Historia de Agustina

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Amedeo Modigliani: Pordiosera (1909). Colección privada.

Sucedió en Waterstones, en la casa que esa librería ocupa en High Street Kensington. El piso inferior guarda sus secretos; algunos son libros menos estridentes que los cansadores best sellers y otros volúmenes pensados especialmente para ser comprados y nunca leídos. Una mujer de edad indefinida se me acercó; vestía pobremente, en su rostro se dibujaban lágrimas ensayadas. Pidió dinero. Reconocí el italianizante acento argentino. Hablé en español. Ella sólo repitió la súplica. Ofrecí comida: hay a pocos metros un café de los miles que se levantan en Londres. No era lo que ella ansiaba, pero habría pasado al menos un día sin alimento. Cedió.

En los pocos pasos que nos separaban de la comida exageró sus penurias. Yo estaba dispuesto a ejercer un modesto acto de crueldad: una mendiga argentina en Londres debía equivaler a una historia interesante. Dijo llamarse Agustina. Nos sentamos, y yo ordené sólo ración para uno. Cuando el mozo nos sirvió, me la aproprié: era evidente que Agustina era o había sido adicta o alcohólica; lo único seguro, en esos casos, era que jamás cumplen su palabra. Fui fríamente claro: tu historia vale tu cena. 

Éramos pobres. Mi madre me sabía bella. Era joven. Casé con un médico de cierta fortuna. Tuve dos hijos. Mí madre me instaba a seguir pariendo, por temor a que otro vientre me reemplazase. Mi marido tomó varias amantes, pero el dinero, buen dinero, nunca faltó.”

“Ya dije que era joven, y tenía urgencias. Conocí a otro hombre. Lo quise. Quizás él también. Mi marido pudo sospechar. Decidí romper. Lo olvidé. Habrán pasado algunos meses. Esa tarde mi esposo volvía de un empleo o una amante. El hombre que yo había querido puso un arma en su espalda. Disparó tantas veces. Luego me miró. Estaba feliz: sabía que había destruido un plan, una obra, no un hombre. Con la misma arma se voló la cabeza.”

“Mi marido nos dejó cubiertos de deudas. Mi madre enfermó. La atendí con ese desgano de quienes se deben y también odian. Mis hijos eran bocas. Yo era, y soy, inculta, sin oficio. Comencé a buscar hombres, otros, muchos, pero no podía esconder esas bocas y esos ojos inutiles que me hacían nadar en un mar de arena. Todos huían. Decidí tender una trampa: elegí al azar a alguien para embriagar y obligar a preñarme. La noticia lo aterró. Jamás lo volví a ver. Mi madre enfureció: yo era torpe.”

“Me quedaban unos cuantos dólares. Pagué mí aborto, besé a mi madre en la frente, agité la mano frente a mis hijos, corrí al aeropuerto. Eran las dos de la tarde de cualquier día. El próximo avión partía hacia Londres. Llegué a Heathrow a la madrugada. Caminé hasta el centro, son casi treinta kilómetros; caminé hasta aquí y esa noche dormí por primera vez en la acera. Nada de lo que hoy poseo vino conmigo. Hay gente como usted, piadosa. Esa es mi historia.”

Acerqué la comida. La devoró. De nuevo pidió dinero.

Si no es dinero, qué cosa querrías? Su rostro se iluminó. Un hombre, dijo. Sacudí la cabeza. Antes de que yo respondiese, agregó, veloz: Jamás volveré a casa. Era una amenaza.

Qué tal otro destino, en otra parte? Un pasaje.

Cuándo?

Ahora mismo. La tecnología es aburrida y práctica. Pregunté dónde deseaba ir.

Al Perú. No titubeó. No pregunté razones. Quizás no las había. Su pasaje a Lima estuvo listo. Su nombre era, verdaderamente, Agustina.

Salimos. Por última vez rogó dinero. No tengo fuerzas para caminar al aeropuerto. La tranquilicé: un auto de alquiler la recogería a la mañana frente a Waterstones. Dijo: esto es un sueño. Tal vez se sentía dichosa. Habían pasado años.

Me despedí; seguramente conocía Kensington mejor que yo. Tomó mi brazo: Le gustó mi historia? La pregunta era, creo, sincera. Asentí.

La va a publicar? Me lo promete? Agustina había vuelto a ser esa niña despreocupada, feroz, tonta, antes de marido, amante, hijos, madre. Se lo aseguré. He cumplido.

HB

Fútbol es basura

Muere un hombre al ser arrojado desde una altura módica por delincuentes a los que la piedad eufemística considera simpatizantes. El lector habrá deducido que el escenario es un campo de fútbol. Ya cadáver, es ultrajado por quienes lo vieron caer y morir, y aun por quienes le dieron muerte como a un animal infame. Episodios de este tenor suceden en todo el mundo; no debe creerse, por una vez, que la Argentina posee el monopolio de la aniquilación a través de la ficción deportiva .

Hace largo tiempo que el fútbol ha dejado de ser un pasatiempo o una destreza bien pagada; es una industria insensata cuyo rendimiento económico sería mucho menor si las pasiones bajas que la acompañan (nacionalismo, tráficos ilegales, influencias políticas, xenofobia, vandalismo prohijado y planificado desde el poder, vulgaridad, explotación) fueran anecdóticas: el inmenso e inculto negociado que es el fútbol, basura televisada, no lograría sostener a su parasitaria burocracia de no agitar la miseria emocional de la humanidad. Para quienes el terreno de la ciencia política no resulte desconocido, esas dolencias enumeradas más arriba se corresponderán con precisión pasmosa con el fascismo. El fútbol, no debe olvidarse, fue y es utilizado como herramienta política por los peores regímenes, con suerte distinta, desde la Italia de Mussolini, la España franquista, la Argentina de las juntas militares, a los satélites de la Unión Soviética, y aun la raquítica Corea del Norte. La derrota podía significar, para los jugadores vencidos, el escarnio público, la prisión o la ejecución.

Los argumentos de quienes defienden al fútbol son de conmovedora puerilidad, cuando no esconden algún interés pecuniario: se habla de identidades, de belleza, de salud, de goce. En el pobre universo futbolístico, la estética y el bienestar son excepciones; la regla es la ley de la tribu y la representación, a escala en ocasiones risible, de la experiencia política del fascismo: líderes, masas, obediencia irreflexiva, violencia como joie de vivre. No asombra que en el caso argentino el fútbol estuviese y esté ligado a la borrosa ideología peronista, un fascismo cíclico, al punto de que bandas de hooligans bien organizados participasen del derrocamiento de un jefe de Estado en 2001. La experiencia peronista del Brasil, el largo y corrupto reinado del Partido dos Trabalhadores, llevó adelante una edición más del paroxismo de la estupidez futbolística, el campeonato mundial, para enaltecer una gestión ruinosa y a la vez disimular el latrocinio. Afortunadamente fracasó. La obsesión brasileña por el fútbol y el desencanto provocado por la derrota fueron estímulo más potente para lograr la caída de la fraudulenta Dilma Rousseff que las miles de profundamente documentadas denuncias de saqueo gubernamental. En la era del fútbol, la suerte política de las naciones depende del score.

Nada cambiará, porque el fútbol ha logrado, como alguna vez el fascismo triunfante, que los valores de la Ilustración caigan en descrédito y sean reemplazados por el regreso a la naturaleza salvaje; es honroso hoy vengar la afrenta a los colores del vecindario a través de un asesinato; de algún modo, el tedio televisivo, que repite esas imágenes con parsimonia, alienta su reiteración. El fútbol ya es mucho más el desmán en las tribunas, las intrigas en los vestuarios, las maniobras en los escritorios que ese juego sencillo y monótono. El fútbol es basura, y vivimos en ella. Hasta la próxima muerte.

HB

Dos Césares

Eustache Le Sueur: Calígula deposita las cenizas de su madre y su hermano en la tumba de sus ancestros (1647). Royal Collection, Windsor.

Era, ciertamente, un libro extraño: Caligula and the Fight for Artistic Freedom, páginas al cuidado de William Hawes, relata una historia oculta (quizás apócrifa, en su acepción moderna) cuya recapitulación es debida a un capricho de vejez de Gore Vidal. En sus escenas finales, el actor que representaba a Calígula en el film de Guccione (1979) se recostaba en el piso, su cuerpo era cubierto de falsa sangre. Un puñado de pretorianos lo rodeaba y fingían hincar sus lanzas en el cuerpo quebrado. El actor soltaba, entre gemido y estertor, las palabras (para el parco latín basta sólo una) que Tácito registrara como las finales del último Julio: I still live! Gore Vidal aseguró que el rodaje transcurrió sin mayor novedad. En rueda de bebedores, años más tarde, haría una confesión: un exégeta de Tácito le había acercado un manuscrito, conservado aceptablemente, en donde la historia difería; Justus Lipsius había develado un pasaje de Tácito que no aparecería en ediciones siguientes. Calígula moría bajo el filo de los conspiradores cuando ese grito (Vivo!) los paralizó; estaban matando, destruyendo, aniquilando, al amo, al emperador. Huyeron. Un médico (griego, seguramente), sanó las heridas con paciencia y tiempo. Antes de la recuperación, Calígula, que no había querido escuchar a los delatores y a los testigos, abdicó. Nombró sucesor a Claudio, un hombre culto, débil, glotón, bueno. Predijo que a su vez sería asesinado, o que quizás gozaría de su misma suerte y a los futuros puñales los movería la piedad. Se alejó de Roma y murió entre el alivio y el tedio hacia el año 48. Claudio le dedicó unas exequias modestas. La revelación de Vidal sólo conmovió a algunas cabezas afiebradas, la sensación decayó en anécdota.

Vidal juró, hasta que la muerte lo borró del universo, que la historia era falsa, que ninguna versión de Tácito recogía esas líneas inverosímiles, y que todo había sido un ardid, a medias escandaloso y apenas literario, para encubrir una verdad incómoda. Era casi la última escena del film, el actor se preparaba para la sangre y las brillantes e inofensivas lanzas, cuando los pretorianos, ebrios del estrago de una noche de rameras y vino, hundieron las romas pero pesadas puntas de lanza en el cuerpo del actor, resbalaron en el remedo de sangre y, tras una convulsión, el hombre en el suelo dejó de respirar. El director, los productores, Vidal, se preguntaban, desesperados ante el cadáver de un hombre muerto vestido de emperador asesinado: What prevention? Vidal halló la solución: un varón rubio, delgado, italiano de buen inglés, reemplazó al actor muerto en la última escena de Calígula. Mucho dinero recibió para representar, durante el resto de su vida, el rol del actor caído, como quería Molière, durante el oficio. Su cuerpo desapareció entre cenizas. El sosías gozó de cierta fama declinante; papeles de cuantía menor (descenso que los críticos concedieron a ese malhadado rol de César perverso), desgano, aislamiento; el alivio de la fortuna, la ignorancia de qué hacer con ella, el tedio de la sucesión de los días. A su muerte, los deudos lo hallaron irreconocible. La prensa atribuyó la mutación a ciertos excesos.

Vidal, semanas antes del fin, regresó a su teoría de las dos sustituciones: la del Calígula sobreviviente por Claudio, la del actor reemplazado por un lego de talento tolerable; ambas, según Vidal, verosímiles y veraces. Llamó en su auxilio a Flavio Josefo (Death of an Emperor) y a Christopher Marlowe, pero nada encontraron allí los archivistas. Los textos, advirtió Vidal, habían sido expurgados; que ello no ocurriera con la historia del César actor, que Vidal no podría escribir porque lo interrumpiría la muerte. El nuevo Tácito, para desilusión de la memoria de Vidal, aún no ha llegado.

HB

Celebración

Fue enorme placer compartir una noche de Teatro Colón en la decadente Buenos Aires con Darío Lopérfido. Nuestro primer encuentro fue, como el de tantos, casual: un vuelo casi sin ocupantes que nos regresaba desde Nueva York en Noviembre de 2001 a lo que (ambos lo ignorábamos) sería un nuevo golpe de Estado perpetrado por la secta peronista. Lopérfido retornó a la administración pública cuando la Argentina logró deshacerse de esa tiranía que no osó decir su nombre, tres lustros más tarde. La memoria de la omertà peronista es larga: una extensa nómina de miserables exigió y obtuvo sucesivas renuncias de Lopérfido merced a su desapego al dogma del progresismo reaccionario. El presidente Macri, un equivocado apaciguador, contemporizador, componedor, cedió. Algún día entenderá que la lengua única que el peronismo respeta es la dureza. Cuando esa pedagogía necesaria acontezca tal vez sea demasiado tarde para quienes habitan este sufrido país.

Celebración de placeres fue reencontrar a Darío Lopérfido inmerso en las complejidades del argumento de Adriana Lecouvreur en el mejor teatro lírico de Buenos Aires, cuyo repertorio ayudó a construir. El mérito es todo suyo.

HB

IWD 2017

No es extraño que un nuevo aniversario de la fecha soviética escogida para homenajear a las mujeres las encuentre tan vulnerables y desprotegidas cuanto siempre. La estólida URSS fue maestra en los ardides de la hipocresía: en tanto la mujer era alabada, las mujeres de carne y hueso eran oprimidas y marginalizadas como cualquier simple mortal al que no se le permitía ejercer de comparsa del PCUS. Los casos son tan innumerables que su catalogación es innecesaria, pero baste recordar dos nombres a modo de ejemplo: Valentina Tereshkova era lanzada al espacio con pompa ordinaria, Nadezhda Mandelstam sufría tres décadas de exilio forzoso por haber contraído matrimonio con un poeta aburguesado del que le fue reintegrada una caja con pertenencias; el resto del hombre permanece para siempre bajo la nieve de un campo de exterminio mediante  el trabajo. Los vericuetos de las caídas en desgracia, rehabilitaciones, recaídas y reivindicaciones de la burocracia soviética la autorizaron a ganar su sustento a través del arte del samizdat, el trabajo manual y la caridad. Ya lo había declarado un burócrata ruso a Tennessee Williams en reunión informal de palacio: en la órbita de Moscú no hay homosexuales, prostitutas ni presos políticos. Quizás debió haber agregado que tampoco existía la opresión de género.

Ninguna potestad reclamada por las mujeres propicia tanto rechazo revulsivo como el derecho a interrumpir un embarazo en el momento que lo desee, por el motivo que le venga en gana. Los pretextos son variados, ninguno es original: desde la católica tutela del cuerpo femenino o los protestantes derechos del feto hasta los ridículos razonamientos de varones que se dicen preocupados por su hijo por nacer. El aborto encuentra sorda oposición por dos causas reales: es, en muchos países, un negocio tenebroso que involucra a corruptas autoridades políticas, policiales y aun eclesiásticas, un tráfico de desesperaciones que empuja a las mujeres, según su capacidad dineraria, a someterse a la ventura de la clandestinidad médica. El otro motivo es visceral: la negación del aborto es la ultima ratio del control masculino sobre la voluntad femenina, la oportunidad de decretar libertad o anclaje, salud o enfermedad, poder o sumisión, asepsia o suciedad; tener un hijo está, en esta etapa de la historia humana, muy lejos de ser la aspiración fundamental en la vida de millones de mujeres. Obligarlas a convertirse en madres (término aún no despojado de su aura sacrosanta) es, en tantos ánimos primitivos, un capricho perverso y efímero.

A woman has to live her life, or live to repent not having lived it. El sano juicio aparece en la obra de David Lawrence, Lady Chatterley’s Lover, en la lejana fecha de 1928. Treinta años tardó la púdica censura británica en ceder a su publicación, los mismos que Nadezhda Mandelstam languideció en los arrabales de la vigilancia soviética. Con tantos ubicuos enemigos, pero, por fortuna, con tan gratos y grandes aliados como Lawrence, el triunfo de las mujeres está asegurado.

HB

La suegra de Paulo

Marguerite Gérard : Le déjeuner du chat, ca. 1790. Musée Fragonard, Grasse.

                                                                                                     A saint abroad, and a devil at home.

John Bunyan: The Pilgrim’s Progress

La conversación sucedió en Copacabana, en una noche posterior sólo en días al final del año, en un departamento no lejano a la Avenida Atlántica. El calor adormecía cualquier ánimo pero nos armábamos de valor y vigilia gracias al café. Alguien recordó el nombre de un impostor, un tiranuelo de la escritura sencilla; la razón pudo ser casual o graciosa. El rostro de una mujer, sin embargo, se ensombreció.

“Paulo vivía dos pisos más abajo. Casi nunca lo veíamos: era afanoso en ofrecer su mercancía y viajaba constantemente. Su suegra vigilaba la morada, que poseía un balcón o un patio. Una tarde, una gata dio laboriosamente a luz. Por la mañana el portero tocó a mi puerta. Cabizbajo, me confesó que no podía llevar a cabo la orden: en una bolsa inquieta se arremolinaban las crías de la gata. Comprendí que debía hablar con la suegra de Paulo.”

“La mujer me recibió con frialdad. No pedí compasión sino tiempo; me encargaría de hallar un hogar para cada criatura una vez que el cuerpo de la madre fuese innecesario. La mujer, fastidiada, aceptó. Agradecí profusamente. Antes de partir, me permití observar que Paulo, seguramente, estaría de acuerdo. La mujer se encogió de hombros.”

No crea– gruñó-. Son sólo animales. Gatos. Él también los odia.”

HB

Muro

He nacido sin fe. He leído la Escritura como una obra de ficción, como quiere Harold Bloom: como línea tras línea que habita la literatura fantástica, cual Borges (lector de superioridad incomparable a mi balbuceo) se internaba en el universo teológico. Una frase me despierta a la medianoche de Londres; es el Éxodo: No oprimirás ni ofenderás al extranjero, porque fuiste extranjero en la tierra de Egipto. Jehová habla a Israel. La respuesta es a veces obediente, a veces desganada.

La frontera es un anacronismo cruel cuyo fin no es otro que la prolongación de una obsolescencia perversa: impedir que dos personas que se buscan puedan encontrarse, y que tras ese hallazgo mutuo y maravillado puedan permanecer juntas. La ansiada abolición de esa línea sangrienta fue imaginada por Borges: en Juan López y John Ward lamentó la división del orbe en parcelas provistas de memorias recíprocamente hostiles (llamamos nacionalismo a esas religiones de conmemoraciones tediosas); en Los conjurados profetizó una nación planetaria en donde las caprichosas diferencias fueran olvidadas. Su sueño aún no se ha cumplido.

Una ley injusta, un prejuicio impiadoso, un ánimo feroz alzaron un muro entre Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas y fue por entre los intersticios de ese metal y de esa piedra que sus manos se unieron por última vez durante largo tiempo. El muro era una cárcel; todo muro lo es. Todo muro desafía a la ley del Eterno, el que te sacó de Egipto, y derrama sobre el extranjero la celda y el látigo. Regresa la sentencia de Sartre: si los judíos no existieran, los antisemitas los crearían. Si el extranjero no caminase por estas calles, nos afanaríamos en hallar en muchos, en otros, en el otro, cierto algo, algún rasgo del que huir, algún hábito al que obliterar, algún acento del que mofarse. Un par de manos que separar y que, sin embargo, por entre los huecos del metal y la piedra del muro, volverán a buscarse.

HB