El sueño de Sarmiento

Benjamin Franklin Rawson: Retrato de Sarmiento a los 32 años (1845).

La civilización es el mar. Egipto encontró en el Nilo a su océano y olvidó al Mediterráneo; tal omisión lo encerró en la secreta profundidad de sus pirámides y le privó de un destino más generoso. Griegos y romanos no cometieron ese error: desde las humildes costas del Egeo, del Jónico, del Tirreno y del Adriático el genio grecorromano unió los estrechos del Bósforo y de Gibraltar y rebautizó al antiquísimo mesogeios thalassa (el mar en medio de las tierras, como había sido llamado en tiempos de apogeo  de la Hélade) como Mare Nostrum, nuestro mar, ya que no existía tierra circundante que no fuera propiedad del Imperio. La Historia ha extraviado a Cartago y a Fenicia; raro es que los vituperios que durante siglos ha sufrido el pueblo hebreo en razón de las acusaciones emanadas de su supuesta deslealtad comercial no tiñan la memoria de esas naciones perdidas, que fueron poco más que avanzadas de generales, remeros y mercaderes. En tiempos de Adriano Roma circunvaló el Pontus Euxinus, el mar hospitalario, como era en ese entonces nombrado el Mar Negro, y fundó un colonia en la Cólquide, el sector meridional de la península de Crimea, donde, la leyenda lo quiere, el ingrato Jasón se habría alzado con el vellocino. El Occidente, la porción del mundo a la que todo ser humano con mínimas ambiciones desea pertenecer, es un conglomerado de griegos, romanos y judíos en el exilio, empujados más allá del Mediterráneo.

La noticia es comentada tanto por Juan José Sebreli (Crítica de las ideas políticas argentinas) cuanto por Guillermo Gagliardi (Sarmiento y Croce: nuevas lecturas): en 1932, el lingüista Karl Vossler informa por carta a su maestro, el desorientado pero riguroso pensador Benedetto Croce, su intención de traducir al alemán la obra capital del mejor escritor argentino después de Borges (Sarmiento): el Facundo, o civilización y barbarie en las pampas argentinas. La razón es sencilla: Hitler se asoma al poder en la patria de Vossler y éste siente que lo que otrora fue una nación culta, propensa a la filosofía, a la música y a la literatura (coqueteos con el militarismo bismarckiano mis à part)  devenga un colosal Mr. Hyde por obra y desgracia del Partido Nacionalsocialista Alemán y su apelación a las peores tradiciones germánicas: el nacionalismo, el culto de la pureza de la sangre y del suelo, el antisemitismo. No caía Vossler en el error; tan sólo un año después, en 1933, Hitler confesaba: “Se refieren a mí como un bárbaro ignorante. Sí, somos bárbaros. Queremos ser bárbaros, es un título honorable para nosotros. Nosotros rejuveneceremos al mundo. Este mundo se acerca a su fin.”

Karl Vossler, después de la lectura del Facundo en su original español,  había barruntado en Rosas a un precursor, si bien mucho menor, de Hitler. Sarmiento había escrito su obra desde el exilio chileno en contra del rosismo; son las amargas consecuencias del gobierno de Rosas los argumentos que convencen al lector de la inconveniencia de su ejercicio del poder: Rosas como princeps de la Confederación Argentina sólo puede producir, por uno y por miles y por cientos de miles, a un Juan Facundo Quiroga. Hitler rex de Alemania engendrará desde el módico delator de Annelies Frank  hasta Rudolf Franz Ferdinand Höss, principal responsable del campo de exterminio de Auschwitz. Cada líder intenta concebir a su pueblo a su imagen y semejanza.

Ignacio Baz: Retrato de Sarmiento en la época de su exilio en Chile (ca. 1852). Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

Ignacio Baz: Retrato de Sarmiento en la época de su exilio en Chile (ca. 1850). Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

La canónica obra de Ferdinand Tönnies de 1887, ya Rosas muerto hace una década, ignorante de su póstuma y nacional-peronista vindicación, Gemainschaft und Gesselschaft (Comunidad y sociedad), conceptos rescatados por el historiador Arthur Herman en su The Idea of Decline in Western History, expone la dicotomía entre una nación subordinada a las categorías de grupo social, gremio, escuela, familia, iglesia, ejército (Gemainschaft) o una suma de individuos (Gesselschaft) en el que la suerte  de sus miembros no se vea subsumida por el superior interés de la comunidad organizada. De acuerdo a Kimberly Ball, estudiosa de la versión inglesa de Facundo, a la Gemainschaft rosista (la desorganizada América Latina, los restos del decadente y medieval imperio español, la inútil opulencia del Asia, la vagarosa vastedad del campo, el carácter feral de los federales, Quiroga y Rosas) se opone la cultivada Gesselschaft sarmientina (Gran Bretaña, Francia, los Estados Unidos, las ciudades, los unitarios, Paz y Rivadavia).  En tiempos de Hitler, el conflicto se zanjó entre los seguidores de la prolijamente francesa Zivilisation, honrosa partenaire de la Gesselschaft, y la alemana Kultur, heredera de la Gemainschaft a partir de la derrota de los Imperios Centrales en la Primera Guerra Mundial. Tönnies no  hacía sino seguir los pasos de Kant, de acuerdo a la razonada exposición de Norbert Elias: el título de una de sus obras del período crítico kantiano es Idea de la historia universal en sentido cosmopolita (1784). Los términos cosmopolitismo, civilización, universal, individual, no poseen cabida en los lexica rosista y nazi.

El deseo de Sarmiento, y el de los integrantes de la generación de 1837, era la lenta transmutación de las australes tierras argentinas en un país de la Europa Occidental. El de Rosas era confesamente más modesto: la obtención y conservación de la suma del poder por mano propia y por la de interpósitos caudillos; quizás Juan Facundo Quiroga fuese el epítome del cacique federal, de allí la elección de Sarmiento como personaje central de su volumen.

Cuarta edición del Facundo, Librería Hachette, París, 1874. Colección Roberto Fiadone.

Los paralelismos entre Hitler y Rosas van más allá de la mera coincidencia: ambos eran cultores de la nocturnidad (inaugurada por Rosas en los funerales de Dorrego en la Recoleta), ambos hicieron confirmar su llegada al poder a través de un plebiscito (Rosas, entre el 26 y 28 de Agosto de 1835; Hitler, el 19 de Agosto de 1934), ambos se sirvieron del terror, simbólico y físico, para amedrentar la menor oposición, ambos dispusieron de derecho de vida y muerte sobre la población y la vigilaron con multitud de soplones profesionales, falsos denunciantes y acusadores a sueldo, de modo de lograr una atmósfera en donde todos desconfiaran hasta de sus parientes más próximos. Ambos prohijaron atroces policías políticas (la Geheime Staatspolizei en la Alemania nazi, la Sociedad Popular Restauradora y su brazo armado, la Mazorca,  en el caso argentino). Ambos se propusieron controlar la vida pública y privada de los infortunados bajo su mando. Dos diferencias se perciben, sin embargo: se argüirá que esos vicios se adecuan al comportamiento de más de un tirano; es verdad, pero monstruosidades como Mussolini, Perón, Franco, Stalin, Mao, Pinochet, Videla, Castro, se proponían un desarrollo deformado, parcial, autoritario, asesino y brutal de sus dominios; el propio Hitler intentaba hacer de Alemania una potencia hegemónica. La única ambición de Rosas era la perpetuación asentada en el adormilado carácter austral de la Confederación Argentina; sus métodos eran el atraso planificado y la desapasionada maldad, que compartía con su esposa, Encarnación Ezcurra. Para Rosas, la absoluta inmovilidad del tiempo argentino era funcional a su interés de eterno protector de la salvaje inocencia de sus súbditos; en cada provincia, se aseguró, habría un hombre rústico a sus órdenes que cumpliría un destino análogo.

La otra anomalía entre ambos déspotas consiste en la elección de su final: con el Ejército Rojo a metros de su último refugio, Hitler puso un arma en su sien, mordió una cápsula de veneno y apretó el gatillo. Rosas huyó y se refugió entre los británicos. Hasta el día de hoy la anglofobia argentina, que es también profundamente rosista,  no ha sabido explicar las razones de este raro prodigio.

Durante casi un siglo, con suerte diversa y no sin injusticias, Argentina, luego de la caída de Rosas,  mutó en un país-puerto cuyo contacto con el mar la acercó tímidamente a los ideales europeos de la Ilustración. No poco contribuyó a ello el ardor que Sarmiento desplegara al redactar el Facundo. Hoy, que todo se ha perdido y que la glacial sombra de Rosas ha hallado avatares en los que hipostasiarse, la simple lectura de ese texto esencial es una reconciliación con ese posible y deseable sueño argentino que fue también el sueño de Sarmiento.

Hadrian Bagration

La dieta de los hombres decentes

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Edward Abbey

En el duodécimo capítulo de su asombroso volumen, The Idea of Decline in Western History, el historiador Arthur Herman obsequia al lector un epígrafe exuberante de profética comicidad: “Men come and go, cities rise and fall, whole civilizations appear and disappear- the earth (sic) remains, slightly modified…  Man is a dream, a thought, an illusion, and only rock is real. Rock and sun”. Estas líneas son el producto de una mano sencilla. Edward Abbey las escribió alrededor de 1988 para extender la inmerecida duración de su libro Desert Solitaire: A Season in the Wilderness, un muy estadounidense desfile de memoirs acerca de su excitante y valerosa función como guardián de la naturaleza en el Arches National Park (por ese entonces sólo national monument) en Utah. Abbey se nutre del vitalismo y la Lebensphilosophie de los románticos alemanes en su arrobada visión de los paisajes a los que debe proteger de los molestos turistas; así lo hace notar Herman comparando la óptica de Abbey a la del Frankenstein de Mary Shelley: ambos exudan horror ante el monstruo que asomaba su pavorosa cabeza en tiempos de Shelley y ya su cuerpo entero durante los días de Abbey como funcionario del Estado, entidad a la que él aseguraba detestar; después de todo, la creación del doctor Frankenstein es una suerte de máquina. En cuanto a que la Tierra ha cambiado poco desde su formación (desplazamientos de masas continentales, cambios climáticos extremos, desapariciones masivas de especies -no es necesario echar mano a la que hizo naufragar el reinado de los dinosaurios: la colosal extinción que tuvo lugar a fines del Pérmico y principios del Triásico barrió con casi la totalidad de las especies marinas y un setenta por ciento de los animales terrestres; treinta millones de años requirió el ecosistema para recuperarse, sin que tal catástrofe de bíblicas proporciones pudiese hasta hoy ser achacada a la industria), es verosímil presuponer que Abbey no asistió a muchas de sus citas con las materias que imparten conocimientos pertenecientes a las ciencias duras en su paso por la escuela secundaria.  Abbey comparte con un mentor al que no solía citar, Michel Foucault, no sólo la advertencia acerca de la desaparición del hombre (en sendos casos, se referían al hombre en cuanto hijo de la Ilustración y, por extensión, al hombre educado en la civilización occidental), sino la ávida esperanza de que tal cosa suceda. Cuando Abbey elogia a Sartre y desprecia a Cocteau, lo hace en razón de uno de los períodos menos notables del autor de La Náusea: el olvidable prólogo  con el que su literatura se rebajara al oprobio de exaltar los delirios de Frantz Fanon en Les Damnés de la Terre. Ambos, Abbey y Foucault, murieron sin que sus augurios hubiesen sido sazonados por el éxito: el último, de acuerdo a Jürgen Habermas, ignorando si demasiadas sombras de Kant no enturbiaban su idealización de Nietzsche; el primero, en medio de un happening de cerveza y disparos que se le organizó a modo de funeral, ya que, según su parecer y su testaruda pertenencia a la ultraconservadora NRA (National Rifle Association), el rifle es el arma de la democracia.

El estado de las corrientes de pensamiento actual se asemeja en mucho a la sensación de tristeza que alarga la penumbra de nuestra mañana cuando aquella persona por la que profesamos amor se ha ido. La pasión nos arroja quizás a la violencia, nos despoja de las metáforas, nos promete la muerte. Los andrajos de esos párrafos inconexos que constituyen la apática filosofía de hoy nos invitan sólo a mendrugos, juegan como con mascotas con las metáforas, siguen prometiéndonos, de no mediar enmienda de nuestra parte, la muerte. Liberación o muerte, socialismo o muerte, patria o muerte, Cristo de nuevo coronado o muerte, muerte a los infieles o muerte; esta incompleta enumeración de algunas de las más comunes necrofilias del intelecto no puede sino estar rematada por una relativa novedad del Hades de la posmodernidad ya entregada a los irredentos brazos de la Contra-Ilustración: el ecopesimismo.  Más que una ideología, es una expresión de deseos entrenada en paladear la muerte del hombre en tanto capitalista, industrialista, occidental, ilustrado y laico. Desde Roger Bacon y Wilhelm von Ockham hasta Saint-Simon y Francis Bacon, la tecnología constituyó un aspecto esencial del progreso. La Encyclopaedia de Diderot rebosaba con imágenes que demostraban la potestad de la industria en su capacidad (es decir, su potencia, que no su acto irremediable o su resultado inevitable) para modificar positivamente las relaciones de poder en una sociedad y ser artífice de una mayor igualdad. Francis Bacon ubicó su Nova Atlantis, una isla en la que la conquista de la naturaleza a través del uso de la ciencia suponía la razón de ser de sus habitantes, al oeste del Perú, cuya porción más occidental había sido territorio del Imperio Inca. Más al sur, anexada no sin efusión de sangre por Huayna Cápac, yace la actual Bolivia, regida en esta graciosa actualidad por Evo Morales, orgulloso aymará, etnia a quien los quechuas, amos de la civilización inca, habían sometido como a simples ilotas, pero a los que Morales reivindica en flagrante contradicción con su permanente oposición a los sueños imperiales de Washington.

No poco puede escribirse sobre la relación de Evo Morales con el poder político, a riesgo de caer en una tediosa repetición de un argumento a estas alturas casi circense: un candidato surgido de los lodos de la llaneza más chata del pueblo genera un incontenible entusiasmo electoral que lo encumbra a alguna primera magistratura. Meses después los barros del entusiasmo popular se han secado; las mentes menos sensibles descubren que simplemente se ha elegido a un nuevo señor feudal. Sólo un puñado aprende que la revolución no fracasa apenas tiene éxito, sino cuando acontece ese momento mágico en que se la cree posible por gracia y virtud de un movimiento o de un nombre. Ateos religiosos, los jóvenes que militan en las filas de estos barones de la perversión conservadora de  los gobiernos del Tercer Mundo son creyentes políticos provistos del más incendiario fervor y de la más fanática superstición: la de la prisa. Son criticables, y en exceso, las peligrosas amistades que Morales se ufana de hacerse acreedor para con monstruos de la talla de Fidel Castro o Mahmoud Ahmadinejad. Son ilusorias, y por mucho, las suposiciones que hacen de Morales un adalid de la hermandad latinoamericana y un redistribuidor de la riqueza de los recursos naturales de la castigada Bolivia; nada ha cambiado con su burocracia, nada nuevo sucederá luego de su partida. Bolivia será un poco más pobre y sus habitantes serán hechizados (como los de tantas y tan disímiles geografías) por otro espejismo de sobria presencia o de colorido atuendo, según convenga. No es Morales el problema central que aqueja a Bolivia, ni los miles que se le asemejan, sino la lejanía que sufren los bolivianos respecto de aquello que ocupaba los largos días de maître Diderot: una visión materialista de la existencia basada en el carácter efímero de la vida, la posibilidad del goce como propiedad alcanzable del animal humano y la idea de que es posible controlar el progreso mediante el dominio de la técnica y la explotación racional de la naturaleza. El énfasis de Morales en la puntillosa recreación de ridículos (el insulto es deliberado) cultos incaicos, no diferente a la propagación de la santería y el vudú en Cuba por el estólido Fulgencio Batista como mecanismo de control de masas y de su obligación de permanecer en tranquila ignorancia, no acerca al pueblo boliviano ni en un palmo a esos objetivos. Al decir de Fernando Savater en su prólogo a Etica senza fede del filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais, los creyentes tildan a los ateos de mutilados espirituales. Así, quienes han sido convencidos, con harta facilidad, me temo, de las bondades del retorno a las plegarias a la Madre Tierra como expresión de la verdadera y plena cultura popular y de la necesidad de la supresión de cualquier intento de racionalizar la industrialización y la modernización de una nación a través de la educación y del dominio de la técnica y del reemplazo de ambas por el retorno al neolítico me considerarán, quizás no sin cierta razón, aunque por malas razones, un mutilado romántico.

Una faz insospechada de Evo Morales emergió en medio de cierta hilaridad por parte de su sempiterna claque, la que tomó sus palabras, quizás a despecho de su líder, en tono de comedia. No es nuevo que Morales arremeta contra la industria, en tanto prosigue, esta vez en nombre del Estado boliviano (que no del pueblo) la explotación gasífera con métodos nada artesanales. Sí lo es que se proclame ecónomo y nutricionista máximo de su nación. Morales sostiene, y sus labios no tiemblan, que la homosexualidad de los europeos y su galopante alopecía son debidas, ambas dolencias, a la ingesta descontrolada de pollos malamente alimentados con comida de ínfima calidad, repleta de hormonas femeninas las que, una vez digeridas por los varones, son la causa de la peste sexual. Morales guardó silencio acerca de cuáles serían las aves consumidas por las mujeres que (de acuerdo al juicio del presidente boliviano) padecen la homosexualidad, y qué clase de hormonas contendrían. Tampoco abundó acerca de los platos, ingredientes y cocciones a evitar a fin de eludir caer en la bisexualidad, el travestismo, las relaciones poliamorosas, la transexualidad; es de suponer que su dieta personal asegurará un comportamiento viril y una apariencia irresistiblemente masculina. Aun así, tal vez debido a su modestia o a su reserva en lo que toca a su vida privada, no osó compartirla con su público. Sólo instó a consumir ancestrales alimentos como la quinoa y la papa. A juzgar por los numerosos pleitos entablados contra él por las madres de sus hijos no reconocidos, quizás tales delicias no abstengan totalmente al consumidor del pecado nefando; sí lo tornarán tan prolífico como a un conejo.

Amante y amado besándose, detalle de tondo en un kílix, ca. 480 AEC, Museo del Louvre.

La clacisista y pensadora estadounidense Martha Nussbaum anotó en su The Fragility of Goodness: Luck and Ethics in Greek Tragedy and Philosophy, que en la Hélade, el erômenos, o amado (ἐρώμενος) era “… a beautiful creature without pressing needs of his own. He is aware of his attractiveness, but self-absorbed in his relationship with those who desire him. He will smile sweetly at the admiring lover; he will show appreciation for the other’s friendship, advice, and assistance. He will allow the lover to greet him by touching, affectionately, his genitals and his face, while he looks, himself, demurely at the ground. The inner experience of an erômenos would be characterized, we may imagine, by a feeling of proud self-sufficiency. Though the object of importunate solicitation, he is himself not in need of anything beyond himself. He is unwilling to let himself be explored by the other’s needy curiosity, and he has, himself, little curiosity about the other. He is something like a god, or the statue of a god.” Y sin embargo, la dieta de los griegos consistía, variantes regionales aparte, además de la tríada mediterránea (trigo, aceite de oliva y vino), en coles, cebollas, lentejas, almendras, pescado, huevos de ganso, faisán y codorniz, queso de cabra. Por cierto que criaban pollos, pero no los consumían en demasía ni los alimentaban con horrorosos productos industriales mientras eran encerrados en estrechas celdillas. Y sin embargo, y pese a esta carencia en su dieta, cierta forma de amor que no osa decir su nombre es conocida tanto por sus adherentes cuanto por sus detractores como amor griego. Evo Morales bien podrá deducir de qué clase de caricias se trata.

Miyagawa Isshô: Hombre besando a su joven amante, ca. 1750. Colección privada.

En tiempos del renacimiento florentino, los alemanes daban en llamar Florenzer a cualquier varón que apeteciera las beldades de otro. No obstante, no formaban las aves la principal delicia del paladar del norte de Italia: trippa, lampredotto, filetes y ensaladas con papas y tomates se llevaban los primeros lugares. Del pollo, los florentinos consumían el hígado en forma de patê. Los turcos otomanos se deleitaban con palomas asadas, arroz y melones rellenos de dulces, y asimismo con los rakkas, jovencitos entrenados en imitar a las mujeres que seducían mediante la danza del vientre, ataviados como ellas y provocando en las bailarinas tales celos que en no pocas ocasiones éstas conspiraban para hacer asesinar a un favorito. El islam actual, avergonzado por esas prodigalidades, niega que bellezas implacables como la del gitano Ismail fueran cortejadas por sultanes, y que su presencia debiera ser reservada con meses de antelación, y que su compañía desarmaba sólidas fortunas. En la cuna del sol, el Japón, la práctica del  衆道 (shudô) hubiera sido reconocida por cualquier hoplita: el envejecido Nabeshima, guerrero sin señor al que obedecer ni batallas en las que morir, prescribe en su tratado de etiqueta militar que un joven samurai debe examinar la paciencia de su cultor hasta por varios años para comprobar las duraderas intenciones de su amante menos lozano, mientras saborea albaricoques, duraznos, abulones, ciruelas, granadas, arroz y pescado. Los jesuitas fingían no advertir la sodomía imperante en los monasterios budistas, dado que los votos de castidad prohibían sólo las relaciones íntimas con mujeres. La pudibunda era Meiji desterró esta malsana costumbre a la que consideraba, con toda razón, occidental.

Huaco erótico, cultura moche, ca. 300 EC, Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera, Lima.

Bartolomé de las Casas culpa al dios Chin por el hecho de haber introducido la homosexualidad en la nobleza maya, la cual devoraba maíz, porotos y chile (la tríada precolombina). No ofenderé a Morales evitando explayarme sobre la homosexualidad en culturas preincaicas, las que desconocían los virulentos atracones de pollo. Los huacos (alfarería) eróticos que sobrevivieron a la sistemática destrucción organizada por el virrey Francisco de Toledo representan casi exclusivamente el coito anal, homosexual tanto como heterosexual, la celebración de la erección mutua y alguna vaga escena de lesbianismo. De la mayoría de ellos sólo resta el polvo. Lejos estoy de fomentar la leyenda de un continente edénico hasta la llegada de los españoles: los arqueólogos disputan acerca de qué clase de cataclismo (aún no imputado a la industria) destruyó a la cultura moche: una feroz inundación seguida de decenios de sequía que diera origen a extenuantes guerras intestinas por el control de los escasos recursos es una de las hipótesis. Los chimúes, arrasados por los incas en la segunda mitad del siglo XV EC, se entregaron a la sodomía ritual impuesta por sus ritos lunares. El imperio incaico, dice bien Morales, no toleraba estos atentados al religioso pudor:  la pena por ser hallado en sudorosa compañía con otro varón era la confiscación de los bienes, por magros que fuesen, la destrucción de los hogares de los amantes, y la muerte. No hallaron los españoles mucho que reprochar en cuanto a la lasitud de hábitos represivos se refiere entre los señores del Tawantinsuyu. Quienes defienden la teoría del perdido paraíso precolombino desconocen, entre otros datos, que en las alejadas regiones del norte del imperio (el Ecuador y sur de Colombia) la tolerancia de aquéllo que no había sido aplastado de las culturas moche y chimú permitía que la homosexualidad no fuera objeto de tenaz persecución. Pésimas o interesadas lecturas de los cronistas españoles (de las Casas, Fernández de Oviedo, Cieza de León, Garcilaso de la Vega) extendieron más tarde esa relajación de costumbres a todo el territorio inca.

Morales en sombrío maridaje con Ahmadinejad

La psicóloga María Galindo, también fundadora de la agrupación Mujeres Creando, primer colectivo feminista de Bolivia, junto a Mónica Mendoza y Julieta Paredes, entendió que el modelo conservador de la izquierda nacionalista que apoya a Morales es, a fin de cuentas, una máscara más con la que ocultar el rostro de la mujer mediante nada originales artilugios como la manipulación de la historia (cuando no su falsificación) y la exaltación del jefe tribal de turno, poco o nada interesado en el avance de los derechos de la mujer y de las minorías sexuales. Mujeres creando es periódicamente amedrentado o abiertamente agredido por la policía boliviana por su campaña en favor de los derechos de los hombres y mujeres homosexuales y de su prédica en favor de la legalización del aborto. Muda respuesta han recibido hasta ahora de un presidente que recomienda a sus acólitos renunciar a la degustación de pollos para no caer en la tentación del afeminamiento. Si ni un céntimo de piedad puede esperarse del conservadurismo en relación a los padecimientos de las militantes feministas en Bolivia, de igual modo ni una gota de estos atropellos escapa de la censura de los ya grotescos (y en casi toda oportunidad, algo desaseados) remolinos de las izquierdas vernáculas. En otro acto de valentía por parte de Galindo, ésta le recriminó a Morales el hecho de recibir al presidente iraní Ahmadinejad, en cuyo país la persecución, tortura y ejecución sumaria de los homosexuales es una tragedia cotidiana. Es válido recordar que el ya citado Michel Foucault (quien firmara en 1977 con Jacques Derrida y Louis Althusser una petición dirigida a la Comisión de Reforma del Código Penal del Parlamento Francés para declarar lícitas las relaciones consentidas entre adultos y jóvenes mayores de quince años, petición que también yo hubiera firmado) emprendió en 1979 dos iniciáticos viajes por el Irán de Khomeini, al cual halagó profusamente en una serie de artículos de mínimo valor histórico y estético. Foucault, algo miope por ese entonces, optó por no percartarse de las lapidaciones en las que eran asesinadas las mujeres tachadas de adúlteras, los linchamientos de homosexuales, entre tantas otras letanías de vejaciones. Dos de sus biógrafos, Didier Eribon y Paul Veyne, confirman que sus loas a la asesina teocracia iraní publicadas por el Corriere della Sera son, tristemente, inocultables.

Evo Morales no es, ni política ni históricamente hablando, un nuevo de tipo de personaje en emerger en la escena pública. Oportunista, pragmático hasta el cinismo, manipulador, explotador de la ignorancia popular (y sembrador de la propia), tiene por antecesor más directo a la banalidad y la estulticia de Juan Perón, quien llegó a afirmar ante un auditorio formado por jóvenes fascinados (quienes voluntariamente bien pudieron haber dado su vida por él años después) que de la civilización griega sólo quedaban unas cuantas columnas rotas. Tardará en llegar a Latinoamérica algún vestigio de la modernidad, e ignoramos, si es que tal cosa ocurre algún día, de la mano de quién. Sí sabemos, por fortuna, quién y quiénes se interponen entre nosotros y ella.

Hadrian Bagration

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