La brava de Toledo

Borges aseveraba que la derrota posee una dignidad de la que la ruidosa victoria carece. Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo, Grande de España, Vigésima Primera Duquesa de Medina-Sidonia, además de princesa, condesa, marquesa, y baronesa de incontables dominios y feudos desparramados por Europa, hacía remontar su linaje más allá del desdichado duque y almirante Alfonso Pérez de Guzmán, perpetrador de la catástrofe naval que sufriera la vencida Armada Invencible bajo los cañones de la ágil flota de Francis Drake en 1588. Es curioso que los azares de la guerra lo hubiesen enemistado con los ingleses, pues no es imposible que la andaluza estirpe de los Guzmán descendiera de ávidos merodeadores británicos que amenazaran las playas ibéricas en el siglo X.

Doña Luisa Isabel, brindando por ser ella misma.

Doña Luisa nació en Portugal en 1936, en los inicios de la Guerra Civil Española. Es dudoso que su niñez imaginara que décadas más tarde libraría su contienda personal con el medieval régimen de Francisco Franco. La Guerra Fría y el fantasma del comunismo fueron dadivosos con el Generalísmo; le negaron, sin embargo, la sumisión de Doña Luisa, quien a lo largo de su vida algo abreviada sostuvo en toda ocasión sus gigantescos ideales republicanos. Sus 18 años le obsequiaron un matrimonio infeliz, del que emergerían tres hijos. Un lustro después ya había decidido declinar la oferta de aspirar a ser sólo un ocioso receptáculo de embriones, había abrazado el feminismo, el socialismo, el ateísmo y la esperanza de que el coito llegase a proporcionar, al menos con cierta frecuencia, orgasmos.

Su primer combate contra la opresión del franquismo aconteció en 1966. Un bombardero de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos colisionó en el aire con un avión cisterna. El accidente motivó que las cuatro bombas de fusión que acarreaba se precipitaran, tres en aguas costeras, una en suelo español. Los pescadores y habitantes de las aldeas aledañas lo perdieron todo a causa del derrame de plutonio y el silencio de las autoridades, las que se negaron a ofrecer ayuda o compensaciones algunas. Doña Luisa, amparada por la popularidad de sus nobles títulos, anunció al mundo lo que se conoció como el Incidente de Palomares, en la fotogénica Costa del Sol. La denuncia le costó una condena a ocho meses de prisión. Franco, casi personalmente, le hizo saber que su castigo se cancelaría a cambio de su retractación. Doña Luisa optó por soportar honroso encierro en la tétrica cárcel de Alcalá de Henares.  En 1972 se publicaría, censura mediante, la crónica de esos días oscuros en su libro Mi Prisión. Desde ese interregno de rejas, tal vez en tono de burla, se la conoció como la Duquesa Roja; a pesar del color soviético de su apelativo, Doña Luisa, a diferencia de muchos intelectuales menos capaces o menos honestos, se abstuvo de defender a los ya por entonces indefendibles totalitarismos de izquierda.

Doña Luisa fue una culta mujer, avezada historiadora y sagaz archivista, labores ejercitadas en el examen de los más de seis millones de documentos que contiene su biblioteca privada en el Palacio de Sanlúcar de Barrameda. Fue autora de varios volúmenes: La Huelga (1967) trata de la represión que cayó sobre los rebeldes trabajadores de los viñedos de Andalucía; La Cacería (1969) describe los horrores del abuso de poder sobre vidas y bienes que los terratenientes españoles volcaban sobre su servidumbre. De esta obra Miguel Delibes tomaría inspiración para escribir Los Santos Inocentes, novela a la que Mario Camus trocaría en film en 1984. Palomares, el libro de Doña Luisa que relata el accidente nuclear, y que data de 1971,  apareció completo en España en fecha tan reciente como el año 2002.

Liliana Maria Dahlmann, su secretaria y amiga íntima por más de veinte años, se convirtió en su esposa,  heredera universal y custodia de su legado horas antes de la muerte de Doña Luisa, el 7 de Marzo de 2008. Triste y burdamente, ninguno de los miembros de su familia biológica la acompañó en su valerosa lucha por la libertad de la árida España. Nada de éso importa. El general tebano Epaminondas, quien muriera soltero y sin descendencia, proféticamente declaró que sus victorias serían sus hijas. De Doña Luisa lo serán los habitantes de España que, alivianados de una dictadura analfabeta y brutal, se atrevan en sus vidas a cambiar algo, aun cuando ese algo sepa siempre a poco.

Hadrian Bagration