El Albucius de Quignard

Detalle de la Villa dei Misteri, siglo I EC, Pompeya.

Detalle de la Villa dei Misteri, siglo I EC, Pompeya.

Acabada la ecpirosis, concluidos los diálogos, Eco hace regresar a su personaje a los desolados terrenos de la abadía ya iniciada su madurez. Con ánimo de incertidumbre rehace en su vasta memoria los muros que ya no se erigirán, y halla, de acuerdo a la ya venerable traducción de Ricardo Pochtar: “jirones de pergamino, caídos del scriptorium y la biblioteca, que habían sobrevivido como tesoros sepultados en la tierra. Y empecé a recogerlos, como si tuviese que reconstruir los folios de un libro. Después descubrí que en uno de los torreones todavía quedaba una escalera de caracol, tambaleante y casi intacta, que conducía al scriptorium, y desde allí, trepando por una montaña de escombros, podía llegarse a la altura de la biblioteca, aunque ésta era sólo una especie de galería pegada a las paredes externas, que por todas partes desembocaba en el vacío.”

Junto a un trozo de pared encontré un armario, por milagro aún en pie, y que, no sé cómo, había sobrevivido al fuego para pudrirse luego por la acción del agua y los insectos. En el interior, quedaban todavía algunos folios. Encontré otros jirones hurgando entre las ruinas de abajo. Pobre cosecha fue la mía, pero pasé todo un día recogiéndola, como si en aquellos disiecta membra de la biblioteca me estuviese esperando algún mensaje. Algunos jirones de pergamino estaban descoloridos, otros dejaban adivinar la sombra de una imagen, y cada tanto el fantasma de una o varias palabras. A veces encontré folios donde podían leerse oraciones enteras; con mayor frecuencia encuadernaciones aún intactas, protegidas por lo que habían sido tachones de metal. Larvas de libros, aparentemente sanas por fuera pero devoradas por dentro; sin embargo, a veces se había salvado medio folio, podía adivinarse un incipit, un título. Recogí todas las reliquias que pude encontrar y las metí en dos sacos de viaje, abandonando cosas que me eran útiles con tal de salvar aquel mísero tesoro.”

Durante el viaje de regreso a Melk pasé muchísimas horas tratando de descifrar aquellos vestigios. A menudo una palabra o una imagen superviviente me permitieron reconocer la obra en cuestión. Cuando, con el tiempo, encontré otras copias de aquellos libros, los estudié con amor, como si el destino me hubiese dejado aquella herencia, como si el hecho de haber localizado la obra destruida hubiese sido un claro signo del cielo cuyo sentido era tolle et lege. Al final de mi paciente reconstrucción, llegué a componer una especie de biblioteca menor, signo de la mayor, que había desaparecido, una biblioteca hecha de fragmentos, citas, períodos incompletos, muñones de libros.”  (El nombre de la rosa, Lumen, Barcelona, 1984, pp. 604-605). Eco obliga a su monje a rastrear huellas, restos, trazas de libros como Winckelmann cuidadosamente separaba el polvo de entre las antigüedades romanas, acto que no era sino tardío desagravio en reparación de la lenta caída de la urbe. Si el mundo existe para que sus hechos accedan a figurar en las páginas de un libro, luego ese volumen será una gastada reliquia en el mundo, una cosa más agregada al mundo (Borges: Una rosa amarilla), de la que el futuro sólo conocerá los mendrugos que el tiempo no consienta en devorar. La fragmentaria literatura del pasado, los retazos que sobreviven de Anaxágoras, los párrafos  del viejo Plinio que subsisten en Tácito, la única línea que aún vive de las múltiples composiciones de Nerón no son sino premoniciones de lo que constituirá la literatura del futuro: quienes hasta ese mañana permanezcan lo harán bajo la forma de centones, de cármenes, de palimpsestos.

La elección de Pascal Quignard es anticiparse a esa desintegración y construir una literatura anecdótica, colecciones de comentarios, curiosidades que perduren tras el desvanecimiento del hábito de la perplejidad. No toda la obra de Quignard se comporta así: Patricia Gauthier lo ha considerado un escritor omnigenérico. La grandeza del Albucius, sin embargo, o aquélla de La barque silencieuse, consiste en abandonar la decimonónica tradición del texto interminable y forzar la conjunción de dramas mayores en palabras secas y concisas, en párrafos pudorosamente desprovistos de extensión, en el impiadoso asesinato de la redundancia. La literatura de Quignard es una apuesta riesgosa: dependerá de la salvación del fragmento de un fragmento, de la conservación de una línea concebida en sus orígenes como ya breve, de la perpetuación de una página que carece de pretensiones de eternidad.

En su versión del Albucius al español, Betina Keizman llama a Quignard el alter ego de Cayo Albucio, cuya olvidada posteridad Quignard, prolijamente, mejoró. Albucio pervive en citas de Quintiliano, de Suetonio, de Séneca el Mayor; su obra confía en que plumas de más apta suerte que la suya sobre lo que ha quedado de él proyecten algo de luz. Es Quignard quien presenta y define a Albucio tangencialmente, como una nota al pie, como la historia de la literatura lo recuerda:

« Il était plus jeune que César. Ce dernier, qui appréciait la manière d’Apollonius de Rhodes, n’aimait pas la façon d’écrire d’Albucius. Cestius a écrit que Caius Albucius Silus est né l’année où Lucullus envahit l’Arménie. C’étaient les derniers jours de -69, à Novare, en Gaule Cisalpine, dans le Piémont, dans une riche famille édilitaire. L’année -69 (l’année 684 de Rome) demeure associée dans l’histoire à trois événements : la prise de Triganocerte par Lucullus, la mère de Virgile couchant avec Maro, les pirates maîtres à Syracuse et à Gaète. »

(« Era más joven que César. Éste último, quien apreciaba el estilo de Apolonio de Rodas, no encontraba de su agrado la manera de escribir de Albucius. Cestio escribió que Cayo Albucio Silo nació en el año en el que Lúculo invadió Armenia. Eran los últimos días del año -69, en Novara, en la Galia Cisalpina, en el Piamonte, en una rica familia de ediles. El año -69 (el año 684 de Roma) permanece asociado en la Historia a tres acontecimientos: la toma de Triganocerta por Lúculo, la madre de Virgilio acostándose con Marón, los piratas dueños de Siracusa y Gaeta.”)

Si Cayo Albucio es el precursor que Quignard escogió para sí, el Albucius reconoce entonces dos prefiguraciones: la Historia universal de la infamia (1935) de Borges y la Vies Imaginaires de Schwob (1896), que no son sino velados espejos la una de la otra que admiten como inspiración, quizás, al espejo de Plutarco. Borges anotó en el prólogo a la obra de Marcel Schwob: “Los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de esta obra está en ese vaivén.”. Quignard selecciona un método diferente: Cayo Albucio es acreedor a una existencia borrosamente verosímil;  sus escritos son pasibles de metamorfosis fabulosas y hasta fantásticas. Tal vez el mayor honor póstumo que corresponda a un autor sea el de ser reinventado, y hasta reescrito, por un lector del porvenir.

H.B.

El águila sutil: fascismo y populismo en el siglo XXI

Hitler with children propaganda poster WW2Quizás la peor de las formas de entender el fascismo sea a través del trabajo del historiador Ernst Nolte: Der Faschismus in seiner Epoche (El fascismo en su época) es una obra de traspiés seminales, no exenta de convincente ininteligibilidad, juzgada por sus estudiosos como producto de una juvenil fascinación por Hegel. A pesar de disentir con la vulgata del Partido Comunista, con el que nunca simpatizó, Nolte, sin bordear el marxismo, rescataba la calificación de fascista como adjetivo aplicable sólo al espectro de lo que la teoría política crasa denomina la derecha: Charles Maurras, Benito Mussolini, Adolf Hitler. Sin advertir que agrupaba fenómenos políticos distintos de los que, sin embargo, puede afirmarse con tranquilidad que existen puntos en común, Nolte proponía un análisis de Hegel desprovisto de la peligrosa (para sus oponentes) cópula con Marx, pero que coqueteaba con la prédica de sus seguidores: el fascismo, según Nolte, es el movimiento de la negatividad: antiliberal, anticomunista, anticapitalista y antiburgués. No olvidó agregar el nacionalismo y la autarquía económica como ingredientes necesarios y hasta casi suficientes para definir un fascismo. Más tarde revisaría su posición y adoptaría un asiento en las antípodas: el nazismo (epítome del fascismo, de acuerdo a Nolte) era un espejo del comunismo y quizás (no lo aseveró Nolte abiertamente, aunque fue acusado de allegarse al desliz) algo menos pésimo que éste. Es probable que entre ambas márgenes del error hallemos una aproximación al encanto de la exactitud.

Hannah Arendt, tal vez la más apta de las creadoras de una teoría que explique el origen de la monstruosidad política, arguyó en  Elemente und Ursprünge totaler Herrschaft (Elementos y orígenes del régimen totalitario, cuya versión en español se conoce por la traducción directa de su título inglés: Los orígenes del totalitarismo) que no podían excluirse el racismo, el imperialismo y el antisemitismo de la cuna de los regímenes autoritarios. La tesis, aunque original, no carecía de imperfecciones: no hubo, en la era moderna, imperialismo más flagrante que el británico, y sin embargo no puede ser acusada Gran Bretaña de haber pergeñado jamás gobierno fascista; ni siquiera dentro de sus fronteras nacionales se gestó, a excepción de la ridículamente escueta British Union of Fascists de Oswald Mosley, un partido de esa tendencia. El fascismo italiano no descolló por su virulencia antisemita y alguna vez Mussolini se jactó de sus buenas relaciones con la colectividad judía; hasta 1938, época de maridaje entre el fascismo italiano y el nazismo alemán, muchos judíos se hallaban afiliados al partido fascista en Italia. La teoría debía ser revisada, pero Arendt brilló en el sostén de una inestimable posición: incluyó en la lista de regímenes totalitarios al estalinismo, para desmayo de las izquierdas. Era hazaña cargada de todo valor: en 1951, año de aparición de su obra, Stalin aún vivía, nada hacía suponer su cercana muerte y la Unión Soviética aparecía como la potencia destinada a ganar el futuro por sobre las decadentes democracias occidentales. Los partidos comunistas negaban el gulag y justificaban las crueles purgas de la vieja e ingenua guardia bolchevique en años de preguerra como indispensables para el avance de la hermandad universal. Quienes de buena fe propagaron este mensaje sin obtener nada a cambio (a veces su único pago fue la persecución bajo regímenes furiosamente anticomunistas) fueron conocidos más tarde como idiotas útiles. Nadie podrá acusar a Hannah Arendt de haberlo sido.

Arendt dio a luz a sus volúmenes en 1951; Nolte la siguió, tomando un rumbo distinto, en 1963. Tal vez la Historia haya olvidado que el término totalitarismo en tanto hipérbole del fascismo es de raíz liberal; nace en una redacción, producto del fino oficio del periodismo político: aquélla del diario romano Il Mondo, órgano de la democrazia liberale, dirigido por Gioavanni Amendola, a quien probablemente se deba el neologismo hacia 1923, poco después del comienzo del ascenso de Mussolini. Es de agradecer la mención a Richard Pipes, quien la anota en Russia under the Bolshevik Regime: 1919-1924. Amendola juzgó con rapidez el carácter cuasi religioso del fascismo, lo que más tarde se interpretaría con la definición de religión política. Importa aquí resaltar que la identificación del fascismo como régimen diferenciado de una dictadura tradicional es de inspiración liberal, y que es antiliberal su exaltación: totalitario, para Giovanni Gentile, teórico fundador del fascismo italiano y ghost writer de Mussolini, es palabra elogiosa y meta del Estado fascista; controlarlo todo es su razón de ser. No por otro motivo hizo escribir al Duce: Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado. Abundan las definiciones de fascismo según quien comande la definición, pero tengo para mí que la más acertada pertenece a Emilio Gentile: el fascismo es la sacralización de la política (1993). Cerrando el círculo, podemos afirmar en forma salmodiante que para un fascista todo existe dentro de la sagrada política del Estado, nada fuera de la sagrada política del Estado, nada contra la sagrada política del Estado.

tumblr_kpwqb3jeCN1qzavsmo1_500Es preciso hacer aquí una necesaria distinción entre fascismo y totalitarismo: el primero es un totalitarismo larvado, que quizás nunca llegue a florecer; el segundo es un fascismo exacerbado que ha logrado consolidarse de forma brutal o gradual; no en todos los casos el totalitarismo debe recurrir a la sangre para invadir hasta el ático más protegido de la vida de los sufridos ciudadanos. Hannah Arendt opina que la Italia de Mussolini es el típico ejemplo del fascismo, en donde la captación de las voluntades y las instituciones es completa pero no total; la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin son los horrores políticos que tradicionalmente se denominan totalitarismos. Puede que el régimen totalitario mute a otra forma de despotismo: la China de Mao fue un crudo totalitarismo; tras las reformas de Deng Xiaoping viró lentamente hacia una dictadura tradicional de partido único con resabios fascistas; no obstante, la transformación no ha sido constante ni llana: una vez que la categoría de totalitarismo se ha alcanzado, es imposible vencer la tentación de regresar a ella para ajustar cuentas con opositores o competidores políticos. Totalitarismos de solemnidad sobreviven con mejor o peor salud en el nuevo siglo: la Cuba de los Castro, la Corea de Kim Jong-un, el Irán de Alí Jamenei son algunos tristes ejemplos.

La identificación entre Estado y fascismo no puede ser casual: le es imposible imponerse al último sin la poderosa sombra del primero. La calificación de fascista, en su forma más primordial y callejera, es utilizada como errado sinónimo de partidario de la derecha; en términos populares, fueron Ernst Nolte y su pulverización de las categorías políticas quienes ganaron el debate. En rigor de verdad, el fascismo es una forma política que puede asentarse sobre bases económicas diversas; nada impidió que el fascismo se desarrollara y prosperara miserablemente en un capitalismo prebendario y autárquico como la Argentina del primer Perón; nada impidió que el fascismo se desarrollara y prosperara miserablemente en un capitalismo burocrático de Estado, erróneamente considerado un socialismo, como lo fue Unión Soviética. Naturalmente, la izquierda clásica, o aun la posmoderna, que creen, en ocasiones de buena fe, que alguna vez existió el socialismo fuera de los textos, reivindican con ofendida dignidad las envejecidas tesis de Nolte. La economía, para la teoría fascista, es una fuerza de choque que puede utilizarse, siempre bajo tutela estatal, con prescindencia de un plan técnico; bastará que las necesidades de las masas se vean satisfechas, a veces en niveles mínimos, para que la gestión se considere un éxito. La economía, en el fascismo, es una rama secundaria de la política.

Arrepentido de sus opiniones anteriores hacía ya tiempo, Nolte escandalizó una vez más a los ámbitos académicos al publicar, en el año 2000, Der europäische Bürgerkrieg, 1917-1945: Nationalsozialismus und Bolschewismus, llamado en español La guerra civil europea: 1917-1945. Omitiendo su peligrosa pretensión de negar la singularidad del Holocausto y asimilarlo a la época de violencia de masas iniciada por el genocidio armenio (1915-1923), no es osado prestar oídos a su nueva prédica: el nazismo y el comunismo, similares (idénticos, de acuerdo a Nolte), se disputaron no sólo la primacía en Europa sino el lugar desde el que combatir a la democracia liberal, despreciada ferozmente por ambos. El frente oriental en la Segunda Guerra Mundial habría sido, así, una lucha intestina; quien resultara vencedor se adjudicaría la tarea posterior de derrotar al liberalismo. Los Aliados, bien se sabe, contribuyeron en gran medida a la victoria soviética no sólo por razones de realpolitik sino por el grave sentido moral que implicaba la contienda con el nazismo, aseveración negada por el lingüista Noam Chomsky, para quien la Segunda Guerra Mundial fue sencillamente una gigantesca lid entre imperialismos de diversa índole. La interpretación del marxismo vulgar de posguerra identificó a los Aliados occidentales, los Estados Unidos y Gran Bretaña, como potencias imperialistas en poco disímiles a la Alemania nazi, a la que atribuían, no sin malicia, una economía de corte capitalista liberal, decretando que la existencia de conglomerados corporativos en una nación garantiza el carácter liberal del capitalismo.

images (2)La literatura y en mayor medida la cinematografía han contribuido a generar una definición clásica y a la vez un estereotipo del fascismo: masas enfervorecidas, camisas pardas, saludo nazi, Stechmarsch,  hordas uniformadas, campos de concentración, cámaras de tortura, cámaras de gas. Esas imágenes han favorecido una falacia visual: ante la ausencia de las masas y su fervor, el color pardo de las camisas, los brazos levantados en obediente salutación, el paso del ganso, la marea de los ejércitos, los prisioneros políticos, los ayes de dolor y el gaseado, se decreta que no hay razón para temer al fascismo. El fascismo deviene así una cualidad visible y cinematográfica que sólo puede ser detectada por el ojo. Es un craso error: la primera represión que el fascismo desata sobre sus súbditos tiene como objetivo el intelecto y no el sentido de la visión. Épocas pasadas enseñan que la vida bajo los diferentes regímenes fascistas (excepto en períodos de conflagración, y aun así, sólo cuando se avecinaba la derrota) poseía la apariencia de una total normalidad, hasta de una cierta quietud y tranquilidad de ánimo y acción preferibles a tiempos turbulentos en donde se ignora quién se hará con el poder. El fascismo, como las serpientes, sólo muestra su verdadera cara cuando se siente amenazado, sea la causa de la amenaza interior o exterior. Si es interna, el opositor será declarado enemigo de la patria. Si es foránea, un agresor imperialista. Mussolini no hacía sino seguir la teoría de Enrico Corradi acerca de la coacción impuesta por las naciones plutocráticas, como Gran Bretaña, contra naciones proletarias como Italia. El fascismo juega el sutil juego del amigo o enemigo del Estado fascista; los amigos de hoy pueden ser los enemigos de mañana, se trate de países o de personas; nadie debe tener el poder (nadie, excepto el líder y el Estado, deben tener ningún poder) de respirar en paz. Nadie tiene el derecho (nadie tiene ningún derecho) de ser neutral.

Entonces, ¿qué es el fascismo hoy? Hay tantas definiciones como fascistas caminan sobre la tierra, y es dable asegurar que muchos fascistas ignoran que lo son, aun cuando haya quienes nieguen la existencia misma del fascismo, quienes recurran a la vieja definición de Nolte y hasta quienes lo identifiquen con la política exterior de los Estados Unidos o Israel. Quizás la mejor manera de intentar una explicación, una definición (para muchos, una justificación) es examinar las características comunes, la similitud dentro de la diversidad fascista. Nada mejor, para ello, que recurrir a las catorce proposiciones de Umberto Eco sobre el fascismo. Omitiré referencias al artículo 14 points of Fascism, llamado también Fascism, anyone? de Laurence Britts, ya que sólo consiste en una imitación de las proposiciones de Eco, aparecida en la revista Free Inquiry en 2003, con el sólo objeto de criticar el proceder político de la muy criticable administración Bush Jr. Antes de solazarnos con la agudeza de Eco, arriesgaré una interpretación: el fascismo del siglo XXI es el populismo.

El populismo posee sus teóricos, sus exégetas, sus detractores, sus amantes, sus desilusionados, sus suplicantes y sus beneficiarios. Ha sido bautizado cesarismo democrático, dictadura plebiscitada, democracia popular; cada cientista político desea dejar su huella en la historia de las ideas y sugiere un nombre renovado. No sólo el populismo elude definiciones sino que ellas, como sucede con el fascismo, cuando se ofrecen, son contradictorias; ni aun significa igual cosa la palabra española populismo que la inglesa populism. La primera alude a una revolución encarada por un líder carismático en nombre de la voluntad de un pueblo, si nos atenemos a la concepción ofrecida por sus clientes; la segunda, a reformas, progresistas o conservadoras, destinadas a alzarse con votos según el humor popular del momento. En español, idioma de la pobreza, en su mayor parte, el término destila ecos épicos; en inglés, lengua, por estos instantes, de la abundancia, despide un tufillo a oportunismo. Las formas políticas también se rinden ante laberinto semántico. No es en vano que Juan José Sebreli apunte en Los deseos imaginarios del peronismo (1983) que otros dos idiomas en los que restalla la palabra populismo sean el alemán (völkisch) y el ruso (Народничество [naródnichestvo]), naciones en las que el fascismo alcanzó cotas totalitarias. Si el fascismo es la antesala del totalitarismo, el populismo es el estadio de aprendizaje del fascismo, el momento político en el que todavía es demasiado débil o incipiente como para intentar una deglución de la sociedad. En la complejidad del mundo político, estas etapas son borrosas, difusas, imprecisas y siempre dolorosas. Deberíamos, entonces, hablar de una forma impura de dominación ideológica, una estafa política que podría denominarse, sin desmedro de otras interpretaciones y sugerencias, fascismo-populismo.

Según el prólogo a su libro Cinco escritos morales, Umberto Eco pronunció el 25 de Abril de 1995 en la Columbia University of New York una conferencia con motivo de los cincuenta años de la insurrección general de la Italia del Norte y la caída de la Europa fascista. Denominó a esa conferencia El fascismo eterno; fue publicada en traducción inglesa en la New York Review of Books en Junio de ese año como Eternal Fascism; en el número de Julio-Agosto de 1995 de la  Rivista dei Libri apareció como Totalitarismo fuzzy e Ur-fascismo. Eco utiliza el prefijo ur- en su correcta acepción germánica: primitivo, original, ancestral; por extensión, eterno, imperecedero:

chinese-propaganda-posters-01“Il Fascismo è diventato un termine che si adatta a tutto perché è possibile eliminare da un regime fascista uno o più aspetti, e lo si potrà sempre riconoscere per fascista. Togliete al Fascismo l’ imperialismo e avrete Franco o Salazar; togliete il colonialismo e avrete il Fascismo balcanico. Aggiungete al Fascismo italiano un anti-capitalismo radicale (che non affascinò mai Mussolini) e avrete Ezra Pound. Aggiungete il culto della mitologia celtica e il misticismo del Graal (completamente estraneo al Fascismo ufficiale) e avrete uno dei più rispettati guru fascisti, Julius Evola. A dispetto di questa confusione, ritengo sia possibile indicare una lista di caratteristiche tipiche di quello che vorrei chiamare l’ Ur-Fascismo, o il Fascismo Eterno. Tali caratteristiche non possono venire irreggimentate in un sistema; molte si contraddicono reciprocamente, e sono tipiche di altre forme di dispotismo o di fanatismo. Ma è sufficiente che una di loro sia presente per far coagulare una nebulosa fascista.”

“El fascismo se ha convertido en un término que se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre se lo podrá reconocer como fascista. Quiten del fascismo el imperialismo y tendrán a Franco o a Salazar; quiten el colonialismo y tendrán el fascismo balcánico. Añadan al fascismo italiano un anticapitalismo radical (que de ninguna manera fascinó a Mussolini) y tendrán a Ezra Pound. Añadan el culto a la mitología céltica y el misticismo del Grial (completamente ajeno al fascismo oficial) y tendrán a uno de los más respetados gurúes fascistas, Julius Evola. A despecho de esta confusión, confío en que sea posible especificar una lista de características típicas de aquello que yo llamaría el Ur-fascismo o el fascismo eterno. Tales características no pueden ser reglamentadas en un sistema; muchas se contradicen y son típicas de otras formas de despotismo o de fanatismo. Pero es suficiente con que una de ellas esté presente para conformar una nebulosa fascista.”

1) La prima caratteristica di un Ur-Fascismo è il culto della tradizione.

La primera característica de un Ur-fascismo es el culto a la tradición.

El fascismo-populismo no posee tradición, por ello debe crearla. Esa invención es muchas veces torpe, pero eso no obsta a su efectividad: en Argentina los populistas afirman recoger la tradición de Perón y su segunda mujer, o, peor aún, de Rosas. En Venezuela, antes de la muerte de Hugo Chávez, la tradición era Bolívar y una exótica concepción del socialismo; hoy la tradición es Chávez. Sucede lo mismo en la Argentina desde el deceso de Néstor Kirchner. Así como el líder hace historia en vida, al morir es convertido en Historia de inmediato y desde ese panteón emana discurso. La reivindicación constante a un pasado glorioso que llevará a un futuro glorioso ayuda a soportar el presente árido; desde el purgatorio se promete el cielo y se consigue el infierno. Eco hace referencia a la cultura sincrética del fascismo (piénsese en el carácter versátil del peronismo): se abreva en todas las tradiciones asequibles, desde el Cristo obrero, Espartaco y Arminio hasta la Rerum Novarum, Herder y Lenin; desde esa partida se mezclan y reinterpretan ad nauseam los ingredientes, pero se rechazan las novedades. El fascismo-populismo es la gesta pretérita.

2)   Il tradizionalismo implica il rifiuto del Modernismo.

El tradicionalismo implica el rechazo de la Modernidad.

La Modernidad barrió con las formas medievales de distribución del poder y la riqueza; fue burguesa y liberal, aun cuando desconociera en un principio el significado elusivo de ambos términos. Marx, crítico de la Modernidad, era sin embargo entusiasta defensor de ella y aun su hijo; el Manifiesto Comunista no es otra cosa que un intento de corrección de las promesas incumplidas de la caída del Antiguo Régimen y la superación, tal vez ilusoria, del statu quo de la Modernidad en el siglo XIX por una versión mejorada. El tradicionalismo (léase el fascismo, léase el populismo) significa, por el contrario, una regresión: el líder es el renacimiento de la figura del monarca, aun del monarca absolutista, y su régimen es un despotismo, nunca ilustrado. La raíz del populismo se encuentra, al igual que la del fascismo, en la reacción contra la Ilustración que impulsaran el romanticismo alemán y el eslavismo ruso, y también, de seguir a Darrin McMahon (Enemies of the Enlightenment: The French Counter-Enlightenment and the Making of Modernity, 2002), el movimiento francés de los anti-philosophes, los enemigos y perseguidores de Voltaire. Si la Ilustración surgió en Francia, es lógico, aunque lamentable, que la resistencia a ella brotara asimismo de allí.

3) L’ irrazionalismo dipende anche dal culto dell’ azione per l’ azione.

El irracionalismo depende también del culto de la acción por la acción.

2461623176_40e02cece8_zEl populismo desconfía de los intelectuales, más aun si ha llegado al poder. Los escasos pensadores favorables al fascismo-populismo son de producción deplorable y no merecen siquiera mención. La razón de esta carencia es el desprecio del fascismo-populismo por la contemplación y la reflexión: el culto de la acción pura, heredado del fascismo del siglo XX, llama a las masas al rugido y a las vanguardias al vandalismo cuando su hegemonía se siente bajo amenaza. El populismo deviene así una forma desembozada de gangsterismo político. Sin embargo, una vez pasado el peligro, el fascismo-populismo buscará la mansedumbre popular y castigará la acción sin permiso ni fundamento emanado del poder. El pueblo, para el fascismo-populismo, debe ser una bestia amaestrada en estado de perpetua obediencia. Eco anota: “La desconfianza respecto del mundo intelectual siempre ha sido un síntoma del Ur-fascismo, desde la simpatía de Hermann Goering por la frase tomada de una obra de Hans Johst (“Cuando oigo la palabra “cultura” saco el revólver.”), hasta el uso frecuente de la expresión “intelectuales degenerados”.” El único tipo de intelectual que el populismo acepta tolerar es el intelectual orgánico, el permanente justificador de las decisiones gubernamentales, al que denomina, no sin cursilería, intelectual revolucionario, en oposición al malvado intelectual burgués. Invariablemente, el intelectual revolucionario es un mercenario de la pluma que escribe y publica bajo la supervisión flagrante o disimulada del poder, no sin recibir abultados emolumentos a cambio.

4) Nessuna forma di sincretismo può accettare la critica.

Ninguna forma de sincretismo puede aceptar la crítica.

Para el fascismo-populismo, como lo fue para el fascismo, el disenso es traición. La única opinión válida es la formulada por el líder; su palabra es la ley, y si cambia por razones de táctica o necesidad, la opinión de los seguidores deberá renovarse con idéntico fervor. Una sencilla anécdota ilustrará esta tragicómica práctica: en Buenos Aires, el fascismo-populismo intenta avanzar sobre el Poder Judicial a través de una serie de leyes de insolente calaña autoritaria. Encuentra un escollo en un  dirigente político, presunto columnista de un periódico de la prensa adicta, quien aduce que ciertas características del proyecto no responden a la voluntad de la Presidente. En otras palabras: la ley no es mala porque es deficiente o no responde a los postulados de la república o es técnicamente réproba o desoye a la Constitución, sino porque contraría, supuestamente, el verdadero deseo de la líder. Los teólogos del populismo se disputan la preeminencia en la fidelidad a la corona, para la cual, en ocasiones, roban.

5) Il disaccordo è inoltre un segno di diversità.

El desacuerdo es además signo de diversidad.

Eco postula la explotación del miedo a la diferencia por el Ur-fascismo; en su interpretación, es uno de los sostenes del racismo en regímenes como el fascismo alemán; la necesidad de un consenso forzoso se explicita en la reafirmación del sentido de pertenencia como signo de honor, en algunos casos, a una raza, en otros, a un movimiento. El último dilema es peor: no puede un individuo dejar de pertenecer a su grupo étnico, pero puede (y debe, según el fascismo-populismo) mudar su modo de pensar e integrarse a la revolución, fuera de la cual no hay política, ni pensamiento ni acción, sólo represalias. El fascismo-populismo no se reconoce partido; es decir, parte de la sociedad, sino movimiento, es decir, el todo de la sociedad que avanza. Tras los límites quedan los plutócratas u oligarcas, los traidores, los excéntricos, los antisociales (término favorito del castrismo), los reaccionarios y los estúpidos. Si el disenso constituye traición, el simple desacuerdo es herejía.

6) L’ Ur-Fascismo scaturisce dalla frustrazione individuale o sociale.

El Ur-fascismo deriva de la frustración individual o social.

propaganda-peronistaDesde una visión marxista vulgar, el fascismo es la desesperada reacción de la pequeño-burguesía (en términos legos, la clase media) contra el ascenso de la clase obrera. Se trata, por supuesto, de una perspectiva anterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando las masas obreras constituían, de acuerdo al marxismo, un sujeto histórico de peso. A pesar de esta sagaz afirmación, los teóricos del marxismo de entreguerras quedaron atónitos ante el creciente apoyo de la clase trabajadora a los regímenes de Mussolini y de Hitler; por extensión, y a raíz también de la cooptación del sindicalismo independiente, sucedió igual cosa con el peronismo. La razón es simple, aun cuando no quepa en los cálculos de los deficientes seguidores de Marx: el fascismo y su sucesor, el fascismo-populismo, gozan durante una primera etapa de un período de esplendor económico que corre a reparar injusticias sociales e inequidades de clase que son producto de la torpeza de administraciones anteriores; por ello, y contra la opinión del liberalismo dogmático, cada centavo que se invierta en acción social previene el posible surgimiento de un nuevo Mussolini, un nuevo Hitler o un nuevo Perón; también el de un nuevo Castro o un nuevo Chávez. La democracia es, ante todo y debido a la pobreza de la condición humana, hija de la prosperidad. Sin previo descontento, los líderes autoritarios son sencillamente inviables; sin el hundimiento de la República de Weimar a causa del crack de 1929 Adolf Hitler sería recordado hoy sólo como un bufón tenaz. La captación de las clases populares, e incluso de la pauperizada clase media, por el populismo, es el resultado de la dilapidación en medidas clientelistas de la capacidad ociosa del capital público; no hay vez que esas distribuciones temporarias no produzcan éxitos electorales, que legitimarán al proyecto fascista-populista. Obvio es consignarlo, la alegría popular no es de larga duración: apenas se agotan los recursos del Tesoro, comienza la crisis económica, acontece la retirada del apoyo electoral y el fascismo-populismo debe recurrir a la intimidación, la represión y el fraude para retener el poder; el romance del dictador con su plebe ha terminado.

7) A coloro che sono privi di una qualunque identità sociale, l’ Ur-Fascismo dice che il loro unico privilegio è il più comune di tutti, quello di essere nati nello stesso paese.

A aquéllos que son privados de cualquier identidad social, el Ur-fascismo dice que su único privilegio es el más común de todos, aquél de haber nacido en un mismo país.

Fácil es relacionar al fascismo con el nacionalismo, sencillo es ligar el nacionalismo al fascismo-populismo, pero el estilo del nacionalismo populista es de un tenor ligeramente diferente: se trata de un nacionalismo ahistórico: si bien es irredentista en cuanto a la exigencia de la devolución de territorios que estima suyos como manera de movilizar la emoción de la población, la división de amistades y enemistades no depende de conflictos añejos o cuestiones estratégicas, sino de la conformación de una internacional populista: cualquier nación que deba soportar un gobierno afín al fascismo-populismo es una nación automáticamente considerada aliada; cualquier nación que disfrute de un gobierno actuante en oposición al fascismo-populismo es un enemigo potencial; en el espacio latinoamericano, el lebensraum populista es denominado la Patria Grande. El fascismo-populismo rescata la idea fascista de Corradi de dividir a los países en plutocráticos y proletarios, sólo que ahora utiliza adjetivos distintos para el mismo fenómeno: naciones revolucionarias o liberadas y naciones imperialistas u opresoras. Los súbditos del Estado fascista-populista deben sentirse agradecidos de habitar suelo propicio para la libertad de los pueblos, aunque ese galardón, las más de las veces, es útil únicamente para incentivar la emigración.

8) I seguaci debbono sentirsi umiliati dalla ricchezza ostentata e dalla forza dei nemici.

Los seguidores deben sentirse humillados ante la riqueza ostentosa y la fuerza del enemigo.

El fascismo-populismo se presenta a sí mismo como valeroso; de acuerdo a ello, escogerá enemigos de fuste: Washington, Londres, la Unión Europea, el sionismo, sus sicarios internacionales, sus aliados en el seno de la nación que responden a intereses extranjeros. El objetivo del fascismo-populismo es la cooptación de todos los poderes e instituciones; observa con afrenta el hecho de que haya quienes no se le sometan. Espoleará a sus partidarios para que exijan los dineros malhabidos de empresas, medios, sindicatos, asociaciones, individuos. Los lujos de los que el pueblo se priva no son producto, según el fascismo-populismo, de la pésima administración económica o del aislamiento internacional, sino de la rapacidad de los adversarios. Fomentará el uso de un arma que, bien empleada, resulta letal: el resentimiento, esa disposición del ánimo que prefiere la ruina ajena a la prosperidad propia.

9) Per l’ Ur-Fascismo non c’ è lotta per la vita, ma piuttosto vita per la lotta.

Para el Ur-fascismo no hay lucha por la vida, sino más bien se vive para la lucha.

2b308cfa35260cf103b23f0369f1622fEl fascismo-populismo es la ideología de la construcción permanente del enemigo. No se trata de un enemigo de clase, de una filosofía adversaria o de una institución opositora; amigo, por definición, es quien se aviene a aliarse o someterse; enemigo es quien no lo hace, poco importan el grado de cercanía o similitud en lo meramente programático. El fascismo-populismo es esencialmente cortoplacista, una suerte de Don Juan de la política: sus amores y sus odios sobreviven lo que dura la conveniencia. Recuérdese el acercamiento inicial de Hitler a la Unión Soviética (el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 que permitió la invasión de Polonia por los alemanes, y una quincena después, por los soviéticos), el apoyo mendigado por Castro en primera instancia a los Estados Unidos, la aproximación de Néstor Kirchner a conglomerados de medios de los que luego abominó. La erección constante de un enemigo es imperiosa en el fascismo-populismo, que en este respecto supera con creces las sinuosidades del fascismo original, ya que su ideología básica es precaria y se sostiene esencialmente en el entusiasmo del combate y la promesa de la destrucción de las cadenas que oprimen a las masas a las que el fascismo-populismo dice venerar. Además de combatir al enemigo, el fascismo-populismo exige que se lo haga apasionadamente, sin vacilaciones ni misericordia; cualquier intento de conciliación es censurado como una claudicación y castigado de acuerdo a la magnitud de la ofensa. Como el gobierno fascista-populista se considera a sí mismo sagrado órgano del Estado y aspira a la suma del poder público, el tamaño de la transgresión es enorme. Quienes abandonan el campo fascista-populista voluntaria o involuntariamente lo hacen para no regresar, en ocasiones para no regresar con vida.

10) L’ elitismo è un aspetto tipico di ogni ideologia reazionaria, in quanto fondamentalmente aristocratico.

El elitismo es un aspecto típico de toda ideología reaccionaria, ya que es fundamentalmente aristocrático.

El fascismo-populismo posee una taxonomía de hierro, una ley de jerarquías que comprende desde el humilde simpatizante sin relación alguna con el poder fáctico hasta el líder supremo, con numerosas escalas intermedias: los militantes de base, que distribuyen dádivas y proveen votantes, y que son a su vez supervisados por militantes más antiguos de rango superior, que son, a su turno, comandados por dirigentes ya cercanos al poder político más tradicional; esa forma de organización es un remedo aceitado de un ejército, lo que supone también un rígido sistema de premios y castigos a causa de logros o incumplimientos. Los partidarios más destacados o mejor relacionados son remunerados con cargos públicos e inclusión en los primeros lugares en las listas de los comicios, sin que pueda ser cuestionada su idoneidad. Reaparece la figura del idiota útil, aquél que está sinceramente convencido de las bondades del fascismo-populismo y defiende la acción del gobierno sin recibir estipendio, pero a medida que el régimen comienza su desgaste y se ve obligado a permanecer por la fuerza, deviene una especie en extinción. El fascismo-populismo no sólo divide a la sociedad en amigos y enemigos, sino entre privilegiados y perjudicados, es decir, simples mortales que deben subsistir por sus propios medios. Pasar a formar parte de la casta superior es tarea nada sencilla: pocos son los sitios disponibles y muchos los ambiciosos. Dado que la manera más práctica y expeditiva de remunerar la fidelidad ciega es el empleo estatal, los fascismos-populismos engrosan las filas de los estamentos municipales, provinciales y nacionales a niveles astronómicos. La impagable cuenta que se deriva de esta costumbre debe ser costeada por el grueso de la ciudadanía bajo el carácter de una galopante inflación, que no es otra cosa que el precio de mantener a esta aristocracia parasitaria. Si el fascismo y el totalitarismo primordiales constituían élites no tradicionales que se afanaban en reemplazar a las clases dirigentes típicas de una nación a perpetuidad, puesto que no consentían en abandonar el poder y se abocaban a la transformación del Estado para ese fin, el fascismo-populismo es una contra-élite, un lugar en el que se deposita la hez de la sociedad apresurada por obtener una parte del botín de manera rauda y tosca, ante el riesgo de ser desplazados por un rival político o la inminencia de una posible caída del régimen. Así, es evidente comprobar la existencia en sus huestes de figuras de la farándula, del deporte, del hampa; colosales mediocridades que no hallarían sitio en un sistema regido por la virtud del mérito.

11) In questa prospettiva, ciascuno è educato per diventare un Eroe.

Desde esta perspectiva, cada quien es educado para convertirse en Héroe.

Así como no existen patricios sin plebeyos, no hay revoluciones sin héroes, aun cuando la revolución sea una fábula y el héroe una parodia. El fascismo-populismo, al sacralizar la política, hace de cada miembro del partido un proyecto heroico que puede desembocar en el asesinato o el martirio si la causa lo requiere. El fascismo-populismo detesta las formas políticas burguesas, con sus dilatados debates parlamentarios en donde las partes exponen sus argumentos y contrastan propuestas; si pudiera, arrearía con el Parlamento y con los legisladores, aun los de su propia facción, y gobernaría por decreto. Pero no olvida que ha sido legitimado en una elección y que debe cooptar a la institución legislativa, no arrasar con ella, a pesar de que esto le suponga un esfuerzo a su corta paciencia. Los cuadros políticos que el fascismo-populismo prepara son ideológicamente irritables, inflamados de retórica revolucionaria, de muy estrecha frontera entre el discurso incendiario y la acción directa. La severidad del fervor da apariencia de honestidad; un examen más riguroso de las vidas privadas de los encendidos panfletarios revela, sin embargo, una propensión al lujo que la ascética verba de la vigilia no hace sospechar. El heroísmo del fascismo-populismo es un producto para consumo mediático.

12) Dal momento che sia la guerra permanente sia l’ eroismo sono giochi difficili da giocare, l’ Ur-Fascista trasferisce la sua volontà di potenza su questioni sessuali.

Dado que tanto la guerra permanente cuanto el heroísmo son juegos difíciles de jugar, el Ur-fascista transfiere su voluntad de poder a las cuestiones sexuales.

meposters-0002-059_thumbEl fascismo-populismo es, casi invariablemente, conservador en materia erótica. Los totalitarismos desbocados son furibundamente misóginos y homofóbicos, baste recordar el ejemplo cubano, en donde existieron campos de concentración para la reeducación de homosexuales. El nazismo decretó su condena a muerte y los recluyó en campos de exterminio y relegó a la mujer a las tres K: Kinder, Küche, Kirche (niños, cocina, iglesia). Richard Bosworth (Mussolini’s Italy: Life Under the Dictatorship, 2005) relata que Mussolini, tal como obra hoy el vergonzante presidente iraní Majmud Ajmadineyad, negaba que en Italia pudiera existir, bajo el régimen fascista, un solo homosexual. En los totalitarismos del Este la homosexualidad era considerada una enfermedad burguesa. Una excepción a esta regla es el peronismo kirchnerista, el que impulsó una ley de matrimonio igualitario y de identidad para personas transgénero. La explicación es harto sencilla: luego de la derrota en las elecciones legislativas de 2009, el peronismo temió sufrir arranques de debilidad y buscó posicionarse como movimiento progresista en un país, la Argentina, en el que las clases dirigentes tradicionales, aunque liberales, son sexualmente conservadoras y las instituciones, incluida la Iglesia católica, mantienen con el homosexual una relación tensa. La promulgación de esa ley sirvió al peronismo para posar como propulsor de las libertades sexuales, cuando en su plataforma política ese proyecto no existió jamás y había perdurado en el poder por siete años sin que la idea cruzase su horizonte político. La concesión oportunista es parte integral de la táctica populista. Pocos recordarán que por ley celebrada por el gobernador peronista de la provincia de Buenos Aires, Domingo Mercante, en 1946, por causa de indignidad se prohibía votar a los homosexuales, aun cuando fuera dificultoso reconocerlos. Tal ley no fue derogada sino en 1987, en el radicalismo tardío (la fuente es Juan José Sebreli: Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires, 1997). Richard Washburn Child, biógrafo y admirador de Mussolini, escribió en el prefacio de su obra en dos volúmenes una oda al oportunismo politico: “Opportunist is a term of reproach used to brand men who fit themselves to conditions for the reasons of self-interest. Mussolini, as I have learned to know him, is an opportunist in the sense that he believed that mankind itself must be fitted to changing conditions rather than to fixed theories, no matter how many hopes and prayers have been expended on theories and programmes.” (“Oportunismo es un término peyorativo utilizado para etiquetar a aquéllos que se adaptan a las circunstancias por razones egoístas. Mussolini, según yo lo he conocido, es un oportunista en el sentido de que es la humanidad misma la que debe adaptarse a las condiciones cambiantes en lugar de a teorías prefijadas, no importa cuánto se ha esperado y rogado para que esas teorías y programas funcionen”). Y agrega que el propio Mussolini le confió: The sanctity of an ism is not in the ism; it has no sanctity beyond its power to do, to work, to succeed in practice. It may have succeeded yesterday and fail to-morrow. Failed yesterday and succeed to-morrow. The machine first of all must run! (“La santidad de un ismo no reside en el ismo; no es sacrosanto más allá de su capacidad de hacer, de funcionar, de tener éxito en la práctica. Puede haber sido exitoso ayer y fracasar mañana. Haber fracasado ayer y tener éxito mañana. ¡La máquina antes que nada debe poder andar!”). En Venezuela, por el contrario, el chavismo es firmemente homofóbico al punto de hacer correr el rumor de que el jefe de la oposición y Presidente electo aunque no reconocido, Henrique Capriles, es homosexual, para restarle votos entre la población prejuiciosa.

13) L’ Ur-Fascismo si basa su di un populismo qualitativo.

El Ur-fascismo se basa en un populismo cualitativo.

Quizás sea éste el aspecto más curioso del fascismo-populismo: en sus comienzos, cuando ha recién arribado como salvador de la patria y goza del consenso de las mayorías, el fascismo-populismo se muestra legalista: su poder se basa en el caudal de votos y todas las medidas que tomará se fundamentarán en mantener el grosor de ese caudal por el mayor tiempo posible. El desgaste del ejercicio del poder, más aun si se lo opera en forma horrorosa, va restando lenta y resolutamente adherentes a la causa. Aumenta el número de los desilusionados, los arrepentidos, los cabizbajos, los  que rumian su furia en silencio. Cuando el populismo advierte que ha perdido el favor de las mayorías, su postura cambia de legalista a legitimista: es fiel depositario del poder popular ganado en limpias elecciones y no habrá fuerza sobre la Tierra que lo mueva a cambiar el rumbo de su política. No considerará válidas las manifestaciones populares en su contra, no importa cuán masivas, ni denuncias, revelaciones, impugnaciones, amparos, gritos, ruegos. Utilizará cualquier subterfugio legal, que posiblemente haya negado a sus adversarios, para lograr el propósito de permanecer en el centro de la escena. Detrás de este accionar se halla la endeble convicción que inculca a sus partidarios: la voluntad populista, aun cuando ya minoritaria, es superior a la voluntad popular que alguna vez  la apoyó; de algún modo el fascismo-populismo siente que el respaldo del pueblo, una vez obtenido, no puede ser retirado; la población ha emitido un voto contractual vitalicio del que sólo un ingrato traidor podría renegar. Es el instante exacto en donde el fascismo-populismo comienza a desprenderse de su hábito populista y se calza el oscuro sayo del fascismo. Dylan Riley, escribiendo sobre Giovanni Gentile, lo acusa con justicia de querer denominar al fascismo democracia autoritaria, en donde es el poder quien le indica al pueblo quién debe ganar la elección, ya que el poder decide quiénes merecen ser protegidos por él, en tanto una sociedad fascista-populista rechaza la igualdad de los ciudadanos al discriminarlos según su ideología y condena al ostracismo social, laboral, económico y hasta físico a los no fascistas. Es el tiempo del fraude, la violencia, la intimidación y la amenaza. Los últimos años del primer peronismo, la actualidad del chavismo y del peronismo kirchnerista, entre otros tristes ejemplos,  han transitado y transitan esa vía amarga.

14) L’ Ur-Fascismo parla la Neolingua.

El Ur-fascismo utiliza la Neohabla.

images (3)George Orwell dedica un apéndice de 1984 a referirse al Newspeak, el lenguaje oficial del Ingsoc, el imaginario socialismo inglés que se había tornado gobierno totalitario en Oceania:  la Neohabla separa a un término de su significado, vacía el concepto y, de acuerdo a la necesidad, o bien lo elimina o bien lo reduce a una sinonimia por reflejo. Así, en los fascismos-populismos, opositor equivale a burgués, traidor, idiota o reaccionario. Una empresa es una corporación, vocablo al que se le asigna un aura siniestra; forzando la norma, una corporación es una asociación ilícita. Exprópiese, en el chavismo, es una palabra de connotación cuasi religiosa con la que se exorciza el carácter explotador de una entidad capitalista. El vocabulario del fascista-populista se compone de retazos de jerga, a veces apocopados, para sonar a tono con los tiempos tecnológicos y resultar más agradable a la juventud: la opo es la oposición, la corpo es el conjunto de empresas con intenciones antipopulares, destituyente es cualquier comentario crítico que se alce tímidamente para cuestionar la gestión. Ciertos términos son acompañados por un adjetivo o un sustantivo adjetivado del que no deben ser separados: la oligarquía es la prostituta oligarquía, la democracia es la democracia burguesa, y así. La ironía de Borges hubiera podido componer alguna corta pieza literaria acerca de estas kenningar del subdesarrollo. Orwell pudo haber encontrado inspiración para su Newspeak en la obra de Victor Klemperer: LTI – Lingua Tertii Imperii: Notizbuch eines Philologen de 1947 (El idioma del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo). En Septiembre de 2002, Václav Havel pronunció un discurso en la Universidad de Florida en Miami en el que se refirió a la Neohabla de la esfera comunista: “Pienso que uno de los instrumentos más diabólicos del avasallamiento de los unos y del embelesamiento de los otros es el especial lenguaje comunista. Es un lenguaje lleno de señuelos, esquemas ideológicos, flores retóricas y estereotipos idiomáticos; un lenguaje capaz, por una parte, de maravillar enormemente a las personas que no hayan descubierto su falsedad o a las que no hayan tenido que vivir en ese mundo manipulado por ese lenguaje, y, al mismo tiempo, un lenguaje capaz de despertar en otras personas el miedo y el terror, obligándolas a disimular permanentemente. También en mi país hubo generaciones enteras de personas que se dejaron desorientar por ese lenguaje lleno de bonitas palabras sobre la justicia, la paz, la necesidad de luchar contra los que, supuestamente en interés de las fuerzas del mal, se oponen al poder que utiliza ese lenguaje. La gran ventaja de ese lenguaje es que todo está enlazado en firmes acoplamientos mutuos de un sistema cerrado de dogmas que excluyen todo lo que no encaja en él. Cualquier idea un tanto original o independiente, igual que la propia palabra que no se utiliza en el lenguaje oficial, se encasilla en la correspondiente categoría de subversión ideológica, incluso antes de ser pronunciada. La red de dogmas que justifican cualquier arbitrariedad del poder suele tener la forma de una utopía, es decir, la de una construcción artificial del mundo que contiene en sí, automáticamente, toda una gama de razones de por qué es preciso oprimir, prohibir o aniquilar cualquier cosa que rompa con los moldes o que sobresalga, y, todo ello, en aras de un futuro más feliz. Es cómodo aceptar este lenguaje, creer en él o por lo menos amoldarse a él. Es muy difícil mantenerse firme, por mucho que esté cien veces presente el sentido común, pues eso significa rebelarse contra el lenguaje del poder o simplemente no emplearlo. El sistema de persecuciones, prohibiciones, denunciantes, elecciones de participación obligatoria, delación, censura, sistema al que siguen los campos de concentración, va envuelto en un hermoso lenguaje que no vacila en denominar a la esclavitud una forma superior de libertad, al pensamiento independiente una servidumbre al imperialismo, al espíritu de iniciativa humana una pauperización de los otros y a los derechos humanos un invento de la burguesía.”

Hasta aquí las catorce proposiciones de Umberto Eco sobre el fascismo inmarcesible. Creo necesario, cediendo a un lapsus de soberbia, añadir dos más: En primer lugar, el fascismo, y su legítimo heredero, el fascismo-populismo, son mesiánicos: aunque, de acuerdo a la primer proposición de Eco, el Ur-fascismo es tradicionalista, sin negar este aserto, bien puede decirse que es mesiánico a la vez, lo que confirma su carácter sincrético y contradictorio: ha llegado para reavivar la tradición de la voluntad popular, pero sólo bendecido y aprobado desde la altura del líder. Nada aterroriza más al fascismo-populismo que el pueblo que ha tomado conciencia de su poder. Esa oscilación entre el culto a la tradición y el culto al mesías produce fracturas dentro del ámbito cortesano del fascismo populista, banderías que reivindican la validez de una postura por sobre la otra, del líder y de quienes compiten entre sí para desplazar palaciegamente al líder, aun cuando es la táctica oportunista la que  otorga el triunfo según la necesidad del momento; son roces que quedan acallados por la común recurrencia a la rapiña. En segundo lugar, el Ur-fascismo y el fascismo-populismo son  juvenilistas: las organizaciones juveniles son el perfecto caldo de cultivo de mentes desprovistas todavía de defensas intelectuales; el objetivo máximo del fascismo-populismo es permanecer en el poder hasta que se haya completado un cambio generacional y exista una flamante camada humana que no conozca otro estado de cosas y esté dispuesta a inmolarse para defender un régimen que sus padres temieron y detestaron. No hay fascismo o totalitarismo que no haya creado al menos una organización juvenil de pertenencia obligatoria o altamente recomendable, desde Hitler a Castro, desde la Opera Nazionale Ballila de Mussolini o la Unión de Estudiantes Secundarios de Perón a La Cámpora de los Kirchner. Esta lista de miserias no es exhaustiva y podría continuar indefinidamente: culto a la personalidad (exacerbado por el alcance infinito de los medios de comunicación), corrupción rampante, clientelismo descarado, explotación cruel de la pobreza, y un extenso y sollozante etcétera.

¿Cómo librarse del fascismo-populismo, cómo acabar con la pesadilla? Fácil es ingresar y muy difícil salir del sueño totalitario: basta una mala decisión electoral para instalar en el poder a una banda delictiva cuya meta es permanecer y enriquecerse y no retroceder ante nada para conseguirlo. Cuentan con la complicidad, por acción u omisión, por temor o por ventaja, de empresarios prebendarios, intelectuales de pacotilla, comunicadores asalariados, militares enriquecidos por el narcotráfico. Orwell escribió que quien controla el presente controla el pasado, y que quien controla el pasado controla el futuro. Parafraseándolo, puede afirmarse que quien controla el poder controla el Estado, y quien controla el Estado controla al pueblo. La lección que estos silogismos deben dejar es que la pequeñez del Estado es garantía de su incapacidad de hacerse con el control de la nación; todos cuantos han agrandado desmesuradamente al Estado lo han hecho con el fin, confeso o no, de utilizarlo como instrumento de dominación.

El fascismo, históricamente, ha caído por presión externa o por un serio descalabro interior que ha contado con colaboración internacional o con la imposibilidad de refugiarse en el apoyo de una potencia dominante que consiga desacelerar el derrumbe, según los casos germano-oriental y rumano. La Guerra Fría, que culminó con la derrota del fascismo comunista, fue, al fin y al cabo, una guerra, a pesar de que el campo de batalla no se hallaba geográficamente delimitado; la Unión Soviética fue superada en las áreas logística y económica y el fascismo comunista fue reemplazado por el fascismo-populista de los antiguos jerarcas del Partido Comunista devenidos veloces multimillonarios. Setenta años de totalitarismo comunista no pueden ser borrados en apenas una generación.

pelicula_nestorEl ciudadano común, ajeno a la estrategia política, desesperanzado ante elecciones que falsean los resultados, apartado y justificadamente temeroso de enfrentarse a la violencia estatal, posee sólo dos armas: la denuncia y la desobediencia. Denuncia permanente de los abusos y delitos que comete el poder, desobediencia en todos los actos de la vida civil: no lo haré, no colaboraré, no contribuiré. La idea pertenece a Étienne de la Boétie, aquel buen amigo de Montaigne, y quizás su protegido y amanuense: “Para él (escribe Llewellyn Rockwell) el gran misterio de la política es la obediencia al gobernante. ¿Por qué razón la gente acepta ser saqueada y oprimida por caudillos? No es sólo miedo, anota La Boétie en su Discours de la servitude volontaire, ya que nuestro consentimiento es requerido. Y ese consentimiento puede ser retirado en forma no violenta.” El Estado fascista-populista es una monstruosidad insaciable; no puede sobrevivir por largo tiempo si se le quita su alimento cotidiano.

Y si nos roza la fortuna, si derribamos al tirano, sea nuestra consigna sólo dos palabras: never again, nie wieder, mai più, plus jamais. Nunca más.

Hadrian Bagration

Luminosa lentitud de la impureza

Eoin de Leastar: Abelard and Heloïse, sin datación. Colección del autor.

Según el pintor, escultor  y, quizás a su pesar, teórico del arte Eoin de Leastar, el genio es un término sólo reservado a los griegos. La civilización que dio a conocer, entre otros esplendores, el teatro, bien puede ser justificada más allá de sus miserias, a diferencia de aquéllas a las que sólo se  recuerda a causa de la salmodiante defensa de sus mezquindades. No ha transcurrido mucho tiempo desde que una de mis enemistades, en uno de sus episodios de habitual imprecación, me espetó la insolencia de poseer una tribuna en el público espacio de la virtualidad. Tal congratulación era innecesaria  y a la vez inexacta: esas líneas escuetas, en ocasiones brutales, que son denominadas en el internacionalismo lingüístico de hoy día blog no  pertenecían sino a un equipo de trabajo que conformó, en cierta lejanía temporal que se hace cada vez menos creíble, Raza Paria, un programa radial al que fui invitado, sin mucho tino por parte de sus gestores, a contribuir. La buena voluntad de éstos, Julio de Bonis y Felipe Langdon, y la inagotable paciencia de colaboradores como Mariano Arraña y Salvador Luca (y la del resto del tolerante staff) para con los bochornos de mi egoísmo, hicieron posible que algunos párrafos que llevan mi nombre se difundieran vagamente por la web. Agradezco esas gentilezas impagas; no poco de lo que publicaré de aquí en más fue estimulado por el ajeno trabajo de esas gentes honestas.

El divino Wilde (el elogio pertenece a Harold Bloom) afirmó, en otro de sus aciertos, que una persona jamás puede excederse en el cuidado que despliega a la hora de escoger a sus enemigos. Confieso que casi nunca he seguido su consejo; tal disparate ha obrado, las más de las veces, para mi mal. La idea de comenzar a adornar al mundo con un atuendo de palabras que sin dudas no necesita, como un admirador más rondando la morada de una mujer hermosa, no me pertenece, sino que es propiedad de  una de tantas probas personas que desean, aun desde esta altura modesta, mi caída. Este aserto generará confusión: no es imposible que más de un individuo bienintencionado se adjudique la formalidad de ese mérito. No revelaré jamás la clave del misterio, para halagarlos secretamente a todos.

Versión en español de las Apostillas por Editorial Lumen

Si algo destruyó el sueño de Umberto Eco en los días de composición de Il nome della rosa no fueron los laberintos de la trama, sino el título de la obra. En 1983 Eco obsequiaba a sus seguidores en la revista italiana Alfabeta, manifestando asombro acerca del éxito que su novela había alcanzado, las Postille al nome della rosa. Eco subrayaba vacilaciones que otros escritores optan por desmentir: entre ellas figuraba la de haber querido bautizar, en un principio, a su volumen con un nombre banal: L’abbazia del mistero. La fortuna no le fue amarga, y olvidó o quiso olvidar ese error. Su propia pluma relata que estuvo a pasos de cometer otro: Adso da Melk, joven amanuense que es la voz del relato, pudo haber sido un título menos inapropiado. La Historia corrió en ayuda de Eco: pocas centurias habían sido tan misóginas como las que provocaron la reacción que diera origen al proto-Renacimiento del siglo XII. Steven Kreis, en sus Lectures on Ancient and Medieval European History, anota que: “From what has been said it ought to be clear that the 12th century was both original and energetic. In this way, it was perhaps a worthy rival to the Golden Age of Greece and Rome. Today, we are still influenced by the 12th century: in art, literature, educational systems and social relationships. As I have already mentioned, the 12th century witnessed a growing desire for knowledge. The thousands of students who roamed Europe at the end of the century were interested in every scrap of knowledge they could find. They studied all available texts in Western Europe and made long journeys to Spain or to Constantinople to secure Greek and Arabic material which interested them. Their first task was to be able to use language as a precise instrument of learning and that language was Latin. (“De lo que se ha dicho debe quedar claro que el siglo XII fue tanto original cuanto arrollador. Así, quizás rivalizara con las edades de oro de Grecia y Roma. Hoy nos hallamos aún influenciados por el siglo XII: en las artes, la literatura, los sistemas pedagógicos y las relaciones sociales. Miles de estudiantes que vagaban por Europa a fines del siglo se interesaron por cada dádiva de conocimiento que pudieran hallar. Analizaron todos los textos disponibles en la Europa Occidental y emprendieron largos viajes a España o Constantinopla para obtener el saber griego y árabe que deseaban. Su primer tarea fue ser capaces de usar un idioma como instrumento preciso de aprendizaje y tal idioma fue el latín.”).

Rembrandt van Rijn: Aristóteles contemplando un busto de Homero, 1653, Metropolitan Museum of Art, New York.

Prosigue Kreis: “So, the 12th century saw a revival of the classics in order to increase one’s vocabulary and improve style. More attention was also given to the study of logic. Logic developed clear thinking and accurate reasoning: logic also drove scholars to the east in order to read Greek translations of Aristotle who was, after all, the greatest master of logic. And in seeking translations of Aristotle’s logic, the scholars also found Arabic science and the great commentaries of Muslim scholars. The knowledge of Latin and logic thus helped the general revival of law and theology. In addition to Aristotle, came the mathematics of Euclid, the astronomy of Ptolemy and the medicine of Galen and Hippocrates.” (“Entonces, el siglo XII supuso una restauración de los clásicos que promovieran el incremento del vocabulario culto y la mejora del estilo. Al estudio de la lógica le fue dedicada más atención. La lógica permitía desarrollar un pensamiento claro y un recto razonar: la lógica condujo asimismo a los eruditos al Este para ganar acceso a las traducciones griegas de Aristóteles –cuyas obras habían sido preservadas por los árabes-; Aristóteles era, después de todo, el gran maestro de la lógica. Durante su búsqueda de las traducciones de la lógica aristotélica, los estudiosos se toparon con el conocimiento científico desarrollado por los árabes y los suntuosos comentarios de los exégetas orientales. Los estudios del latín y los de la ciencia de la lógica coadyuvaron así al resurgimiento en general de las disciplinas legales y la teología.  Además de Aristóteles, emergieron nuevamente las matemáticas de Euclides, la astronomía de Ptolomeo y la medicina de Galeno e Hipócrates.”). Esta resurrección sería ahogada, entre otras aguas, por las del Cuarto Concilio Laterano de 1215, en el que el papa Lotario de Segni (Inocencio III) predicó la guerra santa contra la herejía, lo cual era una forma totalizadora de calificar a la disidencia. La bula Ad abolendam de Ubaldo Alluccinoli, o bien Lucio III, de 1184 fue desempolvada y se llamó a la conversión del aparato inquisitorial de episcopal (ejercido por primados o patriarcas, arzobispos y obispos) a papal (en el que los inquisidores actuaban en nombre del papado y poseían su santa autoridad delegada). Honorio III, de nombre Cencio Savelli, sucesor de Inocencio, moriría en 1227 ocupado en lamentar los desastres de la Quinta Cruzada, sin hallar el tiempo necesario para decretar el funcionamiento del terror. Su reemplazante, Gregorio IX, sobrino de su antecesor y ferviente defensor de la doctrina de la supremacía papal sostenida por su tío, se mostraría más diligente en la tarea. En honor a su memoria ha de admitirse que no fue sino hasta el dictado de la bula Ad exstirpanda de 1252, ya bajo Sinibaldo Fieschi (Inocencio IV), que se instituyó oficialmente el uso de la tortura desde el seno de la cristiandad, aunque prohibiendo expresamente aquellas que causaran sangrado, mutilación o muerte, puesto que, como es bien sabido, Ecclesia non novit sanguinem.

Pieter Bruegel el Viejo: La matanza de los inocentes, 1565-1567. Royal Collection, Londres.

De Ugolino di Conti, d’Anagni o de Segni, o bien Gregorio IX, sería grosero omitir una anécdota gravosa: en su bula de 1232, Vox in Rama (tomado su nombre de uno de los tantos episodios ficticios de los Evangelios, la matanza de niños por orden de Herodes Arquelao -confundido por tantos falsos exégetas con Herodes el Grande, muerto en 4 AEC- según se cuenta en el libro de Mateo: “Llora Raquel en Ramah, y no quiere ser consolada, porque sus hijos ya no existen.”) Gregorio comparó la masacre herodiana con los aquelarres que las malas lenguas decían estar llevándose a cabo en tierras del Sacro Imperio, por lo que mandó ejecutar a todos los diablos que se aparecían en esas tenebrosas ceremonias bajo la forma de gatos. La casi extinción de los felinos domésticos europeos provocaría, unos cien años más tarde, una propagación sin obstáculos del agente transportador de la peste negra: la rata. De ser cierta, ignoramos el número de víctimas de la crueldad del rey Herodes; entre un tercio y un medio de la población de Europa pereció bajo la imbecilidad de Gregorio.

Bernardo de Morlaix (o bien Bernardo de Cluny, o también Bernardus Morlanensis o Cluniacencis) vivió durante la primera parte del siglo XII, y lo aborreció. Otro mote que infrecuentemente suele aplicársele es un tanto más pomposo, de un refinamiento rayano en la brutalidad: ha sido comparado con Juvenal, un poeta menor de los tiempos del Principado romano que se procuraba invitaciones a banquetes mofándose de la movilidad social de su época. Marguerite Yourcenar le concede a su Adriano la virtud de haber obligado a Juvenal al exilio, harta su augusta persona y tantas otras de escuchar boberías moralizantes que añoraban una edad de oro que no había existido sino en la imaginación de las endeudadas noblezas romanas. Se ignora si esto ha sido exactamente así; no faltan autores (Gilbert Highet defiende la veracidad de su exilio en tiempos de Domiciano y su retorno con la asunción de Nerva) que exculpan a Adriano de ese enfado grato; todos aseveran que la Vita Iuvenalis no miente cuando asegura que el escritor era hijo adoptivo de un liberto.

Aubrey Beardsley: Juvenal azotando a una mujer, 1896. Ilustración de Beardsley para la sexta sátira de Juvenal.

Juvenal y Bernardo compartían el mismo odio por la suavidad de las ajetreadas revoluciones sociales de sus respectivas eras. El hijo putativo de un antiguo esclavo se negaba a sentarse a la mesa con una dama adúltera o un actor afeminado; la mujer, para Bernardo, era simplemente sinónimo de iniquidad. De contemptu mundi, obra de Bernardo de Morlas en cuyos últimos versos husmea Eco para intitular su novela con un sentido estético no lejano al de Wilde, se queja de que un universo antes sólido, inmóvil, arcano, se haya travestido en una caótica sucesión de lasitudes, de correntadas, de novedades. El gimoteo de Bernardo tiene más que ver con su incapacidad para comprender la inteligibilidad del mundo que para lamentarse por la estupefacción que éste le causa. Al igual que Juvenal y sus dieciséis Satvrae, Bernardo compone De contemptu mundi en hexámetros dactílicos; no es urgente demostrar que su aspiración era convertirse en el nuevo inquisidor de las costumbres, del mismo modo que la precariedad social de Juvenal había encumbrado a éste por lapso breve en la entonces capital del orbe. Bernardo no imaginó que la Reforma lo utilizaría como puñal hundido en el vientre de la meretriz babilónica, como así gustaban hacer conocer los protestantes a la iglesia de Roma. El ministro y teólogo luterano Matthias Flacius ordenó imprimir innumerables veces el poema en el siglo XVI como si de una confesión se tratase, un testes veritatis, un irrefutable testigo de la verdad desde el corazón de la cámara de los horrores que el protestantismo no tardaría en emular punto por punto. Bernardo no había ahorrado estupor o indignación para con sus hermanos en la fe: sacerdotes ignorantes, monjas lascivas, obispos glotones, canónigos avariciosos, legados corruptos, simonías insolentes, apostasías contumaces, herejías abominables, abades entregados a la impudicia, cardenales sometidos por el oro, papas hundidos en la prevaricación de la mística de los antiguos y santos padres de la Iglesia . Como todo severo fiscal, Bernardo no puede evitar el tener que congraciarse con alguna autoridad, y elige hacerlo con su abad, Pedro de Montboissier, también conocido como Pedro el Venerable, patrono de Cluny, desganado protector de Pedro Abelardo en sus  años desventurados y uno de los primeros integrantes del clero cristiano en aproximarse a los estudios islámicos. Bernando dedica a Pedro su larga diatriba en contra de casi todo el cosmos, y muere sin lugar ni fecha. Pedro lo hará el día de Navidad de 1156, tal vez una plegaria del azar para escapar al descuido de los historiadores.

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez: Venus en el espejo, 1600. National Gallery , Londres.

De seguir a la informada tesis del escritor Francis John Balnaves  en su Bernard of Morlaix: the literature of complaint, the Latin tradition and the twelfth-century renaissance de 1997, una trinidad perturbaba los sombríos versos de Bernardo, quien no anticipaba que su recuerdo sería recobrado en la segunda mitad del siglo XX por un novelista italiano: la descomposición de las inanimadas relaciones entre la Iglesia romana, la nobleza y la llaneza popular. No sólo acarreaba tal desintegración la posibilidad de la vulneración de la mística cristiana, que desde Agustín había sofocado el pensamiento occidental por casi un milenio, ahora naufragada por obra del nocivo Aristóteles, sino que hasta se barruntaba la fractura de la hegemonía mariana y su caída a manos de lo que Balnaves denomina the suggestion of a renaissance gay culture y cierto levísimo y sorprendente avance en la situación de la mujer (no me refiero a los sermones automutilantes –self-deprecating, pensaríase en inglés-  de Hildegard von Bingen). Virgen y santa madre a un tiempo contradictorio, María era lentamente expatriada junto con la omnipresencia abacial, y su lugar era usurpado por el carácter incipiente del fin de la concepción contemplativa de la existencia, los primeros arrullos de la burguesía y cierto sabor grecolatino en la poesía que remitía con mayor ahínco a Venus genetrix que a la Madre de la Iglesia. Todo ese interregno acabaría, hasta los albores de la Ilustración, en el fuego.

Aubrey Beardsley: Messalina en camino al lupanar, 1896. Ilustración de Beardsley para la sexta sátira de Juvenal

Balnaves no aprueba ninguna de las traducciones al inglés que se llevaron a cabo desde al amargo latín que Bernardo utilizara para componer su queja: inadecuada es la Thomas Wright de 1872 e igualmente imperfecta la de Henry Preble de 1910, cuyo trabajo se había basado en el de Wright. Tampoco es atinada la más reciente de Ronald Pepin (Scorn of the World; Bernard of Cluny’s “De contemptu mundi”: the Latin text with English translation, East Lansing, Colleagues Press, 1991), ya que la opinión de Balnaves es que se trata de una versión demasiado literal. No juzgó, quizás por considerarla harto imperfecta, la brindada por el sacerdote anglicano John Mason Neale, titulada The Rythm of Bernard of Morlaix, monk of Cluny, on the Celestial Country, dedicada a las hermanas del convento de Saint Margaret de East Grinsted y a sus homónimas de Aberdeen, en Escocia, en su séptima edición, de 1865.  Neale da por sentado que Bernardo era natural de Bretaña, pero le adjudica, al igual que cierta erudición, padres ingleses. Neale da razón de todas las ediciones que el poema ha podido merecer, desde Flacius (a quien llama Illyricus, ya que había nacido en Istria) en 1566, hasta la abreviada de Dean Trench en el siglo XIX. De su propia versión, su modestia le hace revelar que es más propia de un aprendiz: so free, as to be  little more than an imitation. Neale completó su opúsculo en 1858 y murió, sin mayor legado que alguna que otra obra de bien,  el año siguiente a aquél en el que la edición que poseo fue publicada.

Es exactamente al comienzo de su ligera versión del poema de Bernardo de Morlas que el sacerdote Neale menciona a un autor y a una obra a los que su erudición no consigue identificar completamente: Quelques Mots d’un Chrétien Orthodoxe no vio la luz anónimamente en Leipsic (sic) en 1858, sino un año después en París, a cargo de la editorial Franck, elaborado por el padre de Sergy, según instrucciones de su obispo. Un segundo texto, incluido con osadía subrepticia en el volumen (tan similar a la quizás extraviada o jamás redactada segunda parte de la poética de Aristóteles oculta tras un manuscrito árabe, uno sirio y una interpretación o transcripción de la Coena Cypriani. Agradable es la coincidencia), se presenta impreso también en París, en esta ocasión en 1853, por la casa Meuyreuis, firmado por el humilde nombre de Ignotus: Quelques Mots d’un Chrétien Orthodoxe sur les Communions Occidentales. John Neale opina de Ignotus una esmerada capacidad; transporta de él estas doloridas palabras, un eco de las lamentaciones de Bernardo de Morlas ante la iniquidad de su siglo: “C’est la conviction intérieure de l’ impossibilité que leur rêve se réalise, c’est le sentiment d’une soif qu’ils ne pourront jamais étancher, qui donne aux œuvres des Reformes de notre temps un caractère tout particulier de souffrance profonde, et de désespoir véritable, masqué par des mots d’espérance. On croirait entendre cette hymne si magnifique et si douloureusement inspirée que chantait le monde Romain à peu prés un siècle âpres sa séparation de l’ Eglise:

Hora novissima, tempora pessima sunt — vigilemus.
Ecce minaciter imminet arbiter ille supremus.
Imminet imminet ut mala terminet, æqua coronet,
Recta remuneret, anxia liberet, æthera donet. »

« (Es la convicción interior de la imposibilidad de la realización de su sueño, es el sensación de una sed que jamás podrá ser saciada, las que otorgan a las Reformas de nuestro tiempo un carácter particular de profundo sufrimiento, de verdadera desesperación, enmascarado por palabras de esperanza. Es como si creyésemos escuchar este himno tan magnífico y tan dolorosamente inspirado cantado en el mundo romano poco después de un siglo de su separación de la Iglesia:

Son estos los últimos días, las peores épocas, alerta estemos;
Contemplad la amenazadora llegada del juez supremo.
Ya llega, ya llega a acabar con el mal, coronar a los justos,
Recompensar a los rectos, liberar a los angustiados, darles los cielos”

 

Aleksey Stepanovich Khomyakov: Autorretrato, 1842. Colección privada.

El buen Ignotus, que lamenta, con décadas de anticipación la incipiente laicización de su era y la compara con el siglo de Bernardo y cita los primeros cuatro versos de De Contemptu Mundi,  no es otro que el nacionalista y paneslavista ruso Aleksey Stepanovich Khomyakov, una perenne y oscura influencia en el pensamiento de su nación. Khomyakov puede ser descripto como un católico oriental, un adversario a destiempo de Aristóteles y un partidario de la colectivización, la brutalidad de la ingeniería social, la Kultur rusa obcecadamente enemiga de la Zivilisation de la Europa occidental y aliada al Volkgeist germánico (al que luego disputaría la supremacía en el eterno e inútil combate contra el individualismo y los judíos). El capitalismo y el socialismo, en pugna entre sí, se vieron amenazados por el surgimiento de la idea racial de comunidad y de su organización en torno a un grande hombre: la búsqueda de la pureza de sangre y de suelo, la incontaminada y virginal concepción de la inmaculada república ajena a cualquier influencia foránea y áspera a toda concesión extranjera, aun si no puede dar fe de su propia dignidad impoluta, y que permeó la ideología del pesimismo cultural alemán y su dilecto sucesor, el nazismo; en la Italia de Mussolini y la Argentina de Perón la farsa se reiteró de modo menos sanguinolento pero más pertinaz; la España de Franco se afanó en permanecer fiel a la Europa anterior no sólo al Renacimiento sino a los esfuerzos por obliterar el recuerdo del siglo XII; penetró en la Rusia post revolucionaria y engendró, a costa de la caída del gobierno de Kerensky y la deshonrosa paz de Brest-Litovsk, al leninismo-estalinismo; sacudió a las naciones menos afortunadas, más expoliadas y menos lúcidas del orbe y dio a luz al populismo tercermundista –corrientes religiosas incluidas-;  fue pronunciada en la solemnidad ramplona de los discursos de los movimientos conservadores y rurales de los Estados Unidos, alimentando a un partido político laico –el republicano- que constituye la anomalía occidental de incluir la mística milenarista en su plataforma; tantos y tan variados disparates hallan a uno de sus más añejos precursores en el ahogado gemido de Bernardo. Ese decoro marcial, como bien asevera Bernardo, y finge regocijarse ante la inminencia de la parusía, debe lograrse, merced al advenimiento de un ángel vengador, de la erección de uno o miles de campos de concentración y de exterminio o de la mortecina placidez con la que una ciudad de provincias destruye, cual sucediera con Emma Bovary, los secretos anhelos de aquéllos que son forzosamente relegados a permanecer en la humillación del secreto. De Bernardo de Morlas se ignora la hora y el sitio de la muerte, de Khomyakov se sabe que se extinguió a fines de Septiembre de 1860 en Moscú durante una epidemia de cólera. Esos destinos humildes y hasta dóciles no sospecharían la macabra e influyente sombra que su autoridad desplomaría sobre el mundo en épocas recientes.

Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson: Retrato de un adolescente, 1796-1800. Smith College Museum of Art, Northampton, Massachusetts.

Comencé a escribir temblorosamente a los doce años, virgen otra vez, como casi escribiera Borges en Amorosa anticipación, por la virtud absolutoria del exilio. Mis primeras líneas se tejieron en inglés; un enmohecido diccionario bilingüe me servía de báculo intelectual para volcar al español una producción que mereció, sin excepciones, la ceniza. Hacia la veintena, casi agotadas, jamás emuladas, las literaturas clásicas de tres, quizás cuatro lenguas europeas, ya había comprendido yo que mi tarea en las décadas por venir devendría la de abocarme a ser un demorado discípulo sin maestro. Fue en Enero de 1989 que devoré la traducción de William Trask de una de las obras que me inspiran un sentimiento que suelo retacear para con otros seres humanos: el amor me unió a la European Literature and Latin Middle Ages como, al menos desde mi porción del pacto, a dos cónyuges encadenados sólo por la pasión. Ernst Robert Curtius la compuso en 1953, y en ella tuve segunda noticia (la primera fue en el opúsculo de Eco) del poema de Bernardo de Morlas y, en los excursos, de las relaciones entre la Iglesia y la risa y entre la Iglesia y la sodomía; es seguro que con diferencia de varios lustros Eco y yo hayamos frecuentado al mismo autor en sus mismas páginas.

En el quinto capítulo, en la sección séptima, Curtius dedica unos párrafos felices a un topos medieval que se remonta a la distancia de Sumeria: el mundo al revés, la subversión del orden, el carro arrastrando pesadamente a los bueyes, los bueyes convirtiéndose con devoción a la religión de los heresiarcas, los heresiarcas impartiendo doctas lecciones de teología, los teólogos copulando impetuosamente con las mujeres, las mujeres fecundando con despreocupación a los jóvenes varones, los jóvenes varones yaciendo placenteramente con las ancianas, las ancianas alumbrando sin dolor ni pavor a hombres seniles; una paráfrasis de esa trágica (para la inconsolable rigidez medieval) comedia es el discurso de Jorge de Burgos antes de la satisfecha partida de la legación papal, pronunciado en tono admonitorio y ominoso, si bien incrédulo, como suele suceder con la propia fe del predicador. De todas esas tardes adolescentes, inflamadas y lentas, poco conservo a excepción de cierto número de libros a los que sigo rindiendo gratitud, y de una brevísima, pero en razón de su torpeza, demasiado extensa colección de relatos atolondrados y una nouvelle, un género tan delicioso cuanto desvanecido, a la que jamás logré dotar de un título convincente, cosa que sucediera a Eco, con infinito mayor ingenio e importancia posteriores, en ocasión de verse en la inexcusable obligación de dar título a su obra.

John Bagnold Burgess: El sacerdote preferido, 1880. Colección privada.

Un hombre nace cerca de la luminosa ciudad de París en una época innominada pero moderna. Los años lo tentarán con la ambición; esa pasión lo someterá al sacerdocio. Los cargos se suceden con rapidez: de su distrito humilde avanza, en virtud de su seca ortodoxia, hasta la confección de sermones para ser declamados en eventos obispales. En ocasiones algún resto de intelecto rebelde lo jaquea y condesciende a la oscura redacción de un diario infrecuente, cuyas páginas borra, por temor a ser descubierto, y sobre ellas reescribe, o bien las mismas líneas adivinando el trazo deshecho sobre el papel, o bien olvida su cuita anterior y redacta bajo otra luz, ayudado por la soledad de un par de velas y sus sombras: “Escribo, por primera vez, sólo para mí; es por eso que releo continuamente lo que escribo, como si de cualquier lector se tratase, ignorante de mis intenciones, y hallo virtudes que amo y defectos que aprenderé a amar, y gusto interpretar diversamente a mi intención inicial, como no se hará nunca.” No deja de soñar el hombre con alguna suerte de proyecto revolucionario, alguna rebelión eclesiástica al estilo del modernismo religioso; esa voluntad mereció una reprimenda de sus autoridades (se le recordaba, algo displicentemente, la encíclica Pascendi Domini Gregis del papa Giuseppe Sarto: “A la manera que se dice que la Iglesia nace de la colectividad de las conciencias, así igualmente la autoridad procede vitalmente de la misma Iglesia. La autoridad, pues, lo mismo que la Iglesia, brota de la conciencia religiosa, a la que, por lo tanto, está sujeta, y si desprecia esa sujeción obra tiránicamente.El obispo al que todo debía, incluyendo su iniciación sexual, muere súbitamente, y nadie busca mejor candidato para efectuar el reemplazo que su propia persona, olvidados ya sus arrebatos renovadores. De entre la torre de documentos y papeles que en escasas semanas le pertenecerán para que su arbitrio haga de ellos su antojo su vista se posa en uno que se repite con alarmante regularidad a lo largo de muchos meses: una familia de provincias suplica por la intercesión de la Santa Iglesia ante un innegable caso de diabólica posesión; la tosca letra manuscrita de la Francia rural oscilaba entra la gravedad y la desesperación, entre el ruego y el miedo. Esos pedidos, que no eran respondidos nunca, quizás ni siquiera archivados, tentaron, en este caso, al casi obispo a fingir, para los ojos de un mundo incrédulo, una hazaña. Obvió los servicios del médico de la curia, alistó los antiguos elementos, repasó las antiguas fórmulas, y aceptó.

Francisco de Goya y Lucientes: El tribunal de la Inquisición, ca. 1812-1819, Museo de la Real Academia de San Fernando, Madrid.

En el largo camino hacia su segura victoria final sobre los que son legión, el hombre y su automóvil se cruzan con una caravana de jóvenes que vituperan su presencia con estrépito. El sacerdote sonríe: “Podrás ignorarnos –pensé-,  pero en cambio escucharás a charlatanes, curanderos, mesías políticos, psicólogos. Podrás injuriarnos e injuriar de Dios el nombre santo, pero no maldecirás a tu sexo, el que te hará caer en la tentación y abusará de ti (que no al revés) hasta desgastarte y desesperarte, y entonces te inventarás un hijo o dos o más, para vivir en la respetuosa consideración de los otros. Podrás mofarte de mí, burlarte de mis hábitos o de aquello que sostengo que creo, pero no te mofarás de tu arte, que a nada te conducirá sino a la efímera gloria y a la prolongada declinación. Podrás negarme, pero no negarás a tu hijos, que consumirán tu vida como nosotros consumimos la del mundo (eran los buenos tiempos, oh, sí), y si los niegas, los otros te negarán, te maldecirán, te apartarán y se vengarán de ti con mecanismos que nos pasmarían; nosotros, que hemos estado a la cabeza del refinamiento del terror. No somos importantes, pensé. La fe lo es. No sucumbiremos, nosotros ni nadie que se parezca a nosotros, hasta que la fe en la última cosa en este mundo sea aniquilada, Jamás sucederá. Nosotros proseguimos la fatigada fe en los dioses de la primera Antigüedad, y disfrazamos las orgías y las conquistas con la dureza elemental de la cruz; alguien llegará más tarde, como el juez que anuncia el tan grato Bernardo de Morlas, amenazador e inminente, aplastará la cruz y alzará otro símbolo: una tela desgarrada, un falo, un metal, una cabeza, una bala, una hoz, una ecuación, qué importa. Nada cambiará. Y si es preciso, si tal cosa ocurre en el lapso de mis días, abrazaré a esa nueva fe con el educado y servil fervor con el que ahora abrazo a ésta.“

Es de temer que revele el desenlace de la historia, ya traducida y transcripta en forma harto dilatada. Nada acontece ni como el sacerdote espera, ni como los risibles films acerca de la cohabitación de humanos y demonios pregonan. He de admitir, no obstante, que la verdadera revelación de la historia me llega con veinte aturdidos años de retraso: Bernardo de Morlas ansiaba la venida devastadora de su dios y la restauración de lapsos que Aristóteles no hubiese descompuesto con su lógica; Khomyakov, el retorno a tiempos anteriores a Pedro el Grande en los que, según su sensibilidad, la Santa Madre Rusia no había sido corrompida por el vicio del Occidente. La llegada de esas revoluciones lóbregas habría de ser rauda, el resultado debía reposar en una pureza perdida de cuya sequedad irradiase una mínima luz en torno a la cual reunirse silenciosamente, como inmóviles viajeros hacia ninguna parte alrededor de un fuego ínfimo y sin alternativas. En la quinta jornada, algo después del mediodía, Eco hace que la Inquisición, ya provista de la potestad de la tortura, interrogue a un hombre del que es necesario que admita la comisión de crímenes a los que es ajeno. El juicio impresiona al jovencísimo amanuense, quien pregunta a su maestro Guillermo por qué uno de sus mayores temores se dirige a cualquiera de las formas de la pureza; éste responde que es a causa de la fretta, la prisa.  Luminosa es la lentitud, como las tardes entre los amantes, lenta es la impureza, como las tardes de cópula. Borges y Eco son los lentos escritores de impureza luminosa; yo sólo he sido un intento.

Hadrian Bagration

PS: El enigma que encierra Il nome della rosa es descubierto a través de uno de los nombres que damos al azar: el error; el investigador construye un esquema equivocado para dar con el culpable y es el culpable el que acaba por ajustarse a ese esquema, y finalmente es esa premeditación errónea que el culpable adopta la que lo delata. Una deliberada equivocación de Eco da origen al grato nombre del libro: el poema de Bernardo de Morlas, citado por Eco en sus Postille como variación del topos del ubi sunt (nada lejano al ¿Dónde se habrán ido?, una milonga de Borges de 1965: “Según su costumbre, el sol/Brilla y muere, muere y brilla/Y en el patio, como ayer,/Hay una luna amarilla,/Pero el tiempo, que no ceja,/Todas las cosas mancilla/Se acabaron los valientes/Y no han dejado semilla.”). Eco cita a Villon y a Mais où sont les neiges d’antan! en el último verso de Ballade des dames du temps jadis.  La ya muy famosa línea de Bernardo de Morlas, Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus (De la rosa primigenia, sólo su nombre permanece) reza, en rigor de verdad, hacia el final del primer volumen del poema (951-952):

Nunc ubi Regulus aut ubi Romulus aut ubi Remus?
Stat Roma pristina nomine, nomina nuda tenemus.

Por una vez, el nombre de la capital del mundo debe ceder su lugar para que se cumpla el dictamen que obliga a que todas las virtudes se inclinen ante la virtud del encanto; no cometamos, sin embargo, una simétrica falta: la de descreer que el encanto, cuando es la única virtud que poseemos, no se convierte en una licencia lindante con el tedio. Le sucedió, en ocasiones, al gran Oscar Wilde; nadie, ni aun los más hábiles estarán entonces exentos de ser expulsados de ese jardín sin muros que es la felicidad literaria.