisy Rockwell: Retrato de Lady Macbeth, sin datación. Colección de la autora.

En el mes de Enero de 1936 Josef Stalin asistió a una representación de la ópera Quiet Flows the Don (El Don fluye apacible) del compositor ruso Ivan Dzerzhinsky, quien basó su drama musical en un libro del mismo nombre, de disputado autor, puesto que las historias de la literatura dan por cierto que fue escrito por Mikhail Sholokhov, en tanto el muy notable y en ocasiones muy equivocado Alexandr Solzhenitsyn (no es el único) lo atribuye al más talentoso y desconocido escritor cosaco Fyodor Kryukov. Pocas dudas subsisten en lo que toca a la autoría de la historia: Sholokhov fue un oportunista advenedizo escogido por Stalin para cantar loas al golpe de Estado que tuviera lugar en Rusia en Octubre de 1917 y que encumbrara a monstruos como su propia y venerada persona al poder. Kryukov, muerto de fiebre tifoidea en 1920, poco podía hacer para protestar su disconformidad. Sholokhov escaló puestos en la soviética jerarquía de los redactores asalariados por el Partido Comunista hasta obtener la vicepresidencia de la nimia Asociación de Escritores Soviéticos, cargo que no le fuera ofrecido en reconocimiento a sus méritos retóricos, sino como recompensa a sus funciones no fielmente literarias: sicofante, delator, arribista, negador de las atrocidades cometidas durante el estalinismo, apologista de esa forma sistemática de masacre que la reticencia comunista disfrazó en la Unión Soviética como colectivización. En 1965, en otra de sus inexplicables elecciones, la Academia Sueca le regalaba un irreflexivo Premio Nobel.

Josef Serebriany: Dmitri Shostakovich (detalle), 1964. Colección privada.

Stalin se encargó de propalar abundantemente su aprobación para con la pésima creación sonora de Dzerzhinsky. Pocos días más tarde, en el mismo teatro, se encontraba farfullando su anatema contra la muy diferente Lady Macbeth of the Mtsensk District de Dmitri Shostakovich; los rústicos oídos del déspota no atinaban a comprender el trabajo de un genio. Los ágiles corredores palaciegos se apresuraron a comunicar los rumores que concernían al juicio del dictador a las afanosas manos de los servidores del régimen: a Dzerzhinsky le fue concedido el dudoso honor de ser acreedor al Premio Stalin y a un influyente cargo en la Unión de Compositores Soviéticos. Shostakovich debió soportar una censura doble: artística, en tanto su música fue descrita como aburguesada (y por consiguiente indigna de ser interpretada en tiempos revolucionarios); y moral, ya que el libreto de la ópera muestra simpatía para con una mujer que recurre al asesinato para librarse de un matrimonio infeliz y consumar una unión más amorosa, irreverencias sangrientas que fueron recibidas con escándalo por la afrentada pureza de la burocracia comunista. El pasquín neoyorquino The New York Sun se refirió a la ópera burlonamente como pornofonía. La revista Time designaría a Stalin como el Hombre del Año en 1939, con doce meses de anterioridad había hecho lo propio con Hitler; corrían los cetrinos tiempos de coqueteo de las atemorizadas democracias para con los lóbregos fascismos. Shostakovich debería esperar hasta la muerte de Stalin para acceder a una morosa reivindicación; aun así las autoridades soviéticas le reprochaban el tener demasiados amigos de origen judío. Se llegó a un acuerdo con él: se uniría al Partido Comunista y las restricciones cesarían como por arte de magia. Su hijo revelaría mucho después que Shostakovich completó la solicitud de afiliación entre lágrimas. No fue sino en 1961 que la Lady Macbeth de Shostakovich recibiera demorada reivindicación; un año después, el realizador Andrzej Wajda (cuya posteridad está sencillamente asegurada por la existencia de su inmaculada El hombre de mármol) homenajeó al compositor con un film que se conoció en inglés como Siberian Lady Macbeth. En 1965 comenzaría la rebelión de Shostakovich: se opuso junto a otros veinticinco intelectuales a la rehabilitación política e histórica de Stalin y unió fuerzas con el filósofo Jean-Paul Sartre y la eximia poetisa Anna Akhmatova en la defensa del escritor Joseph Brodsky, condenado a cinco años de trabajos forzados por el grave delito de ser poeta sin la bendición de la Asociación de Escritores Soviéticos, y de ser judío. Este apoyo le valió a Brodsky la conmutación de su pena por la de la expulsión de la Unión Soviética, situación que pocos analistas definían por aquellos años como un castigo.

Rondaban en la imaginación de Peter Seeger los acordes de la más famosa canción de protesta e ícono insuperable de los derechos civiles, We shall overcome, en días tan tempranos como los del año 1947. Seeger agregó unos versos a lo que había sido hasta ese entonces un gospel compuesto por Charles Tindley en 1901 como himno de camaradería en las huelgas conjuntas de mineros blancos y afroamericanos para ser cantadas en las iglesias de Philadelphia. Seeger había conocido cierta popularidad como compositor de baladas en apoyo al bando republicano en la Guerra Civil Española, de las que sobreviven There´s a Valley in Spain called Jarama y Quinta Brigada, entre otras pocas. Sus lazos con organizaciones socialistas y comunistas en el período de entreguerras y posteriormente durante la Segunda Guerra Mundial le ganaron la enemistad de los cazadores de brujas más insaciables de entre los seguidores del macabro senador Joseph McCarthy. En Agosto de 1955 Peter Seeger fue citado a declarar ante el ampulosamente caricaturesco Un-American Activities Committee (Comité de Actividades Anti-Estadounidenses), un rejunte de informantes, políticos grises y ambiciosos, fanáticos anticomunistas y densas mediocridades más afines al mundo de la picaresca malévola que al de la política. Enaltece a Seeger haberse negado a testificar, a revelar nombres de amigos o conocidos o a otorgar sumisamente detalles sobre su vida privada y sus posiciones políticas. Su valentía, por cierto, le costó la molestia, sobre todo pecuniaria, de ser incluido en las profusas y temibles listas negras.

Con una condena a prisión pendiendo sobre su libertad y rechazado por gran parte del mundo del espectáculo, Seeger, recluido en su domicilio y refugiado en la lectura, reparó en las estrofas de una canción popular de Ucrania, país no lejano al ruso río Don, la cual pregunta: “Where are the flowers? The girls have plucked them. Where are the girls? They’ve all taken husbands. Where are the men? They’re all in the army.” (¿Dónde están las flores? Las jóvenes las han arrancado. ¿Dónde están las jóvenes? Todas se han casado. ¿Dónde están los maridos? Todos están en el ejército). Estos versos figuran en el libro erróneamente atribuido a Sholokhov. Sin hacerse demasiadas ilusiones, Seeger grabó un popurrí en donde incluía esas líneas y se olvidó del asunto. Joe Hickerson, músico amigo de Seeger, agregó un par de rimas y de ese modo la canción, destinada a un abandono raudo, quedó completa.

La popularidad cayó sobre Peter Seeger como una muerte. La actriz y cantante Marlene Dietrich, sabedora de las tribulaciones políticas y económicas de Seeger, escogió su canción para una grabación a beneficio de UNICEF en 1962. La primera versión fue cantada en francés por la irresistible voz de la Dietrich (Qui peut dire où vont les fleurs?); esa tonadilla bastó para devolver a Seeger a los primeros puestos como artista folk y a proporcionarle notoriedad mundial. Marlene Dietrich concluyó dos versiones más, la original en inglés y una tercera en alemán (Sag’ mir, wo die Blumen sind?). Para entonces no había cantante de monta que no quisiera participar en las celebraciones que correspondían al regreso de Peter Seeger a la dimensión de los vivos y tolerados: Dalida, Joan Baez, Johnny Rivers, Massive Attack y la rolliza Dolly Parton se unieron a la agradecida fratría de exportadores del hit.

Nikki Katsikas: Marlene Dietrich, 2009. Colección de la autora.

Marlene Dietrich agregó un servicio más a su larga enumeración de contribuciones para con su amigo Seeger y para con la humanidad. A mediados de los sesenta, durante un viaje a Israel en el que fuera merecidamente  laudada por su incuestionable apoyo al bando Aliado en la Segunda Guerra Mundial y al pueblo judío (alineación que no gozara del favor de personalidades de carácter -a primera vista- menos frívolo, tales como Martin Heidegger, Ezra Pound, Gottfried Benn o Eugenio Pacelli) , la diva se atrevió a cantar, en alemán, la pieza de Seeger. Hasta entonces el uso de ese idioma, por razones harto conocidas, estaba interdicto, aunque no oficialmente, en Israel. La audiencia vitoreó su interpretación impecable, poniendo fin a una prohibición no escrita pero ya superflua a dos décadas de la derrota de la maldad nazi, que no de las sucesivas reivindicaciones, a veces aguachentas pero siempre reconocibles, de su ideología.

Joseph Brodsky, poeta mencionado en razón de sus conflictos con las élites de esa insuficientemente compasiva superestructura llamada Estado borroneó en una de sus anotaciones que si nuestros líderes políticos fuesen elegidos sobre la base de la calidad de sus lecturas y no en razón de sus poco veraces promesas electorales, la desolación hallaría menor campo fértil en el planeta. El recatado pero valedero coraje de Shostakovich, la bravura ante los atropellos del basto poder y la lealtad de Seeger para con sus amigos y, por sobre todo, la solidaridad y ese encanto imperecedero que rebalsó del curvilíneo cuerpo de Marlene dan cuenta de la en muchas oportunidades desconocida y amarga tarea del artista y del intelectual que consiste en despertar conciencias en la sociedad humana, la cual, en tantas ingratas ocasiones, no sabe reconocer nada, ni siquiera el talento.

Hadrian Bagration