Viñas

Salvador Dalí: El farmacéutico de Ampurdán buscando absolutamente nada, 1936. Museo Folkwang, Essen.

En el relativo olvido y en la desmesurada derrota muere David Viñas en Buenos Aires en Marzo de 2010. Un retrato sereno de su persona, la que solía brindar escasa serenidad en no pocas calculadas ocasiones, puede hallarse en El tiempo de una vida, la autobiografía de Juan José Sebreli. Esas páginas otorgarán de él una impresión fugaz y honesta, como quizás el propio Viñas fuese en la sumatoria de sus acontecimientos diarios. Pésimo dramaturgo, mediocre novelista y notable hombre de ensayo, David Viñas se esforzaba, fuera desde Buenos Aires, California o Berlín, en redactar con frecuencia regular el mismo texto, cuyos objetivos no eran innobles: hacer de su reputación intelectual una efigie que lo acercase a la de Sartre, y devolver la vida al desvanecido espectro de la oligarquía argentina, aun cuando desde su tumba no se oyesen siquiera estertores. Poco importaba a Viñas la irrupción política de formas más siniestras de sojuzgamiento de las plebes, a las que paternalmente pretendió guiar, a pesar de su pobre didactismo: la medicina literaria de Viñas había diagnosticado un mal que no admitía análisis ni réplica ni carácter marcesible y sobre él arrojó, párrafo tras párrafo, el veredicto. La oligarquía, desplazada del patíbulo por modos más feroces y más sutiles de manipulación política, no se inmutó y prosiguió su inexorable extinción en paz. En cuanto a su semejanza con Sartre, se sabe que éste rechazó en 1964 el Premio Nobel de Literatura; Viñas hizo lo propio en 1991 con la beca Guggenheim. El paralelismo, inapelablemente, acaba allí.

En su crítica a uno de los postreros ensayos de Viñas, De Sarmiento a Dios: viajeros argentinos a USA, de 1998, María Cristoff utiliza una frase óptima para resumir, en escasos términos, la ideología y la producción de Viñas: la aceptación feliz del prejuicio. Hacia fines de esa década, Viñas había descubierto en Sarmiento a una bête noire del devenir histórico argentino: según se presiente, a Sarmiento es achacable la interrupción de la pureza salvaje del continente americano y su sustitución por una suerte de extranjerismo estraperlista. Extraño resulta, entonces, que Viñas utilizara, para denostarlo, un lenguaje del todo ajeno a los cultores de la divisa punzó: “Un viaje egocéntrico es el que realiza Sarmiento por los Estados Unidos a lo largo de 1847. Porque si bien a la mayoría de los escenarios y de los personajes yanquis intenta tratarlos con una distancia prudente como si quisiera “enfriarlos” para exhibir cierta objetividad que apela a “las consabidas ciencias”, la puntualidad del día a día con que va inscribiendo sus notas condiciona un doble conjuro que subraya un “yo personalmente”: en primer lugar, el cuestionamiento de la figura del proscripto byroniano a lo Mármol que entona una elegía nostálgica y quejumbrosa por “la ciudad violada”, y que “erra por errar sin otro fin que soñar”… Aún cuando él se empeñe en actuar como un homme sérieux, sus tomas de posición serán descalificadas como “anacronismos”. Sus desmesuras les resultarán la negación de su definitivo sentido de la medida. Como preferirán héroes sin heroísmo, las imprudencias y los desbordes en el yoísmo en que suele incurrir Sarmiento les parecerán síntomas evidentes de su locura (“…avec ses gestes fous, /Comme les exilés, ridicules et sublimes“)”. Aburre (el pecado original del escritor) Viñas, como en casi todas sus otras digresiones, a través de una pedagogía diseñada para justificar al rosismo y al peronismo con apelaciones en francés para que se opongan éstos, aun desganadamente, a la maldad de los imperios.  Sorprende (pero es sabido que la contradicción es la forma hábil de la ceguera) Viñas al trazar esas líneas en fecha tan tardía luego de ser, obligada y dolorosamente, él mismo un exiliado, entre otras geografías, en los Estados Unidos.

David Viñas es una mención en la historia de la literatura argentina; una ligera mención sin llanto.

Hadrian Bagration