Monstruosidades y poder

Pieter Bruegel el Viejo: El triunfo de la muerte, 1562. Museo del Prado, Madrid.

Escribir sobre Emilio Eduardo Massera, aun  a escasas horas de su muerte, es un acontecimiento que desafía la más atrevida de las originalidades: nada es posible agregar a ese demasiado extenso decurso de horrores que constituyó su persona y su obrar, las que fueron, en la medida en la que su influencia fue reptando hacia destinos cuyos portales fueron abiertos por tantas complicidades, crecientemente indiscernibles. No obstante, es dable detectar en las antípodas de un error demasiado reiterado en la vaguedad del pensamiento político argentino, la teoría de los dos demonios, la cual se afana en justificar el terrorismo de Estado concediendo a los crímenes de las guerrillas un talante apocalíptico para, con el pretexto de condenar a ambos, absolver ardorosamente al primero, una igualmente añeja equivocación: reconstruir a la última de las dictaduras militares argentinas, la más inhumana, como un producto de excepción, una monstruosidad foránea devenida autoridad por accidente de la Historia, un azote impuesto por las cíclicas deidades que se suceden en los verdes jardines de ese Valhala al que los latinoamericanos vituperan respetuosamente como la Casa Blanca. El innegable rol de Washington en el alzamiento militar de 1976 no logra cegar las toscas responsabilidades vernáculas: quien encaramara a Massera a la jefatura suprema del almirantazgo en 1974 fue uno de sus camaradas de armas, si bien de distinto estamento: el viejo coronel, ya ascendido, Juan Perón.

En tanto Jorge Videla supuso la tradicional dictadura cuyas amenidades son compartidas por las fuerzas vivas de la sociedad, el alto clero, el empresariado y aun la veleidosa farándula, Massera encarnó la ficción revolucionaria con la que se inyectó tranquilidad en las capas medias de la población; las prebendas de la masacre, en imitación de la Alemania nazi, no serían exclusiva propiedad de los poderosos, sino de  todos aquéllos cuya aquiescencia fuera depositada en el altar de la tríada militar. Massera representó, con bien ensayada vulgaridad, la porción del totalitarismo que coquetea con la muchedumbre, en tanto Videla se aferró a su papel de divinidad habitante de la lejanía. Videla desdeñaba la política y se acurrucaba en la sólida posteridad del régimen; Massera, a pesar de su mansedumbre intelectual, intuía que, como toda interrupción, el Proceso de Reorganización Nacional llegaría algún día a su fin, y se propuso sobrevivirlo.

Massera fue a la vez sangriento y afable: a un tiempo se permitía participar en las operaciones de secuestro y tormento, y quizás incluso en las de asesinato, mientras administraba con sonriente y diurna avidez el tercio del poder que la junta castrense se arrogara. Quien desee poner a prueba su relación con el asombro deberá frecuentar las páginas que su no autorizado biógrafo, Claudio Uriarte, tal vez una de las prosas periodísticas más elegantes en lengua española, redactara para dar forma a su volumen de 1992, Almirante Cero. El proyecto político de Massera recibió el beneplácito institucional de sus subordinados, hartos de la preponderancia del Ejército en la toma de decisiones, y la fundamentación económica conformada por la pertenencia del marino a logias mafiosas, como la Propaganda 2, oculto avatar del fascismo del que los apologistas de Perón omiten mencionar que éste también formaba parte (es verosímil barruntar que el anciano general franqueara la entrada de Massera a las filas de la organización regenteada por Licio Gelli), su sociedad con calañas como las del déspota rumano Nicolae Ceausescu, mimado por la Unión Soviética, y la amplia telaraña de saqueos a través de la cual la Marina de Guerra y sus adláteres acopiaban formidable botín.

Al igual que múltiples caudillos, Massera comprendió que era imprescindible crear una forma vacía, en emulación del peronismo, para que pudiera ser embutida de cualquier apariencia que sostuviera siniestras sandeces tales como la unión nacional, la comunidad organizada, el país para todos o la Argentina potencia: latiguillos como éstos siguen azuzando arrebatos, en ocasiones duraderos; la saludable objeción, como en todas las dictaduras, es un fenómeno con el que se identifica a quienes se relaciona con la traición.

La sociología ha denominado delirio de unanimidad a la recurrente enfermedad que padecen pueblos de escasa sabiduría democrática; en esa oscura nómina puede incluirse, sin temor a error, a la Argentina. Durante ese despreciable calvario que el encumbramiento de la casta militar significó, tal dolencia no estuvo marcada únicamente por aparatosos fenómenos de masas, como la miseria del certamen mundial de fútbol de 1978 (uno de cuyos lamentables legados es una imagen de Massera, junto a los restantes miembros del triunvirato, Jorge Videla y Orlando Agosti, celebrando un tanto de la selección argentina), la tragedia del Atlántico Sur, helada tumba de tantas inocencias reclutadas en el caluroso interior del país, sino la misma e irrestricta admiración que suscitó, casi hasta el fin del ciclo marcial, la vigilante presencia de los uniformados en las calles de un país atontado por el castrense lustre de las botas. En la mayoría de los casos, se trató de una pasiva fascinación para con quienes, se argumentaba, estaban ligados estrechamente al orden, a la eficiencia y a las buenas costumbres. Tanto la obra de Uriarte sobre Massera cuanto la de María Seoane y Vicente Muleiro acerca de Videla (El dictador: la historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla, 2001) revelan un otrora almirante entregado a ciertos excesos en comparación con el carácter deliberadamente adusto de Videla, pero dotado de un pragmatismo sin límites que ensombreció las estrategias proselitistas del Ejército. Ese realismo político arrastrado a los extremos de la crueldad costó demasiadas vidas; entre ellas, puede citarse la de Helena Holmberg Lanusse, testigo parlante, para su infortunio, de los tratos entre Massera y Mario Eduardo Firmenich, adalid de la agrupación Montoneros, en el París de Valéry Giscard d’Estaing.

El apoyo intelectual a las metódicas ambiciones presidencialistas de Massera fue realización de dos de sus embajadores ante el universo extraño a los navíos de combate: Hugo Ezequiel Lezama, antiguo estudiante de la Facultad de Teología del Colegio Máximo de San Miguel, y Edgardo Arrivillaga,  un nacionalista de derecha, descripto por Uriarte en la página 316 del monumental ensayo sobre la prensa argentina en años de las juntas, Decíamos ayer, de Eduardo Blaustein y Martín Zubieta, como “extremadamente culto y astuto”; el primero, director del diario Convicción, aparecido en Agosto de 1978 para difundir el dogma de que el ex almirante adscribía a las causas nacionales y populares, era meticulosamente antiperonista, siempre desde la derecha; el segundo, editor general y éminence  grise detrás de Lezama, a quien oponía una visión más populista y conservadora, a la usanza peronista, arremetió contra la política económica de José Martínez de Hoz y logró concitar algo del descontento de esa época magra también en lo mercantil. Si Convicción fue el diario de Massera, el periódico La Nueva Provincia de Bahía Blanca el portavoz de la Marina y el Partido para la Democracia Social el breve disparate político que arremolinó a oportunistas de laya ínfima, el resto de las instituciones, entidades, publicaciones, asociaciones y simples individuos pueden asegurar que su conciencia dormirá en paz. Es estrictamente falso: a excepción de las víctimas y de aquéllos encerrados en temblorosos silencios, una mayúscula fracción de la población argentina sobrelleva la vergüenza de haber consentido y hasta aprobado, explícita o tácitamente, el régimen del exterminio.

Es penoso admitir que Emilio Massera no murió impune, pero sí inconfeso. Sórdidas conspiraciones de silencio cubrieron su retirada de la vida pública, montaron sus escudos legales y hasta sus fingidas demencias para evitar ser llevado a juicio en el exterior, todo lo cual contó con el aval de la fuerza a la que entrañablemente perteneció. Massera no personificó una anomalía en la dignidad de la Marina de Guerra argentina, sino la confirmación de la voluntad de una corporación armada que experimentara con su jefe el entusiasmo de acariciar la suma del poder, por una vez.

Hadrian Bagration

NB: La óptima pluma de Claudio Uriarte, quien integrara, sin negarlo jamás ni desterrar el dato de su currículo, la redacción del diario Convicción, es a la que corresponde el  derecho de enterrar sin honores a la figura de Emilio Massera. Urjo al lector a recorrer esas líneas atinadas.

Enlace al artículo inédito de Claudio Uriarte El jefe más maquiavélico, en el diario Página 12:

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156584-2010-11-09.html