Atilio Zanotta

Es bendición, para quien es tímido en las pompas del humor, gozar de la amistad de aquél que lo ejerce con destreza. La memoria es débil: no recuerdo cuándo conocí a Atilio Zanotta, pero seguramente la ocasión fue grata. Como todos los autores que han escogido cortejar a la comedia, era en la intimidad reservado, cortés, generoso; podía distribuir cuando se lo proponía una sinceridad acre que en su país es vehículo de denuncia contra la canalla política. La literatura lo hizo feliz: fue dramaturgo, cuentista, guionista; esa multiplicidad de suaves saberes lo arrojó a un destino sereno que contrasta con los estrépitos y cócteles de la actualidad. Hacia el final de su vida lo arrobó el reconocimiento público más allá de sus fronteras locales: me honra haber sido llamado a compartir una ínfima parte de ese éxito que jamás lo cegara.

Atilio Zanotta en su hogar, rodeado de amigos, de vinos y de conversaciones claras, como quiso Petronio, es desde hoy un sueño ácido y jocoso que se prolonga.

HB

Pasárgada

Hacia 1930 Manuel Bandeira, declarado tísico irreversible, garabatea en un pedazo de papel el deseo de hallarse en alguna, cualquiera otra parte. Vou-me embora pra Pasárgada, anunció, y en esa ya imaginaria ciudad que sólo habitaba en la memoria de la arqueología halló la esperanza que otorga la cercanía de la muerte. Halló, también, la revelación, esta vez contenida en la intransferible clave de un viaje, hacia cualquier lugar que lo esperase, sin prisa (son sus palabras), con a mulher que eu quero, na cama que escolherei. Manuel Bandeira sobrevivió y emprendió periplos distintos: el del moroso reconocimiento académico y el de la vejez. Pasárgada, la mujer y la cama permanecieron allí, pacientes, aguardando a cada Manuel Bandeira que se apresura a comenzar su viaje a un pasado que no existirá nunca.

HB

End of Terror

Paul Baudry: L'Assassinat de Marat o Chalotte Corday, 1860. Museo de Bellas Artes de Nantes.

Paul Baudry: L’Assassinat de Marat o Charlotte Corday, 1860. Museo de Bellas Artes de Nantes.

Aun un autor escasamente valorable como la torpeza de Dickens puede ufanarse de haber logrado algún libro clásico y sencillo. A Tale of Two Cities ahorra a sus lectores el tedioso humor de las cloacas y el hedor a hollín que de las páginas de Dickens permanece casi como promesa de perpetuación; cierta parte de la crítica lo ha comparado favorablemente contra Wilde (así obran quienes piensan que The Picture of Dorian Gray es un exceso estético). No obstante, los pormenores que se relatan de Londres y París pueden enorgullecer a su autor: fueron inspirados por un volumen de Carlyle, por uno de los menos erróneos volúmenes de Carlyle: The French Revolution, A History. Carlyle rechazó a sabiendas el sereno y honroso modelo de Gibbon y lo reemplazó por una poética homérica que lo acercaba, en ocasiones, a los excesos del romanticismo. Es harto célebre su descripción, con certidumbre casi imaginaria, del ajusticiamiento de Robespierre:

“All eyes are on Robespierre’s tumbril, where he, his jaw bound in dirty linen, with his half-dead brother and half-dead Henriot, lie shattered, their seventeen hours of agony about to end. The gendarmes point their swords at him, to show the people which is he. A woman springs on the tumbril; clutching the side of it with one hand, waving the other Sibyl-like; and exclaims: “The death of thee gladdens my very heart, m’enivre de joi”; Robespierre opened his eyes; “Scélérat, go down to Hell, with the curses of all wives and mothers!” — At the foot of the scaffold, they stretched him on the ground till his turn came. Lifted aloft, his eyes again opened; caught the bloody axe. Samson wrenched the coat off him; wrenched the dirty linen from his jaw: the jaw fell powerless, there burst from him a cry; — hideous to hear and see.”

(“Los ojos de todos sobre el carro que lleva al cadalso a Robespierre, y en él, con su mandíbula sujeta con parte de su ropa sucia, yace deshecho el propio Robespierre, junto a su hermano y a Henriot, ambos casi sin vida; sus diecisiete horas de agonía llegan a su fin. Los gendarmes lo señalan con sus espadas, para que el pueblo vea de quién se trata. Una mujer trepa al carro; aferrada a él con una mano y agitando la otra como una sibila, exclama: ¡Tu muerte alegra mi corazón, m’enivre de joi!; Robespierre reabrió sus ojos: ¡Scélérat, idos al Infierno, maldigo a vuestras esposas y madres! Al pie del cadalso, lo colocaron en el suelo hasta que su turno llegó. Lo alzaron y sus ojos volvieron a abrirse; el filo cayó sobre él. Sanson [NdT: el verdugo] le arrancó su casaca, le arrancó la ropa sucia que sostenía su mandíbula; la mandíbula se desplomó, y de él surgió un lamento, horroroso de oír y ver.” (Traducción de HB).

Carlyle menciona que una vez cumplido el trabajo del verdugo, se oyeron aplausos y vítores, y un grito. Un grito, prosigue Carlyle, “…que se prolongó por todo París, por toda Francia, por toda Europa, hasta esta generación.” Y hacia el final del capítulo, el séptimo, del libro sexto, del tomo segundo de su historia de la famosa revolución, concluye, casi con timidez: “Éste es el fin del Terror… el día Noveno del mes Termidor, del año Segundo… El Terror ha acabado.”

HB

Termópilas serranas

Jacques-Louis David: Leónidas en las Termópilas, 1814. Museé du Louvre.

Jacques-Louis David: Leónidas en las Termópilas, 1814. Museé du Louvre.

Jamás se vive lo suficiente como para desdeñar el asombro. Un estoico amigo me anoticia de la existencia de algunas líneas perplejas (la figura puede caer en el atenuante) y sobre las que medité acerca de la conveniencia de reproducir: la lectura debiera ser un acto hedónico, no quiera el escritor conspirar contra ese designio del lector selecto. La indiscreción pudo más. La enardecida sintaxis, la ditirámbica puntuación y las contradictorias referencias históricas pertenecen en su totalidad al osado autor, cuyo nombre, en aras de una modestia que le supongo inmensa, permanecerá en la piedad del silencio:

Villa Dolores, Capital Nacional de la Resistencia contra el Neoliberalismo apátrida!!! Heroica Paysandú!!! Termóphilas (sic) serranas!! Oh, en tu seno vibra el brazo firme de Aquiles irredento!!! En tu nombre los augustos varones y las dignas mujeres reviven victorias inmarcesibles y tu grandeza ruboriza jornadas históricas!! Oh, Villa Dolores… Oh Villa Dolores!!! Que la llama eterna de tu Solidaridad, de tu Emancipación, de tu Redención alumbre el mundo entero!!!

Días atrás el peronismo ganó una elección municipal; la localidad de Villa Dolores se encuentra en la mediterránea provincia de Córdoba. La habitan unas treinta mil personas. Es de sospechar que el autor del párrafo anterior simpatizó con el triunfo peronista. Paysandú es citada hasta el hartazgo (o peor aun, hasta el tedio) por el nacionalismo argentino (que incluye a los antepasados del peronismo, el federalismo à la punzó) como modo de relacionar a los unitarios con intereses extranjeros (en este caso, el Imperio del Brasil en las guerras intestinas del Uruguay); Paysandú, lo sabrá el autor, fue una derrota de los nacionalistas uruguayos, apoyados por las ruinas de los partidarios de Rosas. Las Termópilas fueron una costosa victoria persa, sobre la que el autor no se pronuncia, y entre los defensores espartanos no se contaba Aquiles (escasamente irredento, más bien tesalio), sino Leónidas, al que Heródoto hace remontar en estirpe hasta Heracles. La argentina costumbre de cantar y celebrar derrotas continúa intacta. Cierta debilidad por la hipérbole, la bravata y el rídiculo, también.

H.B.

Oscuro

Francisco de Goya y Lucientes: Casa de locos, 1819. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

Francisco de Goya y Lucientes: Casa de locos, 1819. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

A días del asesinato en Buenos Aires de un fiscal federal cuyas acusaciones probaban los vínculos entre la tenebrosa República Islámica de Irán y el estrago del 18 de Julio de 1994 en la Asociación Mutual Israelita Argentina y destacaban los esfuerzos del sempiterno régimen peronista en encubrir a los perpetradores, nada sorprende: la pereza de los funcionarios judiciales, los equívocos de las pericias, la ineptitud de los encargados de velar por vidas y bienes, el morboso afán de la prensa. La postura, entre desdeñosa y falaz, del Estado y gobierno argentinos es la acostumbrada; se trata, además, de coautores o al menos cómplices. No declararán contra sí mismos, aun desconociendo básicos principios del derecho.

Quizás reste un ápice de asombro por la bochornosa actitud de la endeble intelectualidad argentina: a excepción de honrosas salvedades (Sebreli, Sarlo, Kovadloff, entre otros), aquéllos sostenidos por la dádiva oficial han preferido guardar silencio. Es regalo de los dioses: al menos nos hemos ahorrado risibles letanías de justificación. En esta ocasión, en la que el carácter flagrante del crimen y la naturaleza entre siniestra y procaz de los imputados por el fiscal Nisman, desde cierta mujer que ejerce la Primera Magistratura hasta ineficientes gamberros, nada puede alegarse sin que se cierna sobre la figura del justificador el óbice del ridículo. Tan sólo el hilarantemente célebre Ricardo Forster ensayó alguna variación arabesca: arguyó que las denuncias constituían una interrupción del agradable ánimo con el que la sociedad atravesaba con alegría el verano. Que Forster sea catalogado de intelectual en la Argentina no habla del hombre sino del país.

En algo más de una década ese grato opúsculo de Julien Benda, La Trahison des Clercs, cumplirá un siglo. Apología de la civilización clásica y azote del nacionalismo y el antisemitismo, Benda reprochaba a los intelectuales de su tiempo el dejarse llevar por la corriente de los peores ideales, de las iniciativas perversas, de la irrazonada consideración de la violencia como belleza. Demasiado cercano al cristianismo en algunos párrafos, se trataba de una dolorosa apelación al universalismo en contra de la belicosa idea de nación, azuzada por el fascismo emergente y pronto triunfante. Amargamente para Benda, la derrota del fascismo fue seguida de su eterno retorno, desde la furia del Islam hasta la vociferante prédica de los profetas políticos que se afirman militantes del progreso, y aun antifascistas. La carroña crece con mayor fuerza en un ámbito de confusión.

Cuando esa centuria se cumpla y el volumen de Benda alcance los cien años el mundo responderá todavía a la precisa descripción con la que el periodista Damián Pachter, exiliado en Tel Aviv, definió a la Argentina: un lugar oscuro.

Hadrian Bagration