La muerte de Sócrates

Jacques-Louis David: La muerte de Sócrates, 1786. Metropolitan Museum of Art, New York.

Jacques-Louis David: La muerte de Sócrates, 1786. Metropolitan Museum of Art, New York.

Afirma Sarah Haardt, en líneas escritas no mucho antes de su temprana muerte, que entre los ordenados papeles que su esposo relegaba al examen ajeno halló una tarde una rara copia del Misopogon, afianzada por la traducción de Cave, y en la que éste vacilaba, en una nota al pie, en incluir una historia que había llegado a oídos de Juliano en Antioquía. Sarah Haardt, en su diario, relata que dialogó con su marido, Henry Louis Mencken, acerca de la veracidad de esos párrafos: Mencken admitía estar a la vez perplejo y maravillado por la historia; era su deseo, repetía, que fuese cierta. La avaricia del azar decretó que la copia que poseyera Mencken fuese tragada por el fragor de las mudanzas y el hurto; nada queda de las minuciosas palabras de Juliano sino a través de breves anotaciones que Sarah Haardt incluyera, con la confianza en la inmortalidad que otorga la juventud, en su diario, demasiado escuetas y fragmentarias. Un lustro después la tuberculosis la había devorado. Mencken, olvidando manuscritos y páginas, huyó hacia la merecida (en esta ocasión) adoración póstuma.

La historia trata de los esfuerzos de los amigos de Sócrates por liberarlo de la injusta sentencia de muerte impuesta por Atenas. Platón refiere el afán de Critón por hallar conspiradores, reunir fondos para corromper a los carceleros (era rico), encontrar para su maestro lugar en algún exilio. Sócrates se negaba: huir significaba incumplir la ley, demostrar temor ante la banalidad de la muerte, descreer de la filosofía. Critón fingió rendirse. La noche anterior a la ejecución envió a un grupo de actores que representaron bien a la guardia, generosamente sobornada. Dijeron a Sócrates que, consultados los dioses, habían exigido adelantar la hora. Sócrates pronunció sus palabras finales (que Platón registró) y bebió la cicuta. En la copa, los conjurados habían trocado el veneno por un somnífero. Sócrates entró en el sueño con la convicción de quien penetra en la muerte. En su lugar moriría, en el día que se iniciaba tras esa noche, un anciano al que Critón prometió convertir a sus hijos, a sus esposas, y a los hijos de sus hijos en magnates. No faltó a su palabra.

Sócrates despertó en la cubierta de un barco que navegaba hacia Persia. Sus amigos y salvadores se postraron frente a él, suplicando perdón; a la cabeza de ellos se arrodillaba Critón. Sócrates razonó que si el hado había dispuesto para él supervivencia, como en jornadas anteriores había favorecido a la muerte, era su deber resignarse. Abrazó al grupo y pidió algo de comer. Viviría muchos años en una aldea al sur de Halicarnaso, en Caria. Juliano anota que quiere la leyenda que Artajerjes Mnemón, rey de Persia, pidiera su consejo en secreto; Sócrates murió durante el viaje hacia el trono. Alejandro de Macedonia (quien, de seguir a Juliano, sabía de la huida de Sócrates), luego de su victoria en el Gránico y la invasión del Asia Menor, erigió en el sitio del sepulcro un monumento.

Sócrates, hasta la fecha de su muerte, continuó enseñando. Mínimos grupos de discípulos llegaban sigilosamente hasta él. No es imposible que en Atenas el ardid hubiera sido descubierto; aun así, la sentencia se había cumplido y a la justicia había sido entregada una víctima; era sabio no hacer nada.

De todo lo que Sócrates laboriosamente impartió en esos borrosos años finales, que los imperiales oídos de Juliano juzgaron dignos de prolongar, sólo resta una apresurada anotación en un diario, que aun hoy ya no existe.

H.B.