El regreso del fuego

Pedro Berruguete: Santo Domingo y los albigenses, 1495. Museo del Prado, Madrid.

Décadas atrás, la infancia solía imponer una jerarquía de lecturas que bien podía responder a un misterioso orden inflexible: Emilio Salgari, Jules Verne y Mark Twain constituían obsequios con los que se nos agasajaba hasta cumplir aproximadamente el primer decenio de vida. Sobrevenían luego los fairy tales de Oscar Wilde, el tedio cortesano de Anthony Hope, las sentenciosas fábulas de Melville y Swift (travestidas, en contra de la póstuma voluntad de sus autores, en relatos para adolescentes), las vagamente proféticas invenciones de Wells y los desparejos tanteos de Stevenson por entre los meandros de las almas humanas.  Dickens, a quien un inescrutable arbitrio siempre me obligó a detestar, era el penúltimo y quizás más árido escalón que conducía a las puertas de la literatura de la edad adulta, la que se mofaba de esas preferencias dictadas por la crítica familiar: Salgari, años después, no podría ocultar su categoría de autor pésimo, al igual que Hope; Verne se revelaba como sólo ligeramente inferior a la decorosa pobreza de Wells. Twain sobrevivió como la cómica e impúber versión de Walt Whitman. Perduraban hasta después de nuestro literario coming of age tan sólo la inmunidad de Oscar Wilde y alguna que otra página de Melville y de Swift. Sobre el resto se desplomaba, acaso justificadamente, la ingratitud de los que han crecido. El último de los autores, una bisagra entre la ávida adolescencia y la plenitud del desencanto adulto, era (ignoro si lo es) Ray Bradbury.

La apresurada niñez de la actualidad no sospecha la existencia de un tiempo de librerías profusas y bibliotecas pobladas por una fauna voraz que excedía al estudiantado. Era, por sobre todo, una era de escasas novedades, en la cual los libros eran leídos con fruición y con parsimonia; no era dable frecuentar las novelas decimonónicas sin antes haber merodeado, aunque fuese sólo parcialmente, cierta dosis de obra poética del Romanticismo: Flaubert no era posible sin que Keats lo precediera; éste era inútil si no nacía de la fascinación que ejercían versiones infieles y hasta abreviadas de Calderón y de Shakespeare. Bradbury era un autor curioso: demasiado moderno en un universo en donde prevalecían personajes y personas del pasado, al que habíamos acostumbrado el gusto y hasta el lenguaje, oficiaba de articulación entre la afición juvenil y la seria dedicación al libro. El pasar de los años ha trocado la maravilla por el desapego: casi todas sus obras, demasiado feel good, demasiado luminosas para un cultor de la penumbra como yo, se han debilitado hasta lo famélico. Bradbury posee, sin embargo, una magnum opus, una pequeña gran obra maestra, acaso la única por la cual será recordado y (toda previsión es aventurada) aquélla que más largamente lo sobrevivirá,  el ígneo horror atesorado en uno de sus libros iniciales: Fahrenheit 451.

El argumento, por harto conocido, debe reiterarse: en algún futuro la sociedad no sólo decretará que los libros serán prescindibles sino también perjudiciales. Con celo inquisidor los destruirá por el fuego y hará de su posesión un delito.  Es el sangriento final de la esperanza de una clandestina relación lo que anima al protagonista a la paulatina rebelión contra el tedio y el pavor que significa una civilización dominada por la imagen y en la que la palabra escrita es una obsolescencia dañina. Un pasajero detalle del libro demuestra el ingenio de Bradbury para la premonición tecnológica (recuérdese que la novela fue escrita antes de 1953): la televisión, que reina sobre los hogares desde la ubicuidad de todas las paredes, gigantesca y plana hasta la perfección de ocupar cada espacio del muro y del ojo, es interactiva; quizás Bradbury se anticipara a la tosquedad de los videojuegos; quizás Bradbury se inspirara en la invasiva televisión de 1984. Otra desalentadora coincidencia es conformada por las esposas de Montag (Fahrenheit 451) y de Smith (1984): ambas frívolas y crueles y altivas y estúpidas; ambas, finalmente, beyond hope. Aun así, la merienda regada con té y televisión que organiza la mujer de Montag posibilita la mejor de la escenas del libro: el hombre realiza el último intento por sacudir a ese módico grupo de gentes del fervor de la imagen y lee (palabra imprudente para la época) un poema de Matthew Arnold, Dover Beach. Nada cuesta imaginar al varón trenzando temblorosamente los versos ante el caluroso desprecio de las mujeres:

Ah, love, let us be true
To one another! For the world, which seems
To lie before us like a land of dreams,
So various, so beautiful, so new,
Hath really neither joy, nor love, nor light,
Nor certitude, nor peace, nor help for pain;
And we are here as on a darkling plain
Swept with confused alarms of struggle and flight,
Where ignorant armies clash by night.

(¡Ah, amor, que haya sinceridad
Entre tú y yo! El mundo, que ante nosotros
Se extiende como tierra de sueños,
Tan múltiple, tan hermoso, tan nuevo,
No posee en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,
Ni certidumbre, ni paz, ni alivio para el dolor;
Y henos aquí, como en una llanura en penumbras
Barrida por el confuso estrépito del combate y la huida,
Donde ignaros ejércitos chocan por la noche.)

Las distopías, contrariamente a lo notado por los críticos, suelen acontecer, pero quizás no donde sus autores lo han imaginado. The Iron Heel de Jack London no principia en los Estados Unidos, sino que tuvo y tiene lugar en los dominios de dictadorzuelos del Tercer Mundo.  Las crecientes crisis económicas planetarias hacen de Brave New World un mundo más deseable que temible. 1984 sobrevino en la Unión Soviética y sus satélites de índole glacial o tropical. Fahrenheit 451 ya sucedió: a pesar de las advertencias de Jerry Mander (Cuatro buenas razones para eliminar la televisión, 1978) y Neil Postman (Amusing ourselves to Death, 1985; y Technopoly: The Surrender of Culture to Technology, 1992), la vida humana, la vida del editor y la del escritor están dominadas por lo irrelevante: raro es que alcance popularidad un volumen que no contenga dragones, ollas o mantras. Y, siguiendo a Postman, tal cosa ha sido posible porque ha triunfado la destrucción del misterioso orden inflexible de endebles y necesarios autores que iniciaba a la niñez en la literatura y en el lenguaje. El niño, convertido en adulto, será sólo saciado con imágenes de gruñidos, láseres y violencias. El adulto, devenido niño, clama por un universo de diversiones infantes. Así, nada está en peligro porque todo se ha perdido.

Sólo resta saber qué harán con nosotros, los que hemos quedado solos y ateridos, esperando el regreso del fuego.

Hadrian Bagration