Procesión II

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El avión parte desde München hacia las cinco de la tarde del 24 de Febrero de 2015. El tiempo es duro: el sol no asoma desde, quizás, una semana en el pasado y la lluvia es ligera pero persistente. Es preciso descender en Düsseldorf y esperar, por alguna razón misteriosa, más de lo acordado. Ginebra finalmente se desnuda bien entrada la noche, como quien se prepara para algún acto con sigilo.

La Gare de Cornavin desierta, sólo queda acercarse al Age d’Or, el café falsamente barroco que se oculta casi detrás de la basílica de Notre Dame de Gèneve. Loïc, quien es, previsiblemente, bretón, intenta convencerme de pasear por las calles aun a esas horas mientras no se apresura a servirme. Han de ser las tres o cuatro de la mañana cuando cruzo de nuevo las puertas del hotel. El conserje ensaya una breve conversación. Hay cierta pereza en Ginebra.

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Despierto a las nueve. Mientras dudo acerca de qué camisa usar, frente al espejo, me invade una línea de Wilde; es Lady Bracknell: You seem to be displaying signs of triviality. Dejo que escoja la ropa el ordenado azar. El tranvía cruza Isaac-Mercier, luego se eleva sobre el Ródano, luego sobrepasa Stand, luego se detiene en Cirque, luego llega a Plainpalais. Un mercado sin puestos, sin comerciantes, sin compradores; quizás el mercado perfecto. El mapa me invita a retroceder: diviso el Conservatorio, el Grand Théâtre, siento que la Vielle Ville está cerca, pero debo girar a la izquierda y toparme con la Rue des Rois. Hay una pequeña florería frente al lugar que busco. Pido una rosa amarilla: sólo pueden ofrecerme una anaranjada y un ramo de flores amarillentas, quizás unos claveles.

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Son las once de la mañana del 25 de Febrero. El sol ha eludido el cerco de nubes y se desintegra sobre el pasto como líquido roto. El frío es amistoso. Hacia el fin del sendero que imita a la Rue de la Synagogue y que acaba en 23- Août, en la vera izquierda desde el rumbo central, junto al yew tree, está Borges. Si este sitio ha sido su elección, fue un acierto: el silencio es inmenso, las ausencias casi no son interrumpidas, la muerte descansa en paz. El lugar es, sin proponérselo, sin serlo, un templo. Borges está solo. Así lo hubiera querido.

Al mediodía camina hacia mí la persona con la que hemos pactado el encuentro. Estrecha mi mano: Like a good king, you have kept your word. Agradezco el saludo. Reconozco el regreso de Wilde, que me había visitado en la mañana; me habla a través de Herodes: Kings ought never to pledge their word. If they keep it not, it is terrible, and if they keep it, it is terrible also. Sonreímos. Cada quien coloca una flor a un lado de la tumba. Nos vamos, como quien se desangra.

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HB

Fotografías de HB

Hadriana: Idle Things Bagration

James McNeill Whistler: Nocturne in Grey and Gold, Chelsea Snow, 1876. Freer Gallery, Washington.

James McNeill Whistler: Nocturne in Grey and Gold, Chelsea Snow, 1876. Freer Gallery, Washington.

Es extraño, a la vez descortés, hablar de sí mismo. Me referiré, entonces, al idioma. Del francés sabemos que es profuso en sonidos gratos; el italiano es considerado vivaz; el alemán, marcial. Hay quienes sienten fervor por lenguas eslavas u orientales; en ocasiones, un idioma se aprende por razones equivocadas: no para gozar de su literatura (debiera ser ésta la causa principal) sino para entablar cópula comercial o para compartir la tristeza de un odio: conozco, aunque suene a fantasía, anglófobos que estudian alguna lengua, cualquiera sea, contra el inglés. La austeridad intelectual es también una forma de la pobreza.

He escrito demasiado en español. El adverbio no quiere denotar hartazgo sino abuso; nada de lo que he redactado merece permanecer. Borges sentía que su destino era la lengua castellana, el bronce de Francisco de Quevedo. De los padres de Kafka se arguye que hablaban una variante occidental del yiddish; burlonamente se lo conocía como  Mauscheldeutsch, el alemán de Moisés. Con prudencia urgieron a sus hijos a dedicarse al alemán de la tradición germana. Józef Korzeniowski, cuando no era Joseph Conrad, un polaco nacido en la actual Ucrania bajo dominio de Varsovia, dialogó en media docena de lenguas antes de establecerse con incierta comodidad en Londres y en el inglés.

Hasta Shakespeare, el inglés fue un idioma que habitaba la oscuridad; los cuentos de Chaucer apenas habían logrado sacudir el letargo. Prevalecían las afrancesadas cortes, el imperio español, la supervivencia del deformado latín como lingua franca. El lento ascenso de Inglaterra nos obsequió no sólo a Hamlet sino también un rey que muere suplicando una montura, la meticulosa labor de Gibbon (the awful revolution), la bíblica emulación de los profetas que fue Lincoln en Gettysburg, la feroz promesa de Churchill; Wilde recitando ese injustamente olvidado poema que mereció todos los elogios, Ravenna, pensado a la usanza de Pope (Byron, thy crowns are ever fresh and green); la línea de Byron que es feliz y rigurosamente intraducible: She walks in beauty, like the night. Lo explicó Robert Frost: Poetry is that which is lost out of both prose and verse in translation.

Cervantes aconsejaba a los historiadores ser “… puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les haga torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.” Cabe a los escritores la admonición; la de hablar, sea una o múltiple la lengua en la que se expresen, en un común idioma, el de la nostalgia.

H.B.

Hadriana: Idle Things Bagration

 

 

 

 

 

La memoria de Shakespeare

Johann Heinrich Füssli: Macbeth y la visión de la cabeza con el yelmo, 1793. Folger Shakespeare Library, Washington.

Johann Heinrich Füssli: Macbeth y la visión de la cabeza con el yelmo, 1793. Folger Shakespeare Library, Washington.

Explica Harold Bloom en el quizás más exacto de entre los vastos volúmenes dedicados a Shakespeare (Shakespeare, The Invention of the Human) que debemos al escritor no sólo la puntillosa fabricación de treinta y ocho trabajos de genio (veintidós de los cuales, de acuerdo a Bloom, son masterpieces), sino a su vez el comienzo de una larga estirpe cuyo dios tutelar no es el arquetipo, la alegoría o el símbolo, sino la belleza del individuo, solitario en su afán trágico y en su fracaso. Bloom acertaba parcialmente: la invención del personaje, definida en forma más o menos perfecta, se halla ya en Ovidio, Petronio y Apuleyo; más cercanamente, en Boccaccio y Chaucer. Shakespeare deviene así no la mera aparición de un artefacto de la literatura sino su culminación. La pretensión de originalidad palidece frente a la maestría técnica.

Bloom había colocado a Shakespeare en el centro y trono de su Western Canon. Las polémicas arreciaron a causa de inclusiones exageradas o de ausencias injustas, pero nadie disputó a Shakespeare el sitio ni la preeminencia. Acaso muy apropiadamente, Shakespeare, que pudo haber sido apenas un dramaturgo o un versificador, se yergue como el sinónimo más magnífico de la tortuosa ciencia de la escritura.

La vida en parte misteriosa y trivial de Shakespeare ha servido de acicate para la causa del mito. Casi nadie fabula ya acerca de una secreta identidad, de que se trataba en verdad de un noble cuyo nombre no se atrevía a figurar en los carteles del teatro, que Francis Bacon ocupaba sus ratos libres en la redacción de tragedias o que alguna dama de las cortes, temerosa de que su talento fuera descubierto, practicaba la literatura bajo nombre falso. Es segura la existencia de un hombre más bien enjuto y de frente amplia, cabellos raleados y anguloso mentón llamado William Shakespeare. Una de las objeciones a su existencia había sido su notable saber, en razón de orígenes humildes. Si Whistler había declarado que art happens, es sensato deducir que genius befalls.

Otra leyenda, propagada por escuelas literarias solemnes, es el carácter popular de la literatura de Shakespeare; el uso de ese término debe entenderse como labor pergeñada con sencillez para posibilitar su consumo por el pueblo, una suerte de realismo socialista de anticipación. Shakespeare escribió, dirigió y actuó para una reina y un rey (Isabel I y James I), sus héroes y villanos fueron monarcas, condes y duques, su ciclo de obras romanas estaba fuera de la comprensión de personas al margen de la cultura (la enorme mayoría, en ese entonces), el frío castillo de Elsinor podía situarse en Dinamarca o en el Valhalla para el espectador común. Shakespeare no exigía del público educación exquisita, pero sus líneas rebosan de perfección, sutilidades, retruécanos y simbolismos que no las hacían fácilmente accesibles a la muchedumbre iletrada. Sin embargo, The Globe pedía por un sitio en el sector menos favorecido del auditorio sólo una fracción de penique, y eran numerosas las gentes que ansiaban pasar una tarde divertida contemplando una historia amena. En ocasiones, como en Hamlet, una puerta trampa en el piso del escenario se abría y un hombre envuelto en túnicas blancas que fingía ser el fantasma de un rey se alzaba exclamando: I am thy father’s spirit… Honda impresión habría causado este efecto especial en la visión del espectador. El mito del Shakespeare popular cobija una intención endeble: declarar que todo arte es popular en sus inicios y que el tiempo otorga con su pasar la estatura de un clásico. Escasas son las obras que sobreviven al riguroso cambio de las eras.

La mayoría de los amores de Shakespeare fueron varoniles. Como era costumbre en su época, casó y engendró hijos, pero se sabe de dos profundas y probables pasiones: Henry Wriothesley, conde de Southampton, patrono y mecenas de Shakespeare, a quien la crítica identificara como el Fair Youth de los sonetos (Shall I compare thee to a summer’s day?) y William Hughes, actor y quizás prostituto, cuya identidad fue establecida a medias en broma por Oscar Wilde en su historia The Portrait of Mr. W.H. Wilde juraba estar inseguro acerca de la existencia de Hughes y su cercanía con Shakespeare, pero privadamente aseveraba que había sido Hughes, un commoner de reputación desdorosa, y no William Herbert, conde de Pembroke, a quien correspondían las iniciales. La leyenda testifica que Hughes murió en plena juventud tras una relación volátil con Shakespeare, y que esta muerte devastó al poeta. Shakespeare habitó el bien establecido Renacimiento inglés, en el que la tradición clásica de las fervorosas amistades masculinas revivió, y casi no hay obra suya en la que dos amigos no se profesen amor constante, más allá de la muerte, aun cuando fuera ese sentimiento tamizado por el ideal platónico del afecto. En Shakespeare, la philía desplaza al eros pero no lo excluye totalmente: como en el batallón sagrado de Tebas, la vida del amigo, esa alma que habita en dos cuerpos, al decir de Aristóteles, es más valiosa que la resignada paz de los matrimonios.

Mine be thy love and thy love’s use their treasure: la última línea del soneto 20 de Shakespeare insta a esa amistad tras el enigma a imitar su ejemplo: casar, tener descendencia, comercio carnal con mujeres para engendrar, y reservar el amor, lúbrico o sereno, para amante y amado. Estas recomendaciones disgustaban a Borges, quien mantuvo con Shakespeare, desde temprano, una relación ambigua. Intentó una traducción, junto a Adolfo Bioy Casares, de Macbeth. Consideraba a Shakespeare un escritor de talento, pero no de genio: prefería a Dante y lo hacía saber con no poca vehemencia, pero Shakespeare lo seducía al punto de no lograr desdeñarlo del todo: en su poema Mateo,  XXV, 30, casi en el punto final, desata: Has gastado los años, y te han gastado; y esas palabras no son sino un homenaje: I wasted time, and now time doth waste me (The Life and Death of King Richard II, Act V, Scene 5). Hacia el fin de su vida, un cuento espléndido, La memoria de Shakespeare, pareció zanjar la cuestión: un hombre recibe el terrible milagro de poseer la memoria del Shakespeare cotidiano, el que no conocemos, y lenta e irremisiblemente troca ésta por la suya. ¿Quién nos dirá si Shakespeare no pobló, de algún modo, la memoria infinita de Borges; si el relato no es, como casi todos, a medias autobiográfico? El epígrafe de La intrusa (tal vez el mayor cuento de Borges) se revela engañoso: 2 Reyes, I, 26. No hay más que dieciocho versículos en el primer capítulo del Libro Segundo de los Reyes, mas sí existe el versículo 26 en el Segundo Libro de Samuel: “¡Cuánto dolor siento por ti, Jonatán, hermano mío muy querido! Tu amistad era para mí más maravillosa que el amor de las mujeres”. En la primera de las ediciones en inglés de El informe de Brodie (Dutton, 1972), en donde el cuento La intrusa felizmente se incluye en la página 63, el epígrafe se exhibe en esplendor: 2 Samuel I: 26: “…passing the love of women.”  Sabedor de que su causa estaba perdida, Wilde, desde la picota, se despide del mundo citando a Shakespeare y al Libro, sin ser escuchado ni comprendido, y rescata el pasaje de Samuel: “Such a great affection of an elder for a younger man as there was between David and Jonathan, such as Plato made the very basis of his philosophy, and such as you find in the sonnets of Michelangelo and Shakespeare.” (Tan grande afecto entre un hombre mayor por uno más joven como lo hubo entre David y Jonatán, tal como Platón hiciera la base misma de su filosofía, tal como encontramos en los sonetos de Miguel Ángel y Shakespeare).

Delgada, trágica, delicada línea que une a través de interminables siglos a los Testamentos, Shakespeare, Wilde y Borges. No es imposible que esa dinastía, que quizás no pueda sino continuar, haya sonreído a la memoria de Shakespeare.

Hadrian Bagration

Luminosa lentitud de la impureza

Eoin de Leastar: Abelard and Heloïse, sin datación. Colección del autor.

Según el pintor, escultor  y, quizás a su pesar, teórico del arte Eoin de Leastar, el genio es un término sólo reservado a los griegos. La civilización que dio a conocer, entre otros esplendores, el teatro, bien puede ser justificada más allá de sus miserias, a diferencia de aquéllas a las que sólo se  recuerda a causa de la salmodiante defensa de sus mezquindades. No ha transcurrido mucho tiempo desde que una de mis enemistades, en uno de sus episodios de habitual imprecación, me espetó la insolencia de poseer una tribuna en el público espacio de la virtualidad. Tal congratulación era innecesaria  y a la vez inexacta: esas líneas escuetas, en ocasiones brutales, que son denominadas en el internacionalismo lingüístico de hoy día blog no  pertenecían sino a un equipo de trabajo que conformó, en cierta lejanía temporal que se hace cada vez menos creíble, Raza Paria, un programa radial al que fui invitado, sin mucho tino por parte de sus gestores, a contribuir. La buena voluntad de éstos, Julio de Bonis y Felipe Langdon, y la inagotable paciencia de colaboradores como Mariano Arraña y Salvador Luca (y la del resto del tolerante staff) para con los bochornos de mi egoísmo, hicieron posible que algunos párrafos que llevan mi nombre se difundieran vagamente por la web. Agradezco esas gentilezas impagas; no poco de lo que publicaré de aquí en más fue estimulado por el ajeno trabajo de esas gentes honestas.

El divino Wilde (el elogio pertenece a Harold Bloom) afirmó, en otro de sus aciertos, que una persona jamás puede excederse en el cuidado que despliega a la hora de escoger a sus enemigos. Confieso que casi nunca he seguido su consejo; tal disparate ha obrado, las más de las veces, para mi mal. La idea de comenzar a adornar al mundo con un atuendo de palabras que sin dudas no necesita, como un admirador más rondando la morada de una mujer hermosa, no me pertenece, sino que es propiedad de  una de tantas probas personas que desean, aun desde esta altura modesta, mi caída. Este aserto generará confusión: no es imposible que más de un individuo bienintencionado se adjudique la formalidad de ese mérito. No revelaré jamás la clave del misterio, para halagarlos secretamente a todos.

Versión en español de las Apostillas por Editorial Lumen

Si algo destruyó el sueño de Umberto Eco en los días de composición de Il nome della rosa no fueron los laberintos de la trama, sino el título de la obra. En 1983 Eco obsequiaba a sus seguidores en la revista italiana Alfabeta, manifestando asombro acerca del éxito que su novela había alcanzado, las Postille al nome della rosa. Eco subrayaba vacilaciones que otros escritores optan por desmentir: entre ellas figuraba la de haber querido bautizar, en un principio, a su volumen con un nombre banal: L’abbazia del mistero. La fortuna no le fue amarga, y olvidó o quiso olvidar ese error. Su propia pluma relata que estuvo a pasos de cometer otro: Adso da Melk, joven amanuense que es la voz del relato, pudo haber sido un título menos inapropiado. La Historia corrió en ayuda de Eco: pocas centurias habían sido tan misóginas como las que provocaron la reacción que diera origen al proto-Renacimiento del siglo XII. Steven Kreis, en sus Lectures on Ancient and Medieval European History, anota que: “From what has been said it ought to be clear that the 12th century was both original and energetic. In this way, it was perhaps a worthy rival to the Golden Age of Greece and Rome. Today, we are still influenced by the 12th century: in art, literature, educational systems and social relationships. As I have already mentioned, the 12th century witnessed a growing desire for knowledge. The thousands of students who roamed Europe at the end of the century were interested in every scrap of knowledge they could find. They studied all available texts in Western Europe and made long journeys to Spain or to Constantinople to secure Greek and Arabic material which interested them. Their first task was to be able to use language as a precise instrument of learning and that language was Latin. (“De lo que se ha dicho debe quedar claro que el siglo XII fue tanto original cuanto arrollador. Así, quizás rivalizara con las edades de oro de Grecia y Roma. Hoy nos hallamos aún influenciados por el siglo XII: en las artes, la literatura, los sistemas pedagógicos y las relaciones sociales. Miles de estudiantes que vagaban por Europa a fines del siglo se interesaron por cada dádiva de conocimiento que pudieran hallar. Analizaron todos los textos disponibles en la Europa Occidental y emprendieron largos viajes a España o Constantinopla para obtener el saber griego y árabe que deseaban. Su primer tarea fue ser capaces de usar un idioma como instrumento preciso de aprendizaje y tal idioma fue el latín.”).

Rembrandt van Rijn: Aristóteles contemplando un busto de Homero, 1653, Metropolitan Museum of Art, New York.

Prosigue Kreis: “So, the 12th century saw a revival of the classics in order to increase one’s vocabulary and improve style. More attention was also given to the study of logic. Logic developed clear thinking and accurate reasoning: logic also drove scholars to the east in order to read Greek translations of Aristotle who was, after all, the greatest master of logic. And in seeking translations of Aristotle’s logic, the scholars also found Arabic science and the great commentaries of Muslim scholars. The knowledge of Latin and logic thus helped the general revival of law and theology. In addition to Aristotle, came the mathematics of Euclid, the astronomy of Ptolemy and the medicine of Galen and Hippocrates.” (“Entonces, el siglo XII supuso una restauración de los clásicos que promovieran el incremento del vocabulario culto y la mejora del estilo. Al estudio de la lógica le fue dedicada más atención. La lógica permitía desarrollar un pensamiento claro y un recto razonar: la lógica condujo asimismo a los eruditos al Este para ganar acceso a las traducciones griegas de Aristóteles –cuyas obras habían sido preservadas por los árabes-; Aristóteles era, después de todo, el gran maestro de la lógica. Durante su búsqueda de las traducciones de la lógica aristotélica, los estudiosos se toparon con el conocimiento científico desarrollado por los árabes y los suntuosos comentarios de los exégetas orientales. Los estudios del latín y los de la ciencia de la lógica coadyuvaron así al resurgimiento en general de las disciplinas legales y la teología.  Además de Aristóteles, emergieron nuevamente las matemáticas de Euclides, la astronomía de Ptolomeo y la medicina de Galeno e Hipócrates.”). Esta resurrección sería ahogada, entre otras aguas, por las del Cuarto Concilio Laterano de 1215, en el que el papa Lotario de Segni (Inocencio III) predicó la guerra santa contra la herejía, lo cual era una forma totalizadora de calificar a la disidencia. La bula Ad abolendam de Ubaldo Alluccinoli, o bien Lucio III, de 1184 fue desempolvada y se llamó a la conversión del aparato inquisitorial de episcopal (ejercido por primados o patriarcas, arzobispos y obispos) a papal (en el que los inquisidores actuaban en nombre del papado y poseían su santa autoridad delegada). Honorio III, de nombre Cencio Savelli, sucesor de Inocencio, moriría en 1227 ocupado en lamentar los desastres de la Quinta Cruzada, sin hallar el tiempo necesario para decretar el funcionamiento del terror. Su reemplazante, Gregorio IX, sobrino de su antecesor y ferviente defensor de la doctrina de la supremacía papal sostenida por su tío, se mostraría más diligente en la tarea. En honor a su memoria ha de admitirse que no fue sino hasta el dictado de la bula Ad exstirpanda de 1252, ya bajo Sinibaldo Fieschi (Inocencio IV), que se instituyó oficialmente el uso de la tortura desde el seno de la cristiandad, aunque prohibiendo expresamente aquellas que causaran sangrado, mutilación o muerte, puesto que, como es bien sabido, Ecclesia non novit sanguinem.

Pieter Bruegel el Viejo: La matanza de los inocentes, 1565-1567. Royal Collection, Londres.

De Ugolino di Conti, d’Anagni o de Segni, o bien Gregorio IX, sería grosero omitir una anécdota gravosa: en su bula de 1232, Vox in Rama (tomado su nombre de uno de los tantos episodios ficticios de los Evangelios, la matanza de niños por orden de Herodes Arquelao -confundido por tantos falsos exégetas con Herodes el Grande, muerto en 4 AEC- según se cuenta en el libro de Mateo: “Llora Raquel en Ramah, y no quiere ser consolada, porque sus hijos ya no existen.”) Gregorio comparó la masacre herodiana con los aquelarres que las malas lenguas decían estar llevándose a cabo en tierras del Sacro Imperio, por lo que mandó ejecutar a todos los diablos que se aparecían en esas tenebrosas ceremonias bajo la forma de gatos. La casi extinción de los felinos domésticos europeos provocaría, unos cien años más tarde, una propagación sin obstáculos del agente transportador de la peste negra: la rata. De ser cierta, ignoramos el número de víctimas de la crueldad del rey Herodes; entre un tercio y un medio de la población de Europa pereció bajo la imbecilidad de Gregorio.

Bernardo de Morlaix (o bien Bernardo de Cluny, o también Bernardus Morlanensis o Cluniacencis) vivió durante la primera parte del siglo XII, y lo aborreció. Otro mote que infrecuentemente suele aplicársele es un tanto más pomposo, de un refinamiento rayano en la brutalidad: ha sido comparado con Juvenal, un poeta menor de los tiempos del Principado romano que se procuraba invitaciones a banquetes mofándose de la movilidad social de su época. Marguerite Yourcenar le concede a su Adriano la virtud de haber obligado a Juvenal al exilio, harta su augusta persona y tantas otras de escuchar boberías moralizantes que añoraban una edad de oro que no había existido sino en la imaginación de las endeudadas noblezas romanas. Se ignora si esto ha sido exactamente así; no faltan autores (Gilbert Highet defiende la veracidad de su exilio en tiempos de Domiciano y su retorno con la asunción de Nerva) que exculpan a Adriano de ese enfado grato; todos aseveran que la Vita Iuvenalis no miente cuando asegura que el escritor era hijo adoptivo de un liberto.

Aubrey Beardsley: Juvenal azotando a una mujer, 1896. Ilustración de Beardsley para la sexta sátira de Juvenal.

Juvenal y Bernardo compartían el mismo odio por la suavidad de las ajetreadas revoluciones sociales de sus respectivas eras. El hijo putativo de un antiguo esclavo se negaba a sentarse a la mesa con una dama adúltera o un actor afeminado; la mujer, para Bernardo, era simplemente sinónimo de iniquidad. De contemptu mundi, obra de Bernardo de Morlas en cuyos últimos versos husmea Eco para intitular su novela con un sentido estético no lejano al de Wilde, se queja de que un universo antes sólido, inmóvil, arcano, se haya travestido en una caótica sucesión de lasitudes, de correntadas, de novedades. El gimoteo de Bernardo tiene más que ver con su incapacidad para comprender la inteligibilidad del mundo que para lamentarse por la estupefacción que éste le causa. Al igual que Juvenal y sus dieciséis Satvrae, Bernardo compone De contemptu mundi en hexámetros dactílicos; no es urgente demostrar que su aspiración era convertirse en el nuevo inquisidor de las costumbres, del mismo modo que la precariedad social de Juvenal había encumbrado a éste por lapso breve en la entonces capital del orbe. Bernardo no imaginó que la Reforma lo utilizaría como puñal hundido en el vientre de la meretriz babilónica, como así gustaban hacer conocer los protestantes a la iglesia de Roma. El ministro y teólogo luterano Matthias Flacius ordenó imprimir innumerables veces el poema en el siglo XVI como si de una confesión se tratase, un testes veritatis, un irrefutable testigo de la verdad desde el corazón de la cámara de los horrores que el protestantismo no tardaría en emular punto por punto. Bernardo no había ahorrado estupor o indignación para con sus hermanos en la fe: sacerdotes ignorantes, monjas lascivas, obispos glotones, canónigos avariciosos, legados corruptos, simonías insolentes, apostasías contumaces, herejías abominables, abades entregados a la impudicia, cardenales sometidos por el oro, papas hundidos en la prevaricación de la mística de los antiguos y santos padres de la Iglesia . Como todo severo fiscal, Bernardo no puede evitar el tener que congraciarse con alguna autoridad, y elige hacerlo con su abad, Pedro de Montboissier, también conocido como Pedro el Venerable, patrono de Cluny, desganado protector de Pedro Abelardo en sus  años desventurados y uno de los primeros integrantes del clero cristiano en aproximarse a los estudios islámicos. Bernando dedica a Pedro su larga diatriba en contra de casi todo el cosmos, y muere sin lugar ni fecha. Pedro lo hará el día de Navidad de 1156, tal vez una plegaria del azar para escapar al descuido de los historiadores.

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez: Venus en el espejo, 1600. National Gallery , Londres.

De seguir a la informada tesis del escritor Francis John Balnaves  en su Bernard of Morlaix: the literature of complaint, the Latin tradition and the twelfth-century renaissance de 1997, una trinidad perturbaba los sombríos versos de Bernardo, quien no anticipaba que su recuerdo sería recobrado en la segunda mitad del siglo XX por un novelista italiano: la descomposición de las inanimadas relaciones entre la Iglesia romana, la nobleza y la llaneza popular. No sólo acarreaba tal desintegración la posibilidad de la vulneración de la mística cristiana, que desde Agustín había sofocado el pensamiento occidental por casi un milenio, ahora naufragada por obra del nocivo Aristóteles, sino que hasta se barruntaba la fractura de la hegemonía mariana y su caída a manos de lo que Balnaves denomina the suggestion of a renaissance gay culture y cierto levísimo y sorprendente avance en la situación de la mujer (no me refiero a los sermones automutilantes –self-deprecating, pensaríase en inglés-  de Hildegard von Bingen). Virgen y santa madre a un tiempo contradictorio, María era lentamente expatriada junto con la omnipresencia abacial, y su lugar era usurpado por el carácter incipiente del fin de la concepción contemplativa de la existencia, los primeros arrullos de la burguesía y cierto sabor grecolatino en la poesía que remitía con mayor ahínco a Venus genetrix que a la Madre de la Iglesia. Todo ese interregno acabaría, hasta los albores de la Ilustración, en el fuego.

Aubrey Beardsley: Messalina en camino al lupanar, 1896. Ilustración de Beardsley para la sexta sátira de Juvenal

Balnaves no aprueba ninguna de las traducciones al inglés que se llevaron a cabo desde al amargo latín que Bernardo utilizara para componer su queja: inadecuada es la Thomas Wright de 1872 e igualmente imperfecta la de Henry Preble de 1910, cuyo trabajo se había basado en el de Wright. Tampoco es atinada la más reciente de Ronald Pepin (Scorn of the World; Bernard of Cluny’s “De contemptu mundi”: the Latin text with English translation, East Lansing, Colleagues Press, 1991), ya que la opinión de Balnaves es que se trata de una versión demasiado literal. No juzgó, quizás por considerarla harto imperfecta, la brindada por el sacerdote anglicano John Mason Neale, titulada The Rythm of Bernard of Morlaix, monk of Cluny, on the Celestial Country, dedicada a las hermanas del convento de Saint Margaret de East Grinsted y a sus homónimas de Aberdeen, en Escocia, en su séptima edición, de 1865.  Neale da por sentado que Bernardo era natural de Bretaña, pero le adjudica, al igual que cierta erudición, padres ingleses. Neale da razón de todas las ediciones que el poema ha podido merecer, desde Flacius (a quien llama Illyricus, ya que había nacido en Istria) en 1566, hasta la abreviada de Dean Trench en el siglo XIX. De su propia versión, su modestia le hace revelar que es más propia de un aprendiz: so free, as to be  little more than an imitation. Neale completó su opúsculo en 1858 y murió, sin mayor legado que alguna que otra obra de bien,  el año siguiente a aquél en el que la edición que poseo fue publicada.

Es exactamente al comienzo de su ligera versión del poema de Bernardo de Morlas que el sacerdote Neale menciona a un autor y a una obra a los que su erudición no consigue identificar completamente: Quelques Mots d’un Chrétien Orthodoxe no vio la luz anónimamente en Leipsic (sic) en 1858, sino un año después en París, a cargo de la editorial Franck, elaborado por el padre de Sergy, según instrucciones de su obispo. Un segundo texto, incluido con osadía subrepticia en el volumen (tan similar a la quizás extraviada o jamás redactada segunda parte de la poética de Aristóteles oculta tras un manuscrito árabe, uno sirio y una interpretación o transcripción de la Coena Cypriani. Agradable es la coincidencia), se presenta impreso también en París, en esta ocasión en 1853, por la casa Meuyreuis, firmado por el humilde nombre de Ignotus: Quelques Mots d’un Chrétien Orthodoxe sur les Communions Occidentales. John Neale opina de Ignotus una esmerada capacidad; transporta de él estas doloridas palabras, un eco de las lamentaciones de Bernardo de Morlas ante la iniquidad de su siglo: “C’est la conviction intérieure de l’ impossibilité que leur rêve se réalise, c’est le sentiment d’une soif qu’ils ne pourront jamais étancher, qui donne aux œuvres des Reformes de notre temps un caractère tout particulier de souffrance profonde, et de désespoir véritable, masqué par des mots d’espérance. On croirait entendre cette hymne si magnifique et si douloureusement inspirée que chantait le monde Romain à peu prés un siècle âpres sa séparation de l’ Eglise:

Hora novissima, tempora pessima sunt — vigilemus.
Ecce minaciter imminet arbiter ille supremus.
Imminet imminet ut mala terminet, æqua coronet,
Recta remuneret, anxia liberet, æthera donet. »

« (Es la convicción interior de la imposibilidad de la realización de su sueño, es el sensación de una sed que jamás podrá ser saciada, las que otorgan a las Reformas de nuestro tiempo un carácter particular de profundo sufrimiento, de verdadera desesperación, enmascarado por palabras de esperanza. Es como si creyésemos escuchar este himno tan magnífico y tan dolorosamente inspirado cantado en el mundo romano poco después de un siglo de su separación de la Iglesia:

Son estos los últimos días, las peores épocas, alerta estemos;
Contemplad la amenazadora llegada del juez supremo.
Ya llega, ya llega a acabar con el mal, coronar a los justos,
Recompensar a los rectos, liberar a los angustiados, darles los cielos”

 

Aleksey Stepanovich Khomyakov: Autorretrato, 1842. Colección privada.

El buen Ignotus, que lamenta, con décadas de anticipación la incipiente laicización de su era y la compara con el siglo de Bernardo y cita los primeros cuatro versos de De Contemptu Mundi,  no es otro que el nacionalista y paneslavista ruso Aleksey Stepanovich Khomyakov, una perenne y oscura influencia en el pensamiento de su nación. Khomyakov puede ser descripto como un católico oriental, un adversario a destiempo de Aristóteles y un partidario de la colectivización, la brutalidad de la ingeniería social, la Kultur rusa obcecadamente enemiga de la Zivilisation de la Europa occidental y aliada al Volkgeist germánico (al que luego disputaría la supremacía en el eterno e inútil combate contra el individualismo y los judíos). El capitalismo y el socialismo, en pugna entre sí, se vieron amenazados por el surgimiento de la idea racial de comunidad y de su organización en torno a un grande hombre: la búsqueda de la pureza de sangre y de suelo, la incontaminada y virginal concepción de la inmaculada república ajena a cualquier influencia foránea y áspera a toda concesión extranjera, aun si no puede dar fe de su propia dignidad impoluta, y que permeó la ideología del pesimismo cultural alemán y su dilecto sucesor, el nazismo; en la Italia de Mussolini y la Argentina de Perón la farsa se reiteró de modo menos sanguinolento pero más pertinaz; la España de Franco se afanó en permanecer fiel a la Europa anterior no sólo al Renacimiento sino a los esfuerzos por obliterar el recuerdo del siglo XII; penetró en la Rusia post revolucionaria y engendró, a costa de la caída del gobierno de Kerensky y la deshonrosa paz de Brest-Litovsk, al leninismo-estalinismo; sacudió a las naciones menos afortunadas, más expoliadas y menos lúcidas del orbe y dio a luz al populismo tercermundista –corrientes religiosas incluidas-;  fue pronunciada en la solemnidad ramplona de los discursos de los movimientos conservadores y rurales de los Estados Unidos, alimentando a un partido político laico –el republicano- que constituye la anomalía occidental de incluir la mística milenarista en su plataforma; tantos y tan variados disparates hallan a uno de sus más añejos precursores en el ahogado gemido de Bernardo. Ese decoro marcial, como bien asevera Bernardo, y finge regocijarse ante la inminencia de la parusía, debe lograrse, merced al advenimiento de un ángel vengador, de la erección de uno o miles de campos de concentración y de exterminio o de la mortecina placidez con la que una ciudad de provincias destruye, cual sucediera con Emma Bovary, los secretos anhelos de aquéllos que son forzosamente relegados a permanecer en la humillación del secreto. De Bernardo de Morlas se ignora la hora y el sitio de la muerte, de Khomyakov se sabe que se extinguió a fines de Septiembre de 1860 en Moscú durante una epidemia de cólera. Esos destinos humildes y hasta dóciles no sospecharían la macabra e influyente sombra que su autoridad desplomaría sobre el mundo en épocas recientes.

Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson: Retrato de un adolescente, 1796-1800. Smith College Museum of Art, Northampton, Massachusetts.

Comencé a escribir temblorosamente a los doce años, virgen otra vez, como casi escribiera Borges en Amorosa anticipación, por la virtud absolutoria del exilio. Mis primeras líneas se tejieron en inglés; un enmohecido diccionario bilingüe me servía de báculo intelectual para volcar al español una producción que mereció, sin excepciones, la ceniza. Hacia la veintena, casi agotadas, jamás emuladas, las literaturas clásicas de tres, quizás cuatro lenguas europeas, ya había comprendido yo que mi tarea en las décadas por venir devendría la de abocarme a ser un demorado discípulo sin maestro. Fue en Enero de 1989 que devoré la traducción de William Trask de una de las obras que me inspiran un sentimiento que suelo retacear para con otros seres humanos: el amor me unió a la European Literature and Latin Middle Ages como, al menos desde mi porción del pacto, a dos cónyuges encadenados sólo por la pasión. Ernst Robert Curtius la compuso en 1953, y en ella tuve segunda noticia (la primera fue en el opúsculo de Eco) del poema de Bernardo de Morlas y, en los excursos, de las relaciones entre la Iglesia y la risa y entre la Iglesia y la sodomía; es seguro que con diferencia de varios lustros Eco y yo hayamos frecuentado al mismo autor en sus mismas páginas.

En el quinto capítulo, en la sección séptima, Curtius dedica unos párrafos felices a un topos medieval que se remonta a la distancia de Sumeria: el mundo al revés, la subversión del orden, el carro arrastrando pesadamente a los bueyes, los bueyes convirtiéndose con devoción a la religión de los heresiarcas, los heresiarcas impartiendo doctas lecciones de teología, los teólogos copulando impetuosamente con las mujeres, las mujeres fecundando con despreocupación a los jóvenes varones, los jóvenes varones yaciendo placenteramente con las ancianas, las ancianas alumbrando sin dolor ni pavor a hombres seniles; una paráfrasis de esa trágica (para la inconsolable rigidez medieval) comedia es el discurso de Jorge de Burgos antes de la satisfecha partida de la legación papal, pronunciado en tono admonitorio y ominoso, si bien incrédulo, como suele suceder con la propia fe del predicador. De todas esas tardes adolescentes, inflamadas y lentas, poco conservo a excepción de cierto número de libros a los que sigo rindiendo gratitud, y de una brevísima, pero en razón de su torpeza, demasiado extensa colección de relatos atolondrados y una nouvelle, un género tan delicioso cuanto desvanecido, a la que jamás logré dotar de un título convincente, cosa que sucediera a Eco, con infinito mayor ingenio e importancia posteriores, en ocasión de verse en la inexcusable obligación de dar título a su obra.

John Bagnold Burgess: El sacerdote preferido, 1880. Colección privada.

Un hombre nace cerca de la luminosa ciudad de París en una época innominada pero moderna. Los años lo tentarán con la ambición; esa pasión lo someterá al sacerdocio. Los cargos se suceden con rapidez: de su distrito humilde avanza, en virtud de su seca ortodoxia, hasta la confección de sermones para ser declamados en eventos obispales. En ocasiones algún resto de intelecto rebelde lo jaquea y condesciende a la oscura redacción de un diario infrecuente, cuyas páginas borra, por temor a ser descubierto, y sobre ellas reescribe, o bien las mismas líneas adivinando el trazo deshecho sobre el papel, o bien olvida su cuita anterior y redacta bajo otra luz, ayudado por la soledad de un par de velas y sus sombras: “Escribo, por primera vez, sólo para mí; es por eso que releo continuamente lo que escribo, como si de cualquier lector se tratase, ignorante de mis intenciones, y hallo virtudes que amo y defectos que aprenderé a amar, y gusto interpretar diversamente a mi intención inicial, como no se hará nunca.” No deja de soñar el hombre con alguna suerte de proyecto revolucionario, alguna rebelión eclesiástica al estilo del modernismo religioso; esa voluntad mereció una reprimenda de sus autoridades (se le recordaba, algo displicentemente, la encíclica Pascendi Domini Gregis del papa Giuseppe Sarto: “A la manera que se dice que la Iglesia nace de la colectividad de las conciencias, así igualmente la autoridad procede vitalmente de la misma Iglesia. La autoridad, pues, lo mismo que la Iglesia, brota de la conciencia religiosa, a la que, por lo tanto, está sujeta, y si desprecia esa sujeción obra tiránicamente.El obispo al que todo debía, incluyendo su iniciación sexual, muere súbitamente, y nadie busca mejor candidato para efectuar el reemplazo que su propia persona, olvidados ya sus arrebatos renovadores. De entre la torre de documentos y papeles que en escasas semanas le pertenecerán para que su arbitrio haga de ellos su antojo su vista se posa en uno que se repite con alarmante regularidad a lo largo de muchos meses: una familia de provincias suplica por la intercesión de la Santa Iglesia ante un innegable caso de diabólica posesión; la tosca letra manuscrita de la Francia rural oscilaba entra la gravedad y la desesperación, entre el ruego y el miedo. Esos pedidos, que no eran respondidos nunca, quizás ni siquiera archivados, tentaron, en este caso, al casi obispo a fingir, para los ojos de un mundo incrédulo, una hazaña. Obvió los servicios del médico de la curia, alistó los antiguos elementos, repasó las antiguas fórmulas, y aceptó.

Francisco de Goya y Lucientes: El tribunal de la Inquisición, ca. 1812-1819, Museo de la Real Academia de San Fernando, Madrid.

En el largo camino hacia su segura victoria final sobre los que son legión, el hombre y su automóvil se cruzan con una caravana de jóvenes que vituperan su presencia con estrépito. El sacerdote sonríe: “Podrás ignorarnos –pensé-,  pero en cambio escucharás a charlatanes, curanderos, mesías políticos, psicólogos. Podrás injuriarnos e injuriar de Dios el nombre santo, pero no maldecirás a tu sexo, el que te hará caer en la tentación y abusará de ti (que no al revés) hasta desgastarte y desesperarte, y entonces te inventarás un hijo o dos o más, para vivir en la respetuosa consideración de los otros. Podrás mofarte de mí, burlarte de mis hábitos o de aquello que sostengo que creo, pero no te mofarás de tu arte, que a nada te conducirá sino a la efímera gloria y a la prolongada declinación. Podrás negarme, pero no negarás a tu hijos, que consumirán tu vida como nosotros consumimos la del mundo (eran los buenos tiempos, oh, sí), y si los niegas, los otros te negarán, te maldecirán, te apartarán y se vengarán de ti con mecanismos que nos pasmarían; nosotros, que hemos estado a la cabeza del refinamiento del terror. No somos importantes, pensé. La fe lo es. No sucumbiremos, nosotros ni nadie que se parezca a nosotros, hasta que la fe en la última cosa en este mundo sea aniquilada, Jamás sucederá. Nosotros proseguimos la fatigada fe en los dioses de la primera Antigüedad, y disfrazamos las orgías y las conquistas con la dureza elemental de la cruz; alguien llegará más tarde, como el juez que anuncia el tan grato Bernardo de Morlas, amenazador e inminente, aplastará la cruz y alzará otro símbolo: una tela desgarrada, un falo, un metal, una cabeza, una bala, una hoz, una ecuación, qué importa. Nada cambiará. Y si es preciso, si tal cosa ocurre en el lapso de mis días, abrazaré a esa nueva fe con el educado y servil fervor con el que ahora abrazo a ésta.“

Es de temer que revele el desenlace de la historia, ya traducida y transcripta en forma harto dilatada. Nada acontece ni como el sacerdote espera, ni como los risibles films acerca de la cohabitación de humanos y demonios pregonan. He de admitir, no obstante, que la verdadera revelación de la historia me llega con veinte aturdidos años de retraso: Bernardo de Morlas ansiaba la venida devastadora de su dios y la restauración de lapsos que Aristóteles no hubiese descompuesto con su lógica; Khomyakov, el retorno a tiempos anteriores a Pedro el Grande en los que, según su sensibilidad, la Santa Madre Rusia no había sido corrompida por el vicio del Occidente. La llegada de esas revoluciones lóbregas habría de ser rauda, el resultado debía reposar en una pureza perdida de cuya sequedad irradiase una mínima luz en torno a la cual reunirse silenciosamente, como inmóviles viajeros hacia ninguna parte alrededor de un fuego ínfimo y sin alternativas. En la quinta jornada, algo después del mediodía, Eco hace que la Inquisición, ya provista de la potestad de la tortura, interrogue a un hombre del que es necesario que admita la comisión de crímenes a los que es ajeno. El juicio impresiona al jovencísimo amanuense, quien pregunta a su maestro Guillermo por qué uno de sus mayores temores se dirige a cualquiera de las formas de la pureza; éste responde que es a causa de la fretta, la prisa.  Luminosa es la lentitud, como las tardes entre los amantes, lenta es la impureza, como las tardes de cópula. Borges y Eco son los lentos escritores de impureza luminosa; yo sólo he sido un intento.

Hadrian Bagration

PS: El enigma que encierra Il nome della rosa es descubierto a través de uno de los nombres que damos al azar: el error; el investigador construye un esquema equivocado para dar con el culpable y es el culpable el que acaba por ajustarse a ese esquema, y finalmente es esa premeditación errónea que el culpable adopta la que lo delata. Una deliberada equivocación de Eco da origen al grato nombre del libro: el poema de Bernardo de Morlas, citado por Eco en sus Postille como variación del topos del ubi sunt (nada lejano al ¿Dónde se habrán ido?, una milonga de Borges de 1965: “Según su costumbre, el sol/Brilla y muere, muere y brilla/Y en el patio, como ayer,/Hay una luna amarilla,/Pero el tiempo, que no ceja,/Todas las cosas mancilla/Se acabaron los valientes/Y no han dejado semilla.”). Eco cita a Villon y a Mais où sont les neiges d’antan! en el último verso de Ballade des dames du temps jadis.  La ya muy famosa línea de Bernardo de Morlas, Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus (De la rosa primigenia, sólo su nombre permanece) reza, en rigor de verdad, hacia el final del primer volumen del poema (951-952):

Nunc ubi Regulus aut ubi Romulus aut ubi Remus?
Stat Roma pristina nomine, nomina nuda tenemus.

Por una vez, el nombre de la capital del mundo debe ceder su lugar para que se cumpla el dictamen que obliga a que todas las virtudes se inclinen ante la virtud del encanto; no cometamos, sin embargo, una simétrica falta: la de descreer que el encanto, cuando es la única virtud que poseemos, no se convierte en una licencia lindante con el tedio. Le sucedió, en ocasiones, al gran Oscar Wilde; nadie, ni aun los más hábiles estarán entonces exentos de ser expulsados de ese jardín sin muros que es la felicidad literaria.