Oscuro

Francisco de Goya y Lucientes: Casa de locos, 1819. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

Francisco de Goya y Lucientes: Casa de locos, 1819. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

A días del asesinato en Buenos Aires de un fiscal federal cuyas acusaciones probaban los vínculos entre la tenebrosa República Islámica de Irán y el estrago del 18 de Julio de 1994 en la Asociación Mutual Israelita Argentina y destacaban los esfuerzos del sempiterno régimen peronista en encubrir a los perpetradores, nada sorprende: la pereza de los funcionarios judiciales, los equívocos de las pericias, la ineptitud de los encargados de velar por vidas y bienes, el morboso afán de la prensa. La postura, entre desdeñosa y falaz, del Estado y gobierno argentinos es la acostumbrada; se trata, además, de coautores o al menos cómplices. No declararán contra sí mismos, aun desconociendo básicos principios del derecho.

Quizás reste un ápice de asombro por la bochornosa actitud de la endeble intelectualidad argentina: a excepción de honrosas salvedades (Sebreli, Sarlo, Kovadloff, entre otros), aquéllos sostenidos por la dádiva oficial han preferido guardar silencio. Es regalo de los dioses: al menos nos hemos ahorrado risibles letanías de justificación. En esta ocasión, en la que el carácter flagrante del crimen y la naturaleza entre siniestra y procaz de los imputados por el fiscal Nisman, desde cierta mujer que ejerce la Primera Magistratura hasta ineficientes gamberros, nada puede alegarse sin que se cierna sobre la figura del justificador el óbice del ridículo. Tan sólo el hilarantemente célebre Ricardo Forster ensayó alguna variación arabesca: arguyó que las denuncias constituían una interrupción del agradable ánimo con el que la sociedad atravesaba con alegría el verano. Que Forster sea catalogado de intelectual en la Argentina no habla del hombre sino del país.

En algo más de una década ese grato opúsculo de Julien Benda, La Trahison des Clercs, cumplirá un siglo. Apología de la civilización clásica y azote del nacionalismo y el antisemitismo, Benda reprochaba a los intelectuales de su tiempo el dejarse llevar por la corriente de los peores ideales, de las iniciativas perversas, de la irrazonada consideración de la violencia como belleza. Demasiado cercano al cristianismo en algunos párrafos, se trataba de una dolorosa apelación al universalismo en contra de la belicosa idea de nación, azuzada por el fascismo emergente y pronto triunfante. Amargamente para Benda, la derrota del fascismo fue seguida de su eterno retorno, desde la furia del Islam hasta la vociferante prédica de los profetas políticos que se afirman militantes del progreso, y aun antifascistas. La carroña crece con mayor fuerza en un ámbito de confusión.

Cuando esa centuria se cumpla y el volumen de Benda alcance los cien años el mundo responderá todavía a la precisa descripción con la que el periodista Damián Pachter, exiliado en Tel Aviv, definió a la Argentina: un lugar oscuro.

Hadrian Bagration

Hombre en el jardín

Édouard Manet:  Maison à Rueil, 1882. National Gallery of Victoria, Melbourne.

Édouard Manet: Maison à Rueil, 1882. National Gallery of Victoria, Melbourne.

Hacia el fin de la primera década que me fue dado vivir yo era un niño de suprema timidez; no es exagerado deducir que la esmerada introversión era acompañada de cierta desdicha. El azar me había hecho conocer Buenos Aires, que hasta entonces había sido un nombre ajeno en un mapa. En una casona antigua, cuyas ruinas quizás hoy no se yergan, se me proveyó de una (para ese entonces) voraz biblioteca, unos cuantos cuartos misteriosos y un jardín. Educado entre cemento y metal, yo eludía la tierra y el pasto y emprendía la lectura de unos cuantos volúmenes noir (la inevitable y efímera admiración por Chandler y el mundo de las sórdidas amistades masculinas que el impúber añora). Ese tedio agradable justificaba cierto verano tórrido en el adormecido suburbio de Adrogué.

Marcelo fue mi primer amigo. Era demasiado mayor, demasiado corpulento y demasiado afirmado en la vida como para ser, para mí, un par, pero (esta revelación fue posterior) el lazo que me ofreció fue una forma de la cortesía para un niño que estaba solo. Yo creí como creen los creyentes en esa condescendiente amistad y me ensoberbecí de ella, mas en mis adentros no podía dejar de agradecer y admirar esa esplendidez maravillosa. Marcelo me llevó a conocer el jardín y otras vías de la aventura: las calles aledañas, las casas vecinas, los venerados baldíos y la oculta belleza nocturna de los arrabales que se juzga ahora perdida. Mezclaba el afecto lacónico con cierta rusticidad, como los duros hombres de Borges, pero tiempo más tarde razoné que ese only child que había crecido en medio de cariños estrictos hacía así sus primeras armas en el arte de la paternidad: fingirse mi amigo era disfrazarse de padre y permitirme conservar al niño que se desdibujaba entre libros y sinsabores. Cuando debí partir, me obsequió mi primer libro de ciencias. Güiraldes había sabido describir, sin conocernos, la despedida: son las últimas palabras de esa novela famosa.

Quizás el destino no fuera jamás tan avaro con alguien tan generoso: Marcelo ejerció con fanatismo su dedicación a la medicina. No obstante, conoció con rabiosa perfección los efectos de las miserias humanas, en especial la traición y la injusta indiferencia (para quien es varón sensible bajo el ropaje de la parquedad, esta última es especialmente atroz). Sorteó los designios de una enfermedad ruin. La última década que le fue dado vivir lo halló escéptico y feliz, rodeado de grata mujer y de hijos, y el reencuentro trocó nuestros lugares: yo era hombre ya, crecido o envejecido, y Marcelo un niño huraño e inmerso en el universo cuidado y misterioso que fue su jardín: su oficio y su amor y su prole, y al que me asomé demasiado brevemente.

Unas líneas amargas desploman la noticia: Marcelo ha muerto. Sobreviene, entonces, el inicio: un niño solitario y desdichado añora la seca amistad viril, la casona y las calles en los suburbios de Buenos Aires, y el jardín, pero sólo recibe la silenciosa despedida, un libro al que no sabrá dar buen uso, y, como quiere Güiraldes, esta vez eternamente, se desangra.

H.B.

Xmas

Harry Roseland: Christmas Morning, 1915. Colección privada.

Harry Roseland: Christmas Morning, 1915. Colección privada.

Compartíamos una Navidad helada. La mujer, que ciertamente había bebido de más, se me acercó y preguntó por mis recuerdos. Recurrí a una frase de Martínez Estrada: Temo tocarlos, porque están casi rotos. La mujer interpretó la broma como una afirmación de ausencia de fe: me aleccionó acerca de la voluntad divina, del origen del cosmos, de la Trinidad y del carácter sacro de esa jornada. Pensé en proseguir la broma y declararme arriano, pero había algo de sequedad en esa voz que me rogaba suscribir los mitos; hacerlo se parecía más a la lástima que a la pereza. Finalmente, la hora de los obsequios llegó.

El hombre nos suplicó complicidad: abrió la puerta de la casa y dejó el inmenso regalo fuera. Cerró la puerta y gritó a su hijo que la sombra de Santa Claus huía de los alrededores del hogar. El niño tendría unos ocho años. Abrió la puerta, halló el regalo, y con dudosa felicidad destrozó la envoltura. Miró a su padre con sospecha. Era evidente que la comedia podría mantenerse por poco tiempo.

La mujer acercó su boca a mi oído. Con voz muy tenue, susurró: ¿Lo ve? No desea dejar de creer. Me sonrió e insistió, con idéntica voz: Aún quiere creer.

H.B.

Los salvajes unitarios

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Es casi universal la justa difusión de la anécdota: en época borrosa de su vejez, Leonor Acevedo Suárez de Borges, madre del escritor, era sometida al azar del quirófano. Bien sabe quien ha recorrido en esa sujeción horizontal el sendero hacia la voluntad de otros, a quienes  supone sabios, que los atributos de los que está hecho ese viaje son la soledad y el temor. Borges aguardaba, según la costumbre, el inicio de la práctica junto a doña Leonor. Con un hilo de voz, repetía Borges, Madre alzó la cabeza y gritó: ¡Salvaje unitaria! Supe entonces que todo estaba bien. Borges, que veneraba el valor, solía conmoverse por esta pizca gigantesca que le había obsequiado su madre. Las líneas figuran en un diálogo con Mujica Láinez. En el prólogo a sus obras completas de 1972, Borges abundará en el coraje materno: tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos. Innecesario es referir que ese encierro fue sufrido por órdenes de la cíclica dictadura peronista.

Ciertos tesoros habitarían la pérdida de no ser por la paciente renuencia de Bioy Casares a resignarse a la literatura mayor. El breve diálogo ocurrió, según datación irregular, a mediados de Noviembre de 1970. Un hombre había ganado acceso a la casa de Borges; no era arduo lograrlo: Borges solía recurrir a la generosidad para zanjar conflictos y para aliviar el tedio de la gente común. El hombre se atrevió a cruzar alguna palabra con doña Leonor: Yo, señora, debo decirlo, aunque sé que usted no nos aprueba, que soy de tradición federal. Esa rústica aclaración no sería rara: los inicios de los 70 fueron tiempos de revalorización de la barbarie; su máximo ejecutor se aprestaría a concretar, en pocos años, su violenta parusía. Con voz muy suave, escribe Bioy, Madre contestó: No tema nada. Nosotros, los salvajes unitarios, no nos dedicamos al degüello.

H.B.

Calle desconocida

Vincent van Gogh: Noche en el Café Terrace, 1888. Kröller-Müller Museum, Otterlo, Países Bajos.

Vincent van Gogh: Noche en el Café Terrace, 1888. Kröller-Müller Museum, Otterlo, Países Bajos.

No existe consumado flâneur que no se haya topado, feliz e imprevistamente, con una calle desprovista y extraña, poco afín tanto al ajetreo del centro cuanto al misterio del suburbio. La frase es adecuada para las zonas a medias preservadas de las medievales urbes europeas, y aun para las somnolientas, agónicas capitales y lentos pueblos de ese interior del mundo que es América Latina. La calle desconocida merece escasa frecuentación: recorrerla, examinarla, someterla a duro escrutinio arquitectónico y demográfico implica despojarla de esa virginidad reiterada que otorga la lejanía y la hipótesis.

Calle desconocida es un poema escrito por Borges hacia principios de la década de 1920; se incluye con acertada puntualidad en su primer libro de poesía, Fervor de Buenos Aires, cuando esa ciudad era promesa imperial, Roma sub specie aeternitatis (en su vejez, dedicaría unas líneas a su amigo Manuel Mujica Láinez, líneas de poderosa lamentación, nada distintas, en su esencia a la Elegía por la destrucción de SumerManuel Mujica Láinez, alguna vez tuvimos/ una patria – ¿Recuerdas? – y los dos la perdimos. La patria, innecesario es escribirlo, era la rectora, severa y afrancesada Buenos Aires, pero la victoria ha sido de las montoneras y los salvajes gauchos, y como de Roma bajo los hérulos, el recuerdo es la ruina más prolífica).

Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde,
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive.

Casi todo lo venidero está allí: el terco amor por Israel, las largas y solitarias caminatas por el barrio Sur, el ingrato declive de la ceguera, los ausentes pasos ajenos que no entorpecen el paseo en la sombra, a la que Borges llegará a elogiar, como Demócrito.

Sólo después reflexioné
que aquella calle de la tarde era ajena,
que toda casa es un candelabro
donde las vidas de los hombres arden
como velas aisladas;
que todo inmediato paso nuestro
camina sobre Gólgotas.

A los veintitrés años Borges había asistido a la revelación: no hay vida que no se encamine a involuntario y manso suplicio: sobre toda espalda se desplomarán los látigos, sobre todo montículo se erigirá una cruz. Moriremos, no como dioses, sino como cosas apenas más memorables que tormentos y clavos y coronas de espinas. Finalmente, será nuestra la apoteosis familiar que nos convertirá en ritualmente amados lares cuyo culto desaparecerá con la memoria de quienes prodigan, en ocasiones de buena fe, nuestra propia mitología.

H.B.