Canon LATAM: Introducción

That period, at any rate, is over, and the habit of rejection, of repudiation, of mere exacerbated alienation, has ceased to seem relevant or defensible.

Newton Arvin: Our Country and Our Culture. Partisan Review, 1952

Leonid Osipovich Pasternak: La creación literaria, s. XiX. Colección privada.

Leonid Osipovich Pasternak: La creación literaria, s. XIX. Colección privada.

Reitera Harold Bloom, en cada entrevista que reticentemente concede, que la idea de un razonado catálogo de autores probos a su gusto no ha sido intención suya, sino de su editor, quien, tentado por las polémicas que la inclusión y la ausencia generarían, aconsejó u ordenó a Bloom la composición de una lista de escritores insoslayables, o quizás meramente recomendados, a la que Bloom, con cierta pereza intelectual pero relativo acierto, se resignó. Su Western Canon (1994) alcanzó la gloria y el estupor ansiados por su casa editora. Veinte años han pasado; las elecciones de Bloom, excepto por el llano siglo XX (que él habitó y le fuera, por lo tanto, menos descifrable), son defendibles y aun reconciliables con el disenso. Nada mala es esa guía para quien desee recorrer, aun con desganada pasión, el gozoso calvario de la lectura.

Carlos Fuentes intentó reanimar el acierto de Bloom apenas un año antes de su azorada muerte: en 2011 escoge erigirse juez de pares y súbditos en lo que dio en llamar La gran novela latinoamericana. Fuentes prueba desde el título que la tradición literaria de América Latina reconoce la afortunada influencia del norte (The Great American Novel), lo que equivale a afirmar que se considera, por intérposita literatura, hija de escritores ingleses, en ocasiones alborotados por el influjo del francés. El dios tutelar de la literatura latinoamericana del siglo que no ha mucho murió es Faulkner, lo cual es decir que ese dios es Melville, y que su género, ataviado engañosamente como novela, es la épica, y que esa epopeya calurosa y polvorienta remeda, como las laboriosas sentencias de Faulkner y Melville, los destinos trágicos que al Occidente fueran obsequiados por Shakespeare. Es raro hallar párrafo de la buena literatura de la América Latina que no se considere feliz acreedor a esa herencia impagable.

Borges no será incluido en las vacilantes decisiones que siguen por razones harto obvias: Borges no es un escritor latinoamericano sino universal; más allá de una región, una época, un movimiento o escuela literaria, Borges mora en cierto parnaso en donde las lenguas pierden su carácter nacional o zonal y devienen literatura perenne, como aquélla que los creyentes suponen que a los anónimos redactores de la Escritura dictó el Espíritu. Poco importa que Borges no escribiera novelas; cabe la sospecha de que no necesitó acudir a su composición para alcanzar, sin proponérslo, la infrecuente inmortalidad literaria, el reemplazo de la period piece por la obra maestra y el sabor de lo clásico; ese raro regusto que remite al lector, una vez tras otra, a la misma obra, la misma página, la misma línea.

He preferido no considerar autores sino resultados: en la literatura latinoamericana muchos escritores han producido demasiado (en ocasiones demasiado poco) y esa abundancia es, casi siempre y a un tiempo, monótona e irregular. Al ser preguntado Jean Cocteau acerca de qué elegiría salvar si el Louvre fuera presa de un incendio, respondió: Me llevaría el fuego. No todas las obras de estos santos autores arden ni iluminan, pero he procurado, con la torpeza del inhábil lector, separar las que ni aun las llamas hubieran borrado. Et tout le reste, como escribiera Verlaine (lo recuerda Borges en una dedicatoria a su madre) est littérature.

H.B.

Faulkneriana

Charles McIlhenney: Barco a vapor en la noche en el río Mississippi, 1885. Colección Arthur Phelan

Charles McIlhenney: Barco a vapor en la noche en el río Mississippi, 1885. Colección Arthur Phelan

“Dijo: no hay batalla que pueda ganarse. Ni siquiera que pueda librarse. El campo en el que se pelea sólo revela al hombre su propia locura y desesperación, y aun la victoria es ilusión de filósofos e idiotas.”

El sonido y la furia (1929).

“Recordé que mi padre solía decir que la razón para seguir viviendo es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo. Y cuando debí posar mis ojos sobre ellos, día tras día, cada uno, hombre o mujer, con su pensamiento secreto y egoísta, completamente extraños entre sí y completamente extraños para mí, y tener que pensar que era ésta la única manera de prepararme para permanecer muerto, odiaba a mi padre por haberme engendrado. Recordaba con ansias los momentos en los que cometían errores y me era posible castigarlos. Cuando el látigo caía, podía sentirlo en mi propia carne; cuando la carne se inflamaba y la costra emergía y se endurecía, era mi sangre la que veía correr, y pensaba con cada golpe de látigo: ¡Ahora sabes que existo! Ahora soy algo en tu vida secreta y egoísta, que ha marcado tu sangre con mi sangre por siempre jamás.

Mientras agonizo (1930).

“El día en el que el sheriff trajo a Goodwin al pueblo, había un asesino negro en la cárcel, que había matado a su mujer; había cortado su garganta  con una navaja de modo que ella, con la cabeza cayendo más y más hacia atrás, lejos de la sangre que manaba de la herida palpitante en la garganta, dio unos pasos saliendo de la cabaña por el camino iluminado por la luna. El negro se apoyaba en la ventana de la celda al atardecer y cantaba. Después de la cena, algunos negros se reunían a lo largo del cerco que daba a la prisión, vestidos con trajes prolijos y baratos o con mamelucos manchados de sudor, parados hombro con hombro, y al unísono con el asesino cantaban spirituals, mientras los blancos se detenían en la oscuridad de los arbustos de ese inicio del verano, para escuchar a aquéllos que iban a morir y a aquél que ya estaba muerto cantar acerca del cielo y del cansancio; o quizás oír, en los intervalos entre canciones, una colorida voz cuyo origen era incierto, emanando de la profunda oscuridad en el sitio en donde la gastada sombra del ailanto cubría como una caperuza la farola, e inquietarse y lamentarse así: ¡Cuatro día’ má’!   ¡’Tonce’ van a mata’ al mejo’ canto’ del no’te de Mississippi!

Santuario (1931). 

“Yo, soñador que se aferra aún al sueño como el paciente se aferra al último y delgado y extático instante de agonía para aguzar el sabor del cese del dolor, despertando a la realidad; más que a la realidad, no al tiempo, viejo e inalterable e inalterado, sino a un tiempo manipulado para derramarse en el sueño, el que, junto con el soñador, halla su inmolación y su apoteosis.”

¡Absalón, Absalón! (1936).

“Dicen que el amor muere entre dos personas. Es falso. No muere. Sólo te abandona, se marcha, si no eres bueno, si no vales la pena. No muere; tú eres el que muere. Es como el océano: si no vales nada, si comienzas a transmitirle tu hedor, simplemente te escupe en alguna parte para que mueras. Morirás de todos modos, pero prefiero ahogarme en el océano que ser vomitado en una playa muerta y secarme al sol hasta quedar como una sucia mancha sin nombre como único epitafio.”

Las palmeras salvajes (1939).

Traducciones de H.B. 

P.S.: William Faulkner posee el raro privilegio de ser a la vez un escritor para escritores, un erudito de la técnica y de la tambaleante profesión de la escritura, y un escritor cuyos lectores desconocen la fatiga. Faulkner ofició como maestro de generaciones de escritores de varias lenguas, y su sombra se prolongó, en ocasiones hasta incluir el plagio, en la quizás demasiado profusa literatura latinoamericana. Borges (a la sazón, traductor de Faulkner), quien fuera magro en elogios para autores que no profesaran la sobria tradición británica, opinó que la magnum opus de Faulkner, ¡Absalón, Absalón!, era sólo comparable a El sonido y la furia, y que tenía para sí que esa sentencia implicaba una alabanza que no podía ser superada. Una vez más, el maestro Borges estaba en lo cierto.