Después de la anábasis

Robert Petit-Lorraine: Saint-John Perse, 2005. Facultad de Letras de Toulon.

Ningún nombre más apropiado que el del escritor venezolano Wilfredo Carrizales  para hacer acudir a nuestra herrumbrada memoria a quien en las décadas inaugurales del siglo que pasó ocultaba, con la modestia que otorgan a los actos humanos los caprichos del devenir, su alta irrupción retórica bajo la grisura de un cargo diplomático en lo que se conocía en esos años corteses como Pekín. El 1 Julio de 1917, según nos informa Carrizales en su texto Tras las huellas de Saint-John Perse en Peking, el general Zhang Xun elevó a la púrpura china a la efímera (no tenía el general noticia de esto) dinastía Qing. Alexandre Léger, tercer secretario de la legación francesa, fue arrobado con la misión de escoltar al derrocado primer ministro Li Jiangxi al refugio que las potencias de la entente cordiale habían organizado para los apresurados depuestos. Léger vivía de ese modo su primera aventura, a la que completaría, más tarde, con una empresa en el desierto de Gobi: en su informe, con respetuosa jocundidad, relata que las concubinas del primer ministro siguieron a éste con temor y con fervor; su esposa, en cambio, debió ser tenazmente convencida para que se aviniese a acompañarlo. Una docena de días después el general Xun comprendía lo inverosímil de su intentona y se alojaba entre los holandeses; jamás se volvió a saber de él como no fuese, en 1923, en sus funerales.

Alexandre Léger eligió llamarse, desde 1924, Saint-John Perse. Sobre los orígenes del nombre, Léger fue siempre parco; conjeturan algunos que quiso así trazar la frontera entre su existencia política, que proseguiría hasta la Segunda Guerra Mundial, y su vida poética, que culminaría con su muerte. La ocasión que favoreciera esa elección fue debida a la publicación de su segunda obra, quizás no la mejor, pero sí la óptima: la Anabase es una evocación de extremadamente dichosa infelicidad con la que Saint-John Perse caminara sobre la literaria sombra de Jenofonte y la marcha de los mercenarios griegos al servicio del joven Ciro para acabar en la inútil victoria de Cunaxa y dilatarse en el regreso a las atareadas tierras en donde se declamaba el griego, y al mar, cuya visión celebraron, luego de tres breves años con las noches y los días eternos que los poblaron, en la Trapisonda, donde el Mar Negro baña las costas orientales del Asia Menor. La Anábasis o la Expedición de los Diez Mil es el texto que hizo a Jenofonte perenne; la Anabase, uno de los tantos que contribuyó a la supervivencia de Saint-John Perse. En ésta, quien alguna vez admitió que a él se refiriesen como Alexandre Léger en el inhóspito protocolo de las embajadas, escribió, para admiración de quienes quieren oír aún acerca de la arcaica mezcla de las humedades marciales y el amor, los ruegos de una multitud de helenos empeñados en imitar por tierras hostiles el divagar sobre las aguas de Odiseo:

« Haut asile de graisses vers qui cheminent les désirs d’un peuple de guerriers muets avaleurs de salive, ô Reine! romps la coque de tes yeux, annonce en ton épaule qu’elle vit !

Ô Reine, romps la coque de tes yeux, sois-nous propice, accueille un fier désir, ô Reine ! comme un jeu sous l´huile, de nous baigner nus devant Toi, jeunes hommes ! »

Tantos y tan insignes hombres de letras acometieron la traducción de la Anabase desde su original francés que sumarse a ellos es labor de tosca inmodestia. Thomas Stearns Eliot la entretejió en inglés en 1930; Ungaretti, quien fuera, para deleite o pavor, traductor de Shakespeare al italiano, colaboró con Eliot para volcar la Anabase a su lengua. La apropiada versión española del colombiano Jorge Zalamea fue agraciada por ilustraciones de Giorgio de Chirico; ese volumen data de 1949 y es hoy, al igual que la antología pergeñada por la Editorial Fabril de Buenos Aires en 1960, un tesoro que sólo el azar puede brindar. No ha mucho, exactamente en 2009, en amable devolución a los servicios prestados por Alexandre Léger a su patria, el Ministerio de Relaciones Exteriores francés encargó al mexicano José Luis Rivas la más reciente y más profundamente revisada exégesis en español. A despecho del amor que esas interpretaciones en idiomas extraños al francés puedan provocar, pese al deleite que sin duda infligen, a pesar de su exactitud y de su vasta erudición, yo cometeré el excusable, en razón de mi pequeñez, pecado de ofrecer la que sigue:

Alto refugio de grasas hacia el que se encaminan los deseos de una nación de guerreros mudos cuya saliva beben, ¡oh Reina! ¡Rompe la cáscara de tus ojos, anuncia desde tu hombro que ella vive!

¡Oh, Reina, rompe la cáscara de tus ojos, sednos propicia, acoge un deseo feroz, oh Reina, cual un juego bajo el aceite, el que nos bañemos desnudos ante Ti, nosotros los jóvenes!

Aquélla que los hoplitas desean contemplar una vez más antes de morir es, previsiblemente, la Hélade. Es curiosa la alusión a apelar a una concha  o cáscara que cubre los ojos como forma de ceguera que  encubre el sufrimiento de los fieles: Saulo de Tarso afirma que cuando por orden de su dios el discípulo Ananías restauró su vista, que le había sido arrebatada tras aparecérsele, como el rayo de Zeus, Jesús-ben-Judá en el camino a Damasco, dos escamas cayeron de sus ojos y le fue así obsequiada la razón del creyente. Más cercana a la agogé espartana o sencillamente a la paideia, los hombres se sumergían en delgadas capas de aceite para librarse del polvo y del sudor. Invencibles para los persas tras sus hoplones, desde el océano  penetraron en un imperio ruidoso y extraño a ojos mesurados; agotada la anábasis o el viaje que les prometiera riqueza y un amo obediente, sometidos al descenso al inframundo del retorno, diez mil falangistas de piel gastada y brillante descansando bajo un sol casi nocturno rumiaron la pública esperanza de internarse en el Egeo interpuesta entre sus gargantas y la sed; ignoramos si la innominada reina escuchó ese ruego, pero sabemos que  sí lo hizo Saint-John Perse.

Hadrian Bagration