Los que vamos a morir

Michelangelo Merisi da Caravaggio: Muerte de la Virgen, 1606. Musée du Louvre.

Michelangelo Merisi da Caravaggio: Muerte de la Virgen, 1606. Musée du Louvre.

Aquejado por la falta de luz y la terca sordera, Sir Edward Downes, sabedor de que su esposa, que ha cuidado de él desde que cayera sobre sus ojos el crepúsculo, padece un incurable mal, sostiene con ella una breve conversación en un jardín. La decisión es mutua. El 10 de Julio de 2009, en Zürich, serán ayudados, juntos, a cesar. La noticia permanece por unos cuantos días en los espacios que la prensa reserva para curiosidades.

En fecha indeterminada de, quizás, Febrero de 2014, Oriella Cazzanello, bellísima mujer de alrededor de ochenta y cinco años, viaja a Basilea, habiendo decidido que su tiempo se ha cumplido. No comunica a nadie la resolución; de casi perfecta salud, erguida y padeciendo orgullosa soledad, sólo su abogado recibirá una carta cuando su voluntad suceda. Es de exigida elegancia afrontar ciertos momentos arduos en secreto.

A los siempre tempranos veintinueve años, Britanny Maynard, sufriendo de dolor que nubla cerebro e intelecto, se anticipa a la jugada del azar y elige morir en paz el 1 de Noviembre de 2014 en Oregon, antes de que la enfermedad comience a desintegrar sus capacidades. Invariablemente opinando desde el error, los círculos vaticanos se empeñaron en condenarla. Quizás crean que el infierno que la teología reserva a los réprobos es más temible que la voraz destrucción diaria de aquello que alguna vez fue un ser humano.

Lo sostuvieron no sin sabiduría los epicúreos: non fui, fui, non sum, non curo. Es raro, tal vez fabuloso, poder vivir según lo queramos; es nuestro sereno derecho poder morir evitando aquello que Gombrowicz llamaba la cosa concreta, la verdadera realidad: el dolor (la chose concrète, la vrai réalité, c’est la douleur). Es de recordar que no todas las dolencias aquejan al cuerpo: el hastío, la servidumbre hacia hechos ingratos, el perpetuo desánimo, son variaciones dolorosas de las que también es lícito huir.

¡Oh, muerte, ven callada, como sueles venir en la saeta! El verso magnífico es obra de Andrés Fernández Andrada y quiere la buena fortuna que lo encuentre el lector en una referencia en la que Borges, que no olvida citar a quien la recogiera, Pedro Henríquez Ureña, rememora que la sombra de Tiresias promete a Ulises una muerte feliz; es decir, sin agonía, sin inútil combate. No a todos sonreirá, como a Cayo Julio César, el sol de que se cumpla el deseo de una muerte inesperada, la que escogiera como la más favorable al moribundo, aun para quien ignora que lo es, en la víspera de los idus de Marzo. Para los que vamos a morir, existe ese placer, casi ese deber, el de la calmada dignidad.

H.B.

La derrota

Pierre Bodart: Gaius Petronius, 1707. Página 101 del volumen Favissae, utriusque antiquitatis tam romanae quam graecae, de Henry Spoor.

En opinión de los argentinos, 1982 es un año de acercamiento a aquel concepto que depara la comprensión más cabal de la futilidad de los asuntos humanos y es a la vez propiedad de todos los hombres: la derrota. Derribado su pabellón en el Atlántico Sur, Argentina se encierra desde entonces en un estruendo silencioso: la insistencia en preconizar que la guerra no se ha perdido contrasta con la indiferencia con la que la tribuna internacional acoge esas protestas célibes. Poco importa si Gran Bretaña supo procurarse aliados más poderosos y resolutos, o si, como frente a las murallas de Troya, los dioses juzgaron perdidosa a la suerte de las armas sudamericanas por designio sin escrutar; en verdad, la caída de Port Stanley en renovadas manos británicas debería suponer para Argentina una liberación nada ajena a la que los alemanes aprendieron, de grado o por fuerza, a sentir tras el derrumbe de Berlín en Mayo de 1945.

A fines de 1982 mi madre y yo sobrevolábamos la vastedad de Nueva York. A principios de Diciembre recorríamos la plenitud de la librería The Strand, un establecimiento de adormiladas antigüedades que se ufana de poseer en sus anaqueles el orbe mismo. Mi casi adolescente rapacidad lo hubiera arrasado con todo, pero restricciones espaciales y pecuniarias me obligaron a escoger, de entre tantas y tan íntegras opciones, una sola: la edición en francés de 1863 de Jean-Louis Burnouf de los Annales avi excessu divi Augusti, llamados por los sucesivos copistas Cornelii Taciti Annalium, y por nosotros, sencillamente, los Anales de Tácito. La versión original de 1859, de la cual la librería The Strand poseía una orgullosa copia, era verosímilmente inalcanzable.    

Mi primera noticia de Nerón había llegado a través de un exponente de un género híbrido entre un texto histórico y una novela; no se trataba exactamente de una novela histórica, sino de una exposición escasamente erudita que contenía citas profusas de autores clásicos (entres los cuales sobresalía Tácito) a la par de diálogos que el autor había imaginado con la prudencia británica de entreguerras. Nero, Emperor of Rome, obra de Arthur Weigall, era así una razonada falsedad acerca de las malandanzas del último de los Julio-Claudios, invariablemente culpable de cuanto crimen se le achacase e impoluto merecedor de su final derrota. Yo poseía (aún lo hago) la añeja versión de la Keystone Library de 1934, unos cuatro años posterior a la primera edición, hecho que confirmaba mi flaca propensión a hacerme con originales.

Taller de Peter Paul Rubens: Retrato de Nerón, ca. 1638. Colección privada.

Taller de Peter Paul Rubens: Retrato de Nerón, ca. 1638. Colección privada.

En el undécimo año de su reinado, Nerón enfrentó con éxito la conjura contra él tramada por cuarenta y una personas: diecinueve senadores, once acaudalados particulares, siete oficiales del ejército y cuatro mujeres. De entre ellos, el más encantador y seguramente el menos necesario y a la vez el menos necesitado de conspirar contra Nerón fue esa  fascinante premeditación de Oscar Wilde llamada Cayo Petronio, a la sazón arbiter elegantiae de Nerón y autor de un inacabable libro (del cual poseo quizás media docena de versiones, ninguna de ellas original), el que, según Weigall (quien achaca la siguiente condena al historiador Victor Duruy) puede leerse, pero nunca citarse: el Satyricon.  De constituir un entretenimiento exquisito, el Satyricon devino una fábula de jóvenes disolutos y una moraleja de la corrupción de la sociedad, desde cuya gótica rectitud se erigirá la palabra promiscuo.  La derrota de la conjura y la derrota de Petronio (que no la de su obra, la que no sería cercenada sino hasta los siglos en los que Roma durmió como cadáver su siesta medieval) propiciaron en Tácito un par de párrafos en donde la muerte de Petronio asoma como la cesación que cualquier hombre de letras hubiera deseado.  “Il consacrait le jour au sommeil (traduce Burnouf), la nuit aux devoirs et aux agréments de la vie. Si d’autres vont à la renommée par le travail, il y alla par la mollesse. » (Consagraba  el día al sueño, la noche a los deberes y a los placeres de la vida. Si a otros llegaba el renombre a través del trabajo, él lo obtenía por la molicie). Poco más adelante Burnouf traduce la bella palabra latina profligator como dissipateur.  Church y Brodribb, con algo menos de tres décadas de demora (1888), dicen spendthrift  (dilapidador). Sobran las versiones españolas que ofenden denominándolo desperdiciador. El idioma inglés, hábil heredero del latín, ofrece intacto el verbo profligate (derrochar), palabra que es a un tiempo sustantivo; es posible que Church y Brodribb hayan querido escatimar la obviedad de utilizar un término latino y hayan acudido a una sonora voz a medias anglosajona.

Sabiendo que la causa que buscaba acabar con la vida del emperador, a la cual había adherido desganadamente, estaba condenada, Petronio decidió morir sin eximirse de elegancia.  Organizó un banquete en el que prohibió a los comensales discurrir sobre tópicos sesudos; en lugar de ello, la conversación debía versar sobre temas ligeros, ya que nada es menos importante que la inmortalidad del alma que cuando se está a las puertas de la muerte. El ánimo de los asistentes era variable; a esas ambivalencias respondía Petronio ordenando abrir los vendajes que cubrían las heridas que él mismo se había provocado en los brazos para desangrarse cuando el diálogo mermaba o se tornaba oscuro; mandaba cerrar sus heridas si la plática retomaba su apasionamiento.  Finalmente, se abandonó al sueño, para que la muerte, aunque forzada, pareciese natural ( iniit epulas, somno indulsit, ut quamquam coacta mors fortuitae similis esset). Profligator, el término que quizás poco juiciosamente evitaron Church y Brodribb, significa, con fortuita precisión, aquél que es derrotado.  El latín se detiene en la noción del desgaste, de la fatiga vital; los siglos añadirán la dimensión moral de la derrota por el vicio, del fracaso en virtud del exceso.

Truman Capote por Jack Mitchell

Existe una veracidad en las palabras de la que las imágenes o los sonidos carecen: no hay una que sea exactamente igual a otra en lo que toca a idiomas distintos, lo cual estrangula hasta una moribunda debilidad las posibilidades de la traducción literaria. Los diccionarios dictaminan que lifelong debe traducirse como duradero, pero no abarca el vocablo español las intermitencias que sufre cualquier cosa que se desperece en la amplitud de la vida. Aseverar que Jack Dunphy fue el lifelong lover de Truman Capote no da cuenta de las docenas de desavenencias y de las docenas de reconciliaciones que la relación degustó o sufrió; duradero implica, con deshonestidad, una calidad ininterrumpida, privilegio que habita más allá de los logros humanos.  El día 24 de Diciembre de 1982 mi madre reconoció en el foyer del Metropolitan Opera House de Nueva York a Jack Dunphy antes de una correcta función de Macbeth de Verdi. Creí ver a los hombros de Dunphy encogerse cuando ella le rogó ser presentada a Capote; décadas de indolencia hacia su propia escritura por parte del público y de ansiedad respecto a la de Capote lo habrían acostumbrado a dejar de ser algo más que un amante duradero. Con amable apatía garabateó una dirección en un trozo de papel; al mismo tiempo nos advirtió que aguardásemos a que el alcohol de la Navidad disipara su efecto y así la mente de Capote se aclarase un poco, al menos antes de la siguiente tormenta de vodka.

Mi madre esperó dos días, completos con sus noches, y me habló de las gentes famosas que Capote y ella conocían. Para mí se trató de un largo catálogo de nombres extraños a mi inteligencia, como manuscritos en una lengua ajena.  Mientras esperábamos que muriese la Navidad de 1982, mi madre tomó prestado el volumen que yo había adquirido en la librería The Strand y leyó, además, en medio de una jaqueca  y ateridos por la escarcha que asomaba a través de las ventanas de un hotel barato de Nueva York,  el Cours de philosophie en six heures un quart de Gombrowicz, del que retengo esa diminuta edición de bolsillo y una de las primeras frases consignadas del autor: “ Le vrai réalisme devant la vie est de savoir que la chose concrète, la vrai réalité, c’est la douleur.” (La verdadera actitud frente a la vida es saber que la cosa concreta, la verdadera realidad, es el dolor).  En seis horas y cuarto mi madre acabó de leer, con interrupciones cortas para beber algo de vino, el libro entero, y durmió con placidez bajo la nieve de Nueva York hasta la siguiente mañana, mientras yo me detenía, demasiado excitado para permitir el sueño, en los pasajes difíciles de esas páginas que hasta entonces habían sido sólo velozmente orales.

Desperté al mediodía, según creo,  y con apesadumbrado tono de fracaso mi madre me ordenó que empacáramos, que Capote había decidido internarse en el hospital de Southampton, y que no sería posible verlo antes de nuestra partida.  En el avión, un par de días más tarde, todavía se escuchaban sus quejas: Dunphy era el culpable ¿quién otro? De no ser por él, por esas estúpidas advertencias, por ese temor infundado por la santa borrachera de Capote, ahora estaríamos cenando con él y quizás mereceríamos el honor de que se burlara solapadamente de nosotros en algún libro futuro.

En algún lugar, más bien hacia el final, de una biografía que le tomó doce años redactar, Gerald Clarke hace trastabillar la coherencia de Capote cuando anota que éste dijo: “I am an alcoholic. I’ve tried to say I’m not, but I am, I am – because I am so unhappy. I’m going insane and nobody can bear to watch somebody going insane. Jack [Dunphy] can’t. Even I can’t.” (Soy un alcohólico. He tratado de decir que no lo soy, pero lo soy, lo soy – porque soy tan desdichado. Me estoy volviendo loco y nadie puede soportar ver a alguien volverse loco. Jack no puede. Yo tampoco puedo).  Poco más de un año y medio después, Capote moría en su casa de Los Angeles, acompañado de una asistente a la que cierto tiempo atrás había intentado en vano convertir en estrella. Alrededor de las siete, cuando la jornada se iniciaba, la mujer comprobó que el pulso de Capote era débil y anunció que llamaría a los médicos. Él se negó. Tomó a la mujer del brazo y comenzó a hablar, reduciendo  la amable conversación entre Petronio y sus últimos invitados a un monólogo que la mujer registró parcialmente, a medida que la voz de Capote se tornaba más lánguida. Por fin lo cubrió el sueño; una media hora después del mediodía, tras una agonía sólo en detalles distinta a la de aquel otro derrotado dilapidador, Cayo Petronio, Truman Capote ganó su victoria final, resumida en la mejor frase que algún biógrafo haya escrito para relatar la muerte de su personaje: “And so, moment by moment, he had returned to his beginning.” (Y así, instante tras instante, había regresado a su comienzo).

Hadrian Bagration