The Second Coming

John Singer Sargent: William Butler Yeats, 1908. Boceto. Colección privada.

John Singer Sargent: William Butler Yeats, 1908. Boceto. Colección privada.

Es cierto que en el marcial año de 1916 William Butler Yeats, ya alcanzada la madurez que otorga el medio siglo de vida, casa felizmente con Georgie Hyde-Lees, cargada con sólo la mitad de los años del poeta, y que la unión resulta ser, a pesar de los negros augurios, próspera. Yeats concibe, apenas tres o cuatro años más tarde, su pieza más espléndida (no hay en la literatura recompensa más íntegra que la de ser recordado por un poema): The Second Coming. La interpretación de una obra es siempre vacilante: los críticos juzgaron que la atmósfera frágil, rauda, inestable de la primera posguerra europea hizo temer a Yeats por la suerte de la civilización occidental y por la suerte del cristianismo; era ése un equivocado entonces que los creía inextricablemente ligados. The Second Coming teme y ora por el arribo de la segunda venida, de la parusía, tal vez en el espíritu de Bernardo de Morlas (hora noussima, tempora pessima…), pero hacia el final de los versos el miedo supera a la ansiedad y Yeats se pregunta si aquél que ha de venir no nos abrumará con una naturaleza monstruosa:

And what rough beast, its hour come round at last,
    Slouches towards Bethlehem to be born?

Joan Didion utilizaría esa línea hoy repetida hasta cierto hartazgo para bautizar su primer libro de ensayos, al que Truman Capote, avaro en elogios, calificara de brillante. La mejor traducción al español de The Second Coming proviene, quizás, de Juan Carlos Villavicencio: its slow thighs se convierte en sus pausados muslos; la rough beast es la tosca bestia; slouches se transforma en una aliteración grata: cabizbaja camina. La bestia que demora el sueño de Yeats es palpable en la traducción de Villavicencio.

La historia me fue referida en Dublin. El narrador pertenecía aún a una debilitada facción de las muchas docenas en las que se partió la Golden Dawn, la secreta y cómica sociedad cazadora de espectros en la que militara asimismo ese simpático tahúr que dio en llamarse Aleister Crowley. Yeats había adoptado un lema personal excéntrico y erróneo: Daemon est Deus inversus. El espíritu tutelar de los griegos, el íntimo consejero de Sócrates, el daimôn, había sido elevado, inmerecidamente, a la categoría de príncipe tenebroso, y no sería otra cosa, para Yeats, que la visión divina en el mágico mundo del espejo. Se me confió también que Yeats era atento y fervoroso lector de Lovecraft.

El hecho ocurrió a mediados de 1912. Yeats abandonaba una de las sedes de la Golden Dawn, el templo de Isis-Urania, hacia la caída del sol, seguramente en algún mes invernal. Un hombre pasó junto a él, el paso cansado, caminando cabizbajo. Yeats sintió la llamada del espíritu y lo siguió. Tras algunas cuadras, el hombre se detuvo y volvió su rostro hacia Yeats. Éste reprimió un grito: no era rostro de hombre sino de bestia, la cara de un león asentada sobre el cuerpo de un hombre vestido, según quería Oscar Wilde, para evitar ser recordado. La criatura sostuvo la pálida mirada de Yeats por unos momentos, luego se alejó sin apurar ese ritmo cansino. Yeats se excusó de importunarlo. Regresó a su casa y anotó, sin precisiones, el incidente. El papel sería olvidado en un abrigo y hallado por otro miembro del sigiloso congreso; era su nieto quien exhibía frente a mí ese trozo de historia en la letra temblorosa de Yeats. La escritura era escasamente legible, pero se adivinaba la reiterada frase de Shakespeare: There are more things in heaven and earth, Horatio… Ignoramos las razones por las que Yeats, en su poema, invirtió la anatomía del monstruo y describió un cuerpo de león con cabeza de hombre.

Aquel buen muchacho intentaba venderme el documento. No tenía hijos ni nadie a quien legar ese trofeo, y los museos lo habían rechazado. Pedía algo más de mil libras. Con la amabilidad que mis mayores me enseñaron, le propuse posponer el asunto hasta después de la Segunda Venida.

H.B.