Póstumo Keats

Benjamin Robert Haydon: Retrato póstumo de John Keats, 1821. National Portrait Gallery, Londres.

Benjamin Robert Haydon: Retrato póstumo de John Keats, 1821. National Portrait Gallery, Londres.

El más grande y mejor de los románticos ingleses, John Keats, (el juicio no empequeñece las estaturas, ya inmensas, de Byron o Shelley; tan sólo destina una porción más de asombro a aquél) muere acorralado por la pobreza y la enfermedad en Roma el 23 de Febrero de 1821. Son famosas sus palabras casi finales: carcomido por la tuberculosis y ansiando, inútilmente, la muerte, sus amigos le negaban la botella de láudano que oficiaba de primitivo anéstesico, para prevenir el suicidio. How long is this posthumous existence of mine to go on?, clamaba. Esa grata costumbre de morir con una broma en los labios, que quizás se iniciara con Sócrates, dio origen a una biografía (Posthumous Keats); Stanley Plumly examina, no sin curiosidad para el lector, los bocetos del rostro de Keats que la preocupación de sus allegados por su posteridad les moviera a intentar. Los retratos son, aun en su torpeza, logrados: nada que Keats inspirara se rebajó a la mediocridad.

Una reiterada superstición hace de los cultores de Keats cuidadosos guardianes de la memoria de su fiancée más notoria, Fanny Brawne; algo nada distinto ocurre con Kafka y Milena Jesenská. Amargos los tiempos en que las mujeres eran sinónimos reducidos de sus cónyuges; algo superficial la costumbre de explicar al artista o escritor por sus impulsos eróticos. Fanny Brawne fue la preferencia de un moribundo Keats; los cielos saben qué hubiese sido de la suerte de esa pasión de haber nacido Keats robusto y rico. Muerto Keats y acabado el luto de seis años que su prometida sostuvo, ella casó con un hombre cualquiera y parió tres hijos. Murió en 1865. Unos cuarenta años separan la muerte de ambos.

¿Quién o qué fue Fanny Brawne al cabo de cuatro décadas después de la muerte del hombre por el que guardó silencio ante la sociedad por más de un lustro? Keats se diluyó a causa de lo que la fragmentaria medicina de la época llamaba consumption, y cuyo padecimiento conllevaba estigma: el enfermo quizás la contrajera en razón de la debilidad de su carácter, de la locura o el placer solitario. Keats, desde Italia y sabedor de su sentencia, escribía a Fanny Brawne: Sobre dos lujos medito oscuramente mientras paseo: tu gracia y la hora de mi muerte. Fanny Brawne usó en sus épocas de luto el anillo que había unido ese frágil compromiso, acaparó cartas y miniaturas de retratos; laboriosamente insistió en retener la memoria de Keats. Su correspondencia se modificó según el paso de los años. Gradualmente habrá ido olvidando esos sentimientos. Las preocupaciones cotidianas nos acercan a la inmortalidad: las urgencias nos transforman en ínfimos dioses que deben abocarse a la tarea pueril de preservar la prole. El accidente, la enfermedad, la paulatina destrucción del cuerpo nos arrojan de ese inmerecido Olimpo, al que nunca agradecemos adecuadamente. En sus años finales Fanny Brawne, agotada la herencia familiar, recurrió a las sobras de Keats para legar a sus hijos la promesa de algún dinero. Entre esas reliquias figuraban las cartas que se habían deparado. Los críticos quisieron desdeñar aquéllas en las que Fanny Brawne reniega de su tiempo con Keats y lo juzga un hombre sin atributos. Alguien justificó esa dureza apelando a su condición de heredera tenaz; los años con Keats habían sido de escasez. Quizás en sus últimos meses haya abrigado la esperanza de que la fama (póstuma) de Keats pusiera sobre la mesa de sus hijos algo de alimento.

Fanny Brawne se nos antoja similar a los antiguos libertos: manumitidos por sus amos en sus  testamentos, dejaban la morada familiar bendiciendo su nombre; con el tiempo llegaban a detestarlo, porque los había hecho conocer, cuando esclavos, la servidumbre, aun cuando tomaran (era parte del romano ritual de los nombres múltiples)  el nomen de quien había sido su dueño. Tras años largos, morían con nostalgia, merodeando la casa en donde habían servido, echando de menos, con labios apagados por la vejez, la sombra de su señor.

H.B.