Del fascismo con rostro oriental

Francisco de Goya y Lucientes: El coloso, 1818-1825. Museo del Prado, Madrid.

Francisco de Goya y Lucientes: El coloso, 1818-1825. Museo del Prado, Madrid.

Uno de los innumerables yerros políticos de Juan Perón fue la febril anticipación a la que se entregó al estallar el conflicto entre las dos Coreas en Junio de 1950, del cual creyó que se trataba del prólogo a la Tercera Guerra Mundial. Luego de tres años, un armisticio y varios cientos de miles de víctimas, la división entre los sectores norte y sur del país se mantenía en su posición inicial, rígidamente inserta en el paralelo 38. Corea del Sur (oficialmente la República de Corea) se encaminó a experimentar una sucesión de despóticas -seguramente hay adjetivos más trágicos y acertados para definirlas- dictaduras militares, las que no vacilaron en echar mano a represiones de todo tipo, sin excluir la  tortura y las ejecuciones sumarias, para hacerse con el poder e impulsar un sólido crecimiento económico. Peor suerte corrió la pomposamente autodenominada República Democrática y Popular de Corea, su vecino del norte; bastará escribir que sus habitantes se vieron obligados a subsistir durante más de medio siglo bajo la barbarie del comunismo.

Demasiadas fueron las herejías, mendaces interpretaciones y aun chifladuras que el  socialismo propuesto por Marx debió soportar hasta que la teoría que dignamente sostuviera la concepción clásica de la izquierda hallase su temprana y definitiva disolución no más allá de la segunda década del siglo pasado. Fue vulgarmente reemplazada por una corriente autoritaria (severamente criticada por Marx en su obra y hasta en su correspondencia) que confundía al pueblo con el Estado y privilegiaba a éste en contra de aquél. El genérico apelativo fascismo de izquierda (por mejor decir, el ala izquierda o jacobina del pensamiento fascista) es el más práctico para englobar a esta prole indeseable compuesta por los espantosos regímenes reinantes hoy o en algún entonces en la Unión Soviética, Europa Oriental, Cuba y numerosas naciones arrasadas y sometidas en nombre de la sagrada revolución (la cual incluía, las más de las veces,  la exigencia de una férrea castidad de costumbres, opuesta a la liberación sexual propugnada por los olvidados defensores de la prédica clásica, como Rosa Luxemburg). De entre todas esas grotescas y quizás asesinas versiones del error, sobresale la exótica doctrina norcoreana del juche.

En términos estrictamente filosóficos y políticos, el juche es absolutamente nada. Una apelación a la ortodoxia del pensamiento (el estalinismo más ramplón, en este caso) sin lugar para el disenso o la desviación, mezclada con la exhortación (léase amenaza) al trabajo sin protestas que convierta al suelo patrio en superpotencia indiscutida gracias a la autarquía económica, objetivo al cual el totalitarismo de Kim Jong-il, en virtud de sus catastróficos manejos, llegará en no menos de un milenio. La Torre Juche, un mamotreto de 170 metros demasiado costoso para la destrozada realidad económica de Corea del Norte, emplazada en  Pyongyang, la ciudad capital,  rinde culto a esa nada original  escolástica que fusiona nacionalismo, capitalismo de Estado, intromisión de las instituciones -nada independientes- en la vida privada, sujeción del individuo a la comunidad, aislacionismo y tantas otras miserables características tan bien conocidas y entusiastamente emuladas por Perón en sus múltiples y modestos intentos de coronarse heredero de Mussolini.

Si algo puede decirse de los regímenes que dieron en llamarse a sí mismos, obviando cualquier desinterés por la jactancia, democráticos y populares (eufemismos que intentaban proclamar las aspiraciones falsamente socialistas de sus gobiernos), es que instalaron, en extravagante desobediencia a las recomendaciones del Manifiesto Comunista, en toda ocasión la dictadura, y nunca la del proletariado. A lo más, se trataba de excrecencias del sector que se había hecho con el poder y se convertía desde entonces en sitial indiscutido del liderazgo de las masas, casi siempre indiferentes a las necesidades de éstas, y aun a veces en su contra, de acuerdo a la atinada expresión del pensador Juan José Sebreli. La incongruencia de la peste política que todavía en estos días campea en la coincidentemente democrática y popular República de Corea del Norte es que acentuó el extremo de la desviación de la doctrina marxista clásica hasta el grado mayúsculo del ridículo; si Mao Zedong había errado monumentalmente al pontificar que no era el proletariado urbano e industrial el sujeto histórico de la revolución, sino el campesinado, en flagrante y vanidosa oposición a los textos del por entonces ya irredento Karl Marx, la ignorancia o la mala fe de Kim Jong-il supuso una nueva afrenta para las castigadas poblaciones sujetas a lo que queda de los fascismos de izquierda en el siglo que corre. El dictador buscó y halló una nueva casta a la que encumbrar para desairar a las fuentes del marxismo: no son los campesinos los convocados a llevar a cabo el patatús de la insurrección contra la burguesía, sino las fuerzas armadas. La afirmación puede provocar una sonrisa fuera de Corea del Norte; dentro, es uno de los dogmas del terror.

La desaparición física de Kim-il Sung, el anterior mandamás de esa parte de Corea (no puede hablarse de muerte, ya que Sung preside los destinos de su país desde la eternidad; para la ortodoxia del Partido de los Trabajadores Coreanos no es asunto de broma) en 1994 dejó a su hijo y sucesor con la escolástica obligación de fundar un corpus doctrinario que igualara en rapacidad y estupidez al juche, tan fieramente sostenido por su progenitor. El songun, tal el apelativo escogido, predica que no es el pueblo el origen de la soberanía por lapsos depositada en sus representantes, sino los ejércitos, quienes no deben subordinación a las autoridades que la voluntad popular señaló, sino a los anhelos de su  comandante y a sí mismos, puesto que son ellos, y sólo ellos, de acuerdo a las letanías políticas que son de obligada memorización en las generaciones norcoreanas, quienes poseen la indispensable lealtad, la necesaria cohesión, el imprescindible dinamismo y el ineludible sprit de corps inexcusables para la edificación del socialismo.

Las suculentas prerrogativas concedidas al linaje de los uniformados fueron moneda corriente en los modos que el fascismo adoptó en el ámbito de los países sojuzgados por el modelo soviético. De hecho, la propia Unión Soviética consistió sencillamente en un totalitarismo basado en el culto fervoroso a la personalidad de los líderes que burocráticamente devino dictadura desmovilizadora con raíz militar. Con Kim-il Sung serenamente gobernando desde regiones celestiales y su nieto, Kim Jong-un, causando agonías en la faz terrenal, la satrapía de Corea del Norte transitará incómodamente la senda que va desde el ruidoso ardor exigido a las muchedumbres hasta el silencioso sometimiento demandado a los súbditos. La escuela del songun sasang (los militares primero) confirma el grotesco de la irracional vía política de Corea del Norte, empeñada en malgastar sus nada opulentos recursos en la única guerra en la que es capaz de triunfar: aquélla que libra contra su propio pueblo.

Hadrian Bagration

Exilio

Raffaello Sorbi: Decamerone, 1876. Colección privada.

Raffaello Sorbi: Decamerone, 1876. Colección privada.

Boccaccio imagina a diez jóvenes, siete doncellas y tres mozos, pacientemente refugiados en Fiesole, huyendo de la peste. Para acortar los temores de la noche, hace que a lo largo de diez días cada uno de ellos narre una historia. El nacimiento del Decamerone es también el renacimiento del cuento: en esas jornadas en el escondite cerca de Florencia revivieron párrafos de Petronio y el Hezar-afsana (que Bocaccio no conoció), los mil mitos que se acurrucaron en la boca de Sherezade para enamorar al sultán.

En pocas horas sobrevendrá una vez más la puntual pestilencia del footballDie enorme sozialpsychologische Bedeutung des Fußballsports ist also auf ein illusionäres Wir-Gefühl angewiesen, escribió Gerhard Vinnai en 2007 (La enorme significación psicosocial del fútbol es tan dependiente de un ilusorio sentido de pertenencia), en un breve ensayo, Zur Ideologischen Funktion des Fußballsports, que complementa su premonitorio volumen de 1970, Fußballsports als Ideologie. Juan José Sebreli lo reconoce como una de sus fuentes para la redacción de ese libro que le costara amistades y simpatías, La era del fútbol. Fútbol como ideología del nacionalismo, ideología de la violencia rentada, ideología del gasto superfluo y hasta criminal e ideología de la estupidez. En un raro episodio que prodiga la belleza de la traducción, la magnífica obra de Bill Buford sobre los hooligans, Among the Thugs, es vertida al español con título prodigioso: Entre los bárbaros. Fútbol como ideología de la barbarie.

Permitamos que nos socorra la tradición: quienes manejan y fomentan el sórdido negocio del fútbol desean de nosotros toda cosa, excepto el que ignoremos a esa creación indigna. Propongo que los desafiemos: ignoremos al fútbol. La derrota de nuestra causa es segura, de modo que no hay razón para vacilar. Reunámonos aquí, como los jóvenes de Boccaccio, por el tiempo que dure la peste, y escuchemos historias; yo tomaré el placer y el grato peso de contarlas, una al día, hasta que sea de nuevo dichoso regresar del exilio.

Hadrian Bagration

Cita a media tarde

Tom Saunders: Matinée. Sin datación. Colección privada.

Tom Saunders: Matinée. Sin datación. Colección privada.

El intelectual es el hombre o mujer del matiz; no es imposible que lo sea también de la duda, la que, según Aristóteles, sólo acontece en personas educadas. La profunda enemistad que se prodigan el intelecto y el dogma suele zanjarse en favor de éste: las piras del nazismo y la Inquisición, los lentos barcos, el Oberbürgermeister Haken y el Preußen, transportando intelectuales rusos al exilio en Alemania por orden de Lenin, los jémeres rojos astillando los huesos de quienes sabían descifrar alfabetos en Camboya, Perón consignando a Borges y a Vicente Fatone a puestos de ignominia. La segunda posguerra europea redescubrió en suelo francés las corrientes antiintelectuales de la intelectualidad del romanticismo alemán y dio a luz a cómicas imposturas como el estructuralismo, la multiculturalidad, el neonacionalismo y el culto a la pobreza del Tercer Mundo. Los intelectuales que renegaron de estos credos reiterados y fanáticos sufrieron estigma. La historia es contada con mayor elegancia y precisión por Juan José Sebreli, Julien Benda y Alain Finkielkraut en varias de sus obras.

El vehículo más efectivo para la transmisión del pensamiento antiintelectual es el medio de comunicación. Ludwig von Mises, razonado defensor del capitalismo, lo definió sin embargo con una alarma: un modo de producción en masa para las masas. Masas ignaras, parafraseando a Matthew Arnold, que alimentadas en la fiereza por textos, sonidos e imágenes incultas acaban por atentar contra el mismo sistema que tiempo atrás las rebeló contra el letargo de la ignorancia. Debiera ser preocupación para cualquier ideólogo de la expansión del capital y la generación de la riqueza la incesante educación de los pueblos; querer otra cosa es abandonarlos al designio de tiranos y de oscuros iluminados.

Cita a media tarde ha cumplido un cuarto de siglo. No es dable pensar en otro producto difusor de la cultura de vida tan larga y fecunda. A excepción de un breve pero sufrido interregno de prohibición provocado por un bárbaro antisemita al comando de una estación de radio, enardecido a causa de un homenaje a un sobreviviente de la lista de Schindler, Cita a media tarde, programa radial que enaltece historias, personas y personajes de la cultura universal, argentina y regional, se ha emitido durante estos veinticinco años sin retrocesos de nivel, sin apelar más que al ánimo de sus realizadores y a la orgullosa contribución de sus anunciantes. En un ámbito craso y banal, Cita a media tarde es una serena excepción que prestigia a las casas que la han cobijado. Con exagerada generosidad fui consultado en varias ocasiones; sólo merece recordarse que las preguntas fueron inteligentes y que quien me entrevistara procuró mi satisfaccción y la del oyente.

El destino de todas las cosas es perecer; ni aun Roma fue eterna. Algún día Cita a media tarde dejará de existir, y con esa desaparición lamentaremos la caída de una herramienta más de la frágil cultura que nos sostiene. Pero para que suceda esa amargura falta todavía tanto, quizás mucho.

Hadrian Bagration

  Cita a media tarde por Radio Mitre FM 100.3

El águila sutil: fascismo y populismo en el siglo XXI

Hitler with children propaganda poster WW2Quizás la peor de las formas de entender el fascismo sea a través del trabajo del historiador Ernst Nolte: Der Faschismus in seiner Epoche (El fascismo en su época) es una obra de traspiés seminales, no exenta de convincente ininteligibilidad, juzgada por sus estudiosos como producto de una juvenil fascinación por Hegel. A pesar de disentir con la vulgata del Partido Comunista, con el que nunca simpatizó, Nolte, sin bordear el marxismo, rescataba la calificación de fascista como adjetivo aplicable sólo al espectro de lo que la teoría política crasa denomina la derecha: Charles Maurras, Benito Mussolini, Adolf Hitler. Sin advertir que agrupaba fenómenos políticos distintos de los que, sin embargo, puede afirmarse con tranquilidad que existen puntos en común, Nolte proponía un análisis de Hegel desprovisto de la peligrosa (para sus oponentes) cópula con Marx, pero que coqueteaba con la prédica de sus seguidores: el fascismo, según Nolte, es el movimiento de la negatividad: antiliberal, anticomunista, anticapitalista y antiburgués. No olvidó agregar el nacionalismo y la autarquía económica como ingredientes necesarios y hasta casi suficientes para definir un fascismo. Más tarde revisaría su posición y adoptaría un asiento en las antípodas: el nazismo (epítome del fascismo, de acuerdo a Nolte) era un espejo del comunismo y quizás (no lo aseveró Nolte abiertamente, aunque fue acusado de allegarse al desliz) algo menos pésimo que éste. Es probable que entre ambas márgenes del error hallemos una aproximación al encanto de la exactitud.

Hannah Arendt, tal vez la más apta de las creadoras de una teoría que explique el origen de la monstruosidad política, arguyó en  Elemente und Ursprünge totaler Herrschaft (Elementos y orígenes del régimen totalitario, cuya versión en español se conoce por la traducción directa de su título inglés: Los orígenes del totalitarismo) que no podían excluirse el racismo, el imperialismo y el antisemitismo de la cuna de los regímenes autoritarios. La tesis, aunque original, no carecía de imperfecciones: no hubo, en la era moderna, imperialismo más flagrante que el británico, y sin embargo no puede ser acusada Gran Bretaña de haber pergeñado jamás gobierno fascista; ni siquiera dentro de sus fronteras nacionales se gestó, a excepción de la ridículamente escueta British Union of Fascists de Oswald Mosley, un partido de esa tendencia. El fascismo italiano no descolló por su virulencia antisemita y alguna vez Mussolini se jactó de sus buenas relaciones con la colectividad judía; hasta 1938, época de maridaje entre el fascismo italiano y el nazismo alemán, muchos judíos se hallaban afiliados al partido fascista en Italia. La teoría debía ser revisada, pero Arendt brilló en el sostén de una inestimable posición: incluyó en la lista de regímenes totalitarios al estalinismo, para desmayo de las izquierdas. Era hazaña cargada de todo valor: en 1951, año de aparición de su obra, Stalin aún vivía, nada hacía suponer su cercana muerte y la Unión Soviética aparecía como la potencia destinada a ganar el futuro por sobre las decadentes democracias occidentales. Los partidos comunistas negaban el gulag y justificaban las crueles purgas de la vieja e ingenua guardia bolchevique en años de preguerra como indispensables para el avance de la hermandad universal. Quienes de buena fe propagaron este mensaje sin obtener nada a cambio (a veces su único pago fue la persecución bajo regímenes furiosamente anticomunistas) fueron conocidos más tarde como idiotas útiles. Nadie podrá acusar a Hannah Arendt de haberlo sido.

Arendt dio a luz a sus volúmenes en 1951; Nolte la siguió, tomando un rumbo distinto, en 1963. Tal vez la Historia haya olvidado que el término totalitarismo en tanto hipérbole del fascismo es de raíz liberal; nace en una redacción, producto del fino oficio del periodismo político: aquélla del diario romano Il Mondo, órgano de la democrazia liberale, dirigido por Gioavanni Amendola, a quien probablemente se deba el neologismo hacia 1923, poco después del comienzo del ascenso de Mussolini. Es de agradecer la mención a Richard Pipes, quien la anota en Russia under the Bolshevik Regime: 1919-1924. Amendola juzgó con rapidez el carácter cuasi religioso del fascismo, lo que más tarde se interpretaría con la definición de religión política. Importa aquí resaltar que la identificación del fascismo como régimen diferenciado de una dictadura tradicional es de inspiración liberal, y que es antiliberal su exaltación: totalitario, para Giovanni Gentile, teórico fundador del fascismo italiano y ghost writer de Mussolini, es palabra elogiosa y meta del Estado fascista; controlarlo todo es su razón de ser. No por otro motivo hizo escribir al Duce: Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado. Abundan las definiciones de fascismo según quien comande la definición, pero tengo para mí que la más acertada pertenece a Emilio Gentile: el fascismo es la sacralización de la política (1993). Cerrando el círculo, podemos afirmar en forma salmodiante que para un fascista todo existe dentro de la sagrada política del Estado, nada fuera de la sagrada política del Estado, nada contra la sagrada política del Estado.

tumblr_kpwqb3jeCN1qzavsmo1_500Es preciso hacer aquí una necesaria distinción entre fascismo y totalitarismo: el primero es un totalitarismo larvado, que quizás nunca llegue a florecer; el segundo es un fascismo exacerbado que ha logrado consolidarse de forma brutal o gradual; no en todos los casos el totalitarismo debe recurrir a la sangre para invadir hasta el ático más protegido de la vida de los sufridos ciudadanos. Hannah Arendt opina que la Italia de Mussolini es el típico ejemplo del fascismo, en donde la captación de las voluntades y las instituciones es completa pero no total; la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin son los horrores políticos que tradicionalmente se denominan totalitarismos. Puede que el régimen totalitario mute a otra forma de despotismo: la China de Mao fue un crudo totalitarismo; tras las reformas de Deng Xiaoping viró lentamente hacia una dictadura tradicional de partido único con resabios fascistas; no obstante, la transformación no ha sido constante ni llana: una vez que la categoría de totalitarismo se ha alcanzado, es imposible vencer la tentación de regresar a ella para ajustar cuentas con opositores o competidores políticos. Totalitarismos de solemnidad sobreviven con mejor o peor salud en el nuevo siglo: la Cuba de los Castro, la Corea de Kim Jong-un, el Irán de Alí Jamenei son algunos tristes ejemplos.

La identificación entre Estado y fascismo no puede ser casual: le es imposible imponerse al último sin la poderosa sombra del primero. La calificación de fascista, en su forma más primordial y callejera, es utilizada como errado sinónimo de partidario de la derecha; en términos populares, fueron Ernst Nolte y su pulverización de las categorías políticas quienes ganaron el debate. En rigor de verdad, el fascismo es una forma política que puede asentarse sobre bases económicas diversas; nada impidió que el fascismo se desarrollara y prosperara miserablemente en un capitalismo prebendario y autárquico como la Argentina del primer Perón; nada impidió que el fascismo se desarrollara y prosperara miserablemente en un capitalismo burocrático de Estado, erróneamente considerado un socialismo, como lo fue Unión Soviética. Naturalmente, la izquierda clásica, o aun la posmoderna, que creen, en ocasiones de buena fe, que alguna vez existió el socialismo fuera de los textos, reivindican con ofendida dignidad las envejecidas tesis de Nolte. La economía, para la teoría fascista, es una fuerza de choque que puede utilizarse, siempre bajo tutela estatal, con prescindencia de un plan técnico; bastará que las necesidades de las masas se vean satisfechas, a veces en niveles mínimos, para que la gestión se considere un éxito. La economía, en el fascismo, es una rama secundaria de la política.

Arrepentido de sus opiniones anteriores hacía ya tiempo, Nolte escandalizó una vez más a los ámbitos académicos al publicar, en el año 2000, Der europäische Bürgerkrieg, 1917-1945: Nationalsozialismus und Bolschewismus, llamado en español La guerra civil europea: 1917-1945. Omitiendo su peligrosa pretensión de negar la singularidad del Holocausto y asimilarlo a la época de violencia de masas iniciada por el genocidio armenio (1915-1923), no es osado prestar oídos a su nueva prédica: el nazismo y el comunismo, similares (idénticos, de acuerdo a Nolte), se disputaron no sólo la primacía en Europa sino el lugar desde el que combatir a la democracia liberal, despreciada ferozmente por ambos. El frente oriental en la Segunda Guerra Mundial habría sido, así, una lucha intestina; quien resultara vencedor se adjudicaría la tarea posterior de derrotar al liberalismo. Los Aliados, bien se sabe, contribuyeron en gran medida a la victoria soviética no sólo por razones de realpolitik sino por el grave sentido moral que implicaba la contienda con el nazismo, aseveración negada por el lingüista Noam Chomsky, para quien la Segunda Guerra Mundial fue sencillamente una gigantesca lid entre imperialismos de diversa índole. La interpretación del marxismo vulgar de posguerra identificó a los Aliados occidentales, los Estados Unidos y Gran Bretaña, como potencias imperialistas en poco disímiles a la Alemania nazi, a la que atribuían, no sin malicia, una economía de corte capitalista liberal, decretando que la existencia de conglomerados corporativos en una nación garantiza el carácter liberal del capitalismo.

images (2)La literatura y en mayor medida la cinematografía han contribuido a generar una definición clásica y a la vez un estereotipo del fascismo: masas enfervorecidas, camisas pardas, saludo nazi, Stechmarsch,  hordas uniformadas, campos de concentración, cámaras de tortura, cámaras de gas. Esas imágenes han favorecido una falacia visual: ante la ausencia de las masas y su fervor, el color pardo de las camisas, los brazos levantados en obediente salutación, el paso del ganso, la marea de los ejércitos, los prisioneros políticos, los ayes de dolor y el gaseado, se decreta que no hay razón para temer al fascismo. El fascismo deviene así una cualidad visible y cinematográfica que sólo puede ser detectada por el ojo. Es un craso error: la primera represión que el fascismo desata sobre sus súbditos tiene como objetivo el intelecto y no el sentido de la visión. Épocas pasadas enseñan que la vida bajo los diferentes regímenes fascistas (excepto en períodos de conflagración, y aun así, sólo cuando se avecinaba la derrota) poseía la apariencia de una total normalidad, hasta de una cierta quietud y tranquilidad de ánimo y acción preferibles a tiempos turbulentos en donde se ignora quién se hará con el poder. El fascismo, como las serpientes, sólo muestra su verdadera cara cuando se siente amenazado, sea la causa de la amenaza interior o exterior. Si es interna, el opositor será declarado enemigo de la patria. Si es foránea, un agresor imperialista. Mussolini no hacía sino seguir la teoría de Enrico Corradi acerca de la coacción impuesta por las naciones plutocráticas, como Gran Bretaña, contra naciones proletarias como Italia. El fascismo juega el sutil juego del amigo o enemigo del Estado fascista; los amigos de hoy pueden ser los enemigos de mañana, se trate de países o de personas; nadie debe tener el poder (nadie, excepto el líder y el Estado, deben tener ningún poder) de respirar en paz. Nadie tiene el derecho (nadie tiene ningún derecho) de ser neutral.

Entonces, ¿qué es el fascismo hoy? Hay tantas definiciones como fascistas caminan sobre la tierra, y es dable asegurar que muchos fascistas ignoran que lo son, aun cuando haya quienes nieguen la existencia misma del fascismo, quienes recurran a la vieja definición de Nolte y hasta quienes lo identifiquen con la política exterior de los Estados Unidos o Israel. Quizás la mejor manera de intentar una explicación, una definición (para muchos, una justificación) es examinar las características comunes, la similitud dentro de la diversidad fascista. Nada mejor, para ello, que recurrir a las catorce proposiciones de Umberto Eco sobre el fascismo. Omitiré referencias al artículo 14 points of Fascism, llamado también Fascism, anyone? de Laurence Britts, ya que sólo consiste en una imitación de las proposiciones de Eco, aparecida en la revista Free Inquiry en 2003, con el sólo objeto de criticar el proceder político de la muy criticable administración Bush Jr. Antes de solazarnos con la agudeza de Eco, arriesgaré una interpretación: el fascismo del siglo XXI es el populismo.

El populismo posee sus teóricos, sus exégetas, sus detractores, sus amantes, sus desilusionados, sus suplicantes y sus beneficiarios. Ha sido bautizado cesarismo democrático, dictadura plebiscitada, democracia popular; cada cientista político desea dejar su huella en la historia de las ideas y sugiere un nombre renovado. No sólo el populismo elude definiciones sino que ellas, como sucede con el fascismo, cuando se ofrecen, son contradictorias; ni aun significa igual cosa la palabra española populismo que la inglesa populism. La primera alude a una revolución encarada por un líder carismático en nombre de la voluntad de un pueblo, si nos atenemos a la concepción ofrecida por sus clientes; la segunda, a reformas, progresistas o conservadoras, destinadas a alzarse con votos según el humor popular del momento. En español, idioma de la pobreza, en su mayor parte, el término destila ecos épicos; en inglés, lengua, por estos instantes, de la abundancia, despide un tufillo a oportunismo. Las formas políticas también se rinden ante laberinto semántico. No es en vano que Juan José Sebreli apunte en Los deseos imaginarios del peronismo (1983) que otros dos idiomas en los que restalla la palabra populismo sean el alemán (völkisch) y el ruso (Народничество [naródnichestvo]), naciones en las que el fascismo alcanzó cotas totalitarias. Si el fascismo es la antesala del totalitarismo, el populismo es el estadio de aprendizaje del fascismo, el momento político en el que todavía es demasiado débil o incipiente como para intentar una deglución de la sociedad. En la complejidad del mundo político, estas etapas son borrosas, difusas, imprecisas y siempre dolorosas. Deberíamos, entonces, hablar de una forma impura de dominación ideológica, una estafa política que podría denominarse, sin desmedro de otras interpretaciones y sugerencias, fascismo-populismo.

Según el prólogo a su libro Cinco escritos morales, Umberto Eco pronunció el 25 de Abril de 1995 en la Columbia University of New York una conferencia con motivo de los cincuenta años de la insurrección general de la Italia del Norte y la caída de la Europa fascista. Denominó a esa conferencia El fascismo eterno; fue publicada en traducción inglesa en la New York Review of Books en Junio de ese año como Eternal Fascism; en el número de Julio-Agosto de 1995 de la  Rivista dei Libri apareció como Totalitarismo fuzzy e Ur-fascismo. Eco utiliza el prefijo ur- en su correcta acepción germánica: primitivo, original, ancestral; por extensión, eterno, imperecedero:

chinese-propaganda-posters-01“Il Fascismo è diventato un termine che si adatta a tutto perché è possibile eliminare da un regime fascista uno o più aspetti, e lo si potrà sempre riconoscere per fascista. Togliete al Fascismo l’ imperialismo e avrete Franco o Salazar; togliete il colonialismo e avrete il Fascismo balcanico. Aggiungete al Fascismo italiano un anti-capitalismo radicale (che non affascinò mai Mussolini) e avrete Ezra Pound. Aggiungete il culto della mitologia celtica e il misticismo del Graal (completamente estraneo al Fascismo ufficiale) e avrete uno dei più rispettati guru fascisti, Julius Evola. A dispetto di questa confusione, ritengo sia possibile indicare una lista di caratteristiche tipiche di quello che vorrei chiamare l’ Ur-Fascismo, o il Fascismo Eterno. Tali caratteristiche non possono venire irreggimentate in un sistema; molte si contraddicono reciprocamente, e sono tipiche di altre forme di dispotismo o di fanatismo. Ma è sufficiente che una di loro sia presente per far coagulare una nebulosa fascista.”

“El fascismo se ha convertido en un término que se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre se lo podrá reconocer como fascista. Quiten del fascismo el imperialismo y tendrán a Franco o a Salazar; quiten el colonialismo y tendrán el fascismo balcánico. Añadan al fascismo italiano un anticapitalismo radical (que de ninguna manera fascinó a Mussolini) y tendrán a Ezra Pound. Añadan el culto a la mitología céltica y el misticismo del Grial (completamente ajeno al fascismo oficial) y tendrán a uno de los más respetados gurúes fascistas, Julius Evola. A despecho de esta confusión, confío en que sea posible especificar una lista de características típicas de aquello que yo llamaría el Ur-fascismo o el fascismo eterno. Tales características no pueden ser reglamentadas en un sistema; muchas se contradicen y son típicas de otras formas de despotismo o de fanatismo. Pero es suficiente con que una de ellas esté presente para conformar una nebulosa fascista.”

1) La prima caratteristica di un Ur-Fascismo è il culto della tradizione.

La primera característica de un Ur-fascismo es el culto a la tradición.

El fascismo-populismo no posee tradición, por ello debe crearla. Esa invención es muchas veces torpe, pero eso no obsta a su efectividad: en Argentina los populistas afirman recoger la tradición de Perón y su segunda mujer, o, peor aún, de Rosas. En Venezuela, antes de la muerte de Hugo Chávez, la tradición era Bolívar y una exótica concepción del socialismo; hoy la tradición es Chávez. Sucede lo mismo en la Argentina desde el deceso de Néstor Kirchner. Así como el líder hace historia en vida, al morir es convertido en Historia de inmediato y desde ese panteón emana discurso. La reivindicación constante a un pasado glorioso que llevará a un futuro glorioso ayuda a soportar el presente árido; desde el purgatorio se promete el cielo y se consigue el infierno. Eco hace referencia a la cultura sincrética del fascismo (piénsese en el carácter versátil del peronismo): se abreva en todas las tradiciones asequibles, desde el Cristo obrero, Espartaco y Arminio hasta la Rerum Novarum, Herder y Lenin; desde esa partida se mezclan y reinterpretan ad nauseam los ingredientes, pero se rechazan las novedades. El fascismo-populismo es la gesta pretérita.

2)   Il tradizionalismo implica il rifiuto del Modernismo.

El tradicionalismo implica el rechazo de la Modernidad.

La Modernidad barrió con las formas medievales de distribución del poder y la riqueza; fue burguesa y liberal, aun cuando desconociera en un principio el significado elusivo de ambos términos. Marx, crítico de la Modernidad, era sin embargo entusiasta defensor de ella y aun su hijo; el Manifiesto Comunista no es otra cosa que un intento de corrección de las promesas incumplidas de la caída del Antiguo Régimen y la superación, tal vez ilusoria, del statu quo de la Modernidad en el siglo XIX por una versión mejorada. El tradicionalismo (léase el fascismo, léase el populismo) significa, por el contrario, una regresión: el líder es el renacimiento de la figura del monarca, aun del monarca absolutista, y su régimen es un despotismo, nunca ilustrado. La raíz del populismo se encuentra, al igual que la del fascismo, en la reacción contra la Ilustración que impulsaran el romanticismo alemán y el eslavismo ruso, y también, de seguir a Darrin McMahon (Enemies of the Enlightenment: The French Counter-Enlightenment and the Making of Modernity, 2002), el movimiento francés de los anti-philosophes, los enemigos y perseguidores de Voltaire. Si la Ilustración surgió en Francia, es lógico, aunque lamentable, que la resistencia a ella brotara asimismo de allí.

3) L’ irrazionalismo dipende anche dal culto dell’ azione per l’ azione.

El irracionalismo depende también del culto de la acción por la acción.

2461623176_40e02cece8_zEl populismo desconfía de los intelectuales, más aun si ha llegado al poder. Los escasos pensadores favorables al fascismo-populismo son de producción deplorable y no merecen siquiera mención. La razón de esta carencia es el desprecio del fascismo-populismo por la contemplación y la reflexión: el culto de la acción pura, heredado del fascismo del siglo XX, llama a las masas al rugido y a las vanguardias al vandalismo cuando su hegemonía se siente bajo amenaza. El populismo deviene así una forma desembozada de gangsterismo político. Sin embargo, una vez pasado el peligro, el fascismo-populismo buscará la mansedumbre popular y castigará la acción sin permiso ni fundamento emanado del poder. El pueblo, para el fascismo-populismo, debe ser una bestia amaestrada en estado de perpetua obediencia. Eco anota: “La desconfianza respecto del mundo intelectual siempre ha sido un síntoma del Ur-fascismo, desde la simpatía de Hermann Goering por la frase tomada de una obra de Hans Johst (“Cuando oigo la palabra “cultura” saco el revólver.”), hasta el uso frecuente de la expresión “intelectuales degenerados”.” El único tipo de intelectual que el populismo acepta tolerar es el intelectual orgánico, el permanente justificador de las decisiones gubernamentales, al que denomina, no sin cursilería, intelectual revolucionario, en oposición al malvado intelectual burgués. Invariablemente, el intelectual revolucionario es un mercenario de la pluma que escribe y publica bajo la supervisión flagrante o disimulada del poder, no sin recibir abultados emolumentos a cambio.

4) Nessuna forma di sincretismo può accettare la critica.

Ninguna forma de sincretismo puede aceptar la crítica.

Para el fascismo-populismo, como lo fue para el fascismo, el disenso es traición. La única opinión válida es la formulada por el líder; su palabra es la ley, y si cambia por razones de táctica o necesidad, la opinión de los seguidores deberá renovarse con idéntico fervor. Una sencilla anécdota ilustrará esta tragicómica práctica: en Buenos Aires, el fascismo-populismo intenta avanzar sobre el Poder Judicial a través de una serie de leyes de insolente calaña autoritaria. Encuentra un escollo en un  dirigente político, presunto columnista de un periódico de la prensa adicta, quien aduce que ciertas características del proyecto no responden a la voluntad de la Presidente. En otras palabras: la ley no es mala porque es deficiente o no responde a los postulados de la república o es técnicamente réproba o desoye a la Constitución, sino porque contraría, supuestamente, el verdadero deseo de la líder. Los teólogos del populismo se disputan la preeminencia en la fidelidad a la corona, para la cual, en ocasiones, roban.

5) Il disaccordo è inoltre un segno di diversità.

El desacuerdo es además signo de diversidad.

Eco postula la explotación del miedo a la diferencia por el Ur-fascismo; en su interpretación, es uno de los sostenes del racismo en regímenes como el fascismo alemán; la necesidad de un consenso forzoso se explicita en la reafirmación del sentido de pertenencia como signo de honor, en algunos casos, a una raza, en otros, a un movimiento. El último dilema es peor: no puede un individuo dejar de pertenecer a su grupo étnico, pero puede (y debe, según el fascismo-populismo) mudar su modo de pensar e integrarse a la revolución, fuera de la cual no hay política, ni pensamiento ni acción, sólo represalias. El fascismo-populismo no se reconoce partido; es decir, parte de la sociedad, sino movimiento, es decir, el todo de la sociedad que avanza. Tras los límites quedan los plutócratas u oligarcas, los traidores, los excéntricos, los antisociales (término favorito del castrismo), los reaccionarios y los estúpidos. Si el disenso constituye traición, el simple desacuerdo es herejía.

6) L’ Ur-Fascismo scaturisce dalla frustrazione individuale o sociale.

El Ur-fascismo deriva de la frustración individual o social.

propaganda-peronistaDesde una visión marxista vulgar, el fascismo es la desesperada reacción de la pequeño-burguesía (en términos legos, la clase media) contra el ascenso de la clase obrera. Se trata, por supuesto, de una perspectiva anterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando las masas obreras constituían, de acuerdo al marxismo, un sujeto histórico de peso. A pesar de esta sagaz afirmación, los teóricos del marxismo de entreguerras quedaron atónitos ante el creciente apoyo de la clase trabajadora a los regímenes de Mussolini y de Hitler; por extensión, y a raíz también de la cooptación del sindicalismo independiente, sucedió igual cosa con el peronismo. La razón es simple, aun cuando no quepa en los cálculos de los deficientes seguidores de Marx: el fascismo y su sucesor, el fascismo-populismo, gozan durante una primera etapa de un período de esplendor económico que corre a reparar injusticias sociales e inequidades de clase que son producto de la torpeza de administraciones anteriores; por ello, y contra la opinión del liberalismo dogmático, cada centavo que se invierta en acción social previene el posible surgimiento de un nuevo Mussolini, un nuevo Hitler o un nuevo Perón; también el de un nuevo Castro o un nuevo Chávez. La democracia es, ante todo y debido a la pobreza de la condición humana, hija de la prosperidad. Sin previo descontento, los líderes autoritarios son sencillamente inviables; sin el hundimiento de la República de Weimar a causa del crack de 1929 Adolf Hitler sería recordado hoy sólo como un bufón tenaz. La captación de las clases populares, e incluso de la pauperizada clase media, por el populismo, es el resultado de la dilapidación en medidas clientelistas de la capacidad ociosa del capital público; no hay vez que esas distribuciones temporarias no produzcan éxitos electorales, que legitimarán al proyecto fascista-populista. Obvio es consignarlo, la alegría popular no es de larga duración: apenas se agotan los recursos del Tesoro, comienza la crisis económica, acontece la retirada del apoyo electoral y el fascismo-populismo debe recurrir a la intimidación, la represión y el fraude para retener el poder; el romance del dictador con su plebe ha terminado.

7) A coloro che sono privi di una qualunque identità sociale, l’ Ur-Fascismo dice che il loro unico privilegio è il più comune di tutti, quello di essere nati nello stesso paese.

A aquéllos que son privados de cualquier identidad social, el Ur-fascismo dice que su único privilegio es el más común de todos, aquél de haber nacido en un mismo país.

Fácil es relacionar al fascismo con el nacionalismo, sencillo es ligar el nacionalismo al fascismo-populismo, pero el estilo del nacionalismo populista es de un tenor ligeramente diferente: se trata de un nacionalismo ahistórico: si bien es irredentista en cuanto a la exigencia de la devolución de territorios que estima suyos como manera de movilizar la emoción de la población, la división de amistades y enemistades no depende de conflictos añejos o cuestiones estratégicas, sino de la conformación de una internacional populista: cualquier nación que deba soportar un gobierno afín al fascismo-populismo es una nación automáticamente considerada aliada; cualquier nación que disfrute de un gobierno actuante en oposición al fascismo-populismo es un enemigo potencial; en el espacio latinoamericano, el lebensraum populista es denominado la Patria Grande. El fascismo-populismo rescata la idea fascista de Corradi de dividir a los países en plutocráticos y proletarios, sólo que ahora utiliza adjetivos distintos para el mismo fenómeno: naciones revolucionarias o liberadas y naciones imperialistas u opresoras. Los súbditos del Estado fascista-populista deben sentirse agradecidos de habitar suelo propicio para la libertad de los pueblos, aunque ese galardón, las más de las veces, es útil únicamente para incentivar la emigración.

8) I seguaci debbono sentirsi umiliati dalla ricchezza ostentata e dalla forza dei nemici.

Los seguidores deben sentirse humillados ante la riqueza ostentosa y la fuerza del enemigo.

El fascismo-populismo se presenta a sí mismo como valeroso; de acuerdo a ello, escogerá enemigos de fuste: Washington, Londres, la Unión Europea, el sionismo, sus sicarios internacionales, sus aliados en el seno de la nación que responden a intereses extranjeros. El objetivo del fascismo-populismo es la cooptación de todos los poderes e instituciones; observa con afrenta el hecho de que haya quienes no se le sometan. Espoleará a sus partidarios para que exijan los dineros malhabidos de empresas, medios, sindicatos, asociaciones, individuos. Los lujos de los que el pueblo se priva no son producto, según el fascismo-populismo, de la pésima administración económica o del aislamiento internacional, sino de la rapacidad de los adversarios. Fomentará el uso de un arma que, bien empleada, resulta letal: el resentimiento, esa disposición del ánimo que prefiere la ruina ajena a la prosperidad propia.

9) Per l’ Ur-Fascismo non c’ è lotta per la vita, ma piuttosto vita per la lotta.

Para el Ur-fascismo no hay lucha por la vida, sino más bien se vive para la lucha.

2b308cfa35260cf103b23f0369f1622fEl fascismo-populismo es la ideología de la construcción permanente del enemigo. No se trata de un enemigo de clase, de una filosofía adversaria o de una institución opositora; amigo, por definición, es quien se aviene a aliarse o someterse; enemigo es quien no lo hace, poco importan el grado de cercanía o similitud en lo meramente programático. El fascismo-populismo es esencialmente cortoplacista, una suerte de Don Juan de la política: sus amores y sus odios sobreviven lo que dura la conveniencia. Recuérdese el acercamiento inicial de Hitler a la Unión Soviética (el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 que permitió la invasión de Polonia por los alemanes, y una quincena después, por los soviéticos), el apoyo mendigado por Castro en primera instancia a los Estados Unidos, la aproximación de Néstor Kirchner a conglomerados de medios de los que luego abominó. La erección constante de un enemigo es imperiosa en el fascismo-populismo, que en este respecto supera con creces las sinuosidades del fascismo original, ya que su ideología básica es precaria y se sostiene esencialmente en el entusiasmo del combate y la promesa de la destrucción de las cadenas que oprimen a las masas a las que el fascismo-populismo dice venerar. Además de combatir al enemigo, el fascismo-populismo exige que se lo haga apasionadamente, sin vacilaciones ni misericordia; cualquier intento de conciliación es censurado como una claudicación y castigado de acuerdo a la magnitud de la ofensa. Como el gobierno fascista-populista se considera a sí mismo sagrado órgano del Estado y aspira a la suma del poder público, el tamaño de la transgresión es enorme. Quienes abandonan el campo fascista-populista voluntaria o involuntariamente lo hacen para no regresar, en ocasiones para no regresar con vida.

10) L’ elitismo è un aspetto tipico di ogni ideologia reazionaria, in quanto fondamentalmente aristocratico.

El elitismo es un aspecto típico de toda ideología reaccionaria, ya que es fundamentalmente aristocrático.

El fascismo-populismo posee una taxonomía de hierro, una ley de jerarquías que comprende desde el humilde simpatizante sin relación alguna con el poder fáctico hasta el líder supremo, con numerosas escalas intermedias: los militantes de base, que distribuyen dádivas y proveen votantes, y que son a su vez supervisados por militantes más antiguos de rango superior, que son, a su turno, comandados por dirigentes ya cercanos al poder político más tradicional; esa forma de organización es un remedo aceitado de un ejército, lo que supone también un rígido sistema de premios y castigos a causa de logros o incumplimientos. Los partidarios más destacados o mejor relacionados son remunerados con cargos públicos e inclusión en los primeros lugares en las listas de los comicios, sin que pueda ser cuestionada su idoneidad. Reaparece la figura del idiota útil, aquél que está sinceramente convencido de las bondades del fascismo-populismo y defiende la acción del gobierno sin recibir estipendio, pero a medida que el régimen comienza su desgaste y se ve obligado a permanecer por la fuerza, deviene una especie en extinción. El fascismo-populismo no sólo divide a la sociedad en amigos y enemigos, sino entre privilegiados y perjudicados, es decir, simples mortales que deben subsistir por sus propios medios. Pasar a formar parte de la casta superior es tarea nada sencilla: pocos son los sitios disponibles y muchos los ambiciosos. Dado que la manera más práctica y expeditiva de remunerar la fidelidad ciega es el empleo estatal, los fascismos-populismos engrosan las filas de los estamentos municipales, provinciales y nacionales a niveles astronómicos. La impagable cuenta que se deriva de esta costumbre debe ser costeada por el grueso de la ciudadanía bajo el carácter de una galopante inflación, que no es otra cosa que el precio de mantener a esta aristocracia parasitaria. Si el fascismo y el totalitarismo primordiales constituían élites no tradicionales que se afanaban en reemplazar a las clases dirigentes típicas de una nación a perpetuidad, puesto que no consentían en abandonar el poder y se abocaban a la transformación del Estado para ese fin, el fascismo-populismo es una contra-élite, un lugar en el que se deposita la hez de la sociedad apresurada por obtener una parte del botín de manera rauda y tosca, ante el riesgo de ser desplazados por un rival político o la inminencia de una posible caída del régimen. Así, es evidente comprobar la existencia en sus huestes de figuras de la farándula, del deporte, del hampa; colosales mediocridades que no hallarían sitio en un sistema regido por la virtud del mérito.

11) In questa prospettiva, ciascuno è educato per diventare un Eroe.

Desde esta perspectiva, cada quien es educado para convertirse en Héroe.

Así como no existen patricios sin plebeyos, no hay revoluciones sin héroes, aun cuando la revolución sea una fábula y el héroe una parodia. El fascismo-populismo, al sacralizar la política, hace de cada miembro del partido un proyecto heroico que puede desembocar en el asesinato o el martirio si la causa lo requiere. El fascismo-populismo detesta las formas políticas burguesas, con sus dilatados debates parlamentarios en donde las partes exponen sus argumentos y contrastan propuestas; si pudiera, arrearía con el Parlamento y con los legisladores, aun los de su propia facción, y gobernaría por decreto. Pero no olvida que ha sido legitimado en una elección y que debe cooptar a la institución legislativa, no arrasar con ella, a pesar de que esto le suponga un esfuerzo a su corta paciencia. Los cuadros políticos que el fascismo-populismo prepara son ideológicamente irritables, inflamados de retórica revolucionaria, de muy estrecha frontera entre el discurso incendiario y la acción directa. La severidad del fervor da apariencia de honestidad; un examen más riguroso de las vidas privadas de los encendidos panfletarios revela, sin embargo, una propensión al lujo que la ascética verba de la vigilia no hace sospechar. El heroísmo del fascismo-populismo es un producto para consumo mediático.

12) Dal momento che sia la guerra permanente sia l’ eroismo sono giochi difficili da giocare, l’ Ur-Fascista trasferisce la sua volontà di potenza su questioni sessuali.

Dado que tanto la guerra permanente cuanto el heroísmo son juegos difíciles de jugar, el Ur-fascista transfiere su voluntad de poder a las cuestiones sexuales.

meposters-0002-059_thumbEl fascismo-populismo es, casi invariablemente, conservador en materia erótica. Los totalitarismos desbocados son furibundamente misóginos y homofóbicos, baste recordar el ejemplo cubano, en donde existieron campos de concentración para la reeducación de homosexuales. El nazismo decretó su condena a muerte y los recluyó en campos de exterminio y relegó a la mujer a las tres K: Kinder, Küche, Kirche (niños, cocina, iglesia). Richard Bosworth (Mussolini’s Italy: Life Under the Dictatorship, 2005) relata que Mussolini, tal como obra hoy el vergonzante presidente iraní Majmud Ajmadineyad, negaba que en Italia pudiera existir, bajo el régimen fascista, un solo homosexual. En los totalitarismos del Este la homosexualidad era considerada una enfermedad burguesa. Una excepción a esta regla es el peronismo kirchnerista, el que impulsó una ley de matrimonio igualitario y de identidad para personas transgénero. La explicación es harto sencilla: luego de la derrota en las elecciones legislativas de 2009, el peronismo temió sufrir arranques de debilidad y buscó posicionarse como movimiento progresista en un país, la Argentina, en el que las clases dirigentes tradicionales, aunque liberales, son sexualmente conservadoras y las instituciones, incluida la Iglesia católica, mantienen con el homosexual una relación tensa. La promulgación de esa ley sirvió al peronismo para posar como propulsor de las libertades sexuales, cuando en su plataforma política ese proyecto no existió jamás y había perdurado en el poder por siete años sin que la idea cruzase su horizonte político. La concesión oportunista es parte integral de la táctica populista. Pocos recordarán que por ley celebrada por el gobernador peronista de la provincia de Buenos Aires, Domingo Mercante, en 1946, por causa de indignidad se prohibía votar a los homosexuales, aun cuando fuera dificultoso reconocerlos. Tal ley no fue derogada sino en 1987, en el radicalismo tardío (la fuente es Juan José Sebreli: Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires, 1997). Richard Washburn Child, biógrafo y admirador de Mussolini, escribió en el prefacio de su obra en dos volúmenes una oda al oportunismo politico: “Opportunist is a term of reproach used to brand men who fit themselves to conditions for the reasons of self-interest. Mussolini, as I have learned to know him, is an opportunist in the sense that he believed that mankind itself must be fitted to changing conditions rather than to fixed theories, no matter how many hopes and prayers have been expended on theories and programmes.” (“Oportunismo es un término peyorativo utilizado para etiquetar a aquéllos que se adaptan a las circunstancias por razones egoístas. Mussolini, según yo lo he conocido, es un oportunista en el sentido de que es la humanidad misma la que debe adaptarse a las condiciones cambiantes en lugar de a teorías prefijadas, no importa cuánto se ha esperado y rogado para que esas teorías y programas funcionen”). Y agrega que el propio Mussolini le confió: The sanctity of an ism is not in the ism; it has no sanctity beyond its power to do, to work, to succeed in practice. It may have succeeded yesterday and fail to-morrow. Failed yesterday and succeed to-morrow. The machine first of all must run! (“La santidad de un ismo no reside en el ismo; no es sacrosanto más allá de su capacidad de hacer, de funcionar, de tener éxito en la práctica. Puede haber sido exitoso ayer y fracasar mañana. Haber fracasado ayer y tener éxito mañana. ¡La máquina antes que nada debe poder andar!”). En Venezuela, por el contrario, el chavismo es firmemente homofóbico al punto de hacer correr el rumor de que el jefe de la oposición y Presidente electo aunque no reconocido, Henrique Capriles, es homosexual, para restarle votos entre la población prejuiciosa.

13) L’ Ur-Fascismo si basa su di un populismo qualitativo.

El Ur-fascismo se basa en un populismo cualitativo.

Quizás sea éste el aspecto más curioso del fascismo-populismo: en sus comienzos, cuando ha recién arribado como salvador de la patria y goza del consenso de las mayorías, el fascismo-populismo se muestra legalista: su poder se basa en el caudal de votos y todas las medidas que tomará se fundamentarán en mantener el grosor de ese caudal por el mayor tiempo posible. El desgaste del ejercicio del poder, más aun si se lo opera en forma horrorosa, va restando lenta y resolutamente adherentes a la causa. Aumenta el número de los desilusionados, los arrepentidos, los cabizbajos, los  que rumian su furia en silencio. Cuando el populismo advierte que ha perdido el favor de las mayorías, su postura cambia de legalista a legitimista: es fiel depositario del poder popular ganado en limpias elecciones y no habrá fuerza sobre la Tierra que lo mueva a cambiar el rumbo de su política. No considerará válidas las manifestaciones populares en su contra, no importa cuán masivas, ni denuncias, revelaciones, impugnaciones, amparos, gritos, ruegos. Utilizará cualquier subterfugio legal, que posiblemente haya negado a sus adversarios, para lograr el propósito de permanecer en el centro de la escena. Detrás de este accionar se halla la endeble convicción que inculca a sus partidarios: la voluntad populista, aun cuando ya minoritaria, es superior a la voluntad popular que alguna vez  la apoyó; de algún modo el fascismo-populismo siente que el respaldo del pueblo, una vez obtenido, no puede ser retirado; la población ha emitido un voto contractual vitalicio del que sólo un ingrato traidor podría renegar. Es el instante exacto en donde el fascismo-populismo comienza a desprenderse de su hábito populista y se calza el oscuro sayo del fascismo. Dylan Riley, escribiendo sobre Giovanni Gentile, lo acusa con justicia de querer denominar al fascismo democracia autoritaria, en donde es el poder quien le indica al pueblo quién debe ganar la elección, ya que el poder decide quiénes merecen ser protegidos por él, en tanto una sociedad fascista-populista rechaza la igualdad de los ciudadanos al discriminarlos según su ideología y condena al ostracismo social, laboral, económico y hasta físico a los no fascistas. Es el tiempo del fraude, la violencia, la intimidación y la amenaza. Los últimos años del primer peronismo, la actualidad del chavismo y del peronismo kirchnerista, entre otros tristes ejemplos,  han transitado y transitan esa vía amarga.

14) L’ Ur-Fascismo parla la Neolingua.

El Ur-fascismo utiliza la Neohabla.

images (3)George Orwell dedica un apéndice de 1984 a referirse al Newspeak, el lenguaje oficial del Ingsoc, el imaginario socialismo inglés que se había tornado gobierno totalitario en Oceania:  la Neohabla separa a un término de su significado, vacía el concepto y, de acuerdo a la necesidad, o bien lo elimina o bien lo reduce a una sinonimia por reflejo. Así, en los fascismos-populismos, opositor equivale a burgués, traidor, idiota o reaccionario. Una empresa es una corporación, vocablo al que se le asigna un aura siniestra; forzando la norma, una corporación es una asociación ilícita. Exprópiese, en el chavismo, es una palabra de connotación cuasi religiosa con la que se exorciza el carácter explotador de una entidad capitalista. El vocabulario del fascista-populista se compone de retazos de jerga, a veces apocopados, para sonar a tono con los tiempos tecnológicos y resultar más agradable a la juventud: la opo es la oposición, la corpo es el conjunto de empresas con intenciones antipopulares, destituyente es cualquier comentario crítico que se alce tímidamente para cuestionar la gestión. Ciertos términos son acompañados por un adjetivo o un sustantivo adjetivado del que no deben ser separados: la oligarquía es la prostituta oligarquía, la democracia es la democracia burguesa, y así. La ironía de Borges hubiera podido componer alguna corta pieza literaria acerca de estas kenningar del subdesarrollo. Orwell pudo haber encontrado inspiración para su Newspeak en la obra de Victor Klemperer: LTI – Lingua Tertii Imperii: Notizbuch eines Philologen de 1947 (El idioma del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo). En Septiembre de 2002, Václav Havel pronunció un discurso en la Universidad de Florida en Miami en el que se refirió a la Neohabla de la esfera comunista: “Pienso que uno de los instrumentos más diabólicos del avasallamiento de los unos y del embelesamiento de los otros es el especial lenguaje comunista. Es un lenguaje lleno de señuelos, esquemas ideológicos, flores retóricas y estereotipos idiomáticos; un lenguaje capaz, por una parte, de maravillar enormemente a las personas que no hayan descubierto su falsedad o a las que no hayan tenido que vivir en ese mundo manipulado por ese lenguaje, y, al mismo tiempo, un lenguaje capaz de despertar en otras personas el miedo y el terror, obligándolas a disimular permanentemente. También en mi país hubo generaciones enteras de personas que se dejaron desorientar por ese lenguaje lleno de bonitas palabras sobre la justicia, la paz, la necesidad de luchar contra los que, supuestamente en interés de las fuerzas del mal, se oponen al poder que utiliza ese lenguaje. La gran ventaja de ese lenguaje es que todo está enlazado en firmes acoplamientos mutuos de un sistema cerrado de dogmas que excluyen todo lo que no encaja en él. Cualquier idea un tanto original o independiente, igual que la propia palabra que no se utiliza en el lenguaje oficial, se encasilla en la correspondiente categoría de subversión ideológica, incluso antes de ser pronunciada. La red de dogmas que justifican cualquier arbitrariedad del poder suele tener la forma de una utopía, es decir, la de una construcción artificial del mundo que contiene en sí, automáticamente, toda una gama de razones de por qué es preciso oprimir, prohibir o aniquilar cualquier cosa que rompa con los moldes o que sobresalga, y, todo ello, en aras de un futuro más feliz. Es cómodo aceptar este lenguaje, creer en él o por lo menos amoldarse a él. Es muy difícil mantenerse firme, por mucho que esté cien veces presente el sentido común, pues eso significa rebelarse contra el lenguaje del poder o simplemente no emplearlo. El sistema de persecuciones, prohibiciones, denunciantes, elecciones de participación obligatoria, delación, censura, sistema al que siguen los campos de concentración, va envuelto en un hermoso lenguaje que no vacila en denominar a la esclavitud una forma superior de libertad, al pensamiento independiente una servidumbre al imperialismo, al espíritu de iniciativa humana una pauperización de los otros y a los derechos humanos un invento de la burguesía.”

Hasta aquí las catorce proposiciones de Umberto Eco sobre el fascismo inmarcesible. Creo necesario, cediendo a un lapsus de soberbia, añadir dos más: En primer lugar, el fascismo, y su legítimo heredero, el fascismo-populismo, son mesiánicos: aunque, de acuerdo a la primer proposición de Eco, el Ur-fascismo es tradicionalista, sin negar este aserto, bien puede decirse que es mesiánico a la vez, lo que confirma su carácter sincrético y contradictorio: ha llegado para reavivar la tradición de la voluntad popular, pero sólo bendecido y aprobado desde la altura del líder. Nada aterroriza más al fascismo-populismo que el pueblo que ha tomado conciencia de su poder. Esa oscilación entre el culto a la tradición y el culto al mesías produce fracturas dentro del ámbito cortesano del fascismo populista, banderías que reivindican la validez de una postura por sobre la otra, del líder y de quienes compiten entre sí para desplazar palaciegamente al líder, aun cuando es la táctica oportunista la que  otorga el triunfo según la necesidad del momento; son roces que quedan acallados por la común recurrencia a la rapiña. En segundo lugar, el Ur-fascismo y el fascismo-populismo son  juvenilistas: las organizaciones juveniles son el perfecto caldo de cultivo de mentes desprovistas todavía de defensas intelectuales; el objetivo máximo del fascismo-populismo es permanecer en el poder hasta que se haya completado un cambio generacional y exista una flamante camada humana que no conozca otro estado de cosas y esté dispuesta a inmolarse para defender un régimen que sus padres temieron y detestaron. No hay fascismo o totalitarismo que no haya creado al menos una organización juvenil de pertenencia obligatoria o altamente recomendable, desde Hitler a Castro, desde la Opera Nazionale Ballila de Mussolini o la Unión de Estudiantes Secundarios de Perón a La Cámpora de los Kirchner. Esta lista de miserias no es exhaustiva y podría continuar indefinidamente: culto a la personalidad (exacerbado por el alcance infinito de los medios de comunicación), corrupción rampante, clientelismo descarado, explotación cruel de la pobreza, y un extenso y sollozante etcétera.

¿Cómo librarse del fascismo-populismo, cómo acabar con la pesadilla? Fácil es ingresar y muy difícil salir del sueño totalitario: basta una mala decisión electoral para instalar en el poder a una banda delictiva cuya meta es permanecer y enriquecerse y no retroceder ante nada para conseguirlo. Cuentan con la complicidad, por acción u omisión, por temor o por ventaja, de empresarios prebendarios, intelectuales de pacotilla, comunicadores asalariados, militares enriquecidos por el narcotráfico. Orwell escribió que quien controla el presente controla el pasado, y que quien controla el pasado controla el futuro. Parafraseándolo, puede afirmarse que quien controla el poder controla el Estado, y quien controla el Estado controla al pueblo. La lección que estos silogismos deben dejar es que la pequeñez del Estado es garantía de su incapacidad de hacerse con el control de la nación; todos cuantos han agrandado desmesuradamente al Estado lo han hecho con el fin, confeso o no, de utilizarlo como instrumento de dominación.

El fascismo, históricamente, ha caído por presión externa o por un serio descalabro interior que ha contado con colaboración internacional o con la imposibilidad de refugiarse en el apoyo de una potencia dominante que consiga desacelerar el derrumbe, según los casos germano-oriental y rumano. La Guerra Fría, que culminó con la derrota del fascismo comunista, fue, al fin y al cabo, una guerra, a pesar de que el campo de batalla no se hallaba geográficamente delimitado; la Unión Soviética fue superada en las áreas logística y económica y el fascismo comunista fue reemplazado por el fascismo-populista de los antiguos jerarcas del Partido Comunista devenidos veloces multimillonarios. Setenta años de totalitarismo comunista no pueden ser borrados en apenas una generación.

pelicula_nestorEl ciudadano común, ajeno a la estrategia política, desesperanzado ante elecciones que falsean los resultados, apartado y justificadamente temeroso de enfrentarse a la violencia estatal, posee sólo dos armas: la denuncia y la desobediencia. Denuncia permanente de los abusos y delitos que comete el poder, desobediencia en todos los actos de la vida civil: no lo haré, no colaboraré, no contribuiré. La idea pertenece a Étienne de la Boétie, aquel buen amigo de Montaigne, y quizás su protegido y amanuense: “Para él (escribe Llewellyn Rockwell) el gran misterio de la política es la obediencia al gobernante. ¿Por qué razón la gente acepta ser saqueada y oprimida por caudillos? No es sólo miedo, anota La Boétie en su Discours de la servitude volontaire, ya que nuestro consentimiento es requerido. Y ese consentimiento puede ser retirado en forma no violenta.” El Estado fascista-populista es una monstruosidad insaciable; no puede sobrevivir por largo tiempo si se le quita su alimento cotidiano.

Y si nos roza la fortuna, si derribamos al tirano, sea nuestra consigna sólo dos palabras: never again, nie wieder, mai più, plus jamais. Nunca más.

Hadrian Bagration

El sueño de Sarmiento

Benjamin Franklin Rawson: Retrato de Sarmiento a los 32 años (1845).

La civilización es el mar. Egipto encontró en el Nilo a su océano y olvidó al Mediterráneo; tal omisión lo encerró en la secreta profundidad de sus pirámides y le privó de un destino más generoso. Griegos y romanos no cometieron ese error: desde las humildes costas del Egeo, del Jónico, del Tirreno y del Adriático el genio grecorromano unió los estrechos del Bósforo y de Gibraltar y rebautizó al antiquísimo mesogeios thalassa (el mar en medio de las tierras, como había sido llamado en tiempos de apogeo  de la Hélade) como Mare Nostrum, nuestro mar, ya que no existía tierra circundante que no fuera propiedad del Imperio. La Historia ha extraviado a Cartago y a Fenicia; raro es que los vituperios que durante siglos ha sufrido el pueblo hebreo en razón de las acusaciones emanadas de su supuesta deslealtad comercial no tiñan la memoria de esas naciones perdidas, que fueron poco más que avanzadas de generales, remeros y mercaderes. En tiempos de Adriano Roma circunvaló el Pontus Euxinus, el mar hospitalario, como era en ese entonces nombrado el Mar Negro, y fundó un colonia en la Cólquide, el sector meridional de la península de Crimea, donde, la leyenda lo quiere, el ingrato Jasón se habría alzado con el vellocino. El Occidente, la porción del mundo a la que todo ser humano con mínimas ambiciones desea pertenecer, es un conglomerado de griegos, romanos y judíos en el exilio, empujados más allá del Mediterráneo.

La noticia es comentada tanto por Juan José Sebreli (Crítica de las ideas políticas argentinas) cuanto por Guillermo Gagliardi (Sarmiento y Croce: nuevas lecturas): en 1932, el lingüista Karl Vossler informa por carta a su maestro, el desorientado pero riguroso pensador Benedetto Croce, su intención de traducir al alemán la obra capital del mejor escritor argentino después de Borges (Sarmiento): el Facundo, o civilización y barbarie en las pampas argentinas. La razón es sencilla: Hitler se asoma al poder en la patria de Vossler y éste siente que lo que otrora fue una nación culta, propensa a la filosofía, a la música y a la literatura (coqueteos con el militarismo bismarckiano mis à part)  devenga un colosal Mr. Hyde por obra y desgracia del Partido Nacionalsocialista Alemán y su apelación a las peores tradiciones germánicas: el nacionalismo, el culto de la pureza de la sangre y del suelo, el antisemitismo. No caía Vossler en el error; tan sólo un año después, en 1933, Hitler confesaba: “Se refieren a mí como un bárbaro ignorante. Sí, somos bárbaros. Queremos ser bárbaros, es un título honorable para nosotros. Nosotros rejuveneceremos al mundo. Este mundo se acerca a su fin.”

Karl Vossler, después de la lectura del Facundo en su original español,  había barruntado en Rosas a un precursor, si bien mucho menor, de Hitler. Sarmiento había escrito su obra desde el exilio chileno en contra del rosismo; son las amargas consecuencias del gobierno de Rosas los argumentos que convencen al lector de la inconveniencia de su ejercicio del poder: Rosas como princeps de la Confederación Argentina sólo puede producir, por uno y por miles y por cientos de miles, a un Juan Facundo Quiroga. Hitler rex de Alemania engendrará desde el módico delator de Annelies Frank  hasta Rudolf Franz Ferdinand Höss, principal responsable del campo de exterminio de Auschwitz. Cada líder intenta concebir a su pueblo a su imagen y semejanza.

Ignacio Baz: Retrato de Sarmiento en la época de su exilio en Chile (ca. 1852). Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

Ignacio Baz: Retrato de Sarmiento en la época de su exilio en Chile (ca. 1850). Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

La canónica obra de Ferdinand Tönnies de 1887, ya Rosas muerto hace una década, ignorante de su póstuma y nacional-peronista vindicación, Gemainschaft und Gesselschaft (Comunidad y sociedad), conceptos rescatados por el historiador Arthur Herman en su The Idea of Decline in Western History, expone la dicotomía entre una nación subordinada a las categorías de grupo social, gremio, escuela, familia, iglesia, ejército (Gemainschaft) o una suma de individuos (Gesselschaft) en el que la suerte  de sus miembros no se vea subsumida por el superior interés de la comunidad organizada. De acuerdo a Kimberly Ball, estudiosa de la versión inglesa de Facundo, a la Gemainschaft rosista (la desorganizada América Latina, los restos del decadente y medieval imperio español, la inútil opulencia del Asia, la vagarosa vastedad del campo, el carácter feral de los federales, Quiroga y Rosas) se opone la cultivada Gesselschaft sarmientina (Gran Bretaña, Francia, los Estados Unidos, las ciudades, los unitarios, Paz y Rivadavia).  En tiempos de Hitler, el conflicto se zanjó entre los seguidores de la prolijamente francesa Zivilisation, honrosa partenaire de la Gesselschaft, y la alemana Kultur, heredera de la Gemainschaft a partir de la derrota de los Imperios Centrales en la Primera Guerra Mundial. Tönnies no  hacía sino seguir los pasos de Kant, de acuerdo a la razonada exposición de Norbert Elias: el título de una de sus obras del período crítico kantiano es Idea de la historia universal en sentido cosmopolita (1784). Los términos cosmopolitismo, civilización, universal, individual, no poseen cabida en los lexica rosista y nazi.

El deseo de Sarmiento, y el de los integrantes de la generación de 1837, era la lenta transmutación de las australes tierras argentinas en un país de la Europa Occidental. El de Rosas era confesamente más modesto: la obtención y conservación de la suma del poder por mano propia y por la de interpósitos caudillos; quizás Juan Facundo Quiroga fuese el epítome del cacique federal, de allí la elección de Sarmiento como personaje central de su volumen.

Cuarta edición del Facundo, Librería Hachette, París, 1874. Colección Roberto Fiadone.

Los paralelismos entre Hitler y Rosas van más allá de la mera coincidencia: ambos eran cultores de la nocturnidad (inaugurada por Rosas en los funerales de Dorrego en la Recoleta), ambos hicieron confirmar su llegada al poder a través de un plebiscito (Rosas, entre el 26 y 28 de Agosto de 1835; Hitler, el 19 de Agosto de 1934), ambos se sirvieron del terror, simbólico y físico, para amedrentar la menor oposición, ambos dispusieron de derecho de vida y muerte sobre la población y la vigilaron con multitud de soplones profesionales, falsos denunciantes y acusadores a sueldo, de modo de lograr una atmósfera en donde todos desconfiaran hasta de sus parientes más próximos. Ambos prohijaron atroces policías políticas (la Geheime Staatspolizei en la Alemania nazi, la Sociedad Popular Restauradora y su brazo armado, la Mazorca,  en el caso argentino). Ambos se propusieron controlar la vida pública y privada de los infortunados bajo su mando. Dos diferencias se perciben, sin embargo: se argüirá que esos vicios se adecuan al comportamiento de más de un tirano; es verdad, pero monstruosidades como Mussolini, Perón, Franco, Stalin, Mao, Pinochet, Videla, Castro, se proponían un desarrollo deformado, parcial, autoritario, asesino y brutal de sus dominios; el propio Hitler intentaba hacer de Alemania una potencia hegemónica. La única ambición de Rosas era la perpetuación asentada en el adormilado carácter austral de la Confederación Argentina; sus métodos eran el atraso planificado y la desapasionada maldad, que compartía con su esposa, Encarnación Ezcurra. Para Rosas, la absoluta inmovilidad del tiempo argentino era funcional a su interés de eterno protector de la salvaje inocencia de sus súbditos; en cada provincia, se aseguró, habría un hombre rústico a sus órdenes que cumpliría un destino análogo.

La otra anomalía entre ambos déspotas consiste en la elección de su final: con el Ejército Rojo a metros de su último refugio, Hitler puso un arma en su sien, mordió una cápsula de veneno y apretó el gatillo. Rosas huyó y se refugió entre los británicos. Hasta el día de hoy la anglofobia argentina, que es también profundamente rosista,  no ha sabido explicar las razones de este raro prodigio.

Durante casi un siglo, con suerte diversa y no sin injusticias, Argentina, luego de la caída de Rosas,  mutó en un país-puerto cuyo contacto con el mar la acercó tímidamente a los ideales europeos de la Ilustración. No poco contribuyó a ello el ardor que Sarmiento desplegara al redactar el Facundo. Hoy, que todo se ha perdido y que la glacial sombra de Rosas ha hallado avatares en los que hipostasiarse, la simple lectura de ese texto esencial es una reconciliación con ese posible y deseable sueño argentino que fue también el sueño de Sarmiento.

Hadrian Bagration

Los estragos lentos

Ignacio Manzoni: El asado, 1871. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

“La cuñada de Su Excelencia el Restaurador de las Leyes estaba de audiencia, en su alcoba; y la sala contigua, con su hermosa estera de esparto blanco con pintas negras, estaba sirviendo de galería de recepción, cuajada por los memorialistas de aquel día.

Una mulata vieja, y de cuya limpieza no podría decirse lo mismo que de la ama, por cuanto es necesario siempre decir que las amas visten con mas aseo que las criadas, aun cuando la regla puede ser accesible a una que otra excepción acá o allá, hacía las veces de edecán de servicio, de maestro de ceremonias y de paje de introducción.

Parada contra la puerta que daba a la alcoba, con una mano agarrado tenía el picaporte, en señal de que allí no se entraba sin su correspondiente beneplácito, y con la otra mano recibía los cobres o los billetes que, según su clase, le daban los que a ella se acercaban en solicitud de obtener la preferencia de entrar de los primeros a hablar con la señora Doña María Josefa Ezcurra. Y jamás audiencia alguna fue compuesta y matizada de tantas jerarquías, de tan varios colores, de tan distintas razas.

Estaban allí reunidos y mezclados el negro y el mulato, el indio y el blanco, la clase abyecta y la clase media, el pícaro y el bueno; revueltos también entre pasiones, hábitos, preocupaciones y esperanzas distintas.

El uno era arrastrado allí por el temor, el otro por el odio; uno por la relajación, otro por una esperanza, otros en fin por la desesperación de no encontrar a quien ni en dónde recurrir en busca de una noticia, o de una esperanza sobre la suerte de alguien caído en la desgracia de Su Excelencia. Pero el edecán de aquella emperatriz de un nuevo género, si no es en nosotros una profanación escandalosa el aplicar ese cesáreo nombre a la señora Doña María Josefa, tenía fija en la memoria su consigna, y cuando salía de la alcoba la persona a quien hacía entrar, elegía otra de las que allí estaban, siguiendo las instrucciones de su ama, sin cuidarse mucho de las súplicas de unos, y de las reclamaciones de otros, que habían puesto en su mano alguna cosa para conquistar la prioridad en la audiencia: y era de notarse que precisamente la audiencia no se daba a aquellos que la solicitaban, sino a los que nada decían ni pedían, por cuanto estos últimos habían sido mandados llamar por la señora, en tanto que los otros venían en solicitud de alguna cosa.”

José Mármol: Amalia (1844). Editorial Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1969.

 

“La obra tan elogiada de la Fundación Eva Perón, por sus buenas intenciones de resolver problemas mínimos entre sectores desamparados de la sociedad, merece serios reparos en cuanto a los métodos y los móviles.  El salón rococó del Palacio del Concejo Deliberante se había transformado en una corte de milagros de pobres y desclasados, más que de trabajadores. Evita repartía máquinas de coser, colchones, bicicletas, muñecas, vestidos de novia y siempre daba algunos pesos sacados de un montón de billetes que sus ayudantes renovaban permanentemente.

Cuando recorría las provincias en tren, desde la ventanilla arrojaba al voleo paquetes a la multitud, que se atropellaba para recogerlos y, en alguna ocasión, las avalanchas provocaban heridos. Copi, en su pieza teatral, parodiaba esos rituales de don: la mostraba regresando de una villa miseria, desnuda y en taxi, porque había repartido hasta su ropa y su auto. Néstor Perlongher  la hacía descender del cielo y la ponía a repartir marihuana entre los pobres.

Desde la Fundación, Evita imponía la idea de que todos los problemas se solucionaban por arte de magia o por la generosidad de un gobernante, pero más grave fue hacer pensar que los beneficios no eran derechos que debían reclamarse al Estado, sino favores personales otorgados por ella. Visitantes de prestigio o huéspedes del extranjero asistían al ritual frente a las siempre presentes cámaras de los fotógrafos de prensa y de los noticieros cinematográficos. Los pobres seguirían siendo tan pobres como antes, pero nunca más olvidarían a esa hada bella y buena que había satisfecho en el acto sus deseos o necesidades inmediatas.”

Juan José Sebreli: Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2008.

 

Eugenia Belin Sarmiento: Domingo Faustino Sarmiento, 1887. Museo Histórico Sarmiento, Buenos Aires.

“Pero todos están de acuerdo, y esto sin intención y sin estudio, en que los caminos públicos vayan desapareciendo; los salteadores se propaguen por los campos; las escuelas estén desiertas; los correos del comercio suprimidos; la justicia abandonada al capricho de jueces estúpidos o imbéciles; la prensa enmudecida, si no es para vomitar contra los salvajes injurias soeces, o elogios serviles al Restaurador; las costumbres descendiendo a la barbarie; el cultivo de las letras despreciado; la ignorancia hecha un título de honor; el talento perseguido… ¡Hacen bien! Cualquiera de estos gobernadores, que mostrase capacidad, interés por el bien público, espíritu organizador, deseo de moverse y obrar, no la había de penar muy lejos, porque no son estas cualidades las que los mantienen en la gracia del soberano. La barbarie de las masas elevó al Dictador, y la pobreza y la ignorancia de las provincias lo sostienen contra todos los ataques. Los pueblos mejor gobernados apenas notan su decadencia y retroceso. El despotismo, aun ejercido por hombres buenos, es para los pueblos lo que la tisis para el cuerpo: el enfermo no siente dolor alguno, come, ríe, baila sin cuidado, nada le duele, sólo el físico ve los estragos lentos que la muerte va haciendo, y los pasos con que se encamina sin zozobra hacia la tumba.”

Domingo Faustino Sarmiento: Vida de Aldao, gobernador de Mendoza (1845). Editorial Argos, Buenos Aires, 1947.

Viñas

Salvador Dalí: El farmacéutico de Ampurdán buscando absolutamente nada, 1936. Museo Folkwang, Essen.

En el relativo olvido y en la desmesurada derrota muere David Viñas en Buenos Aires en Marzo de 2010. Un retrato sereno de su persona, la que solía brindar escasa serenidad en no pocas calculadas ocasiones, puede hallarse en El tiempo de una vida, la autobiografía de Juan José Sebreli. Esas páginas otorgarán de él una impresión fugaz y honesta, como quizás el propio Viñas fuese en la sumatoria de sus acontecimientos diarios. Pésimo dramaturgo, mediocre novelista y notable hombre de ensayo, David Viñas se esforzaba, fuera desde Buenos Aires, California o Berlín, en redactar con frecuencia regular el mismo texto, cuyos objetivos no eran innobles: hacer de su reputación intelectual una efigie que lo acercase a la de Sartre, y devolver la vida al desvanecido espectro de la oligarquía argentina, aun cuando desde su tumba no se oyesen siquiera estertores. Poco importaba a Viñas la irrupción política de formas más siniestras de sojuzgamiento de las plebes, a las que paternalmente pretendió guiar, a pesar de su pobre didactismo: la medicina literaria de Viñas había diagnosticado un mal que no admitía análisis ni réplica ni carácter marcesible y sobre él arrojó, párrafo tras párrafo, el veredicto. La oligarquía, desplazada del patíbulo por modos más feroces y más sutiles de manipulación política, no se inmutó y prosiguió su inexorable extinción en paz. En cuanto a su semejanza con Sartre, se sabe que éste rechazó en 1964 el Premio Nobel de Literatura; Viñas hizo lo propio en 1991 con la beca Guggenheim. El paralelismo, inapelablemente, acaba allí.

En su crítica a uno de los postreros ensayos de Viñas, De Sarmiento a Dios: viajeros argentinos a USA, de 1998, María Cristoff utiliza una frase óptima para resumir, en escasos términos, la ideología y la producción de Viñas: la aceptación feliz del prejuicio. Hacia fines de esa década, Viñas había descubierto en Sarmiento a una bête noire del devenir histórico argentino: según se presiente, a Sarmiento es achacable la interrupción de la pureza salvaje del continente americano y su sustitución por una suerte de extranjerismo estraperlista. Extraño resulta, entonces, que Viñas utilizara, para denostarlo, un lenguaje del todo ajeno a los cultores de la divisa punzó: “Un viaje egocéntrico es el que realiza Sarmiento por los Estados Unidos a lo largo de 1847. Porque si bien a la mayoría de los escenarios y de los personajes yanquis intenta tratarlos con una distancia prudente como si quisiera “enfriarlos” para exhibir cierta objetividad que apela a “las consabidas ciencias”, la puntualidad del día a día con que va inscribiendo sus notas condiciona un doble conjuro que subraya un “yo personalmente”: en primer lugar, el cuestionamiento de la figura del proscripto byroniano a lo Mármol que entona una elegía nostálgica y quejumbrosa por “la ciudad violada”, y que “erra por errar sin otro fin que soñar”… Aún cuando él se empeñe en actuar como un homme sérieux, sus tomas de posición serán descalificadas como “anacronismos”. Sus desmesuras les resultarán la negación de su definitivo sentido de la medida. Como preferirán héroes sin heroísmo, las imprudencias y los desbordes en el yoísmo en que suele incurrir Sarmiento les parecerán síntomas evidentes de su locura (“…avec ses gestes fous, /Comme les exilés, ridicules et sublimes“)”. Aburre (el pecado original del escritor) Viñas, como en casi todas sus otras digresiones, a través de una pedagogía diseñada para justificar al rosismo y al peronismo con apelaciones en francés para que se opongan éstos, aun desganadamente, a la maldad de los imperios.  Sorprende (pero es sabido que la contradicción es la forma hábil de la ceguera) Viñas al trazar esas líneas en fecha tan tardía luego de ser, obligada y dolorosamente, él mismo un exiliado, entre otras geografías, en los Estados Unidos.

David Viñas es una mención en la historia de la literatura argentina; una ligera mención sin llanto.

Hadrian Bagration