IWD 2017

No es extraño que un nuevo aniversario de la fecha soviética escogida para homenajear a las mujeres las encuentre tan vulnerables y desprotegidas cuanto siempre. La estólida URSS fue maestra en los ardides de la hipocresía: en tanto la mujer era alabada, las mujeres de carne y hueso eran oprimidas y marginalizadas como cualquier simple mortal al que no se le permitía ejercer de comparsa del PCUS. Los casos son tan innumerables que su catalogación es innecesaria, pero baste recordar dos nombres a modo de ejemplo: Valentina Tereshkova era lanzada al espacio con pompa ordinaria, Nadezhda Mandelstam sufría tres décadas de exilio forzoso por haber contraído matrimonio con un poeta aburguesado del que le fue reintegrada una caja con pertenencias; el resto del hombre permanece para siempre bajo la nieve de un campo de exterminio mediante  el trabajo. Los vericuetos de las caídas en desgracia, rehabilitaciones, recaídas y reivindicaciones de la burocracia soviética la autorizaron a ganar su sustento a través del arte del samizdat, el trabajo manual y la caridad. Ya lo había declarado un burócrata ruso a Tennessee Williams en reunión informal de palacio: en la órbita de Moscú no hay homosexuales, prostitutas ni presos políticos. Quizás debió haber agregado que tampoco existía la opresión de género.

Ninguna potestad reclamada por las mujeres propicia tanto rechazo revulsivo como el derecho a interrumpir un embarazo en el momento que lo desee, por el motivo que le venga en gana. Los pretextos son variados, ninguno es original: desde la católica tutela del cuerpo femenino o los protestantes derechos del feto hasta los ridículos razonamientos de varones que se dicen preocupados por su hijo por nacer. El aborto encuentra sorda oposición por dos causas reales: es, en muchos países, un negocio tenebroso que involucra a corruptas autoridades políticas, policiales y aun eclesiásticas, un tráfico de desesperaciones que empuja a las mujeres, según su capacidad dineraria, a someterse a la ventura de la clandestinidad médica. El otro motivo es visceral: la negación del aborto es la ultima ratio del control masculino sobre la voluntad femenina, la oportunidad de decretar libertad o anclaje, salud o enfermedad, poder o sumisión, asepsia o suciedad; tener un hijo está, en esta etapa de la historia humana, muy lejos de ser la aspiración fundamental en la vida de millones de mujeres. Obligarlas a convertirse en madres (término aún no despojado de su aura sacrosanta) es, en tantos ánimos primitivos, un capricho perverso y efímero.

A woman has to live her life, or live to repent not having lived it. El sano juicio aparece en la obra de David Lawrence, Lady Chatterley’s Lover, en la lejana fecha de 1928. Treinta años tardó la púdica censura británica en ceder a su publicación, los mismos que Nadezhda Mandelstam languideció en los arrabales de la vigilancia soviética. Con tantos ubicuos enemigos, pero, por fortuna, con tan gratos y grandes aliados como Lawrence, el triunfo de las mujeres está asegurado.

HB

La suegra de Paulo

Marguerite Gérard : Le déjeuner du chat, ca. 1790. Musée Fragonard, Grasse.

                                                                                                     A saint abroad, and a devil at home.

John Bunyan: The Pilgrim’s Progress

La conversación sucedió en Copacabana, en una noche posterior sólo en días al final del año, en un departamento no lejano a la Avenida Atlántica. El calor adormecía cualquier ánimo pero nos armábamos de valor y vigilia gracias al café. Alguien recordó el nombre de un impostor, un tiranuelo de la escritura sencilla; la razón pudo ser casual o graciosa. El rostro de una mujer, sin embargo, se ensombreció.

“Paulo vivía dos pisos más abajo. Casi nunca lo veíamos: era afanoso en ofrecer su mercancía y viajaba constantemente. Su suegra vigilaba la morada, que poseía un balcón o un patio. Una tarde, una gata dio laboriosamente a luz. Por la mañana el portero tocó a mi puerta. Cabizbajo, me confesó que no podía llevar a cabo la orden: en una bolsa inquieta se arremolinaban las crías de la gata. Comprendí que debía hablar con la suegra de Paulo.”

“La mujer me recibió con frialdad. No pedí compasión sino tiempo; me encargaría de hallar un hogar para cada criatura una vez que el cuerpo de la madre fuese innecesario. La mujer, fastidiada, aceptó. Agradecí profusamente. Antes de partir, me permití observar que Paulo, seguramente, estaría de acuerdo. La mujer se encogió de hombros.”

No crea– gruñó-. Son sólo animales. Gatos. Él también los odia.”

HB

Muro

He nacido sin fe. He leído la Escritura como una obra de ficción, como quiere Harold Bloom: como línea tras línea que habita la literatura fantástica, cual Borges (lector de superioridad incomparable a mi balbuceo) se internaba en el universo teológico. Una frase me despierta a la medianoche de Londres; es el Éxodo: No oprimirás ni ofenderás al extranjero, porque fuiste extranjero en la tierra de Egipto. Jehová habla a Israel. La respuesta es a veces obediente, a veces desganada.

La frontera es un anacronismo cruel cuyo fin no es otro que la prolongación de una obsolescencia perversa: impedir que dos personas que se buscan puedan encontrarse, y que tras ese hallazgo mutuo y maravillado puedan permanecer juntas. La ansiada abolición de esa línea sangrienta fue imaginada por Borges: en Juan López y John Ward lamentó la división del orbe en parcelas provistas de memorias recíprocamente hostiles (llamamos nacionalismo a esas religiones de conmemoraciones tediosas); en Los conjurados profetizó una nación planetaria en donde las caprichosas diferencias fueran olvidadas. Su sueño aún no se ha cumplido.

Una ley injusta, un prejuicio impiadoso, un ánimo feroz alzaron un muro entre Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas y fue por entre los intersticios de ese metal y de esa piedra que sus manos se unieron por última vez durante largo tiempo. El muro era una cárcel; todo muro lo es. Todo muro desafía a la ley del Eterno, el que te sacó de Egipto, y derrama sobre el extranjero la celda y el látigo. Regresa la sentencia de Sartre: si los judíos no existieran, los antisemitas los crearían. Si el extranjero no caminase por estas calles, nos afanaríamos en hallar en muchos, en otros, en el otro, cierto algo, algún rasgo del que huir, algún hábito al que obliterar, algún acento del que mofarse. Un par de manos que separar y que, sin embargo, por entre los huecos del metal y la piedra del muro, volverán a buscarse.

HB

Apocolocyntosis Divi Fideli

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Jean-Honoré Fragonard: Lettre d’amour, 1769. Metropolitan Museum of Art, New York.

La historia, como casi todas, es confusa: en la primavera de 1967 mi padre escribía paciente y casi inútilmente en Berlín su Catálogo de las lenguas de las naciones; no otra cosa que todos los idiomas del orbe querían figurar en él, aun los desconocidos y los que pertenecían al porvenir. La generosidad de una casa editorial (que ha preferido no ser nombrada, aunque la gratitud de mi padre insistió) hacía la tarea menos irracional y menos tediosa. Para distraerse, mi padre colaboró con la preparación de un texto a medias satírico de Séneca: la Divi Claudii apotheosis per saturam quae apolocyntosis vulgo dicitur se imprimió, con traducción de Otto Rossbach (1926), por esas semanas. El relato de mi padre comienza aquí.

El hombre era joven, mediano, delgado, de cansancio feroz y una cierta inclinación al hambre. Durante días merodeó por los alrededores de la editorial, cerca de las riberas del Landwehr (mi padre decía: Se paseaba por entre aquellos árboles como un fantasma); en sus manos llevaba un libro. Fue al atardecer cuando se atrevió a entrar en las oficinas de mi padre. Su alemán era tembloroso; mi padre observó que su lengua materna sería el español, que él ignoraba; el libro en sus manos era la Apocolocyntosis de Séneca. Mi padre sirvió algo de té y hablaron, la conversación ahora es borrosa; seguramente los balbuceos se refirieron a la traducción, a Rossbach, a Séneca, a Claudio César, a Virgilio, a Roma. Tras un par de horas se retiró. Mi padre nunca lo volvería a ver, y tardó en percatarse de que había dejado bajo unos papeles, con toda intención, el libro. Sólo días después mi padre, al corregir unos apuntes que no acabaría nunca, encontró al libro dentro del libro, los papeles del hombre joven, mediano, delgado, cansado y hambriento ocultos entre los papeles de Séneca.

Las líneas eran proféticas: en esa primavera de 1967 en Berlín mi padre leyó la confesión de un censor en La Habana, que serían escritas en 1969 (el anacronismo es deliberado; mi padre sabría después que la difusión del texto no tendría lugar sino hasta dos años después de haberlo recibido él en Berlín): Hiram Prado (ése era el nombre) era duro y ambicioso y servil, y rogaba para que bajo su voluntad se postrase un texto que circulaba (según esos párrafos) en Cuba bajo forma samizdat: Apocolocyntosis Divi Fideli. La extensión no superaba las treinta páginas. Mi padre las leyó y releyó durante todo un día y toda una noche en su original español, y hacia el final del último crepúsculo las agradables sutilezas del español, más aquí de Góngora, le eran menos desconocidas. Al segundo día las tradujo con torpeza al alemán, en el día tercero al inglés. Las revisaría constantemente. Jamás se sintió conforme. Tras muchos años, ya olvidado de su destino literario, ensayó una lenta traducción al ruso que multiplicó por cientos y divulgó por entre las embajadas de las moribundas repúblicas soviéticas. Ninguna logró sortear a su censor.

Murió en 1975 mi padre. Para entonces esas páginas ya se habían convertido en Babel, y su ansioso catálogo de lenguas se redujo a esforzadas traducciones de un texto publicado jamás. Sucedió el tiempo. En 2015 visité Berlín y me acerqué, con la timidez de los herederos inmerecidos, a la editorial. Me recibieron con comprensión, como quizás mi padre haya recibido a ese extraño. En un cajón acorralado por la impiedad tecnológica, yacían copias de esas líneas que mi padre había compuesto y deshecho durante tantas jornadas (los originales nunca dejaron la casa familiar; mi padre se sentía el depositario y aun el verdadero poseedor, y no los compartió ni reveló). Allí estaban el latín macarrónico, los párrafos de mi padre interpolados con los del autor (que algunos sospechan pudo haber sido Virgilio Piñera), las breves anotaciones al margen y unas cuantas iluminaciones con las que mi padre habrá querido morigerar la fatiga. Mansamente, humildemente, traduje de regreso al español. Vuelve, para asombro atroz, el fantasma de Hiram.

Hadrian Bagration

Apocolocyntosis Divi Fideli

Prólogo

El manuscrito, no importa la fecha de su lectura, resulta una anticipación. No hay consenso sobre su autor: hay quienes sindican a Prado como aquél que compuso las dolorosas líneas; otros afirman que las dictó; no faltan quienes aseveran que se trató de un plagio o de un robo. Prado, nos recuerdan sus detractores, había ejercido un oficio despreciable pero cercano a la literatura: esa sombría familiaridad le habría enseñado, aun involuntariamente, ciertas astucias.

Hiram Prado menciona escasos datos firmes: unas cuantas dataciones, una ciudad, nombres sin demasiada precisión. El hábito del secreto y el hábito del disimulo lo habitaron hasta el final. Es posible que creyera que ciertas revelaciones incómodas pudieran perjudicar a los nombrados, pero quiere la coincidencia que ninguno de ellos, al menos según el relato de Prado, more ya entre los vivos. Los párrafos de Prado son un diálogo de muertos, un coloquio detallado y hasta cruel con quienes lo esperan (la sentencia es de Borges) del otro lado del mármol. La metáfora sonará risible a oídos de quienes conozcan vida, muerte y destino de Hiram Prado: no acabó, ni en memoria ni cuerpo, en tumba digna.

Hiram Prado, hacia el fin de sus horas, padeció una insana pasión por la confección de desordenadas listas de libros. Los títulos figuran, no así los autores, que probablemente Prado ignoraba o aun quería ocultar; hemos resaltado su propensión a la sombra. Por accidente o designio del destino, esas listas ya no existen: un descuido de investigadores o forenses, o quizás la inclemencia del azar, ha borrado su acalorado trabajo.  Tienen razón quienes afirman que a la hora de escribir su testamento Hiram Prado ya no creía pertenecer a este mundo.

La versión presentada aquí no contiene omisiones; nada hay ya entre las líneas de Hiram Prado que solicite discreción. Como posfacio (bella palabra que la Academia se rehúsa, quizás fundamentadamente, a habilitar) se incluye una brevísima relación del texto que indujera a Hiram Prado a decretar tantas caídas en desgracia, aun la suya propia.

HB

Apocolocyntosis Divi Fideli

“No otra cosa que el revelar a las futuras generaciones fiel relato de los hechos que habrán de acontecer pronto es el propósito de las líneas que siguen. Nos amenaza un período de prosperidad y de paz, ¿a qué desenmascarar, entonces, las fuentes que han servido de sostén a nuestras palabras? Aquél que vio a Martí ascender a los cielos no es menos afortunado, aunque quizás es menos oportuno, que aquél que presenció, y jura por su padre, madre y ancestros hasta los tiempos de Colón, haber asistido a la divina apoteosis de Fidel. Crean lo que quieran los incrédulos, lo cierto es que este grato corazón se presentó ante mí y me narró lo que ahora contaré, y que no es sino la asombrosa relación del viaje y recepción del espíritu de Fidel en regiones celestiales. Antes de comenzar, me propuso la composición de un poema que marcara el acontecimiento. No era cuestión de creer en otro dios que Fidel, pero era por cierto probado que su divinidad y majestad necesitaban de la compañía de deidades menores con las que preparar y asegurar su ingreso en los paraísos.”

“Desde el inicio hasta el final del día,
aun en sueño, o en vela verdadera,
encomendámonos a ti, pionera
musa, ¡oh, Historia! Narra con porfía
la senda que Fidel emprendería
al morir. No ha muerto; la venidera
partida es sólo aviso de llegada
que anuncia que en esa triste jornada
se deberá ceder sitio a algarabía.”

“Nos embargó el temor: los versos eran imperfectos, pero alguna voluntad envidiosa o malvada podría acusarnos de desear (¡no lo permitan los dioses que sederunt bajo Fidel en el parnaso político!) su deceso. Ignoramos, como se afirma del Libro de la Revelación, el día y la hora; pluguiera a Fidel que transcurriese el tránsito en la hora nona, aquélla de la misericordia, pero nos recuerda Benito de Nursia que nona es una hora menor, y no parece adecuado que Fidel inicie su pasaje a la inmortalidad en un instante trivial del día. Acordemos, entonces, un equidistante momento entre Maitines y Laudes, de modo que o bien el vuelo de Fidel se anticipe al del carro del sol, o bien lo suplante, y Febo considere innecesario surgir (o bien desista de que nos, la plebe que es la humanidad, compare desfavorablemente el brillo de Fidel con el suyo). Hemos de guardarnos bien de Faetón: no sea que arrebate a su padre la carroza solar y se lance en pos de Fidel para adorarlo, dejando a los pobres fieles humanos librados al azar de la oscuridad perpetua.”

“Fidel expiró en paz, colmado de días, rodeado de llanto regocijado de acólitos y algún que otro mercenario que prometía, entre lágrimas, devolver la paga, por cuanto había comprendido que los servicios que a la revolución habían de prestarse no exigían emolumento. No fue sencilla la despedida, sin embargo: en el último instante, cuando el alma incorpórea comenzaba a flotar, la luenga barba de Fidel se atascó en uno de los capiteles que remataban las columnas del baldaquino. Crujía doliente el mentón de Fidel, y agitando los brazos el alma, que estaba sola, pedía socorro. Arrojados adjuntos escalaron las labradas columnas hasta alcanzar ese nudo de Gordias, pero ni a las manos más hábiles cedió; se aprestaban ya a recurrir a la solución del gran Alejandro cuando desde un agujero en el techo asomó la acicalada cabellera de Ernesto Guevara de la Serna. Como una araña que cuelga de los techos se detuvo por sobre la escena: Fidel pugnaba por marcharse hacia el Olimpo rojo, su barba se aferraba a la tierra, quizás queriendo enviar un mensaje: miles de almas (entiéndase este término como sinónimo de merecida desgracia, no equivale al epíteto que corresponde al desencarnado nous que era el ascendente Fidel) se amontonaban en las cárceles de Cuba, suplicando perdón. El espíritu de Guevara gorjeó como gorrión: Dejad que las almas de los errados agentes imperiales hallen consuelo y redención siguiendo a Fidel al cielo. Así la barba soltará al baldaquino y la Historia, que más absuelve que condena, seguirá su curso. Casi un entero día flotó Fidel con su barba sujeta a las columnas de la cama mientras de las mazmorras eran arrojados los encarcelados y colgados, fusilados o despeñados desde morros, en cuyo caso los cadáveres se secaban al sol, en las playas, o se hundían en el mar, como tiesos peces. Así Fidel contó con su séquito de almas (ahora sí, prestas a partir al supramundo) que reflejaban su corte terrenal; no consentiría su barba que su dueño se presentase en las regiones áureas en la vulgar soledad de los comunes.”

“Libre de ataduras e impedimentos, Fidel consintió en seguir al alma de Guevara, a cuyo paso caía en gotas constantes y persistentes un copioso rastro de sangre. ¿Es éste testimonio de tu martirio?, preguntó Fidel mientras ambos se esforzaban por traspasar el agujero en el techo. Dícese que es así, replicó Guevara, mas otros sostienen que no es mi sangre sino la que he derramado, y es por ello que el torrente no cesa nunca. Incomoda a mis ropas y me es causa de vergüenza cuando asisto a banquetes o visito los baños. Pero nada puedo hacer. Fidel prometió ocuparse del asunto. Lo embargaba la seguridad de tomar el mando de cualquier empresa, terrena o celestial, allí donde morara. Una ola de inspiración lo doblegó:”

“Amado esbirro, fiel ejecutor
no permitirá tu señor que tu encierro
en la húmeda prisión de la sangre que mana
de tus heridas aún abiertas perjudique
tu micción. Confía
en que este bienamado comandante
ordenará a las almas que lo siguen
de grado o por fuerza
a sostener en vasta eternidad
las vendas que cieguen
las marcas de tu exceso
en el celo de la revolución.”

“No conformaron estos versos a Guevara: ¿Dices que me he excedido, que un mal he provocado a la causa? Calló Fidel; no era suya la costumbre de oír su parecer y autoridad cuestionados. Quizás la cadena de mando estuviese rota en la eternidad. Si así fuera, ¿quién controlaría la sumisión de las almas que, argolla en cuello, lo seguían, como los oscuros porteadores de marfil de los que habló Conrad?”

“Callaron, con el río de almas sujetas marchando detrás, hasta llegar a la primera nube. Esperábalos allí Lenin, lo que agradó a Fidel, porque dedujo que saber que su nombre adornaba un parque (si bien licencioso, ¡ay!, pese a tantos esfuerzos) en La Habana complacería al augusto celador de la puerta dorada. Lenin, atareado en la confección de listas y órdenes de entrada y expulsión, preguntó, sin alzar la vista de su tarea:”

¿Tu nombre, linaje, la tierra de tus padres?

“Endureció la pose Fidel; aclaró su garganta y extendió su brazo; revivía así su estudiado ademán al declamar:”

La agreste Galicia me tiene por hijo, desde donde ciclones han arrastrado el barco de mi sangre hasta la isla…

“Y hubiese proseguido por horas sin fin, pero Guevara, que conocía el acre humor y la impaciencia de Lenin, lo interrumpió:”

Fidel Ruz, nacido bastardo, padres sin dotes de lectura o escritura, comerciantes de fortuna mediana, terratenientes.”

“Fidel se indignó y estuvo a punto de montar en cólera, pero una mirada feroz de Lenin le hizo comprender que el edén no toleraba berrinches. Se le informó que su entourage no podría acompañarlo: las almas insignes de los líderes traspasaban solas el umbral y eran sometidas a juicio. Esa palabra disgregó el ánimo de Fidel. Un juicio, ¿qué he hecho?, preguntó con un hilo de voz, que era como el hilo de sangre que perpetuamente manaba de la piel de Guevara. Pero no hubo tiempo para respuesta: anotado su nombre y origen en el libro de acceso, se lo instó a continuar. Las almas de los engarrotados y argollados le desearon la peor de las suertes y regresaron en vuelo burlesco a la tierra, maldiciendo sin morigeración la estirpe de Fidel.”

“La sala a la que se lo condujo era inmensa y desierta, oíase solamente la caída en el suelo de las gotas de la sangre de Guevara. Una voz interrumpió el silencio: era el acusador. Fidel se arrobó al oír la letanía de Cienfuegos: Me has matado, me has matado, me has matado. Se volvió hacia Guevara y protestó que una víctima suya no podía ejercer el cargo de fiscal. Guevara le dirigió una mirada de atónito desprecio: No te inculpes, patán. Guarda silencio y quizás te salves. Por una vez, no en su vida sino después de su vida, Fidel juzgó conveniente obedecer. Caminó del brazo de Guevara, como novia hacia el altar, hasta el estrado; desde allí vio a los jueces, no sin antes esconder sus oídos del constante martilleo de Cienfuegos: Me has matado, me has matado, me has matado. Fingió no escuchar, porque un coro de voces de almas que tomaban asiento en la sala se le unió, hasta que fue ya no una voz ni una centena o un millar de voces, sino diez o veinte o treinta mil. Pronto la sala no pudo acogerlos a todos, y quizás ni la marcial mirada de Guevara hubiera servido de amenaza. Lenin llegó a toda prisa y las acciones judiciales dieron comienzo. Sólo entonces Fidel se percató de que sería juzgado, no por la Historia, sino por Marx, Engels y Stalin. Una cuarta figura, Trotsky, se sentaba alejado, con aire de ofensa contenida y de frustración. De tanto en tanto le dirigía una mueca de desconfianza.”

“Lenin principió los alegatos. Dio la palabra al fiscal, que era Cienfuegos; éste sólo repetía: Me has matado, me has matado, me has matado. Lenin quiso interrumpirlo, recordándole que debía dar lugar a otros reclamos y presentar las pruebas, pero Cienfuegos repetía, los ojos desorbitados y los puños cerrados blandidos sobre su escritorio, la frase. Lenin, finalmente, consideró suficiente y probada la acusación y preguntó parecer a los jueces. Fidel, desesperado, inquirió a Guevara: ¿Dónde está mi defensor? ¿Dónde los testigos cuyo testimonio me favorezca o al menos pueda comprar? Guevara contestó que nada de su dinero era útil en la sala del juicio, y que por fin se callase. Trotsky se negó a hablar; no participaría de esa farsa hasta que la suya fuese enmendada; entonces sí juzgaría y condenaría según las revoluciones dispusieran. Stalin, que deseaba más que nada en la eternidad reconciliarse con Trotsky, hizo saber que su voto sería el que su amado amigo tuviera a bien indicarle, pero Trotsky guardó enfadado silencio.”

“Stalin votó en favor en Fidel: el deber del revolucionario, más aun del revolucionario que encabeza la revolución, es la crueldad; la muerte es más importante que la vida si peligra la causa, y aun más si no peligra, puesto que la revolución es la perpetua extensión de sentencias de muerte que hagan sospechar a los revolucionarios que la causa tambalea y que el único remedio es la sangre. La mención de la sangre molestó a Guevara, que dejó oír un gruñido, y Cienfuegos, enardecido por el voto favorable de Stalin, le espetó: ¡Tú también me has matado! Luego regresó a su consabida frase.”

“Engels votó contra Fidel: el deber del revolucionario, más aun del revolucionario que encabeza la revolución, es la ficción del orden; el orden es más importante que la justicia si peligra la causa, y aun más si no peligra, puesto que la revolución es la perpetua extensión del orden burgués conferido a élites diferentes. El acusado no había sabido mantener esa pantomima y su crueldad (al proferir esta palabra había mirado con furia a Stalin) no era sino confesión de su incapacidad, sellada con sangre. La mención de la sangre molestó a Guevara, que dejó oír un gruñido más lastimero y grave. Cienfuegos, complacido, gritó con júbilo hacia Fidel: ¡Me has matado, me has matado, me has matado!

“Tocó el turno a Marx. Restregábase las manos, sudaba, vacilaba en hablar. Los titubeos acabaron por hartar a Lenin, que le exigió energía. Marx abrió su boca pero su discurso murió antes de nacer: se derrumbó en su asiento y se sumió en un letargo sollozante. Se lo consideró inhábil para emitir voto. Se invitó a Trotsky a efectuar desempate, pero éste cruzó sus brazos sobre su pecho, murmuró alguna imprecación y calló. De no ser por Cienfuegos, hubiera reinado el silencio en la sala del juicio.”

“Fidel dábase por absuelto; se disponía a abandonar la ceremonia cuando Lenin, que secretamente envidiaba su pericia para permanecer todos aquellos años en la cúpula, sonrió a Guevara y puso en sus manos la sentencia. Fidel, con el alivio que inspiran las viejas amistades, se dispuso a abrazarlo, pero Guevara lo apartó de sí, y mirándolo con siniestra delectación a los ojos, murmuró: Me has matado. Ahora verás cómo y por qué sangro. Eres culpable. Sintióse desfallecer Fidel. Antes, oyó decir a Stalin que una flagrante injusticia se estaba cometiendo. Sus palabras no figurarían en las actas del juicio.”

“Cuando recuperó la conciencia, el alma de Fidel hallábase en los campos: era su condena cosechar caña de azúcar hasta el fin de los tiempos, que nunca acaban, en un campo de trabajo, junto a Guevara. ¿Ves ahora por qué sangro? La caña destroza mis manos, rompe mis rodillas, penetra mi piel como las lanzas. Acostúmbrate; aquí aprenderás a sangrar. Fidel lloró y protestó; jamás había ejercido profesión u oficio en su vida; nada sabía de cosechas y caña. Resignado, Guevara se vio obligado a ayudarlo; al cabo de unos cuantos años (en la eternidad el tiempo es más dilatado) ya podía cumplir con la recolección de la mitad de su cuota diaria, siempre entre lamentos y estertores. Murió y resucitó varias veces (el alma también puede morir en la tristeza del trabajo forzado y monótono), pero no había dios a quien pedir clemencia ni revisión de su condena ni cese de su resurrección. Guevara huía de él como de la peste, porque sangraba con profusión y cuando estaban juntos sus sangres se mezclaban y era, a la vez, cómico y patético verlos discutir en la inmundicia de la sangre y el estiércol y el deshecho de la caña por un sitio seco donde echarse a descansar antes de que los severos capataces retornaran para llamarlos de nuevo al trabajo.”

Posfacio

Achacada jocosamente y no sin admiración a Séneca por Dión Casio, la Apocolocyntosis Divi Claudii es una sátira política. No faltaban razones al filósofo para detestar al emperador con odio escasamente estoico: Claudio había decretado su exilio en la aburrida Córcega a instancias de Mesalina con pretextos débiles: Séneca habría cometido adulterio con Julia Livila, hermana menor de Cayo Calígula; la impúdica relación costaría destierro a ambos, más severo el de Julia. Las consideraciones morales eran menores: Julia Livila ya había participado de una conspiración contra Calígula, que le había ganado un primer exilio; es probable que Mesalina (que ideaba su propia trama contra Claudio) viera en ella a una competidora de talento y cuyo linaje (bisnieta de Octavio César, sobrina nieta y nieta adoptiva de Tiberio) le permitiría escoger un conspirador aprobado por el Senado o el ejército. Julia moriría en el destierro en la ínfima Pandataria, ejecutada de modo cruel a través del hambre. Séneca obtendría el perdón tras la caída de Mesalina; Agripina la Menor, que había obtenido dispensa de los senadores para desposar al viejo tío Claudio, conocía los talentos de Séneca para el complot y preparaba el suyo para deshacerse del poco firme esposo y del vulnerable Británico, el hijo que Claudio había concebido con Mesalina; a ambos reemplazaría con el joven Nerón, y quizás en Roma reinaría una mujer por interpósito vástago. No era secreto que Claudio prefería al hijo de su sangre que al Domicio (Nerón) impuesto por su nueva mujer, pero su graciosa muerte (tras ser envenenado Agripina llamó a unos cómicos para que divirtiesen al cadáver del emperador, cuya muerte se mantuvo oculta hasta que el momento fuera oportuno -Nota de 2016: cf. muerte de Hugo Chávez Frías) allanó el arribo al poder de Nerón y su madre y su tutor, Séneca. Gérard Walter es el historiador que retrata con más habilidad la escena ya presente en Suetonio. Séneca había madurado su venganza: no sólo maniobró para ofrecer al hijo de Agripina el trono, sino que fue su intención desacreditar la memoria de Claudio: a la muerte de los emperadores seguía su apoteosis y su deificación. Inmerecedor de ambas, de acuerdo a Séneca, era destino de Claudio habitar una eternidad de servidumbre en los cielos y de burla entre los mortales. La apocolocyntosis (la conversión de Claudio en calabaza, en oposición a su apotheosis o deificatio) era justo castigo, calvario y humillación, de seguir a Séneca, para aquél que lo había sometido a angustiosos años lejos de la comodidad de Roma.

Hiram Prado adjudica la Apocolocyntosis Divi Fideli a Virgilio (Piñera?) El texto gozó de moderada y secreta difusión en Cuba, pero fue minuciosamente suprimido y rozó la extinción. Regresa, insospechadamente, de la mano de párrafos que Prado escribió sin esperar lectura.

Una última cosa me pregunto: sería Hiram aquel raro hombre que, al decir de Reinaldo Arenas, como mi padre repetía, se paseaba por entre la arboleda del Landwehr como un fantasma? Quién lo sabrá alguna vez, o nunca?

HB

La peste de Babel

Eran pocos los que recordaban la fecha con exactitud: hacia mediados del siglo que pasó la Academia Sueca comenzó a incluir la mayor cantidad posible de oficios entre las candidaturas al Nobel literario. Uno de los primeros en poblar la lista fue, previsiblemente, el de los bibliotecarios, muy rápidamente seguido por el de los traductores. Pronto fueron agregados muchos otros, tantos como fuera posible: correctores, locutores, relatores, administradores de redes sociales, redactores de discursos, directores de talleres literarios, psicólogos, parapsicólogos (que insistían en ser llamados mentalistas), creadores de cánticos, grafiteros, políticos, polemistas, maestros de idiomas; más tarde la profesión de la docencia generalizaría su profusión. Las condiciones estrictas eran sólo dos: se debía poseer alguna suerte de ligazón con la palabra, oral o escrita, y la vergonzante, elitista y despreciable ocupación del escritor equivalía a automática descalificación. Por acuerdo unánime y tácito, los ganadores se turnaban en el ejercicio de los oficios; era preciso no irritar a los distintos gremios, por lo que, digamos, dos comentaristas deportivos no podían ser declarados vencedores sin que hubiere mediado un plazo de alrededor de un lustro. El anuncio era esperado cada año con devoción gregaria.

En su última edición, la Academia Sueca optó por una nueva y valiosa audacia: galardonó a un pintor; su extenuante labor llevada a cabo de sol a sol cubriendo con mudos colores los muros de casas y edificios denotaba la superioridad del silencio cromático por sobre el caos de la lengua (la peste de Babel, como la bautizara uno de los catedráticos). En su discurso de aceptación (que fuera compuesto por uno de los miembros del comité), el hombre, entre emocionado y modesto, admitió que no sabía leer. Alguien murmuró un tibio reproche, pero desde la Academia se alzaron voces justamente indignadas: no premiamos logros adquiridos, se señaló con severidad, sino aquellos que hubieran podido suceder. Distinguimos a la obra que jamás se escribió, a la página que no acabó de nacer, a la línea que nunca fue. Eso, y no otra cosa, es el arte de la literatura.

HB

L’Ormindo

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Anónimo: Función de ópera en teatro barroco. Fines de siglo XVIII. Colección privada.

Siempre el recuerdo más grato es el primero: fue el seis de Febrero de 2015 que llegué a Londres desde París con apenas unas cuantas horas de ventaja para asistir, en medio de silencio y penumbra, a una función de L’Ormindo. Los cambios se me antojan onerosos: cuando supe que del original italiano la ópera se cantaría en inglés me inquieté. Vanamente: la traducción fue espléndida. Observa Kundera que no hay estricta reparación pues no habrá injusticia que no sea olvidada; es verosímil deducir que sucederá lo mismo con la belleza. Quisiera, entonces, rescatar, aun por una humilde e ínfima porción de porvenir, un instante de esa tarde.

Un hombre en los albores de la vejez y en la cima de su poder es traicionado por una mujer que aún goza de juventud. El ofendido condena a su cónyuge y al cómplice de ésta a la muerte: beberán un veneno y entrarán, como entraron Paolo y Francesca, a los infiernos. Un fiel servidor, que no ignora que el adolescente y audaz amante de la joven no es sino el hijo del gran señor, troca los venenos por adormideras. Se desploman lentamente, juntos. Es cuando al hombre, entristecido por la irrevocable pero justa sentencia (los temores de la época así lo exigían), le es entregada la carta que revela el lazo filial. Cae de rodillas, el cadáver de su hijo yace a unos pasos. La cabeza hacia abajo, los brazos cruzados sobre el avergonzado pecho, el hombre grita, según el perfecto libreto de Giovanni Faustini: My son! My son! You were so worthy! Durante la eternidad de un minuto el Globe duerme el perenne sueño de los amantes condenados: nada se mueve, ni siquiera la luz; nada se oye, ni siquiera la sombra. Momentos después el servidor celebra el engaño, los enamorados despiertan y el argumento avanza hacia el final venturoso.

Quienes compartimos ese minuto en el Globe, regocijados por Cavalli, Faustini, y quizás por Shakespeare (A horse! A horse!) estamos secretamente hermanados por una alegría profunda que aunque ya haya sido olvidada no acabará nunca.

HB